Marco Tulio Cicerón
D e l a v e j e z
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placeres no están lejanos del todo. "La vejez, dice, disfruta de ellos (los placeres) lo suficiente
aunque los vea de lejos". No tan de lejos los ha de ha de haber visto el autor Cicerón, quien, a los
sesenta años se ha divorciado de Terencia tras veintinueve años de matrimonio para casarse con su
joven pupila Publilia.
En el capítulo de los placeres hay una larga exaltación de los que brinda la agricultura. Ver
crecer las plantas, vigilar lo sembrado, acumular los frutos de la tierra, vivir la paz bucólica del
campo, son ternas en los que el autor se explaya.
Hay que reconocer, sin embargo, que toda la dulzura de la vida puede verse empañada por la
avaricia y la pesadez de ancianos que desean más de lo que los jóvenes desean concederles. Pobres
de ellos, "pobre de la vejez que tiene que defenderse con palabras". Porque, dice, "ni las canas ni las
arengas pueden proporcionar autoridad de repente, sino que es la vida anterior vivida honestamente
la que recoge los últimos frutos de la autoridad". Implícitamente, el autor Cicerón, a través de su
personaje Catón, está elevando el respeto a la dignidad de un placer propio de la vejez. Placer que,
no precisa decirse, deriva de la vida previa, es fruto del esfuerzo de antes. En la sociedad romana, se
concedía una autoridad muy particular a los ancianos en la figura del
pater familias .
Como indica
Georges Minois en una reflexiva nota, a partir del siglo IV la desintegración progresiva de la
gens
dio lugar a las
familiae
independientes, cuyos miembros estaban unidos por lazos jurídicos más que
naturales bajo la
patria potestas
por nacimiento del mismo padre o bien por adopción o matrimonio.
Bajo el sistema de la
agnatio,
el poder está vinculado al parentesco por vía masculina, lo cual
explica que sea el hombre, y el hombre viejo, quien goza de absoluto poder. Su autoridad, que no
conoce límites, es frecuente motivo de burla en el teatro y en la literatura. Por ende, es una figura
ambigua. Por una parte, goza de poder y autoridad, por otra es odiado. No siempre es figura de
respeto, especialmente si pierde bienes y poder. La pugna con las generaciones jóvenes, a menudo
ejemplificadas en la figura del hijo, encuentra resonancias de marcados acentos, tal vez mayores
que en otras tradiciones.
La última razón para deplorar la vejez, la proximidad de la muerte, es analizada en
De Senectute
en un registro que ya se ha convertido en tópico. "Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo
menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene un límite para la
vida, como para todas las demás cosas". Si no hay nada después de la muerte, nada debemos temer.
Si la muerte es la puerta para vida eterna, debiéramos desearla. Por supuesto, en la época de Cicerón
el tema de la longevidad tenía caracteres distintos de la época actual. Hoy no es improbable que una
persona promedio, en un país medianamente civilizado, pueda aspirar a una larga vida. Por ende,
desear vivir muy largo no es ambición descabellada. El tema de la calidad de la vida larga es el que
ahora nos preocupa y conmueve. La disposición del tiempo libre, el goce del ocio, la satisfacción de
las necesidades, todos los duelos, casi diarios, que significa la pérdida de ascendiente y dinero son
hoy día más relevantes. Una vida terminada "a su debido tiempo" supone una reflexión filosófica
profunda. Es a esa reflexión a la que alude Daniel Callahan cuando en su libro "Setting Limits
"
trata
de precisar qué es una vida adecuadamente vivida y cuándo es razonable que termine. Conocida es
su propuesta de racionar los recursos sanitarios sobre la base de la edad, que ha causado más de
alguna ácida polémica.
El libro de Cicerón es un bello monumento al ideal. Ojalá todos pudieran vivir y morir como el
sabio tribuno imagina y recomienda. Ojalá sus recomendaciones fueran leídas y meditadas. Tal vez
no a todos convenga el género de vida que allí se describe. Sus páginas destilan una suerte de
esperanzada alegría, un útil recuerdo de que siempre hay algo mejor a qué aspirar. Como apología
de la vejez, logró el libro su propósito. Pero, como la vejez misma, es una apología de doble faz.
Aquello que se celebra también puede ser objeto de preocupación. Lo deleitable es a veces
negativo. La vejez, como la vida misma, siempre aceptará miradas múltiples y contradictorias.
Fernando Lolas Stepke