Página 8 - catulo

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su amigo Calvo la muerte de la esposa de éste. No podían faltar, debido precisamente a ese mismo trato de
familiaridad y confianza entre amigos, los poemas de reproche o, incluso, de decepción por la amistad
traicionada: suaves reproches dirigidos a Cornificio en el XXXVIII porque, en medio de la mala situación que
atraviesa el poeta, no es capaz, siendo su amigo, de consolarle; en contraste, la dureza de las palabras del XXX y
la apelación a la venganza divina contra su amigo Alfeno (quizá el mismo al que llama Varo en los poemas X y
XXII) por su traición y deslealtad. Por último, una muestra especial de delicadeza y ternura, de expresión
profunda de dolor, surge en los versos dedicados a su hermano, muerto en Troya, de quien dice en el LXV:
hermano más querido para mí que la vida;... siempre te querré, siempre cantaré cantos de duelo por tu
muerte,..
., o en el LXVIII:
al tiempo que tú han perecido todas nuestras alegrías, que, en vida, alimentaba tu
dulce amor..
.; como asimismo recorre todo el poema CI un tono de llanto y de hondura, de serenidad al fin por
haber cumplido el poeta con los ritos debidos a la tumba de su hermano.
Frente al grupo de los amigos, uno mucho más nutrido de enemigos o, simplemente, de personajes antipáticos al
poeta, ridiculizables por sus hábitos o sus peculiaridades. Todo un repertorio de personajes, la mayor parte de
ellos sólo conocida por los versos de Catulo, que nos da buena cuenta de la vida en la calle, de los tratos sociales,
de las formas y las costumbres del momento. Los hay ladrones, no de grandes cosas, sino de servilletas o
pañuelos bordados, que, al parecer, era moda encargar o comprar en el extranjero y llevar a los banquetes u
otros actos sociales; ladrones de estos objetos son Asinio Marrucino, del poema XII, y Talo, del XXV, al que
llena de insultos y promete castigar por propia mano. Los hay malos escritores, como el Sufeno del XXII, pero,
sobre todo, Volusio, del XXXVI y del XCV, cuyos escritos moteja Catulo de
escritos de mierda
. Ataca en el X
y en el XXVIII a un tacaño de categoría, Memio, a quien Catulo conoció bien por haber formado parte de su
séquito en Bitinia. Hay personajes de mal olor: Rufo (LXIX), Emilio (XCVII), Victio (XCVIII); contra el
segundo de ellos descarga versos de brutal crudeza para hacer más marcado el contraste entre la insoportable
fetidez del individuo y sus alardes de guapo y conquistador:
¡Que los dioses me asistan! No creí que tuviese
importancia alguna distinguir entre oler la boca o el culo de Emilio... ¿Y éste se folla a muchas y se hace el
guapo...?
.
Otra categoría la forman los criticados, ridiculizados o insultados por sus costumbres sexuales: por encima de
todos Gelio, a quien menciona nada menos que en LXXIV, LXXX, LXXXVIII, XC, XCI y CXVI; y, además,
Galo, del LXXVIII; Aufilena, del CX y CXI; Nasón, del CXII, a quien sentencia con sólo dos versos, mediante
un ingeniosísimo juego de palabras. Los hay delatores, como el Victio del XCVIII, quien, cuando abre la boca,
no sólo destroza al auditorio por su mal aliento, sino especialmente por sus palabras; y el Cominio del CVIIII.
Rechaza en el XLI y XLIII la pretendida belleza de Ameana, al paso que declara que ésta se prostituye
concediendo sus favores a Mamurra (uno de los objetivos preferidos, como más adelante señalaremos, de las
terribles puyas de Catulo), tal vez como venganza por haber roto ella una probable relación anterior con el
poeta. Busca en el LXXXIV la burla y la ridiculización de un tal Arrio, provinciano que se las daba de listo
pronunciando [h] donde no debía, apreciable testimonio de primera mano, por otra parte, para ayudar a conocer
ciertos aspectos de la pronunciación del latín de la época. Entre los pobretones, malos pagadores o los que no
cumplen los servicios por encargos previamente pagados encontramos a Furio (XXII, XXIV, XXVI), a Aurelio
(XXI), a Silón (CIII); y, por cierto, no queremos dejar de señalar que a los dos primeros, por los que Catulo
debía de sentir un enconado odio, comienza en el XI por darles un desagradable encargo
: comunicadle a mi
niña estas pocas palabras no agradables: viva y disfrute con sus adúlteros, los trescientos a los que tiene
abrazados a la vez...
, y termina en el XVI por asaetearlos con el poema quizá más virulento de toda la
colección, por ser tan necios que, además de entender torcidamente la poesía de Catulo, la confunden con la
vida de quien la escribe. Y, por supuesto, en toda esta caterva de indeseables para el poeta, no podían faltar los
más odiados, sus rivales en los amores de Juvencio y, especialmente, de Lesbia: Aurelio, a quien en el XV y XXI
pide que deje en paz a Juvencio si no quiere recibir humillantes castigos; y Egnacio, que, según las palabras del
XXXVII, le ha quitado a Lesbia, el mismo Egnacio de quien hace escarnio porque para lucir unos dientes
blancos se los lava con su propia orina, tal y como dice en el poema mencionado y en el XXXIX.