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IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
Selección de “textos” de Ovidio (“Metamorfosis”)
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia
fiera, y palideció su semblante entero; pero cuando encontró también la prenda teñida en sangre,
dijo: ‘una sola noche acabará con los enamorados; de los dos, ella era la más digna de una larga
vida, mientras que mi alma es culpable; yo he sido quien te he perdido, infortunada, yo que te he
mandado venir de noche a un lugar terrorífico, y no he venido aquí el primero. Despedazad mi cuerpo
y devorad a fieros mordiscos estas vísceras criminales, oh leones todos que habitáis bajo esta roca.
Pero es de cobardes desear la muerte’. Coge del suelo el velo de Tisbe, lo lleva consigo a la sombra
del árbol de la cita, y después de dar lágrimas y besos a la conocida prenda, dice: ‘Recibe ahora
también la bebida de mi sangre’. Y hundió en sus ijares el hierro que llevaba al cinto, y sin tardanza
se lo arrancó, moribundo ya, de la ardiente herida, quedando tendido en tierra boca arriba; la sangre
salta a gran altura, no de otro modo que cuando en un tubo de plomo deteriorado se abre una
hendidura, que por el estrecho agujero que silba lanza chorros de agua y rasga el aire con su
persecución. Los frutos del árbol toman, por las cruentas salpicaduras, un tinte oscuro, y la raíz,
humedecida en sangre, matiza de color púrpura las moras que cuelgan.
He aquí que, sin estar libre de miedo todavía, pero para no hacer defección a su amante, vuelve ella,
busca al joven con los ojos y con el alma, y arde en deseos de contarle el enorme peligro de que se ha
librado; y si bien reconoce el lugar y la forma del árbol que ha visto, con todo le hace dudar el color
del fruto; quédase perpleja sobre si será el mismo árbol. Mientras vacila, ve que unos miembros
temblorosos palpitan sobre el suelo ensangrentado; retrocedió, y con el semblante más pálido que el
boj sufrió un estremecimiento semejante al del mar que susurra cuando una leve brisa roza su
superficie. Mas una vez que, poco después, reconoció a su amor, se maltrata con sonoros golpes los
brazos que no lo merecían, se arranca los cabellos, y abrazando el cuerpo amado inundó de lágrimas
sus heridas y mezcló su llanto con la sangre; y estampando sus besos en el rostro helado gritó:
‘Píramo, ¿qué desventura me ha dejado sin ti? Píramo, respóndeme; es tu adorada Tisbe quien te
llama; escúchame y yergue tu cabeza abatida’. Al nombre de Tisbe levantó Píramo los ojos, sobre los
que gravitaba ya la muerte, y después de verla a ella los volvió a cerrar. Cuando ella reconoció su
prenda, y vio el marfil desprovisto de su espada, exclamó: ‘¡Tu propia mano te ha dado muerte y tu
propio amor, infortunado! Para esto sólo tengo yo también una mano fuerte, y tengo también amor
que me dará fuerzas para herirme. Iré tras de ti que ya has perecido, y de tu muerte se dirá que he
sido yo trágica causa y compañera; y tú, a quien sólo la muerte ¡ay! podía arrancarme, ni aun la
muerte podrá arrancarte de mí. Una cosa sin embargo os han de pedir las súplicas de los dos, oh
infelicísimos padres mío y suyo, que a aquellos a quienes unió un fiel amor y la última hora, no les
rehuséis ser sepultados en la misma tumba. Y tú, árbol que con tus ramas das sombra ahora al pobre
cuerpo de uno sólo, pero pronto la darás a los de los dos, conserva las señales de nuestra ruina, y ten
siempre frutos negros y propios para el luto, en memoria de nuestra doble sangre’. Dijo, y colocando
la punta de la espada bien por debajo de su pecho, se dejó caer sobre el hierro que aun estaba tibio
de la otra sangre. Sus súplicas conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres; pues el color del
fruto, una vez que está bien maduro, es negruzco, y lo que resta de sus piras descansa en una única
urna" (versos 93-166).
Habiendo terminado su narración una de las hijas de Minias, corresponde el turno a su hermana Leucónoe,
que elige como tema los amores del Sol, objeto de la venganza de Venus por haber descubierto su relación
amorosa con Marte y haberla delatado a su marido, Vulcano, el cual los ridiculizó con habilidad ante los
demás dioses.
Cuenta cómo también el Sol fue traicionado por una de sus amantes, Clítie, cuando fue olvidada por el Titán,
atraído únicamente por la joven Leucótoe, a quien violó haciéndose pasar por la madre de esta para quedarse a
solas con ella y desatar su pasión. Una vez delatada la relación al padre, este castigó a su hija enterrándola
profundamente, y el Sol, al no poder reanimarla bajo tierra con el calor de sus rayos, humedeció el túmulo con
un divino néctar y brotó una rama de incienso que con su fragancia le recuerda a su amada.
A continuación toca el turno a Alcítoe, quien entre las muchas leyendas que conocía elige una especialmente
novedosa: Hermafrodito, hijo de Hermes (Mercurio) y Afrodita (Venus). Este joven, rechazando los deseos
amorosos de la ninfa Sálmacis, sufrió una transformación causada por la fusión física con la hembra en las
aguas de una fuente que, desde entonces, ablanda los rasgos varoniles de los hombres que en ella se bañan.
“Persiste el Atlantíada
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y rehusa a la ninfa el placer que esperaba; ella le oprime, y, con todo su
cuerpo unido a él y conforme estaba adherida, le dijo: ‘Aunque luches, maldito, no por eso te vas a
escapar; ¡hacedlo así, dioses, y que jamás llegue un día que separe a éste de mí ni a mí de éste!’ La
plegaria tuvo dioses que la escuchasen; pues los dos cuerpos se mezclan y se juntan, y ambos se
revisten de una forma única, como, cuando se unen ramas bajo una corteza, se las ve juntarse al
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Referencia a Hermafrodito, que es Atlantiada por se hijo de Mercurio que es nieto de Atlas.