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"MITOLOGÍA"
(Principales mitos grecorromanos)
Argonautas, Amazonas, Troya, Faetón, Meleagro y Atalanta, Midas, Filomela, Cadmo, Eco y Narciso, Eros y Psique, Píramo y Tisbe, Céfalo y Procris, Latona y los campesinos, Pigmalión, Las Dríadas, Aristeo, Orión, Aurora y Titón, Las regiones infernales, Monstruos modernos.
LA EXPEDICIÓN DE LOS ARGONAUTAS
Introducción, Frixo y Hele, Pelías y Jasón, Los preparativos de los Argonautas, El viaje de Argo, En las tierras de Cólquide, El trayecto de Argo, La vuelta a Yolco, Interpretación del mito de los Argonautas.
La expedición de los griegos al Cólquide, bajo el liderazgo de Jasón, es una de las más importantes operaciones de los tiempos mitológicos dado que en ella participaron los gruerreros más selectos de Grecia.
Poetas líricos como Píndaro, se inspiraron en el mito de los Argonautas. Los tres grandes poetas trágicos escribieron también inspirándose en la expedición de los Argonautas. Esquilo, escribió las tragedias "Atamas", "Ipsipili", "Argo" y "Caviro". Sófocles escribió las tragedias "Atamas", "Cólquides", Squite" y "Rimotomoi". De todas estas obras no se conservó ninguna. De las obras de Eurípides sólo se salvó la renombrada "Medea".
Hijos de Nefeli y Atamante que reinama en Orcómeno en Beocia. Atamante,
dejándose llevar por las insinuaciones de Ino (deseosa de echar a Nefeli y de
casarse con él) cedió a sus deseos, convirtiendo a Ino en su esposa y en una
mala madrastra para los niños. Su odio hacia ellos, la llevó a diseñar un plan:
convenció a las mujeres del lugar para que hornearan las semillas que se
almacenaban para la siembra. Tales semillas, como era de esperar, luego de
plantadas, no dieron fruto y cayó gran pobreza en la región.
Atamante envió
a sus emisarios a Delfos para consultar el oráculo y que los dioses decidieran
lo que debían hacer. Ino interceptando y sobornando a los enviados, debían
comunicar el siguiente augurio: que para que la tierra volviera a dar frutos,
era necesario el sacrificio de Frixo, al dios Zeus.
Entonces el pueblo se sublevó y pidió al rey que cumpliera con el oráculo.
Atamante cedió a la presión popular y Frixo se dirigía al altar de sacrificios
cuando su madre, Nefeli, les envió un cordero de dorado vellón.
Frixo y Hele
montaron en el lomo del animal que los llevó muy lejos de allí. Pasando por la
península trácica Hele se agachó para mirar algo, se mareó y cayó en las aguas
del Ponto, que desde entonces se llamó Helesponto (el mar de Ponto).
Frixo llegó solo a Cólquide, donde reinaba el rey Eeetes, hijo de Helios
y de la oceánide Perse, y hermano de la maga Circe. En este sitio sacrificó al
carnero en acción de gracias a Zeus
y pidió la protección de Eetes. El rey de Cólquide le casó con su hija y Frixo
le regaló el vellocino de oro (la piel del cordero). El rey lo colgó de un roble
en el bosque ofrendado al dios Ares
y puso un dragón y una enorme serpiente que nunca dormía para vigilarlo día y
noche.
En Yolco reinaba Pelías, hijo de Poseidón
y de Tiro, que astutamente había destronado a su hermanastro Esón. Esón,
temeroso de que su malvado hermanastro asesinase a su hijo Jasón, que era el
verdadero heredero del trono, le buscó refugio en la cueva del centauro
Quirón, en el monte Pelión y le confió su crianza y formación. El sabio Quirón
lo instruyó en las letras y en las artes de su época y llegado a una edad
adecuada, le envió a Yolco a reclamar sus legítimos derechos al trono.
El
apuesto joven, al cruzar el río Anauro perdió una de sus sandalias al ser
arrrastrada por la corriente. Cuando Jasón se presentó en Yolco con una
sandalia, el rey Pelías quedó muy desconcertado, pues un antiguo augurio del
oráculo le había advertido que alguien con una sola sandalia, que bajaría del
monte, le destronaría y mataría.
Cuando el sobrino de Esón pretendió la
corona que le pertenecía por derecho legítimo, el astuto Pelías afirmó entonces
haber visto en sueños a Frixo, que clamaba volver a su lugar de origen y pedía
lo mismo para el vellocino de oro, que estaban el Cólquide, en el reino de
Eetes. Rogó al joven Jasón que cumpliera con este vaticinio y dispuso la
construcción de una nave para emprender el viaje. Jasón debía organizar la
expedición con el fin de aliviar el alma de Frixo y cumplir su deseo. Pelías
prometió y juró por los dioses que a la vuelta de Jasón a Yalco, con el
vellocino de oro, le devolvería su derecho al trono.
Jasón aceptó la propuesta de Pelias y empezó a prepararse para el viaje.
Ordenó a Argo, arquitecto y constructor de navíos, la fabricación de una nave de
cincuenta remos. La embarcación resultó espléndida como ninguna otra de la
época. Gracias a un trozo de madera procedente del roble sagrado del oráculo de
Dodona, regalo de la diosa Atenea,
el navío podía hablar y tenía el don de la profecía. Era un barco muy veloz y
por eso se llamó Argo (Argos=rápido).
Mientras se dotaba la nave, el centauro
Quirón aconsejó a Jasón que enviara heraldos por toda Grecia
para invitar a los jóvenes más valientes y valerosos de aquellos tiempos a
participar en este largo viaje. Y así sudió, la tripulación de Argo, los
llamados Argonautas eran todos héroes e incluso hijos de dioses. Entre ellos
estaban Tifis, el timonero de Argo, Orfeo, el músico, los adivinos
Idmón y Mopso, Heracles, Hilas, Idas, Cástor y Plideuces,
Periclímeno, hijo de Neleo, y Peleo, hermano de Telamón y
muchos otros, que constituían la flor de la hombría y el heroísmo juntos.
Tras haber realizado un sacrificio en honor de Apolo,
los Argonautas embarcaron en la costa de Págasas, y se pusieron en marcha con
favorables presagios.
Su primera escala tuvo lugar en la isla de Limnnos,
habitadas sólo por mujeres, pues todos los hombres habían muerto. Los Argonautos
se unieron a las mujeres en espera a que ésas concibieran hijos varones y luego
partieron. Después de pasar por Samotracia, entraron en el Helesponto y llegaron
al reino de Cício, a la tierra de los Doliones, donde el rey y sus súbditos los
acogieron con hospitalidad. Se hicieron a la mar, pero los vientos les
regeresaron al mismo lugar.
Por un fatal malentendido, los Doliones no
reconocieron a los Argonautas, estos tampoco a los Doliones, y así se
enfrentaron en una lucha sangrienta, resultando muertos el rey Cícico y su
corte. Cuando los Argonautas se dieron cuenta del error era ya demasiado tarde.
Los hombres de los dos frentes, arrepentidos, honraron a los caídos.
En las
costas de Mísia, donde llegaron los Argonautas, las ninfas se apoderaron de
Hilas, el querido amigo de Heracles. Heracles y Polifemo fueron en su ayuda y el
viaje siguió sin ellos.
