Página 70 - Literatura

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56 la transmisión de la literatura antigua
Hay muchos testimonios de la existencia de bibliotecas en los mo-
nasterios. San Benito, en su
Regula
, prescribe a los monjes que durante
la Cuaresma
accipiant omnes singulos codices de bibliotheca
(”todos cojan
códices de la biblioteca, uno cada uno”), y que lean esos códices
a ma-
ne usque ad tertiam plenam
(”desde el amanecer hasta la hora tercia”).
También sabemos que la copia de códices era un deber monástico, y,
desde luego, para poseer una biblioteca es imprescindible la copia y
el intercambio de libros entre los monasterios. A lo largo de la Edad
Media europea, los monasterios y abadías se convirtieron en focos de
cultura. En muchos casos, disponían de escuela orientada tanto a la
formación de monjes como a la de laicos. En la Baja Edad Media algu-
nas de estas escuelas compitieron con las de las catedrales, y luego lo
harían con las universidades. La importancia de un centro monástico
se correspondía con la calidad y la cantidad de los libros que se copia-
ban y de los fondos de su biblioteca, que se convertían así en el más
preciado tesoro. En los estantes predominaban los textos religiosos,
pero había sitio para los textos de la Antigüedad pagana.
a
.
5 escribas
,
amanuenses
,
copistas
E
n
Egipto los escribas formaban parte de una jerarquía administra-
tiva. El aprendiz de escriba, siempre de familia principal, recibía
de otro escriba las enseñanzas de su oficio desde muy joven. Dadas
las características de las escrituras egipcias (hierática, jeroglífica y de-
mótica), se diría que el escriba tenía mucho de pintor. Sentado sobre
el suelo con las piernas cruzadas, escribía en el papiro, extendido so-
bre sus rodillas, con una pluma de caña o un tallo de la misma planta
del papiro; escribía de derecha a izquierda en columnas verticales y
a mano levantada.
Si nos atenemos exclusivamente a lo que afecta a la transmisión de
la literatura por vía de copia, hay que decir que en Grecia, y más tarde
en Roma (su literatura comienza en el siglo III a.C.), el de amanuense
era un oficio servil. El dominus ocasionalmente podía hacer copiar
a sus esclavos, con destino a su biblioteca particular, cualquier libro,
pero por lo general, al menos a finales de la República, recurría al
librero profesional (
bibliopola
o
librarius
, aunque este término se hacía
extensivo al copista) para comprar su copia o encargarla. El librero
tenía a varios copistas trabajando para atender sus encargos, pero
sabemos muy poco de las condiciones en que trabajaban.
La información acerca de la copia de libros en la Antigüedad es
escasa, si bien el panorama cambia cuando los centros monásticos
se convierten en depositarios del legado escrito. La labor de copia
se realizó en condiciones muy diversas, dependiendo de las épocas,
e incluso de la orden monástica de que se tratase. El copista podía