IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
Selección de “textos” de Ovidio (“Metamorfosis”)
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia
Argos no le permite ni tan siquiera la proximidad de su padre, el río Ínaco.
El mensajero, disfrazado de pastor, cumple la misión tras atraer la atención del guardián con los sonidos de
una flauta, relatarle el origen de este instrumento musical e infundirle un profundo sueño con su poderosa
varita.
Juno adornó las plumas de su ave sagrada, el pavo real, con los ojos de Argos, una vez muerto, y estalló su
cólera infundiendo a Ío una irrefrenable furia que la hizo huir despavorida por todo el mundo hasta que llegó
esta a las orillas del Nilo, donde inmensamente fatigada suplicó a Júpiter que pusiera fin a sus desgracias. El
padre de los dioses se apiadó de ella y haciéndole promesas de futuro suplicó a su esposa que no siguiera
castigando a la pobre ternera y que recuperara esta su primitiva forma.
Épafo, el vástago de Júpiter e Ío, avergonzó a su coetáneo Faetón y a la madre de este, Clímene, al poner en
duda que fuera hijo del Sol, ya que no tenía pruebas de tan celeste origen. La madre ante las súplicas de su
hijo o por la rabia de la falsa acusación habló así:
“Por esa luminaria que brilla con rayos resplandecientes, hijo, y que nos está oyendo y viendo, te
juro que fuiste engendrado por ese Sol que tú estás contemplando, por ese Sol que gobierna el mundo.
Si es falso lo que digo, que él me niegue la facultad de verle y que esta luz sea la última que vean mis
ojos. Y no es difícil tarea para ti conocer el hogar de tu padre; la mansión de la que él sale está
contigua a nuestro país. Si así lo deseas, vete allí y pregúntaselo a él” (versos 768-775).
Sin dudarlo un momento Faetón se dirige al palacio de su desconocido padre.
Así finaliza Ovidio el primer libro de su obra y al mismo tiempo comienza el segundo con una amplia
narración del encuentro entre padre e hijo y las nefastas consecuencias del mismo.
LIBER SECUNDUS (“Metamorfosis” de Ovidio)
Cuando Faetón llegó al suntuoso palacio de Febo, el Sol, su discutido padre, lo vio a cierta distancia rodeado
de las Horas, los Días, los Meses, las Estaciones, los Años y los Siglos, y le pidió pruebas de que era su
verdadero padre; ante esto el padre le prometió bajo juramento cualquier regalo que deseara.
“Así dijo; y su padre se despojó de los rayos que circundaban por entero su cabeza, le mandó
acercarse y dándole un abrazo le dice: ‘No es justo que se niegue que tú eres hijo mío, y Clímene ha
revelado tu verdadero origen; y para que ceses de dudar, pídeme el don que quieras con la condición
de que te lo he de otorgar y has de obtenerlo; y que sea testigo de mi promesa la laguna por la que
juran los dioses y que mis ojos no han visto’. Apenas había acabado de hablar cuando Faetón pide el
carro de su padre y la potestad y gobierno durante un día, de los caballos de alados pies” (versos 40-
48).
Inmediatamente se arrepintió el padre del juramento, sabedor del gran riesgo que correría no sólo su hijo sino
también el mundo entero, e intentó repetidamente y en vano disuadir con múltiples advertencias y consejos a
su hijo de lo solicitado: conducir durante un día los terribles caballos alados que tiran de su carro desde el
Oriente hasta el Occidente.
“Había acabado sus consejos; más Faetón rechaza sus palabras, insiste en su proyecto y arde en
deseos del carro. De manera que su padre, después de demorarlo cuanto pudo, lleva al joven al alto
carro, don de Vulcano. De oro era el eje, la lanza de oro, de oro las llantas que envolvían las ruedas,
y de plata el conjunto de los radios” (versos 103-108).
Antes de la partida el padre unta el rostro de su hijo con una crema divina para que pueda soportar los rayos
que debe llevar sobre su cabeza y le da los últimos consejos:
“Si al menos puedes atender a estos consejos de tu padre, sé parco en el uso de la aguijada y usa con
más fuerza las riendas; por su propia iniciativa galopan; lo difícil es sujetar su ardor” (versos 126-
128).
“Y para lograr que la tierra y el cielo soporten iguales temperaturas, no hagas descender el carro ni
tampoco te esfuerces en que atraviese la región más elevada del cielo. Si asciendes demasiado
quemarás las mansiones celestes; si desciendes, la tierra; por medio irás con la máxima seguridad”
(versos 134-137).
Briosa es la salida y el ascenso, pero pronto surgen los problemas y se manifiestan las terribles consecuencias
de las acciones de un inexperto adolescente que no ha aceptado los sabios consejos de su padre.
“Más era liviana la carga y no podían reconocerla los caballos del Sol; el yugo carecía de su peso
habitual; y del mismo modo que se bambolean las recurvadas naves cuando no tienen el peso debido
y, desprovistas de estabilidad por su excesiva ligereza, son arrastradas a través del mar, así el carro
despojado de su acostumbrado lastre salta en el aire, sufre violentas sacudidas y se asemeja a un