Al pasar por la tierra del adivino ciego Fineo, lo
liberaron de las temibles Harpías,
y él en agradecimiento les advirtió del peligro de las rocas Cianeas. Eran esas
unas rocas que al pasar entre ellas, chocaban entre sí convirtiendo en pedazos a
las naves que las cruzaban. Fineo les aconsejó que para saber si podían pasar o
no, soltaran una paloma; si ésta conseguía pasar el escollo, ellos también lo
harían, de lo contrario, que no se atrevieran. Al llegar a los escollos, los
Argonautas lanzaron uina paloma, que logró pasar perdiendo únicamente las plumas
de la cola; así cruzó también Argo, sufriendo sólo ligeros daños en la popa.
Después de muchas peripecias, Argo y su tripulación llegaron a las tierras
del rey Eetes.
Apenas llegado a Cólquide, Jasón visitó al rey Eetes y le habló de la orden
recibida por Pelías. Eetes aceptó entregarle el vellocino de oro, a cambio de
que, primero, puesiera un yugo, sin ayuda alguna, a dos toros de pezuñas de
bronce que despedían fuego por los ollares, que habían sido regalo de Hefesto
y que después arase el campo y sembrase algunos dientes de dragón que le
entregaría.
Medea, la hechicera, hija de Eetes, se enamoró locamente de
Jasón, y se ofreció a ayudarle, si Jasón la tomaba por esposa. Le entregó un
unguento mágico para cubrise el cuerpo y su escudo antes de que se enfrentara a
los toros. Este bálsamo lo haría invulnerable por un día, al fuego y al hierro.
Le advirtió además que los dientes del dragón apenas sembrados se convertirían
en soldados armados listos para acabar con él. Le aconsejó que lanzara una
piedra sin ser visto y de este modo por un malentendido sin saber nadie quién
había lanzado la piedra al otro, se matarían entre ellos.
Con el auxilio de
Medea, Jasón logró vencer los obstáculos. Pero Eetes no cumplió con su palabra,
antes bien trató de poner fuego a Argo y de liquidar a los Argonautas. Entonces
Jasón, contando siempre con el apoyo de Medea, durmió al dragón guardián, y
después de apoderarse, sin ser visto, del vellocino de oro, se dieron a la fuga
a toda prisa. Apenas el rey Eetes descubrió la fuga de Jasón y Medea y el hurto
del vellocino de oro, se lanzó a la persecución del Argo. Medea, para
retrasarlo, dio muerte a Apsirto, su hermano, que viajaba con ella, y empezó a
tirar al mar, uno a uno sus miembros. El infeliz Eetes, perdió un tiempo
precioso tratando de recoger las partes del cuerpo de su amado hijo, y de este
modo los fugitivos lograron alejarse definitivamente.
Mientras Eetes había anclado en alguna playa del Ponto Euxino para dar
sepultura a su hijo, el Argo siguió su camino. Pasó por el Danubio, que entonces
unía, se dice, el Ponto con el Mar Adreiático, subió por el Eridano (el Po) y
por el Ródano, junto a las tierras donde moraban los Ligures y los Celtas, se
adentró de nuevo en el Mediterráneo y cruzó cerca de la isla de las Sirenas.
Desde muy lejos se oía el canto embrujador de las Sirenas. En ese momento,
Orfeo, músico de Tracia, con su melodiosa lira y su carismática voz, se puso a
cantar de tan bello modo, que ninguno de los Argonautas se animó a corresponder
a la llamada de las Sirenas. Las nostálgicas melodías de Orefeo les hablaban del
hogar, de los seres queridos que les esperaban en la patria y sembró en sus
corazones el deseo del retorno.
Los Argonautas después de una larga
travesía, pasando por el reino de Circe, por los estrechos de Caribdis y Escila,
por la isla de Feacos y por las costas de Libia, llegaron a Creta,
donde tuvieron que enfrentarse al gigante Talo, el robot que había creado Hefesto.
La astucia y los hechizos de Medea neutralizaron las fuerzas de Talo, puesto por
el rey Minos para defender la isla e impedir las incursiones de forasteros.
Siguiendo su ruta por el Mar de Creta y tras enormes dificultades, cruzaron el Efeo y llegaron al fin a Yolco, trayendo consigo el codiciado vellocino de oro. Había llegado el momento en que Jasón debía reclamar al rey Pelías su legítimo derecho al trono. Pelías, que mientras faltó jasón había asesinado a todos los parientes de éste, se negó a cederle el trono. Así Jasón decidió refugiarse una vez más en los mágicos poderes y en la habilidad de su mujer. Medea logró introducirse en el palacio y convencer a las hijas de Pelías para que participaran en el asesinato de su padre creyendo que de este modo le devolvería la joventud perdida. A partir de este punto, son muchas las variantes que existen. Una de ellas narra que Jasón y Medea reinaron en Yolco y años más tarde concibieron un vástago, confiándole su educación al Centauro Quirón. Otra variante dice que se marcharon a vivir en Corinto, dejando el trono de Yolco a Acasto, el único hijo varón de Pelías.
Según los hechos de la remota época a la que se refieren, se llega a la conclusión de que hábiles marinos griegos hicieron una serie de proezas al mismo tiempo que describían el mundo con sus viajes, completando así sus conocimientos geográficos. El importante descubrimiento del Ponto Euxino, que hasta entonces se creía que era un mar (pontos=mar) y la difusión del helenismo en las regiones que éste bañaba, es lo que se deduce de los relatos del viaje y el itinerario de Argos.
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Las Amazonas eran un grupo de mujeres guerreras, supuestamente hijas de
Ares,
dios de la guerra, siendo su madre en la mayoría de los casos, Harmonía. Se
gobernaban, en su reino situado a las orillas del río Termodonte, en Capadocia,
sin la presencia de varón alguno, teniendo como poder máximo una reina elegida
periódicamente entre ellas. Sólo se reunían una vez al año con hombres
extranjeros con el objetivo de perpetuar la especie. Si los bebés nacidos eran
varones, los mataban, o, en muy pocos casos, los entregaban a sus respectivos
padres. Parece ser que a las niñas, cuando se desarrollaban, se les cortaba o
quemaba un pecho para que pudieran manejar mejor el arco. Esta creencia se basa
en el hecho de que, en griego, su nombre significa "sin senos". Sin embargo, no
existen imágenes que corroboren esta versión. Las Amazonas, cuya existencia
parece tener fundamentos históricos claros, rendían un culto especial a la diosa
Ártemis,
pues la consideraban su afín, al ser ésta cazadora y virgen. Existen varios
acontecimientos en los que se cree participaron las Amazonas: la invasión de
Licia, siendo rechazadas por Belerofonte; la invasión de Frigia; la lucha contra
Heracles
por el cinturón de Hipólita, reina de la tribu; la ayuda a
Príamo
en la
guerra
de Troya siendo reina Pentesilea y una expedición a la isla de Leuce, entre
otras aventuras. Según algunas versiones fueron las fundadoras de ciudades como
Cime, Éfeso, Esmirna y Pafos.
Las Amazonas, según aparecen en los poemas
Homéricos, eran una horda de mujeres guerreras, que luchaban contra los hombres,
y cuyos conflictos eran temidos incluso por los guerreros más bravíos.
Parece ser que sus territorios se extendían tradicionalmente en la zona del
río Tanis (hoy río Don) pero que
Afrodita,
disgustada por sus rudas actidudes, las obligó a trasladarse a Capadocia. Sin
embargo, se dice que podrían haber vivido en otros lugares, como son el Oeste de
Asia Menor, en Tracia, e incluso Libia, Egipto o Siria.
