Página 10 - catulo

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ensoñaciones y vuelos al Olimpo en las estrofas anteriores; de la misma manera que se queja en el LXXIX de su
suerte en amores cuando declara que Lesbia prefiere a
Lesbio antes que a ti y a toda tu familia, Catulo
;
también nos permite comprobar su desánimo ante una situación política que manejan y controlan personajes
indeseables, cuando exclama en el LII:
¿Qué ocurre, Catulo? ¿Qué esperas para morir?
. De muy distinto cariz
es el XLVI, poema de alegría y entusiasmo por poder cambiar un lugar odioso por otro muy deseado:
Dejemos,
Catulo, las llanuras frigias...: volemos a las ilustres ciudades de Asia....
Y, como cumbre de las
composiciones dirigidas a su
alter ego
, el LXXVI, poema en el que aflora una compleja emotividad: a un Catulo
íntegro, honrado, leal, habla el poeta en un intento de consolarlo y reconfortarlo, y para realzar unas cualidades
que, aunque de momento no le han traído más que disgustos y penas, algún día le procurarán compensación y
dicha:
Si algún placer tiene el hombre al recordar sus buenas acciones del pasado,... muchas alegrías
permanecen preparadas para ti a lo largo de tu vida, Catulo, por este amor desagradecido
; y luego vienen
los consejos y las advertencias que sólo un amigo da a un amigo:
¿Por qué no te consolidas en tu espíritu...?
Difícil es dejar de repente un largo amor... pero consíguelo como sea: ésa es tu única salvación..
.; en la
parte final del poema, como si los sentimientos que lo inundan se hubieran desbordado, Catulo el personaje
toma la palabra para pedir desesperadamente a los dioses:
volved los ojos a este desdichado que soy,...
arrancadme esta peste y esta perdición: ¡ay!, penetrándome hasta lo más profundo de mis entrañas como
un letargo, expulsó de todo mi corazón las alegrías.
Tras este recorrido por la poesía más intimista de Catulo, hemos de hacer un comentario sucinto -pues esta
introducción no es el lugar apropiado para un análisis minucioso y exhaustivo- de los poemas largos del poeta,
los de mayor complejidad formal. Dos corrientes nuevas entran en la poesía de la época de Catulo: la de la
poesía didáctica, inaugurada por Lucrecio con su
De rerum natura
, obra que representa una vehemente
exposición y defensa de la doctrina de Epicuro; y la de Catulo y sus compañeros, corriente poética por la que
fueron motejados por Cicerón de
neotéricos
o
poetae noui
, nombre con el que, sin embargo, pasarían a la fama.
Acertó Cicerón con este nombre, a pesar de lo despectivo, pues este grupo literario tenía entre sus metas la
innovación en la poesía latina; y, aunque sabemos que una generación literaria anterior, la del círculo de Lutacio
Cátulo, había ya vuelto su mirada hacia la poesía alejandrina, son precisamente los
poetae noui
los que van a
constituir un amplio grupo con unos mismos gustos y aficiones, con un mismo ideario poético, y los que van a
aunar la línea de la poesía tenida por tradicional con la corriente llegada de la poesía alejandrina. Catulo, uno de
los integrantes importantes -si no el más- de este grupo, se inspira en modelos alejandrinos, especialmente en
Calímaco, y escribe una poesía preciosista, llena de referencias eruditas y que fija su atención sobre todo en los
temas mitológicos. Esta es la faceta por la que recibió el nombre de poeta
doctus
, por ese ramillete de
composiciones, pequeñas joyas dentro de su obra, en las que pueden encontrarse modelos concretos
alejandrinos o rastrearse las huellas de géneros cultivados desde los más antiguos poetas griegos. De su muy
admirado Calímaco (al que menciona en el LXV y CXVI con el epíteto de Batíada) hace en el LXVI una versión
de
La cabellera de Berenice
, poema narrativo de glorificación de Berenice (princesa de Cirene y reina de Egipto
al casarse con Ptolomeo III) plagado de eruditos conocimientos de astronomía. Prólogo de
La cabellera de
Berenice
es el LXV, elegía dirigida por Catulo a su amigo Órtalo para anunciarle:
te envío estos versos del
Batíada traducidos para ti
; en esta elegía introduce un tema personal, la muerte de su hermano, al que llora el
poeta en tristes versos, comparados -en referencia mitológica- con los cantos llenos de tristeza de Procne por el
destino de Ítilo. Por contra, el LXVII, diálogo entre Catulo y una puerta, muestra un tono chismoso, a modo de
parodia de las composiciones con el tema recurrente de la puerta que recibe las quejas amorosas de los
enamorados rechazados por la amada. En este puñado de textos, contamos también con dos epitalamios, los
poemas LXI y LXII, que contienen todos los lugares comunes de la canción de boda, aderezados con los tintes
característicamente romanos que aporta Catulo. Por el LXIII conocemos una variante de la tragedia de Atis y,
por añadidura, un aspecto de los mitos en torno a Cibeles; esta composición, frenética por el ritmo de sus versos
-los galiambos- y por su desarrollo
in crescendo
, es un ejemplo rayano a la perfección de la conjunción entre
forma y fondo. El LXIV es un bellísimo epilio, subgénero de la épica muy cultivado entre los alejandrinos,