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IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
CÉSAR: “Coniuratio Catilinae”
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia (JD)
No es esto, pues, sino que a nadie parecen pequeñas sus injurias, y que muchos las llevan más allá de
lo justo. Pero no todo, padres conscriptos, es permitido a todos. Los que viven una vida privada y
oscura , si alguna vez se arrebatan de la ira, lo saben pocos, ellos y sus cosas se ignoran igualmente;
pero a los que obtienen el mando y están en grande altura, nadie hay que no les observe hasta los
hechos más menudos, y así en la mayor fortuna hay menos libertad de obrar. Ni apasionarse ni
aborrecer pueden; pero mucho menos airarse, porque lo que en particular sería ira, en ellos se tiene
por soberbia y crueldad. Yo, pues, conozco bien, padres conscriptos, que en la realidad no hay
castigo que iguale a sus maldades; pero las gentes por lo común se acuerdan sólo de lo último que
vieron, y olvidándose del delito de los malhechores, murmuran de la pena, si es algún tanto rigurosa.
Cuanto ha dicho Decio Silano, varón de esfuerzo y entereza, me consta haberlo dicho por el bien de
la república, y que no es capaz de obrar en un negocio tan grave por enemistad o por favor; tales son
sus costumbres, tal su moderación, que conozco a fondo, pero su dictamen me parece, no digo cruel
(porque contra hombres tales, ¿qué habrá que pueda serlo?), sino ajeno del espíritu de nuestra
república. Porque a la verdad, oh Silano, sólo el miedo a la república vindicta te ha podido inducir,
hallándote cónsul designado, a establecer un género de castigo desconocido en nuestras leyes. Del
miedo es ocioso hablar, habiendo tanta gente en armas, por la oportuna providencia de nuestro
insigne cónsul. En cuanto al castigo, pudiera yo decir lo que hay en ello: que para los infelices la
muerte, lejos de ser pena, es descanso de sus trabajos, que con ella expiran los males todos y que
después no queda ya lugar al gozo ni al cuidado. Pero, por los dioses inmortales, ¿por qué no
añadiste a tu voto, que antes de darles muerte fuesen azotados? ¿Acaso porque lo prohíbe la ley
Porcia? Pues no menos prohíben otras leyes que a los ciudadanos romanos, aun después de
condenados, se les quite la vida, permitiéndoles que salgan desterrados. ¿Acaso por parecerte los
azotes pena más dura que la muerte? ¿Qué pena, habrá, pregunto, que pueda llamarse cruel o
demasiadamente dura contra hombres convencidos de un crimen tan enorme? Si al contrario,
¿porque es pena más leve? Mal se aviene que la ley se observe en lo que es menos, y que en lo
principal se traspase y atropelle.
¿Pero quién podrá reprender, me dirás tú, cualquiera resolución que se tomase contra unos parricidas
de la república? ¿Quién? El tiempo, el día de mañana, la fortuna, que gobierna los acaecimientos
humanos por su antojo. A ellos por mucho que se les castigue, se lo tendrán bien merecido, pero
vosotros, padres conscriptos, mirad lo que al mismo tiempo vais a resolver contra los demás. Cuantos
abusos vemos, tuvieron buen principio, pero si viene a caer el mando en manos de ignorantes o
malvados, el nuevo ejemplar que se hizo con los merecedores y dignos de castigo, se extiende a los
que no lo son. Los lacedemonios, después de haber vencido a los de Atenas, les pusieron treinta
sujetos que gobernasen su república. Éstos en los principios a cualquiera que veían pernicioso y
malquisto, lo sentenciaban a muerte sin hacerle causa, de lo que el pueblo se alegraba y decía que era
muy bien hecho; pero después que poco a poco fue esta libertad tomando ensanches, mataban
indistintamente a buenos y malos por su antojo, llenando de terror a los demás. De esta suerte la
ciudad esclava y oprimida pagó muy bien la pena de su necia alegría. Cuando en nuestros días Sila,
dueño ya de todo, mandó matar a Damasipo y a otros tales que se habían engrandecido a costa de la
república, ¿quién hubo que no lo celebrase? Decían todos que se lo tenían bien merecido unos
hombres turbulentos y malvados, que habían inquietado a la república con sediciones y tumultos.
Pero esto fue origen de gran calamidad, porque después lo mismo era codiciar alguno la casa o
heredad; no aun tanto, la alhaja o el vestido ajeno que procurar se desterrase a su dueño. De esta
suerte los mismos que en la muerte de Damasipo se habían alegrado, poco después eran arrastrados
al suplicio; ni cesó la carnicería hasta que Sila llenó de riquezas a los suyos. No es decir que yo tema
esto siendo Marco Tulio cónsul o en nuestros tiempos, pero como en una ciudad grande, cual esta es,
hay muchos y muy diversos modos de pensar, puede otro día, puede en el consulado de otro, que
tenga también ejército a su mando, adoptarse alguna siniestra idea por verdad. Si entonces, pues, el