B. SU FORMA DE VIDA.
En el siglo V a.C., el historiador griego Herodoto informó de que una mujer
guerrera cabalgaba por las estepas del sur de Rusia. De acuerdo con él, los
griegos vencieron a las Amazonas en la batalla de Termodón e hicieron muchas
prisioneras. Durante el viaje a casa por mar, las mujeres mataron a sus
captores, tomaron el barco y se adentraron en una tormenta. La tormenta las
llevó a la orilla, donde se encararon con otro ejército, los Escitas. Los
Escitas hicieron la paz con las Amazonas y tuvieron hijos con ellas. El
resultado fue una sociedad matriarcal. De acuerdo con Herodoto, los Escitas
llamaban a las Amazonas "Oiorpata", asesinas de hombres. Las mujeres controlaban
su sociedad, y tenían dos reinas, una para la defensa y la otra para las tareas
domésticas. Las dos compartían el gobierno. Las mujeres usaban las armas no sólo
para defender su propia tierra, sino también para hacer numerosas conquistas en
los territorios vecinos. Ellas peleaban a pie y a caballo, llevando escudos de
medialuna y empuñando lanzas, arcos, hachas de batalla y espadas.
La leyenda
dice que las Amazonas fueron las primeras en montar a caballo. Las Amazonas se
llevaban bien con los caballos y con sus veneradas yeguas. Muchas Amazonas
tenían en sus nombres la palabra hipo, que significa caballo. Cabalgaban tan
bien, que eran conocidas por ello en toda la región. Podían bailar encima del
caballo, levantarse cuando iban a galope, saltar de un caballo a otro y saltar
sin silla a través del fuego.
Las Amazonas eran fuertes creyentes en la
energía mística y sobrenatural. Además de ser las primeras en montar a caballo,
también lo fueron en usar el hierro. Podían destruir poblaciones enteras de
hombres adultos, y no había defensa contra ellas. Su vestimenta consistía en una
corta túnica ceñida para la acción, frecuentemente abierta en un lado para
exibir la figura de la mujer. El objetivo no era enseñar a los extranjeros que
vestían un atuendo fantástico, sino indicarles explícitamente que aquellas
mujeres estaban guerreando contra los hombres. También llevaban capas de piel de
pantera y armaduras.
Las Amazonas estaban orgullosas de sí mismas. Adoraban
firmemente a su Diosa. Ellas no se doblegaban ante ningún hombre por ninguna
razón. Si la historia las ha recordado es porque las gustaba la guerra y odiaban
a los hombres, consideraban que debían perseguir a las culturas estríctamente
patriarcales de los hombres y matarlos por sus creencias. Las Amazonas rehusaban
a perder su libertad y sus derechos, por consiguiente, ellas eran consideradas
como peligrosas y antinaturales. Su extinción fue producida a causa de los
Griegos y otras sociedades patriarcales que iban en contra de que esas mujeres
se defendieran tan fieramente por conservar sus derechos. Toda mujer necesitaría
aprender a ser una Guerrera Amazona cuando fuera necesario.
C. LAS AMAZONAS, ¿HECHO O FICCIÓN?.
Hay un sitio arqueológico en Kazakhstan en el que se han encontrado
enterramientos que podrían ser los de unas mujeres guerreras. Las mujeres fueron
enterradas con armas. Hay pruebas que nos permiten saber si una mujer era ama de
casa o sacerdotisa. Si estas mujeres fueron enterradas con armas, esto nos hace
suponer que ciertamente participaron en las batallas. Los huesos curvados de la
pierna de una mujer, atestiguan que se pasaron la vida montando a caballo; esto
es una prueba de la participación de mujeres en actividades hechas para los
Griegos. Así, se demuestra que dominaron al hombre. Una punta de flecha junto al
cuerpo de otra mujer, que aparentemente fue la causa de su muerte, es una prueba
directa de la participación de las mujeres en la batalla.
La existencia de
mujeres guerreras está también apoyada por un descubrimiento en 1972 en la
ciudad de Ordzhonikidze en el sur de Ucrania, de la tumba de un hombre, una
mujer y un infante aparentemente pertenecientes a una casta real. Las armas
enterradas al lado de la mujer nos dan pruebas otra vez de la participación de
la mujer en la batalla. Esto una vez más apoya la teoría de que las mujeres
fueron ciertamente guerreras en las culturas antiguas, pero esto no es una
prueba de que sea la misma cultura que las Amazonas. El entierro de un hombre y
de un infante con la mujer en lugar de esto, nos da una prueba de una cultura
basada en la igualdad entre hombres y mujeres, antes que una en la cual la mujer
dominara la cultura. Este sitio, como el de Kazakhstan, no prueba la existencia
de las Amazonas, sino de una cultura en la cual las mujeres participaban en las
batallas.
No hay pruebas de la existencia de sitios arqueológicos de la
cultura de las Amazonas, sino que hay algunas pruebas indirectas de sus
ocupaciones en la casa, según nos describe Herodoto, en la boca del río
Thermodon. En ese sitio, ha sido descubierto un gran montículo que podría haber
servido como base de una fortificación, así como también una extraña apertura
que podría haber servido para un ritual o un propósito religioso. Esto
probablemente signifique que el sitio estuvo ocupado en algún punto, pero saber
si era o no la cultura descrita por Herodoto, es imposible.
La conclusión de
todo esto es que mientras había razas de mujeres guerreras en la antigüedad, es
muy probable que no se tratasen de las Amazonas que odian a los hombres, según
la leyenda. Más bien, se trataría de una sociedad en la que las mujeres tuviesen
los mismos derechos que los hombres, una sociedad en la que la mujer luchase en
la batalla junto al hombre, y en la que el hombre ayudase en las tareas del
hogar a la mujer. Quizás los Griegos antiguos conocían una o varias de éstas
culturas, y las interpretaron como una sociedad en la cual la mujer era la que
dominaba al hombre. Los estudiosos no tienen pruebas a favor o en contra de la
existencia de las Amazonas, y parece que no las tendrán en un futuro cercano.
Entretanto, las historias de las Amazonas seguirán captando nuestra imaginación.
Guerra librada por los griegos contra la ciudad de Troya. Se cree que la leyenda se basa en hechos verídicos, episodios de una guerra real entre los griegos del último periodo micénico y los habitantes de Tróade, en Anatolia, parte de la actual Turquía. Modernas excavaciones arqueológicas han revelado que Troya fue destruida por el fuego a principios del siglo XII a.C., tradicional fecha de la guerra, y que ésta pudo haber estallado o bien por el deseo de saquear esa rica ciudad o por poner fin al control comercial que Troya ejercía sobre Dardanelos.
Relatos legendarios de la guerra remontan su origen a una manzana de oro, dedicada a “la más bella”, que lanzó Eris, diosa de la discordia, entre los invitados celestiales a las bodas de Peleo, soberano de los mirmidones, y Tetis, una de las nereidas. La entrega de la manzana a Afrodita, diosa del amor, por parte de Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, aseguró a Paris el favor de la diosa y el amor de la hermosa Helena, mujer de Menelao, rey de Esparta. Helena se fue con Paris a Troya y como consecuencia se organizó una expedición de castigo, al mando de Agamenón, rey de Micenas, para vengar la afrenta hecha a Menelao. El ejército de Agamenón incluía a muchos héroes griegos famosos, como Aquiles, Patroclo, Áyax, hijo de Telamón y Áyax, hijo de Oileo, Teucro, Néstor, Odiseo y Diomedes.
