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lo que hoy conocemos como ”derechos de autor”. Colocaban a la en-
trada de sus tiendas llamativos carteles con los títulos y precios de
las novedades. Solían tener la exclusiva de los autores importantes;
así Tito Pomponio Ático era editor de Cicerón, los hermanos Sosii de
Horacio, Atrecto y Segundo de Marcial, Doro de Séneca, y Trifón de
Quintiliano.
El proyecto para fundar la primera biblioteca pública de Roma se
debe a Julio César, que incluso encargó a Varrón que recopilase libros
para ella. Pero César no vio cumplido su deseo. Sería Gayo Asinio
Polión quien fundase la primera biblioteca pública de Roma en el
39
a.C., en el
Atrium Libertatis
. No mucho después, Augusto fundó una
biblioteca aneja al templo de Apolo del Palatino (
28
d.C.) y otra en
el Campo de Marte. Y desde entonces se siguieron abriendo bibliote-
cas: la del Pórtico de Octavia, la construida por Tiberio en la Domus
Tiberiana, la del Templo de la Paz, abierta por Vespasiano, la Biblio-
teca Ulpia, levantada por Trajano, otra más en el Capitolio, etc. Las
bibliotecas romanas podían formar parte de los grandes complejos
arquitectónicos, como las termas o los templos, y estar a disposición
de sus visitantes. Se calcula que Roma llegó a tener en el siglo II has-
ta veintiocho bibliotecas públicas. En cuanto a las privadas, algunas
también fueron considerables, como la del poeta Persio. Los gramáti-
cos se aplicaron al estudio y comentario de las obras de los autores
nacionales y, de éstos, los más importantes pasaron a formar parte
con sus textos de los programas educativos de las escuelas. Este últi-
mo factor suponía una selección consciente, que determinó la fortuna
de la transmisión de algunos autores, que quedaban a expensas de
los gustos de cada época.
En el siglo VI se produjo el derrumbe cultural del Imperio Romano,
que ya estaba anunciado desde el siglo III. Con las invasiones bárba-
ras, la continuidad de la cultura romana se rompió en muchos puntos,
y los restos de la civilización clásica fueron paulatinamente quedando
en manos de la iglesia. Los fondos de las grandes bibliotecas públi-
cas y privadas que se salvaron de la catástrofe tuvieron como último
reducto las bibliotecas de los nacientes monasterios. No obstante, la
mayor parte de la literatura latina perduraba a comienzos del siglo
VI, pese al ambiente hostil de los centros monásticos, debido a que
el prestigio de la tradición pagana no tenía parangón en la cultura
cristiana; las obras de los autores paganos seguían constituyendo mo-
delos dignos de imitación y estudio.
En las postrimerías del mundo tardo-antiguo aparecen, no obstan-
te, algunos personajes a los que cabe considerar en conjunto como
puente cultural hacia unos siglos en los que hay más sombras que lu-
ces: Símaco, Boecio, Casiodoro, Benito de Nursia o Isidoro de Sevilla,
entre otros, contribuyeron con su persona y con su obra a que no se
olvidara el interés por el libro y por la lectura.