Página 17 - catulo

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cui cum sit uiridissimo nupta flore puella
(et puella tenellulo delicatior haedo, 15
adseruanda nigerrimis diligentius uuis),
ludere hanc sinit, ut lubet, nec pili facit uni
nec se subleuat ex sua parte; sed uelut alnus
in fossa Liguri iacet suppernata securi,
tantundem omnia sentiens quam si nulla sit usquam, 20
talis iste meus stupor nil uidet, nihil audit,
ipse qui sit, utrum sit an non sit, id quoque nescit.
nunc eum uolo de tuo ponte mittere pronum,
si pote stolidum repente excitare ueternum
et supinum animum in graui derelinquere caeno, 25
ferream ut soleam tenaci in uoragine mula.
XVIII-XX
(
Vide adnot. crit.
)
XXI
Aureli, pater esuritionum,
non harum modo, sed quot aut fuerunt
aut sunt aut aliis erunt in annis,
pedicare cupis meos amores.
nec clam: nam simul es, iocaris una, 5
haerens ad latus omnia experiris.
frustra: nam insidias mihi instruentem
tangam te prior irrumatione.
atque id si faceres satur, tacerem:
nunc ipsum id doleo, quod esurire 10
+me me+ puer et sitire discet.
quare desine, dum licet pudico,
ne finem facias, sed irrumatus.
XXII
Suffenus iste, Vare, quem probe nosti,
homo est uenustus et dicax et urbanus
idemque longe plurimos facit uersus.
puto esse ego illi milia aut decem aut plura
perscripta, nec sic, ut fit, in palimpseston 5
relata: cartae regiae, noui libri,
noui umbilici, lora rubra membranae,
derecta plumbo et pumice omnia aequata.
haec cum legas tu, bellus ille et urbanus
Suffenus unus caprimulgus aut fossor 10
rursus uidetur: tantum abhorret ac mutat.
hoc quid putemus esse? qui modo scurra
aut si quid hac re tritius uidebatur,
idem infaceto est infacetior rure,
simul poemata attigit; neque idem umquam 15
aeque est beatus ac poema cum scribit:
tam gaudet in se tamque se ipse miratur.
nimirum idem omnes fallimur, neque est quisquam,
quem non in aliqua re uidere Suffenum
possis. suus cuique attributus est error; 20
sed non uidemus, manticae quod in tergo est.
un hombre completamente necio y tiene menos
inteligencia que un niño de dos años que duerme en
los acunadores brazos de su padre. Porque, estando
casada con él una muchacha en la flor de la edad (una
muchacha más delicada que un tierno cabritillo, a la
que hay que guardar con más celo que a las uvas más
maduras), la deja divertirse a su gusto, y no le importa
un bledo ni se altera por su parte, sino que, tal como
un aliso está tendido en un hoyo cortado por un hacha
lígur(62), apreciándolo todo como si ella no existiese,
este tal asombro mío nada ve, nada oye, quién sea él
mismo, o si es o no es, ni eso sabe.
Ahora a éste quiero enviarlo desde tu puente de
cabeza, a ver si es posible arrancarle de golpe su
estúpida modorra y que deje en el espeso cieno su
indolente espíritu, como una mula deja en un hoyo
pegajoso su herradura(63).
XXI
Aurelio(64), padre de las hambres, no sólo de
éstas sino de cuantas han sido, son y serán en los años
venideros, quieres dar por el culo a mis amores. Y no
a escondidas: pues estás a su lado, bromeáis juntos y,
pegándote a su costado, lo intentas todo. En vano:
porque a ti, que me tiendes emboscadas, te haré yo
primero que me la chupes.
Y, si lo hicieras estando harto, me callaría; pero ahora
me lamento por eso mismo, porque mi niño va a
aprender a pasar hambre y sed. Por eso, déjalo
mientras te sea posible hacerlo decentemente, no sea
que pongas fin a ello pero después de chupármela.
XXII
Ese Sufeno(65) que conoces muy bien,
Varo(66), es un hombre guapo y simpático y educado,
y, además, hace muchísimos versos. Yo creo que tiene
escritos mil o diez mil o más, y no como suele hacerse,
transcritos en un palimpsesto: hojas de lujo, libros
nuevos, varillas nuevas, correas rojas para pergamino,
todo ello con líneas rectas a plomo y pulido con la
piedra pómez(67). Cuando te pones a leerlos, ese
guapo y educado Sufeno te parece, en cambio, sólo un
ordeñador de cabras o un enterrador: tan distinto es y
tanto ha cambiado.
¿Qué pensaríamos que es eso? Quien hace nada
parecía un hombre de mundo, o si hay algo más
refinado(68) que eso, ese mismo es más grosero que
un grosero campesino en cuanto pone la mano en los
versos, pero ese mismo nunca es igual de feliz que
cuando escribe un poema: tanto se deleita en sí mismo
y tanto se admira. No es extraño: todos metemos la
pata por igual, y no hay nadie en quien no puedas ver
en cierto sentido a un Sufeno. A cada cual se le
concedió un defecto, pero no vemos el seno de la
alforja que llevamos a la espalda(69).