Como los troyanos se negaron a devolver a Helena a Menelao, los guerreros griegos se reunieron en la bahía de Áulide y avanzaron hacia Troya en mil naves. El sitio duró diez años y los nueve primeros transcurrieron sin mayores incidentes. En el décimo año, Aquiles se retiró de la batalla por un altercado que tuvo con Agamenón; la acción de Aquiles proporcionó a Homero el tema de la Iliada. Para vengar la muerte de su amigo Patroclo, Aquiles retomó la lucha y mató a Héctor, el principal guerrero troyano. Otros hechos, que aparecen narrados en poemas épicos posteriores, abarcan la victoria de Aquiles sobre Pentesilea, reina de las Amazonas, y Memnón, rey de Etiopía, y la muerte de Aquiles en manos de Paris.
La ciudad de Troya fue tomada finalmente gracias a una traición. Un grupo de guerreros griegos consiguió entrar en la ciudad ocultándose en el interior de un gran caballo de madera (Caballo de Troya), a pesar de que Casandra había advertido a los troyanos de la presencia de ese caballo. A continuación los griegos saquearon y quemaron la ciudad. Sólo escaparon unos pocos troyanos, el más famoso de ellos Eneas, quien condujo a los demás sobrevivientes hacia la actual Italia. Virgilio ha contado esta historia en la Eneida.
El retorno de los guerreros griegos a Grecia también inspiró muchos poemas épicos. El más famoso de ellos es el de Odiseo, que regresa a Ítaca después de diez años de difícil travesía, tal como lo elabora poéticamente Homero en la Odisea.
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Faetón era un joven orgulloso. Esto se comprobó cuando su
madre le hizo saber que su padre era Apolo, dios
que diariamente cruzaba nuestro mundo en un carro deslumbrante de sol. Pero los
compañeros del muchacho se mofaban de él cuando se enorgullecía de tan alto
nacimiento; entonces por orden de su madre buscó a su celestial padre para
pedirle un favor a través del cual todos conocerían su nacimiento divino.
Antes del alba llegó al divino palacio de Febo, donde un dios con manto púrpura
estaba sentado en su trono de marfil, en medio de un brillante arco iris de
joyas. Alrededor de él estaban sus ministros y guardaespaldas, las Horas, los
Días, los Meses y las Estaciones. Faetón no dudó en acercarse al trono.
Su padre le recibió y le preguntó qué hacía allí. Faetón se quejó de que los
hombres no le creyeran hijo de Apolo, a menos que su padre le diera una
garantía de su nacimiento que pudiese ser vista por todo el mundo.
Su padre le preguntó qué deseaba y Faetón le pidió que le dejase conducir su
carro del Sol. Apolo inmediatamente le contestó que eso que le pedía era
imposible, ya que el único dios que podía manejar correctamente ese carro era
Apolo (ni siquiera el mismo Zeus podría conducirlo). Apolo le intentó persuadir
de su idea, pero Faetón seguía intentándolo. Por fin, Apolo, no sin gran miedo,
aceptó y condujo a su hijo a la obra maestra de Hefesto, el carro dorado
adornado con gemas chispeantes. Apolo no dejaba de dar consejos a su hijo, pero
éste, impaciente, apenas le oía.
Apolo le advirtió de que no bajase demasiado rápido, para que
Faetón subió al carro y audaz,ente incitó al brioso tiro a través de la bruma
del alba, con el viento del Este siguiéndole en la soberbia carrera. Pero
pronto la velocidad le cortó la respiración mientras que, debido a su poco
peso, el carro se tambaleaba y balanceaba como una quilla sin lastre, hasta que
su cabeza empezó a moverse y demasiado pronto los fieros corceles se dieron
cuenta que sus riendas etaban en una mano novata. Se encabritaron y se echaron
a un lado, abandonando el camino acostumbrado; luego toda la tierra se asombró
al ver el glorioso carro del Sol corriendo torcido encima de sus cabezas como
un relámpago.
A los caballos no les importaba ya su novata mano, y tomaron su propio camino
en el aire, saltando acá y allá. El carro cayó sobre
El desdichado Faetón había abandonado la esperanza de enderezar su triste
marcha. Cegado por el terror y la luminosidad, dondequiera que fuese, quemado
por el calor hasta que no pudo permanecer en el brillante carro, tiró las
inútiles riendas cayendo de rodillas pidiendo ayuda a su padre. Pero su oración
no fue oída por los gritos de toda
Oyendo estos gritos, el todopoderoso Zeus, que
estaba durmiendo al mediodía, rápidamente se despertó y levantó su cabeza
viendo todo lo ocurrido. Cogió al vuelto un trueno y, una vez en su mano, lo
lanzó al humeante aire tirando al insensato Faetón del carro, que no podía
controlar. Bajó el joven deprisa con los mechones quemados, rápido como una
estrella fugaz, para apagarse como una tea en el río Eridano. Entonces los
caballos del Sol agitaron sus yugos y, sueltos, fueron a buscar su establo en
el cielo.
Así pues, en este terrible día terminó el hijo vanaglorioso de Apolo, que
escondía su rostro de su padre por vergüenza.
En Calidón, país de Etolia, el rey Eneo y su esposa, Altea, tuvieron un hijo llamado Meleagro. Cuando el bebé no tenía ni una semana, llegaron a la casa las Parcas, que mirando al recién nacido profetizaron así:
- "Será un hombre bueno como su padre".
- "Será un héroe reconocido en todo el mundo".
- "Vivirá hasta que se consuma la tea del hogar".
El oído de su ansiosa madre captó estas palabras y, no antes de que las
misteriosas hermanas se fueran, se levantó de su cama para coger la tea, la
apagó en agua y la escondió entre los mayores tesoros secretos.
Meleagro fue uno de los héroes que se dirigió con jasón a buscar el vellocino
de oro, y cuando volvía a casa otra hazaña le estaba esperando, matar al jabalí
de calidón.
En ausencia de su hijo, el rey Eneo se había ganado la ira de una diosa. para
agradecer un año próspero en frutos, ofreció en el altar de Démeter maíz, a
Así que cuando Meleagro fue a casa de Colco, se encontró la tierra de su padre
devastada por el terror del monstruo. En seguida reunió a un grupo de cazadores
y sabuesos para rastrear en su guarida como ningún hombre había hecho.
Entre los cazadores había un mujer, Atalanta,
de quien se contaban historias extrañas. Su padre también era rey y había
esperado un hijo como Meleagro para que fuese su heredero, así que cuando nació
su hija en su enfado abandonó a la niña en una montaña salvaje para que
muriese; pero la niña fue amamantada por una osa y creció como un chico fuerte
hábil en el manejo del arco y de la lanza. Pocos jóvenes podían superarla en
fuerza o en coraje.
Cuando encontraron al jabalí, todos se lanzaron a por él con redes y perros,
pero la primera lanza que alcanzó al jabalí fue la de Atalanta. El jabalí se
precipitó sobre ellos como un trueno, pero cuando parecia que los hombres iban
a perder la batalla ente su embestida, una flecha de Atalanta dio en el jabalí
que otra vez se paró desválido por el dolor, y el resto de los hombres,
avergonzados de ser vencidos por una mujer, en seguida se centraron en el
ataque.
El monstruo se echó a tierra a causa de las heridas que tenía y murió cuando
Meleagro le clavó su espada hasta la empuñadura. Cortaron la cabeza del jabalí
y quitaron las cerdas, y Meleagro dio estos trofeos a Atalanta, ya que era la
única que se lo merecía al dar el fatal golpe. Pero algunos cazadores no
estaban de acuerdo con ésto, entre ellos los dos hermanos de Altea y tíos de
Meleagro. Éstos se pelearon con Meleagro y acabaron muertos a los pies de su
sobrino.
