uisam te incolumem audiamque Hiberum
narrantem loca, facta, nationes,
ut mos est tuus, applicansque collum
iocundum os oculosque suauiabor.
o quantum est hominum beatiorum, 10
quid me laetius est beatiusue?
X
Varus me meus ad suos amores
uisum duxerat e foro otiosum,
scortillum, ut mihi tunc repente uisum est,
non sane illepidum neque inuenustum.
huc ut uenimus, incidere nobis 5
sermones uarii, in quibus, quid esset
iam Bithynia, quo modo se haberet,
ecquonam mihi profuisset aere.
respondi id quod erat, nihil neque ipsis
nec praetoribus esse nec cohorti, 10
cur quisquam caput unctius referret,
praesertim quibus esset irrumator
praetor nec faceret pili cohortem.
'at certe tamen', inquiunt, 'quod illic
natum dicitur esse, comparasti, 15
ad lecticam hominis.' ego, ut puellae
unum me facerem beatiorem,
'non' inquam 'mihi tam fuit maligne,
ut, prouincia quod mala incidisset,
non possem octo homines parare rectos. 20
(at mi nullus erat neque hic neque illic,
fractum qui ueteris pedem grabati
in collo sibi collocare posset.)
hic illa, ut decuit cinaediorem,
'quaeso', inquit, 'mihi, mi Catulle, paulum 25
istos commoda: nam uolo ad Serapim
deferri.' 'mane', inquii puellae,
'istud quod modo dixeram me habere,
fugit me ratio: meus sodalis...
-Cinna est Gaius- is sibi parauit. 30
uerum, utrum illius an mei, quid ad me?
utor tam bene quam mihi pararim.
sed tu insulsa male et molesta uiuis,
per quam non licet esse negligentem.'
XI
Furi et Aureli, comites Catulli,
siue in extremos penetrabit Indos,
litus ut longe resonante Eoa
tunditur unda,
siue in Hyrcanos Arabasue molles 5
seu Sacas sagittiferosue Parthos,
siue quae septemgeminus colorat
aequora Nilus,
siue trans altas gradietur Alpes,
Caesaris uisens monimenta magni, 10
Gallicum Rhenum, horribile aequor ultimosque
Britannos,
omnia haec, quaecumque feret uoluntas
caelitum, temptare simul parati:
pauca nuntiate meae puellae 15
non bona dicta:
cum suis uiuat ualeatque moechis,
quos simul conplexa tenet trecentos,
lugares, las hazañas, los pueblos de los iberos, según
tienes por costumbre, y, abrazándome a tu cuello,
besaré tu deliciosa boca y tus ojos. ¡Oh, cuanto hay de
hombres más dichosos!, ¿quién hay más alegre o más
dichoso que yo?.
X
Mi amigo Varo(27), como estaba yo sin hacer nada,
me había llevado desde el foro a ver a su amor, una
putilla, según me pareció al pronto, nada sosa ni falta
de encanto.
En cuanto llegamos allí, tocamos conversaciones
diversas, entre las cuales hablamos de cómo era en ese
momento Bitinia(28), qué tal se estaba allí, con cuánto
dinero me había yo beneficiado. Respondí tal y como
era: que ni ellos mismos ni los pretores ni la cohorte
habrían sacado nada con lo que volver con la cabeza
mejor perfumada, sobre todo si tenían por pretor a un
mamón a quien le importaba un bledo la cohorte.
"Pero, al menos, -me dicen- comprarías lo que se dice
es típico de allí: para la litera de un hombre(29)." Yo,
para hacerme el más feliz del mundo delante de la
chica, dije: "No me fue tan mal, porque hubiera caído
en una mala provincia, como para no poder comprar
ocho hombres de buena planta." (Y la verdad es que
yo no tenía ni uno, ni aquí ni allí, que pudiera echarse
al hombro la pata rota de un catre viejo).
Entonces ella, como corresponde a una más que
pendón, dijo: "Por favor, querido Catulo, préstamelos
un rato, pues quiero que me lleven al templo de
Serapis(30)." "Aguarda -dije a la chica-, respecto a eso
que hace poco te había dicho que yo tenía... me he
equivocado: mi compañero -o sea, Gayo Cina(31)-, él
es quien los compró para sí. Pero, sean de él o míos,
¿a mí qué? Me sirvo de ellos igual que si los hubiera
comprado para mí. Pero tú andas por la vida hecha
una desgraciada y una impertinente, y contigo no
puede uno descuidarse."
XI
(32) Furio y Aurelio(33), compañeros de Catulo,
bien llegue hasta los confines de la India(34), donde la
ola del mar de Oriente de gran bramido golpea la
costa; bien hasta los hircanos o los muelles árabes o
los sagas o los partos, armados de flechas, o hasta las
llanuras que tiñe el Nilo de siete brazos; o bien
encamine sus pasos más allá de los elevados Alpes,
para visitar los testimonios del gran César(35), el Rin
de la Galia, el mar que causa horror y los más alejados
britanos. Puesto que estáis preparados a visitar todos
esos lugares juntamente conmigo, cualquiera que sea la
voluntad de los dioses, comunicadle a mi niña estas
pocas palabras no agradables: viva y disfrute con sus
adúlteros, los trescientos(36) a los que tiene abrazados
a la vez sin amar de verdad a ninguno, sino
rompiéndoles a todos las entrañas cara a cara; que no