Marco Tulio Cicerón
D e l a v e j e z
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ejemplo, Catón confiesa a sus jóvenes oyentes que algunos placeres ya no se pueden obtener, pero
la naturaleza sabiamente quita el deseo de tenerlos. La culpa de que la vejez sea ingrata no está en
ella misma sino en las costumbres. Pues aquellos viejos que han cultivado la virtud a lo largo de su
vida, que son moderados y no exigentes, que han tenido una vida "bien llevada" no debieran tener
quejas ni mayores penas.
El tema central de la obra —o, más bien, uno de los temas centrales— consiste en una refutación
ordenada de cuatro motivos por los que la vejez puede parecer miserable.
El primer argumento es que la vejez aparta de las actividades. Catón (Cicerón, a través de Catón)
se pregunta de cuáles. Las cosas grandes no se hacen con las fuerzas, la rapidez o la agilidad del
cuerpo sino mediante el consejo, la autoridad y la opinión, cosas todas de las que la vejez, lejos de
estar huérfana, prodiga en abundancia. Aunque es verdad que la memoria disminuye, hay ejemplos
notables de viejos capaces de recitar pasajes enteros de obras literarias, como Sófocles, cuando
convenció a los jueces declamando
Edipo en Colona.
Otros ancianos, de los que no se escatiman
ejemplos, tuvieron la dicha de que sus estudios duraran lo que su misma vida. Bella manera de decir
que estuvieron siempre renovándose y aprendiendo. Sócrates, por ejemplo, empezó a estudiar la lira
y el propio Catón la lengua griega en la ancianidad.
La segunda razón para deplorar la vejez es la pérdida de la fuerza física. El argumento de
Cicerón, puesto en boca de Catón, es que la vida no debe valorarse por ella. Pero es obvio que
decrece. También es obvio que abundan las enfermedades. Mas éstas ¿no son también propias de
los jóvenes? ¿es que alguien está libre de la debilidad y la dolencia? "Hay que hacer frente a la
vejez, Lelio y Escipión, y hay que compensar sus defectos con la diligencia. Lo mismo que hay que
luchar contra la enfermedad, hay que hacerlo contra la vejez", dice el sabio anciano. Y agrega algo
que suena muy moderno: "Es preciso llevar un control de la salud, hay que practicar ejercicios
moderados, hay que tomar la cantidad de comida y bebida conveniente para reponer las fuerzas, no
para ahogarlas. Y no sólo hay que ayudar al cuerpo, sino mucho más a la mente y al espíritu. Pues
también estos se extinguen con la vejez, a menos que les vayas echando aceite como a una
lamparilla".
Estos pasajes son recomendaciones dietéticas, en el sentido de una forma de vida acorde con la
edad. Suenan, en realidad, como de sentido común, y sin embargo fueron escritos cuarenta años
antes de la era cristiana. Hay que hacer notar que Catón agrega, a continuación, que la vejez "es
honorable si ella misma se defiende, si mantiene su derecho, si no es dependiente de nadie y si
gobierna a los suyos hasta el último aliento". Estas observaciones, podría argüirse, con ser muy
atinadas, no se aplican a muchos viejos que padecen la tortura de la dependencia y la pobreza.
Catón habla, en realidad, de aquellos viejos que pueden sumergirse en sus estudios y ni siquiera
darse cuenta de que envejecen.
Hay una razón, la tercera, para lamentar volverse viejo, que es tal vez una de las más
frecuentemente citadas: la edad proyecta hace perder placeres. En esta parte, el viejo Catón lanza
una diatriba contra los placeres. La pasión, alega, nos arrastra a acciones vergonzosas y criminales.
Es una suerte que la edad aleje de nosotros lo que es lo más pernicioso de la juventud. "...nada hay
tan detestable como el placer, si es verdad que éste, cuando es demasiado grande y prolongado,
extingue toda la luz del espíritu". No sólo no hay que reprochar a la vejez que sepa prescindir de los
placeres, hay que felicitarla por ello. Una vida virtuosa es garantía de bienestar.
La argumentación es bastante diáfana cuando se trata de los placeres de la mesa, toda vez que al
privarse de excesos, de comilonas y libaciones, la vida es más grata. Pero con respecto al amor y al
sexo, tema entonces muy debatido y asunto de perenne importancia, la discusión es algo más difusa.
El anciano observa que disminuye el deseo y por lo tanto hay menos necesidad de obtener
satisfacciones en ese ámbito. Sobre todo, dice, "para los que están satisfechos y ahítos es mucho
más agradable la carencia que el disfrute". De esta frase se infiere lo inverso de lo que previamente
el anciano ha predicado, pues ¿quién puede estar satisfecho y ahíto de placeres si ha llevado una
vida virtuosa privándose de ellos? Resulta que la carencia es buena para el que ya está harto. Y para
hartarse, obviamente, hay que haber gozado. Otro punto ambiguo es la declaración de que tales