LXV
Etsi me assiduo defectum cura dolore
seuocat a doctis, Ortale, uirginibus,
nec potis est dulcis Musarum expromere fetus
mens animi (tantis fluctuat ipsa malis:
namque mei nuper Lethaeo gurgite fratris 5
pallidulum manans alluit unda pedem,
Troia Rhoeteo quem subter litore tellus
ereptum nostris obterit ex oculis.
alloquar, audiero numquam tua facta loquentem,
numquam ego te, uita frater amabilior, 10
aspiciam posthac; at certe semper amabo,
semper maesta tua carmina morte canam,
qualia sub densis ramorum concinit umbris
Daulias absumpti fata gemens Itylei)...
sed tamen in tantis maeroribus, Ortale, mitto 15
haec expressa tibi carmina Battiadae,
ne tua dicta uagis nequiquam credita uentis
effluxisse meo forte putes animo.
ut missum sponsi furtiuo munere malum
procurrit casto uirginis e gremio, 20
quod miserae oblitae molli sub ueste locatum,
dum aduentu matris prosilit, excutitur;
atque illud prono praeceps agitur decursu,
huic manat tristi conscius ore rubor.
LXVI
Omnia qui magni dispexit lumina mundi,
qui stellarum ortus comperit atque obitus,
flammeus ut rapidi solis nitor obscuretur,
ut cedant certis sidera temporibus,
ut Triuiam furtim sub Latmia saxa relegans 5
dulcis amor gyro deuocet aerio,
idem me ille Conon caelesti numine uidit
e Bereniceo uertice caesariem
fulgentem clare, quam multis illa dearum
leuia protendens bracchia pollicita est, 10
qua rex tempestate nouo auctus hymenaeo
uastatum finis iuerat Assyrios,
dulcia nocturnae portans uestigia rixae,
quam de uirgineis gesserat exuuiis.
estne nouis nuptis odio uenus? anne parentum 15
frustrantur falsis gaudia lacrimulis,
Pero, después que la tierra se llenó de nefandos
crímenes y todos desterraron la justicia de su
ambicioso corazón; los hermanos bañaron sus manos
con la sangre del hermano; el hijo dejó de llorar a sus
padres desaparecidos; el padre deseó la muerte de su
hijo en lo mejor de la vida para, libre, gozar de la flor
de una madrastra virgen; la sacrílega madre,
acostándose con su hijo ignorante, no temió, sacrílega,
mancillar a los dioses familiares; todas las cosas lícitas
mezcladas por una dañina locura con las ilícitas han
apartado de nosotros el corazón justiciero de los
dioses. Por eso no se dignan en visitar tales reuniones
ni permiten que la clara luz los toque.
LXV
(258) Aunque a mí, abatido por un continuo
dolor, la preocupación me aparta de las sabias
vírgenes(259), Órtalo(260), y la disposición de mi
ánimo no puede producir los dulces frutos de las
Musas (en tan grandes desgracias se agita mi alma:
pues hace nada la corriente que mana del remolino del
Leteo(261) bañó el pálido pie de mi hermano, él a
quien, arrancado a mis ojos, la tierra de Troya deshace
al pie de la costa del Reteo(262).
Te hablaré, pero nunca te oiré contar tus cosas, nunca
podré ya verte, hermano más querido para mí que la
vida(263); pero, en verdad, siempre te querré, siempre
cantaré cantos de duelo por tu muerte, como los que
bajo las espesas sombras de las ramas canta la de
Dáulide, lamentando el destino del desaparecido
Ítilo(264)); sin embargo, en medio de tan grandes
tristezas, Órtalo, te envío estos versos del Batíada(265)
traducidos para ti, para que no creas acaso que tus
palabras, confiadas en vano a los vientos errantes, se
han escapado de mi memoria, como la manzana(266),
enviada por el prometido en furtivo regalo, del casto
regazo de la doncella se escurre, y a la pobre, al
olvidarse de que la ha colocado bajo su suave vestido,
mientras da un salto ante la llegada de su madre, se le
escapa; la manzana se echa a rodar veloz por el suelo,
y a ella, afligida, le aflora en el rostro un rubor
revelador.
LXVI
(267) El que distinguió una por una todas las
lumbres del gran firmamento, el que descubrió la
salida y el ocaso de las estrellas, cómo se oscurece el
llameante resplandor del rápido sol, cómo los astros se
retiran en momentos fijos, cómo un dulce amor,
alejando a hurtadillas a Trivia bajo las rocas de
Latmo(268), la hace descender de su ronda aérea; ese
mismo, el famoso Conón(269), por voluntad celestial,
me vio resplandeciendo de claridad a mí, cabellera de
la cabeza de Berenice, a quien ella prometió, alzando
sus delicados brazos, a muchas de las diosas, en
aquella ocasión cuando el rey, lleno de vigor por unas
bodas recientes, había ido a devastar los territorios
asirios, llevando las dulces huellas de la pelea nocturna