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IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
Selección de “textos” de Ovidio (“Metamorfosis”)
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia
“Alejaos del templo, cubríos la cabeza, soltad los lazos que sujetan vuestras ropas, y arrojad a
vuestra espalda los huesos de la gran madre” (versos 381-383).
Con dificultad lograron interpretar las palabras del oráculo:
“O me engaña mi inteligencia, o el oráculo es santo y no nos aconseja ningún crimen. La gran madre
es la tierra; me parece que los huesos de que en él se habla son las piedras en el cuerpo de la tierra;
éstas son las que se nos ordena arrojar a nuestras espaldas” (versos 391-394).
Así se regeneró la humanidad, por la metamorfosis de las piedra arrojadas por cada uno de los dos
supervivientes; es, pues, la nuestra una estirpe “dura” procedente de las duras piedras y no, como la anterior,
“sanguinaria” procedente de la maligna sangre de los Gigantes.
En cuanto a los demás animales terrestres surgieron espontáneamente de la húmeda tierra:
“Los demás animales, con sus formas diversas, los produjo la tierra por sí misma, una vez que la
humedad que aún conservaba se calentó con el ardor del sol, una vez que el cieno y las húmedas
charcas se hincharon con el calor, y los gérmenes fecundos de la naturaleza, alimentados por un
suelo vivificante, como en el seno de una madre, crecieron y tomaron con el tiempo alguna forma
determinada” (versos 416-421).
Entre estos animales renovados se encontraba la monstruosa serpiente Pitón, a quien dio muerte con sus
flechas Apolo. Este dios, orgulloso de su hazaña, se enfrentó con Cupido al menospreciar el uso que este hacía
de las flechas: infundir el amor en aquellos que eran heridos por sus dardos de oro y de punta fina o el odio en
los afectados por los de plomo y de punta roma.
De esta genial manera Ovidio hace la transición para centrarse en la narración de la famosa leyenda de ‘Apolo
y Dafne’, heridos ambos por las flechas de Cupido infundiendo al dios el amor y el rechazo del mismo a la
bella ninfa, quien, además, había decidido con el consentimiento de su padre Peneo disfrutar, como la diosa
Diana, de una virginidad perpetua. El acercamiento y súplicas del uno y el alejamiento y negativas de la otra
provoca una apasionante persecución a través del bosque hasta que…
“Agotadas sus fuerzas, palideció; vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira a las aguas del
Peneo y dice: Socórreme, padre; si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura
por la que he gustado en demasía” (versos 543-547).
En este momento se produce la metamorfosis de Dafne en el árbol del laurel, cuyas hojas a partir de este
momento y por deseo del mismo Apolo mantendrán su color verde perpetuamente y servirán para
confeccionar las coronas otorgadas a los vencedores en certámenes y batallas.
Como siempre Ovidio establece un nexo entre dos leyendas; es ahora cuando se introduce la primera de las
aventuras extramatrimoniales de Júpiter, y retrata a Juno, su esposa, como celosa y vengativa: los ríos de la
comarca se reúnen en una zona, dudando entre felicitar o consolar al padre de Dafne, el río Peneo, pero estaba
ausente el Ínaco porque lloraba en el interior de una gruta la pérdida de su hija Io.
Júpiter, enamorado de la joven, tras una larga persecución, le había arrebatado a la fuerza su virginidad en un
prado que previamente el dios había envuelto en una densa y extensa neblina para no ser descubierto por su
celosa esposa.
Ante la extraña situación atmosférica Juno sospecha especialmente una posible infidelidad de su esposo:
“y se puso a buscar a su esposo, conocedora, como era, de las trapisondas de su marido, tantas veces
descubierto en flagrante delito. Y no encontrándolo en el cielo, dice: ‘O me engaño, o me están
ultrajando’; y dejándose caer desde lo más elevado del cielo, se detuvo en la tierra y ordenó a las
nieblas disiparse. Él había advertido de antemano la llegada de su esposa y había transformado la
figura de la Ináquide
1
en una espléndida ternera” (versos 605-611).
A pesar de la artimaña de Júpiter, la esposa sigue desconfiando hasta el punto de solicitar a su marido la
ternera como regalo y ponerla bajo custodia del insomne Argos, personaje especialmente dotado para la
vigilancia:
“De cien ojos tenía Argos rodeada la cabeza; de entre ellos, dos por turno se entregaban al sueño,
mientras los demás vigilaban y permanecían en su puesto. Fuera cual fuera su postura, siempre
estaba mirando a lo; aunque estuviera de espaldas, tenía a Ío delante de sus ojos. Durante el día le
permite pacer; cuando el sol está bajo la tierra profunda, la encierra y circunda su cuello de cadenas
que ella no merece” (versos 625-631).
Mercurio
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, el mensajero de los dioses con alas en las sandalias, sombrero y varita productora del sueño, recibe
del mismo Júpiter la orden de matar a Argos, ya que no puede soportar las desgracias de su amada, a quien
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Ináquide es el patronimico de Io, cuyo padre era Ínaco.
2
Hijo de Júpiter y Maya, una Pléyade descendiente de Atlas.