Cuando las noticias de la muerte del jabalí llegaron a Altea, ésta salió al
templo para dar gracias, pero en el camino se encontró con el séquito morturio
que llevaba a sus dos queridos hermanos a su pira funeraria. Cuando supo que su
hijo los había matado, lo maldijo y sacó la tea apagada que llevó al altar
donde estaba el fuego del sacrificio y la arrojó a la llama. Cuando vio la
consecuencia de su delirio vengativo, la desconsolada madre no vio nada mejor
que terminar sus propios días muriendo con sus hermanos.
Meleagro murió cuando regresaba a casa trayendo el triunfo y el botín de la
gran caza. Así se cumplió el decreo de aquellas hermanas fatales que vieron su
nacimiento.
Atalanta regresó a sus lugares salvajes, cuidando de no unirse con hombres
desde que murió aquel que había conmovido su corazón. Pero su padre se enteró
de esta promesa y procuró conseguirla un hombre que fuese el heredero de su reino,
ya que aún no había encontrado a tal heredero.
Había muchos pretendientes que querían casarse con esa bella mujer, pero ella
insistía en que no quería casarse. Por fin accedió ante las presiones de su
padre, pero con una condición: el pretendiente tendría que ganarla a una
carrera, si no ganaba, éste moriría. El pretendiente debía correr desnudo y sin
armas, pero la doncella llevaba una lanza para matarlos si no ganaban la
carrera.
Hipomenes era uno de tantos pretendientes, pero antes de participar en el
concurso, imploró el favor de Afrodita y la diosa le dio tres manzanas de oro
para que las llevara en sus manos cuando corriese, y lo que tenía que hacer con
ellas dependía del conocimiento del corazón de la mujer más que del ingenio del
hombre.
La carrera comenzó, y antes de que Atalanta lograse alcanzar a Hipomenes, éste
tiró una manzana de oro para entorpecer la carrera de aquella. Tentada por la
curiosidad, Atalanta se paró para recoger la manzana, mientras que Hipomenes
avanzó un poco más. Cuando ella le volvió a alcanzar, Hipomenes volvió a tirar
otra manzana y ella se volvió a parar a recogerla. Lo mismo ocurrió con la
tercera manzana. De esta forma ganó Hipomenes la carrera cuyo premio era
casarse con Atalanta. Pero poco duró la fortuna del joven, ya que se olvidó de
agradecer a Afrodita su ayuda. Afrodita condujo la ofensa contra Rea, la poderosa madre de los dioses, que transformó
al corredor y a su novia en un par de leones, enganchados a su carro cuando ella
lo cogía en medio de un estruendo de cuernos y platillos.
Midas, rey de Frigia, era el más rico de todos los hombres del
mundo, y como los que tienen mucho, su corazón quería más y más. Una vez tuvo
la oportunidad de hacer un servicio a un dios, cuano en un jardín se encontró
al anciano Sileno, que se había perdido de la comitiva de su patrón dioniso; se
había parado aquí para dormir la borrachera. Midas amablemente rodeó al
borracho errante con rosas y le obsequió con comida y bebida. Luego le envió
con el dios del vino. Dioniso estaba tan agradecido que le ofreció al rey
elegir cualquier recompensa que quisiera. Midas pidió al dios que le diese el
don de que todo lo que tocase lo convirtiese en oro. El dios se lo concedió.
Impaciente por probar su nuevo poder, Midas fue al bosque, y al tocar una
ramita con el pie, ésta se convirtió en oro. Todo lo que tocaba se convertía en
oro. Quiso regresar a su casa con su caballo, pero éste se convirtió en oro,
incluso cuando llegó a su palacio los pilares, las puertas, se convirtieron en
oro. Fatigado por su viaje, Midas pidió comida, pero justo cuando ésta tocaba
sus labios se convertía en oro y por tanto no se lo podía comer. Lo mismo
ocurría con la bebida.
Atormentado por el hambre y la sed, se levantó de este burlón banquete,
envidiando al chico más pobre de su palacio. No le reconformtaba visitar su
gran tesoro, y el hecho de ver todo de oro le empezó a enfermar. Si él abrazaba
a su hijos, si golpeaba a sus esclavos, al instante sus cuerpos se convertían
en estatuas de oro. Todo alrededor lucía un odioso amarillo ante sus ojos.
Ante tal desesperación recurrió a Dioniso a quien suplicó que le retirase ese
regalo. El dios le dijo que buscase la fuente de Pactolo y se bañase en su
puras aguas, para así deshacerse del hechizo. Cuando Midas llegó y se tiró al
agua, éste se convirtió en oro. Sólo desapareció el hechizo cuando metió su
cabeza bajo el agua.
Este rey no fue siempre tan afortunado en su trato con los dioses. Curado de su
codicia por el oro, no tenía más deseos en su mente; un día estaba vagando por
los bosques verdes y se encontró a Pan luchando con Apolo. Pan presumía de su
flauta contra el laúd de Apolo. Para decidir cuál de los dos instrumentos
emitía la más dulce música, eligieron como árbitro a Midas, y éste, un poco
duro de oído, eligió como vencedor a Pan. Entonces Apolo se enfadó con él y le
castigó adornando su cabeza con orejas de burro. Desde ese día el rey se
escondía de todos por tener esas orejas, y cubrió su cabeza con un turbante. La
única persona que sabía lo de sus orejas era su barbero. Pero éste temiendo su
ira bajó a la solitaria orilla del río y excavó un agujero y susurró en él:
"Midas tiene orejas de burro", esperando que ningún hombre pudiera
oírle. Pero donde hizo el agujero creció una mata de cañas, que, tan pronto
como el viento las movía, murmuraban: "Midas tiene orejas de burro".
El fundador de la ciudad de Atenas era Cécrope, cuyo nieto Pandión tenía dos hijas,
Progne y Filomela. Su reino era acosado por los bárbaros y ayudado solamente
por Tereo, rey de Tracia, a quien el gran Pandión no podía sino ofrecer a una
de sus dos hijas como recompensa.
Tereo eligió a Progne, la mayor, y la boda desde un principio auguraba malos
auspicios, ya que Tereo tenía al rey Ares como padre, y ni Himen ni Era, ni sus
Gracias bendijeron la fiesta; los principales invitados eran las espantosas
Furias y un ronco búho situado en el tejado del lecho nupcial. El rudo Tereo,
haciendo caso aomiso a estos presagios, llevó a su novia a Tracia. Ellos
tuvieron un hijo, llamado Itis, y durante años vivieron juntos sin ninguna
desgracia.
Pero pasados los años, Progne comenzó a cansarse de los casi salvajes tracios,
que no la hacían olvidar ni a Atenas ni a su querida hermana Filomela. Al final
pidió a Tereo que la dejase volver a su casa, pero éste sólo accedió a que les
visitase Filomela a Tracia.
Tereo navegó a Atenas, donde encontró al anciano rey que no quería que su otra
hija se marchase, aunque fuera por poco tiempo. Con recelo la dejó salir con el
pretexto del amor de Progne a su hermana, a la que no pensaba volver a ver
después de su partida. Antes de dejarla ir pandión hizo jurar a Tereo que
trataría bien a su hija y que ésta regresaría a salvo a Atenas; él la dejó ir
con lágrimas en los ojos, como si temiese que nunca la abrazaría otra vez.
Su temor era cierto, ya que el juramento del bárbaro tracio era tan falso como
su amor. En seguida Tereo se interesó por Filomela, arrepintiéndose de haberse
casado con la hermana mayor. Cuando llegaron a Tracia, Tereo dijo a Filomela
que la quería como esposa, pero ésta no le amaba y pidió inútilmente ayuda a
los dioses. Le suplicó a Tereo que la matase antes que la deshonrase, pero
Tereo la cortó la lengua para que no le pudiese traicionar y la encerró en una
solitaria prisión en el bosque donde Progne no la pudiese encontrar.
