Página 68 - Literatura

Versión de HTML Básico

54 la transmisión de la literatura antigua
hasta que sus cartas fueran espolvoreadas con carbón, y Plinio men-
ciona para este uso la savia de determinadas plantas.
Colores para iluminar (
pigmenta
)
E
l
copista reservaba en el pergamino los espacios en blanco sobre
los que posteriormente trabajaría el miniaturista. La miniatura
era la técnica por medio de la cual se embellecían las páginas de los
manuscritos, lo que afectaba particularmente a las iniciales. Del ya
citado
minium
procede el vocablo ”
miniatura
” . Se utilizó también el
término
alluminare
, que significaba ”dar alumbre”, es decir, iluminar
con lacas obtenidas por reacción química del alumbre (
alumen
) mez-
clado con materias colorantes vegetales.
Las diversas clases de tintas y sustancias colorantes, los pigmentos
de origen animal, mineral o vegetal, se hacían más consistentes y
tenaces con goma arábiga, aunque también se utilizó miel o clara
de huevo; hasta el cerumen se empleó, precisamente para combatir
la espuma de la clara de huevo batida. Gracias a la hiel de buey, el
pergamino recibía mejor los colores al agua. En occidente no se utilizó
la decoración de oro (pan de oro) o plata tanto como en los códices
bizantinos, debido a la peor adherencia de los pergaminos, aunque
se ideó el procedimiento de dorarlos con purpurina, es decir, con el
metal pulverizado. En cuanto a la decoración de plata, se sustituyó
con hoja de estaño. En los códices de gran valor se utilizó también
el exótico lapislázuli para preparar un pigmento muy vivo de color
azul ultramar.
a
.
4 bibliotecas y circulación de libros
H
asta
mediados del siglo II a.C. no puede decirse que Roma con-
tase con una literatura propia cuantitativamente importante. Pe-
ro por entonces, ya existe una nobleza ilustrada, que seguía los dicta-
dos literarios y filosóficos de las modas helénicas y se había dado el
fenómeno del mecenazgo, en torno al llamado círculo de Escipión. Es
de suponer que los libros circulaban, aunque no hubiese ni un siste-
ma organizado para su difusión, y que existían bibliotecas privadas,
al menos las que habían llegado a Roma desde Grecia como botín
de guerra. Un siglo más tarde, en época de Cicerón, ya hay constan-
cia de la existencia en Roma de un sistema de edición y difusión de
libros; incluso hay un barrio donde los libreros abren sus florecien-
tes negocios: el Argiletum (la zona comprendida entre el foro y la
Subura). Los libreros romanos podían lograr fabulosos beneficios co-
piando las obras de los autores de éxito, aunque éstos no cobraban