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IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
Selección de “textos” de Ovidio (“Metamorfosis”)
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia
carro sin ocupantes. Tan pronto como los cuatro corceles lo notaron, se lanzan abandonando el
camino trillado, y no corren ya en la misma dirección que antes. Faetón es presa del pánico; no sabe
adónde dirigir las riendas que se le han confiado ni por dónde va el camino, ni aunque lo supiera,
sería capaz de imponérselo a los caballos” (versos 161-170).
“… y tan pronto se encaminan a las cumbres como se lanzan por pendientes caminos abruptos
llegando a las proximidades de la tierra. Se admira la Luna de que los caballos de su hermano corran
por debajo de los suyos, y las nubes abrasadas se disipan en humo. Las regiones más elevadas de la
tierra se incendian; se producen hendiduras en la corteza terrestre, y la tierra se deseca, privada de
sus jugos. Blanquean los pastos, arde el árbol con sus hojas, y las áridas mieses ofrecen combustible
para su propia ruina.
De pequeños daños me estoy lamentando; perecen grandes ciudades con sus murallas, y los incendios
convierten en ceniza naciones enteras con toda su población. Anden las selvas y los montes” (versos
206-216).
“En todas partes se resquebraja el suelo, por las hendiduras penetra la luz hasta el Tártaro
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y
espanta al rey del mundo subterráneo y a su esposa; el mar se encoge, y no es ya más que un campo
de arena lo que poco antes era océano” (versos 260-263).
La madre Tierra es la primera que eleva su queja a Júpiter y le suplica su intervención para poner fin a un
desastre que amenaza con destruir no sólo a ella misma sino también al mar y al cielo.
La muerte del joven era necesaria para detener la devastación que estaba causando su capricho, y su padre,
oprimido por el dolor, se escondió y dejó al mundo en tinieblas durante un día.
La Náyades recogen y entierran el cuerpo de Faetón en un lugar al que acudían sus hermanas las Helíades,
hijas también del Febo y de Clímene, a llorar la muerte de su hermano; no dejaban de derramar lágrimas hasta
que estas se convirtieron en gotas de ámbar que fluían de los álamos en que todas ellas se habían convertido
ante la vista de su propia madre.
Cuando el Sol fue convencido para volver a conducir su carro y no dejar al mundo sumido en las tinieblas,
Júpiter bajó a la tierra y la recorrió reparando los desperfectos causados por el joven Faetón. Estando en estos
menesteres vio a una doncella seguidora de Diana y quedó tan prendado de ella que decidió poseerla por
mucho que le pesara a su esposa:
“Cuando Júpiter la vio, cansada y sin que nadie la custodiase, dijo: ‘Al menos de esta aventura no se
enterará mi esposa; y si se entera, sus reproches ¡merecen tanto, tanto, la pena en este caso!’ En el
acto toma la figura y el atavío de Diana y dice: ‘¡Oh doncella, que formas parte de mi cortejo!, ¿en
qué colinas has estado cazando?’ La doncella se levanta del césped y dice: ‘Salud, divinidad superior,
en mi opinión, a Júpiter, aunque él mismo me oiga.’ Se ríe él y oye y se alegra de que se le prefiera a
sí mismo y le da en la boca besos desenfrenados e impropios de que los dé así una virgen. Cuando
ella se disponía a contarle en qué selva había estado cazando, se lo impide él con sus abrazos y se
delata no sin oprobio” (versos 422-433).
No le importó al padre de los dioses la resistencia de la joven ni las consecuencias de su ultraje; estas
comenzaron a sucederse a partir del noveno mes, pues la diosa de la caza decidió que todas las que formaban
su cortejo se bañaran desnudas, descubriéndose el embarazo de Calisto –este era el nombre de la doncella
violada-, y aunque no era culpable fue expulsada del grupo por la propia diosa para no mancillar las aguas del
sagrado manantial. Y no fue este el único castigo derivado de la pasión de Júpiter, pues después de haber dado
a luz a Arcas, un precioso niño, Juno, enterada del suceso, llevó a cabo su venganza transformando a la madre
en una espantosa osa.
Durante quince años la que era cazadora fue objeto de caza, hasta que un día encontró como cazador a su
propio hijo, a quien ella reconoció y, por consiguiente, con su sentimiento de madre a él se acercó, pero el
joven, totalmente desconocer de quién era realmente la feroz osa, se asustó y en defensa propia intentó
atravesarla con su lanza, lo cual no sucedió porque el mismo Júpiter lo impidió arrebatándolos a ambos con un
torbellino y los lanzó al espacio convirtiéndolos en dos constelaciones vecinas: la Osa Mayor y el Guardián.
Este hecho enfureció a Juno hasta el punto de presentar una queja ante los demás dioses reivindicando su
autoridad y su poder.
Continua la narración de Ovidio con más leyendas, enlazadas entre sí con magistral destreza: el cuervo y la
corneja, el nacimiento de Esculapio y Ocírroe; esta última, madre de Esculapio e hija del centauro Quirón, fue
convertida en yegua como consecuencia de la ira de los dioses por sus poderes proféticos. En ese momento y
en ese lugar se inserta la leyenda en la que Mercurio roba unas vacas descuidadas por su pastor, y soborna a
un anciano, llamado Bato, que lo había visto: la traición del anciano lo llevará a perder su forma para pasar a
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El reino de Plutón y Proserpina, la región subterránea y tenebrosa de los muertos.