Tereo dijo a Progne que su hermana se había muerto, y cuando su padre se enteró
en Atenas, éste murió de pena. Filomela pasaba sus horas tejiendo, y sobre un
tejido blanco tejió con hilos púrpura la historia de su triste vida. Con ayuda
de un mensajero, ese tejido llegó a manos de su hermana Progne, que se acercó
con ayuda del mensajero a la prisión aprovechando que Tereo estaba fuera.
Progne liberó a Filomela y la llevó a su casa.
Cuando llegaron a las puertas del palacio, salió a recibirlas Itis, el hijo de
Progne, tan querido por su rudo padre y muy parecido a él. Ese parecido a su
padre aumentó la ira de Progne y cuando vio que su hermana no podía decir ni
una palabra al niño, su furia cayó sobre él. Progne cortó el cuello de Itis y
entre las dos hermanas lo descuartizaron e hirvieron su carne en una caldera y
se lo dieron de comer a Tereo. Éste, maravillado por lo bueno que sabía
preguntó a Progne qué plato era. En ese momento apareció Filomela y le arrojó
la cabeza sangrante de su hijo al rey. El rey se lanzó con su espada a por
ellas no sin que antes éstas pudiesen provocar un incendio en palacio.
Fieramente Tereo las persiguió por el bosque, donde los dioses hicieron un
milagro para señalar la culpa de esta casa. Progne se transformó en una
golondrina y Filomela en un ruiseñor, siempre volando perseguidas por una
abubilla, que no era otro que su falso marido.
El padre de Cadmo, el rey Agenor, tenía una hija, Europa, en quien recayeron los ojos de Zeus y se
la llevó para él (ver Rapto de Europa). Cuando el
toro dejó a Europa en Creta, éste se volvió a transformar en Zeus y la dijo que
lo que había hecho era por amor. Afrodita
también apareció para reconfortarla, prometiéndole que una cuarta parte del
mundo sería llamada con su nombre. Así pues la doncella se olvidó de su casa
asiática y llegó a ser la madre de Minos y Radamanto, que se sentaban en Hades
como jueces de la muerte.
Pero el rey de Tiro nunca cesó de llorar a su hija perdida. Cuando sus
asustados compañeros de juegos regresaron corriendo, gritando lo que le había
ocurrido, él se llenó de ira y de dolor. Amargamente reprochó a sus tres hijos,
Cadmo, Fénix y cilix, por no proteger a su hermana, les envió en su búsqueda y
les prohibió regresar a casa si no encontraban a Europa.
Los tres hermanos salieron acompañados de su madre Telefasa. Durante años
anduvieron de aquí para allá. El primero en cansarse fue Fénix, que se separó
para hacerse una casa en la tierra llamada por él mismo Fenicia. Cilix se
estableció en Cilicia. Finalmente Telefasa murió, pidiéndole antes a Cadmo que
no abandonase la búsqueda.
Cadmo con ayuda de algunos sirvientes entró en Grecia, pero al no encontrar a
su hermana perdió toda esperanza de conseguirlo. Fue al oráculo de Apolo en Delfos
donde pidió su consejo. Se le ordenó seguir a una vaca que encontraría pastando
sola en un prado y en el primer lugar donde la vaca se tumbara él construiría
una ciudad y la llamaría Tebas. Pronto encontró a la vaca y la siguió hasta
Beocia. Allí la vaca se tumbó y Cadmo se dispuso a fundar la ciudad.
Pero esa tierra tenía un temible señor al que debía tener en cuenta.
Proponiendo ofrecer un sacrificio a Atenea que podría
ayudarle, él envió a sus sirvientes apor agua de una fuente que salía de una
oscura cueva; su boca estaba escondida en un espeso bosque de robles musgosos
que nunca habían sido tocados por un hacha. Los hombres entraron en el bosque,
pero no regresaron; escuchó el sonido de un siseo y vio humo saliendo de entre
los árboles. Encontró a sus sirvientes muertos ante la cueva abrasados por el
aliento de un enorme dragón que estiraba hacia él sus tres cabezas, cada encía
tenía tres filas de dientes a través de los cuales arrojaba humo venenoso, sus
ojos brillaban como el fuego y su roja cresta brillaba en la sombra de la boca
de la cueva como si acercase su largo cuello para lamer los cuerpos de los
muertos.
Cadmo decidió vengar a sus compañeros de viaje y clavó su espada en el pecho
del dragón. Éste levantó salió de la cueva y levantó sus cabezas para dejarlas
caer sobre Cadmo. Pero Cadmo dirigió su espada hacia una de las gargantas para
clavarla en el tronco de un roble. El monstruo giró sus cuellos y enroscó su
cola para doblar al árbol doblemente grueso, pero las raíces estaban firmes y
la espada se clavó rápidamente; allí se retorció desesperadamente mientras su
respiración se apagaba con su propia sangre.
Totalmente ileso, Cadmo permaneció sobre el cuerpo muerto cuando se dio cuenta
de que Atenea estaba a su lado; bajó desde el Olimpo para formar una ciudad que
crecería mucho bajo su protección.
Atenea le ordenó a Cadmo que sembrase los dientes del dragón sobre la tierra y
le dijo que de ellos nacería una raza de guerreros para hacer su voluntad.
Cadmo cumplió con esa orden y una vez sembrados los dientes, la tierra empezó a
hincharse y a agitarse con algunos agujeros. De allí salieron hombres armados y
Cadmo se preparó para luchar. Sin embargo, la voz divina le dijo que envainase
su espada y les dejase hacer.
Los hombres empezaron a luchar entre ellos y al final tan solo quedaron cinco,
dispuestos a servir a Cadmo. Con su ayuda él construyó aquí la ciudad que se
llamó Tebas.
Posteriormente Cadmo se casó con Harmonía, hija de Ares
y Afrodita. Todos los dioses fueron a la boda y entre los regalos había un
collar y un velo hecho por Hefesto por encargo
de Afrodita, impregnado de un filtro que envenenaría sus descendientes. Y
cuando Ares por orden de Zeus pareció
reconciliarse con Cadmo, una maldición entró en su casa. Sus hijas y los hijos de
sus hijas tuvieron finales muy tristes, entre ellos Ino, que se ahogó así misma
después que su marido, preso de la locura, matase a su hijo, y Sémele,
consumida por la gloria de Zeus cuando ella fue la madre de Dioniso. En su vejez Cadmo fue destronado por su
propio nieto penteo. El muy afligido rey estaba otra vez sin hogar, aunque no
solo, sino con su fiel esposa Harmonía. Ellos anduvieron por los salvajes
bosques del Norte, hasta que este impávido héroe, agobiado por enfermedades y
cargado por la maldición del dragón, murmuró:
- "¡Si una serpiente es tan querida por los dioses, preferiría ser una serpiente más que un hombre!".
En seguida se transformó en serpiente y su mujer pidió lo mismo, y aún hoy
siguen viviendo en los bosques.
Del dios río Cefiso nació un hijo llamado Narciso, que a su madre le parecía
el niño más hermoso. Ésta buscó al poeta ciego Tiresias para preguntarle si
llegará a viejo, a lo que él le contestó: "¡Si él no se contempla a sí
mismo!".
