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IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
SALUSTIO: “Bellum Iugurthinum” (SELECCIÓN de textos)
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia (Profesor de Latín)
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afianza su seguridad en haber muerto a vuestros tribunos, otros en haberos injustamente atormentado, y los más
en haber hecho en vosotros una cruel carnicería: de suerte que el que más daño os hizo, ese vive más seguro. El
miedo que debieran tener por sus maldades le han trasladado a vuestra inacción y flojedad; y el haberse unido, es
porque desean, aborrecen y temen todos unas mismas cosas; pero esta unión entre buenos es amistad, entre malos
partido. Y a la verdad, si vosotros miraseis tanto por vuestra libertad como ellos por adelantar su despotismo, no
estaría, como está hoy, desolada la República, y obtendrían vuestros empleos no los más osados, sino los más
dignos. Vuestros mayores, a fin de recobrar sus derechos y sostener la majestad del Imperio, tomaron en dos
ocasiones las armas, y separándose del resto de los ciudadanos, ocuparon el monte Aventino; ¿y vosotros no
habéis de trabajar con el mayor empeño por mantener la libertad que de ellos recibisteis? Y esto con tanto más
ardor, cuanto el perder las cosas ya adquiridas es mayor afrenta que el no haberlas jamás solicitado. Pero me
preguntará alguno de vosotros: ¿qué debemos hacer? ¿Qué? Procurar que se castiguen los que han vendido
infamemente al enemigo la República; pero esto no con mano armada, ni con violencia (lo que aunque ellos
tenían bien merecido es cosa indigna de vosotros), sino a fuerza de cuestiones y torturas, y por la declaración del
mismo Yugurta; el cual, si se ha rendido y entregado de buena fe, como ellos dicen, sin duda hará cuanto le
mandareis; pero si rehúsa obedecer, entonces, entonces conoceréis cuál sea el fondo de aquella paz y de aquella
entrega de que no hemos visto otro fruto sino quedar Yugurta sin castigo, enriquecerse mucho algunos poderosos,
y perjudicarse y cubrirse de oprobio la República. Si ya no es que no estáis aún hartos de sufrir su tiranía, y que
mal hallados con estos tiempos, gustáis más de aquellos en que los reinos, las provincias, las leyes, los derechos,
los tribunales, la paz, la guerra, y últimamente todo lo divino y lo humano estaba en poder de algunos pocos; y
vosotros, esto es, el Pueblo romano, jamás vencido por los enemigos, y dueño del mundo, os contentabais con que
os dejasen vivir. Porque, hablando por la verdad, ¿quién de vosotros tenía valor para rehusar la servidumbre?
Yo, pues, aunque juzgo que para un hombre honrado es cosa en sumo grado vergonzosa recibir agravio y no
tomar satisfacción; con todo eso, llevaría bien que perdonaseis a estos hombres llenos de maldades, sólo porque
son ciudadanos, si la piedad que con ellos se usó no hubiese de redundar en vuestro daño. Porque, según es su
insolencia, no se contentarán con el mal que hasta ahora impunemente han hecho, si no les quitáis la libertad de
continuarlo; y vosotros viviréis en un perpetuo sobresalto desde el punto en que echéis de ver que os es preciso
servir o mantener vuestra libertad a fuerza de brazos. Porque ¿qué esperanza puede haber de buena fe o de
acomodamiento? Ellos quieren dominar; vosotros ser libres: ellos hacer injuria; vosotros impedirla: tratan,
finalmente, a vuestros aliados como á enemigos, y a éstos como si fueran aliados. ¿Puede acaso haber paz o
amistad en tan encontrados pareceres? Por esto os exhorto y amonesto que en ninguna manera dejéis tan gran
maldad sin castigo. No se trata aquí de haber robado el Erario, ni de haber quitado violentamente la hacienda a
vuestros aliados (cosas que, aunque tan enormes, han venido ya con la costumbre a tenerse en nada), sino de
haber vendido la autoridad del Senado, de haber vendido vuestro Imperio al enemigo más terrible. En paz y en
guerra ha sido puesta en precio la República. Si esto, pues, no se inquiere, si no se castigan los culpados, ¿qué
restará sino que vivamos perpetuamente esclavos de ellos? Porque, ¿qué otra es ser rey, sino hacer lo que se
quiere impunemente? Ni os digo con esto, oh Quintes, que por vengaros queráis más que vuestros ciudadanos se
hallen culpados que inocentes; sí solo que no oprimáis a los buenos, perdonando a los malhechores. Fuera de que
en un Estado es mucho menor inconveniente el dejar sin galardón los hechos ilustre, que sin castigo los delitos;
porque el bueno, si no es premiado, lo más que hace es entibiarse; el malo, si no se castiga, se empeore. Y en fin,
si no hubiese agravios, ni habrá tampoco necesidad de recursos para que se reparen”.