IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
CÉSAR: “Coniuratio Catilinae”
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia (JD)
vio floreciente y poderoso, su opulencia le acarreó envidia, como sucede de ordinario en las cosas
humanas; y así, los reyes y pueblos comarcanos los comenzaron a inquietar con guerras, en que
pocos de sus aliados les ayudaban, desviándose los demás, amedrentados del peligro. Pero los
romanos, atentos a su policía y a la guerra, se daban prisa y se apercibían, animándose unos a otros;
salían al encuentro del enemigo, defendían con las armas su libertad, su patria y sus familias; y ya
que habían valerosamente superado los peligros, se ocupaban en ayudar a sus confederados y
amigos, y se granjeaban alianzas, no tanto admitiendo, como haciendo beneficios. Su gobierno
estaba ceñido a determinadas leyes y daban nombre de rey al que le obtenía. Los ancianos, que
aunque faltos de fuerza conservaban vigoroso el ánimo por su sabiduría y experiencias, eran los
escogidos para consejeros de la república, y éstos, bien por su edad o porque tenían el cuidado de
padres, se llamaban con este nombre. Pero después que el gobierno regio, establecido en los
principios para la conservación de la libertad y aumento del Estado, degeneró en soberbia y tiranía,
mudando de costumbre, redujeron a un año el imperio y crearon dos cónsules que les gobernasen,
persuadidos a que de esa suerte era imposible que el corazón humano se engriese con la libertad del
mando.
VII
(1) En este tiempo empezaron los romanos a señalarse más y más y a dar a conocer su ingenio.
Porque a los reyes no dan que recelar los flojos y cobardes, sino los buenos y valerosos, y siempre la
virtud ajena les causa sobresaltos. No es creíble, pues, cuanto vuelo tomó en breve tiempo la ciudad,
una vez sacudido el yugo: tal deseo de gloria habla entrado en sus ciudadanos. El primer estudio de
la juventud, luego que tenía edad para la guerra, era aprender en los reales con el uso y trabajo el arte
militar, y ponía su vanidad más en las lúcidas armas y caballos belicosos, que en la lascivia y los
banquetes. A hombres, pues, como estos ningún trabajo les llegaba de nuevo, ningún lugar les era
escabroso o arduo, ni les espantaba la vista del enemigo armado; todo lo había allanado su valor. Su
grande y única contienda era por la gloria. Todos querían ser los primeros en herir al enemigo, en
escalar las murallas, en ser vistos y observados mientras que hacían tales hechos. Estas eran sus
riquezas, ésta su buena fama y su nobleza mayor. Eran avaros de alabanza, despreciadores del
dinero; amantes de gloria hasta lo sumo; de riquezas hasta una honesta medianía. Pudiera yo contar
en cuántas ocasiones deshizo el pueblo romano con un puñado de gente grandes ejércitos de
enemigos, cuántas ciudades por naturaleza fuertes ganó por asalto, si esto no hubiese de apartarme
mucho de mi propósito.
VIII
(1) Pero a la verdad, en todo ejerce su imperio la fortuna, ensalzando o abatiendo las hazañas,
más por su capricho que según el merecimiento. Las de los atenienses fueron, según yo entiendo,
harto esclarecidas y magníficas, aunque en la realidad no tanto como se ponderan; pero la copia que
allí hubo de ingenios grandes que las escribieron, hace que hoy se tengan por las mayores del mundo,
y así el valor de los que las hicieron llega en la estimación común al mismo elevado punto de
grandeza a que llegaron en su elogio los escritores más ilustres. Pero en Roma hubo siempre escasez
de éstos, porque los sabios eran los que más se ocupaban en los negocios públicos; nadie cultivaba
las letras sin las armas; los valerosos y esforzados preferían el obrar al escribir, y más querían que
otros los alabasen por sus hechos que referir ellos los ajenos.
IX
(1)
Igitur domi militiaeque boni mores colebantur; concordia maxima, minima auaritia
erat; ius bonumque apud eos non legibus magis quam natura ualebat
. (2)
Iurgia, discordias,