Con esto quería decir que sólo el tiempo lo diría. El niño se crió muy bello y
muchas mujeres se enamoraban de él nada más verle. Evitando toda compañía
andaba por lugares solitarios, perdido por la admiración de la graciosa figura
que pensaba que ningún ojo excepto el suyo podía contemplar. Un día cuando
vagaba por el bosque sin darse cuenta era espiado por la ninfa del bosque Eco,
que le amó desde el primer momento, pero no quería decirle nada hasta que él se
lo preguntase, ya que ella conocía su destino: Hera, enojada por su
charlatanería, la privó del habla a no ser que tuviese que contestar a alguien.
Eco seguía al joven, pero no le podía hablar si él no la hablaba a ella
primero. Pero él no se percató de la presencia de Eco hasta que oyó crujir una
rama cerca.
- "¿Quién está ahí?", preguntó Narciso.
- "¡Ahí!", respondió el eco, pero no vio quién hablaba.
- "¿Qué temes?" volvió a preguntar él.
- "¡Temes!", respondió la voz invisible.
- "¡Vete de aquí!", amenazó, cuando estas palabras le eran devueltas mofándose de él, y aún así la voz no tomó forma.
- "¡Aquí!", respondió la voz, y ahora apareció la ruborizada Eco, como lanzando sus brazos alrededor de su cuello.
Pero en la laguna el joven vio otra figura mejor, y se quitó de encima a la
enamorada ninfa con duras palabras.
Cuando se quedó solo, Narciso se giró hacia la fuente en la que creyó haber
visto una cara más bella. La laguna parecía un espejo de plata, brillando a la
luz del Sol. Al filo de la laguna y de rodillas se estiró sobre la brillante
laguna, y allí miró esa cara y figura tan bella que estuvo a punto de arrojarse
al agua junto a ella. Parecía una estatua principesca, de alguien que debía
tener su misma edad.
Narciso preguntó a la imagen quién era y vió cómo sus labios se movían pero sin
contestación. Narciso sonrió y la sonrisa fue devuelta, se sonrojó y la imagen
también, pero fue a tocarla y en cuanto sus dedos tocaron la superficie, la
imagen se desvaneció. Cuando dejó de tocar la superficie, la imagen volvió, él
la hablaba y la tocaba, pero no conseguía nada. Enloquecido por la gran belleza
de su propio parecido, no podía marcharse del espejo que se reía de su
imaginación. Durante muchos días volvió a la laguna a ver esa imagen, pero se
olvidó de comer y murió entre las lilas del agua, que hicieron de mortaja. Los
mismos dioses no podían tocar ese bello cuerpo, y así Narciso se transformó en
una flor que lleva su nombre.
La pobre Eco que había invocado ese castigo para el frío corazón de Narciso, no
logró nada excepto dolor, porque la plegaria había sabido escucharla. Lejos de
la visión, se consumió por culpa de ese amor, hasta que lo único que quedó de
ella fue una voz, que todavía dura entre las montañas donde nadie puede verla,
pero siempre dice la última palabra.
Hubo un rey que tenía tres bellas hijas. Las dos mayores se
casaron con príncipes, pero la tercera, Psique, era tan bella que nadie la
cortejaba, ya que parecía estar hecha para la adoración. Tanto era así que la
gente prefería adorar a Psique que a Afrodita, y así los templos más
importantes de ésta estaban vacíos. Afrodita, llena de envidia y viéndose
relegada a un segundo lugar, pidió a su hijo Eros
que la vengara con su flechas malévolas. Le pidió que llenase su corazón de
amor, pero con el amor más ardiente para el ser más infeliz de
Eros fue directo a cumplir con el encargo de su madre, pero al ver a Psique, se
maravilló tanto de su belleza que se aturdió y la flecha que tenía preparada
para ella se cayó y se le clavó en un pie, quedando así locamente enamorado de
Psique.
El padre de Psique al ver que ésta no tenía marido, acudió al oráculo de Hermes a proclamar que cualquiera que cogiese a Psique
sería castigado como enemigo de los dioses, pero siete besos de la misma
Afrodita serían ofrecidos como recompensa para el que la entregara. Esta
proclamación llegó a los oídos de psique, cuando, cansada de buscar a su amado,
estaba decidida a pedir la clemencia de su madre, y yendo de templo en templo
algunos dioses amableas la aconsejaron buscar el perdón de la diosa del amor.
Se aproximó a las salas de Afrodita, donde no tuvo que decir su nombre para que
uno de los criados la arrastrase por el pelo ante la presencia de su señora.
Afrodita la dio la bienvenida de manera sarcástica y rasgó sus ropas y la
azotó. Después se aprovechó de la pobre Psique y la mandó hacer multitud de
trabajos para ella. Los trabajos fueron los siguientes: separar de un montón de
semillas la de cada clase en un tiempo limitado, conseguir un puñado de lana
dorada de un rebaño de salvajes carneros, llenar una urna de cristal de las
aguas negras de un río negro que riega las marismas estigianas y cae en el
salvaje río de Cócito y bajar al Hades para buscar un frasco de la belleza de
Perséfone. Pero para todos estos trabajos Psique contó con la ayuda de varios
personajes.
Pero todos estos trabajos acabaron cuando Eros supo de la crueldad de su madre,
haciendo que la amase mucho más que antes. Escapando secretamente de su
habitación, voló al Olimpo y buscó el favor de Zeus para casarse con una hija
de hombre.
Zeus envió a Hermes para convocar una reunión de dioses, a la que Afrodita
debía asistir aunque no le gustase la idea, y Psique, también, fue llevada allí
cabizbaja, pero sus labios se encendieron al ver a su perdido amante entre el
radiante grupo. Zeus comunicó a los dioses la intención de Eros de casarse con
la hija de un hombre, y entonces Zeus convirtió a Psique en inmortal y la subió
al cielo y advirtió que no debían negar el derecho a casarse de Eros ya que él
había hecho que mucho de esos dioses triunfasen en el amor. Todos los dioses
celebraron la unión de Eros y Psique, y su primer hijo fue una niña llamada
Alegría.
En tiempos de Semíramis no había en toda Babilonia joven más
apuesto que Píramo ni doncella más hermosa que Tisbe. Vivían con sus padres en
casas contiguas y la vecindad fue uniendo a los jóvenes hasta que la amistad se
tornó en amor. Ellos deseaban casarse y, aunque sus familias se opusieron,
nadie pudo evitar que el amor ardiera con igual intensidad en el pecho de ambos.
Ellos conversaban con miradas y señas. En el muro que separaba las dos casas
había una grieta en la que nadie se había fijado antes, pero que los amantes
pronto descubrieron. Tan sólo la voz atravesaba tan estrecha vía y los tiernos
mensajes pasaban de un lado a otro por la hendidura.
A la mañana siguiente se encontraban en el lugar de costumbre. Un día, después
de lamentar su triste suerte, acordaron que a la noche siguiente, cuando todo
quedara en silencio, huirían sin que los vieran; quedaron en un famoso edificio
que se alzaba fuera de los límites de la ciudad, la tumba de Nino. El que
llegara primero esperaría al otro al pie de una morera que estaba junto a una
fuente. Cuando llegó la noche, Tisbe, sin que su familia se diera cuenta, se
escabulló cautelosamente; se cubrió la cabeza con un velo, llegó hasta el
monumento y se sentó bajo el árbol. Mientras que estaba allí sola distinguió, a
la tenue luz de
Píramo, que se había retrasado, llegó entonces al lugar de encuentro. Cuando
vio las huellas del león en la arena, empalideció. Creyó que su amada había
muerto en las garras del león y recogió el velo y lo cubrió de besos y lágrimas.
"También mi sangre manchará esta tela", dijo, y sacó su espada y se
la clavó en el corazón. La sangre que brotó de la herida tiñó de rojo las
blancas moras del árbol; penetró en la tierra y alcanzó las raíces de forma que
el color rojo ascendió por el tronco hasta llegar a los frutos.
