sed furtiua dedit mira munuscula nocte 145
ipsius ex ipso dempta uiri gremio.
quare illud satis est, si nobis is datur unis
quem lapide illa dies candidiore notat.
Hoc tibi, quod potui, confectum carmine munus
pro multis, Alli, redditur officiis, 150
ne uestrum scabra tangat rubigine nomen
haec atque illa dies atque alia atque alia.
huc addent diui quam plurima, quae Themis olim
antiquis solita est munera ferre piis.
sitis felices et tu simul et tua uita 155
et domus, in qua nos lusimus et domina,
et qui principio nobis +terram dedit aufert+,
a quo sunt primo omnia nata bona,
et longe ante omnes mihi quae me carior ipso est,
lux mea, qua uiua uiuere dulce mihi est. 160
LXIX
Noli admirari, quare tibi femina nulla,
Rufe, uelit tenerum supposuisse femur,
non si illam rarae labefactes munere uestis
aut perluciduli deliciis lapidis.
laedit te quaedam mala fabula, qua tibi fertur 5
ualle sub alarum trux habitare caper.
hunc metuunt omnes; neque mirum: nam mala ualde est
bestia, nec quicum bella puella cubet.
quare aut crudelem nasorum interfice pestem,
aut admirari desine, cur fugiunt. 10
LXX
Nulli se dicit mulier mea nubere malle
quam mihi, non si se Iuppiter ipse petat.
dicit: sed mulier cupido quod dicit amanti,
in uento et rapida scribere oportet aqua.
cabeza. Ni tanto ha gozado de un blanco palomo
ninguna compañera que -dicen- le arranca siempre
besos con su mordiente pico con menos vergüenza
que la que es mujer especialmente insaciable. Pero tú
sola has superado los grandes arrebatos de éstos, en
cuanto te uniste a tu rubio esposo. Digna rival
entonces en todo o casi de ti, la luz de mis ojos(305)
se refugió en mis brazos; y corriendo a menudo
Cupido a su alrededor de acá para allá, refulgía
radiante, con su túnica de azafrán. Aunque ella no se
contenta sólo con Catulo, soportaremos las escasas
traiciones de mi reservada dueña para no ser
demasiado enojosos a la manera de los necios: a
menudo incluso Juno, la más grande de los habitantes
celestiales, cuece la ira encendida por los pecados de
su esposo, sabedora de los muchísimos amoríos del
insaciable Júpiter(306). Pero no es justo comparar a
los hombres con los dioses(307). No vino, sin
embargo, ella, guiada hasta mí por la diestra paterna, a
una casa que exhalaba perfume asirio, sino que me dio
sus furtivos regalillos una noche maravillosa, robados
de los brazos mismos de su propio marido. Por lo
cual, ya es bastante si a mí solo se me concede ese día
que ella señala con piedra más blanca(308).
Este regalo, el que he podido, compuesto en verso, te
lo ofrezco, Alio, en agradecimiento a tus muchos
favores, para que tu nombre no lo toque con sucia
herrumbre ni este día ni mañana ni otro ni ninguno. A
esto que añadan los dioses los presentes, cuantos más
mejor, que Temis(309) antaño solía conceder a los
hombres piadosos de antes. Que seáis felices tú y tu
vida y tu casa, en la que hemos jugado al amor mi
dueña y yo, y el que desde el principio, como huésped,
nos ofreció su tierra(310), de quien especialmente han
nacido todas las cosas buenas, y, sobre todo, por
delante de todos la que me es más querida que yo
mismo, mi lucero, que, porque ella vive, me es dulce
vivir.
LXIX
No te extrañes, Rufo(311), de que ninguna
mujer quiera tenerte sobre sus delicados muslos, ni
aunque la seduzcas con el regalo de un vestido especial
o con el capricho de una piedra preciosa. Te hace
daño cierta mala habladuría, según la cual dicen que un
feroz macho cabrío habita bajo el valle de tus sobacos.
A ése lo temen todas, y no es extraño: pues es un
animal muy malo, y con él una chica guapa no se
acostará. Por eso, o matas esa peste cruel para la nariz,
o deja de extrañarte de que huyan.
LXX
La mujer mía(312) dice que prefiere no
entregarse a nadie más que a mí, ni aunque el propio
Júpiter se lo pida. Lo dice: pero lo que una mujer dice
a su amante ansioso, debe escribirse en el viento y en
una corriente de agua.