En ese momento, Tisbe, temblando aún de miedo pero no queriendo defraudar a su
amado, se acercó con precaución y buscó ansiosamente al joven, deseosa de
contarle el peligro del que había escapado. Cuando llegó al lugar vio que el
color de las moras era distinto, creyó que se había equivocado de árbol. Aún
dudaba cuando descubrió, retorciéndose en el suelo, un cuerpo que agonizaba. Se
sobresaltó y tan pronto reconoció a su amado, gritó, se golpeó el pecho y
abrazó su cuerpo exánime derramando lágrimas sobre su herida y besando sus
fríos labios. Llamó a Píramo y cuando la escuchó éste abrió los ojos pero luego
los volvió a cerrar. Ella vio su velo manchado de sangre y la vaina de la
espada vacía. "Has muerto por tu mano y por causa mía", dijo,
"yo también puedo ser valiente y mi amor es tan fuerte como el tuyo. Te
seguiré y la muerte, la única que podía separarnos no evitará que me reúna
contigo. Y vosotros, nuestors desdichados padres, no neguéis nunca nuestra unánime
voluntad. Puesto que el amor y la muerte nos han unido, permitid que reposemos
en una sola tumba. Que tus frutos, árbol, conserven siempre la marca de nuestra
sangre y sirva para recordarnos". Entonces, se hundió la espada en el
pecho. Sus familiares y los dioses respetaron su deseo. Los dos cuerpos fueron
sepultados juntos y desde entonces los frutos de la morera son púrpura como lo
fueron aquel día.
Céfalo era un hermoso joven de viriles aficiones. Un día se
levantó antes del alba para salir a cazar y en cuanto
Céfalo volvió tranquilo a su casa. Pero un día, una deidad furiosa envió un
voraz zorro que causó un gran daño y los cazadores salieron decididos a
atraparlo. Como ningún perro podía atraparlo, recurrieron a Céfalo y le
pidieron su perro Lelaps. El perro salió disparado como una flecha a por el
zorro, y de repente, cuando casi le había dado caza, los dos animales se
detuvieron instantáneamente. Un poder sobrenatural hizo que los dos se
convirtieran en piedra.
Céfalo, aunque había perdido a su perro, segúia siendo muy aficionado a la
caza; cazaba con la única ayuda de la jabalina de Artemisa. Cuando el Sol
estaba ya alto, fatigado por el ejercicio, buscaba un rincón a la sombra junto
a una fresca corriente y, dejando su ropa a un lado, se estiraba desnudo en la
hierba para disfrutar de la brisa. De vez en cuando decía en alto: "Ven,
dulce brisa, ven y refresca mi pecho, ven y llévate el calor que me abrasa".
Un día pasaba alguien por allí y le oyó hablar, y creyendo que se lo decía a
una mujer, corrió a decírselo a Procris. Procris fue al siguiente día a
comprobarlo por sí misma. Céfalo cuando llegó, se tumbó y dijo: "¡Ven,
dulce brisa, ven y refréscame, ya sabes cuánto te amo! Tú que haces que el
bosque me resulte delicioso". Así se expresaba cuando oyó unos sollozos
entre los arbustos. Creyendo que se trataba de algún animal salvaje, lanzó la
jabalina hacia el lugar de donde salía el ruido. Un grito de su amada Procris
le dijo que el arma, con fatal seguridad, había encontrado su blanco. Fue
corriendo al lugar de donde salió el grito y vió a su amada intentando sacarse
la jabalina de la herida. Él la cogió en sus brazos y suplicó que no muriese.
Ella abrió débilmente los ojos y dijo: "Te lo ruego, si alguna vez me has
amado, si alguna vez he merecido tu consideración, marido mío, concédeme esto
último que te pido: ¡No te cases con esa odiosa Brisa!".
Estas palabras le revelaron todo el misterio, pero ¿qué ganaba con descubrirlo
ahora? Ella murió, pero cuando él le hizo comprender la verdad, su expresión se
llenó de calma y en su mirada había perdón y piedad.
Una vez unos campesinos de Licia ofendieron a la diosa Latona
(Leto), pero la ofensa no quedó impune. Un hombre
viajó a Licia para recoger unos bueyes que había comprado y allí vió la charca
donde sucedió el prodigio. Cerca de ella había un antiguo altar, negro de humo
de los sacrificios y medio oculto por las cañas. Ese hombre preguntó a quién
estaba dedicado ese altar; si a un fauno a las náyades, o algún dios de las
vecinas montañas, y uno de los lugareños contestó: "Este altar no es de
ningún dios del río ni de las montañas, sino de alguien a quien Hera, arrastrada por los celos, hizo errar de país
en país negándole un lugar en
Pero aquellos aldeanos no se conmovieron con esas palabras e insistieron en su
grosería. Éstos se metieron en el estanque y removieron el lodo con sus pies
pra enturbiar el agua, para que no se pudiera beber. Latona se enfadó tanto que
dejó de pensar en la sed. Ya no suplicó más a esos brutos, sino que, levantando
las manos hacia el cielo, exclamó: "Así no abandonen nunca esta charca y
se pasen la vida en ella". Y así sucedió. Ahora viven en el agua. Unas
veces se sumergen totalmente, y otras asoman la cabeza fuera del agua o nadan
en la superficie. De cuando en cuando salen a la orilla pero en seguida vuelven
al agua de un salto y aún siguen insultando los muy ruines y, aunque ahora
tienen toda el agua para ellos, no se avergüenzan de seguir gruñendo en medio
de ella. Sus voces son ásperas, sus gargantas se hinchan, sus voces se han
agrandado de tando decir groserías, sus cuellos han desaparecido de tal forma
que llevan la cabeza pegada directamente al cuerpo. Tienen la espalda verde y
la panza blanca y desproporcionada. En pocas palabras: ahora son ranas y viven
entre el fango de la charca.
Pigmalión tenía tanto que reprocharles a las mujeres que
terminó por aborrecer a todo el sexo femenino y resolvió no casarse nunca. Él
era escultor, y había tallado con maravillosa habilidad una estatua de marfil
tan bella que ninguna mujer viva podía compararse. Era tan perfecta esa estatua
que Pigmalión terminó por enamorarse de ella. A menudo ponía sus manos sobre
ella para asegurarse de que no estaba viva, incluso la hacía regalos como
conchas, pajaritos, piedras pulidas y flores. También la vistió y adornó con
joyas y la acostó en un lecho.
Llegaron las fechas en las que se celebraban las fiestas en honor a Afrodita. Pigmalión, una vez hubo cumplido con
todas las solemnidades, suplicó a los dioses que diesen vida a su estatua y que
ésta se convirtiese en su esposa. Así ocurrió, y de esta unión nació Pafos, de
quien la ciudad consagrada a Afrodita recibió su nombre.
Las ninfas del bosque, compañeras de baile de Pan, eran uno de los varios tipos de ninfas. Además de ellas estaban las Náyades que presidían los arroyos y las fuentes; las Oréades, ninfas de las montañas y grutas, las Nereidas, ninfas del mar. Estos tres últimos tipos eran inmortales, pero las ninfas del bosque llamadas Dríadas o Hamadríadas, se creía que perecían con los árboles que habían sido su morada y con los que habían nacido.
A continuación narro dos historias que tienen que ver con las Hamadríadas:
Erisictón era un blasfemo que despreciaba a los dioses. En una ocasión
presumía de haber violado con el hacha un bosquecillo consagrado a Demeter. Allí crecía un venerable roble tan grande
que él solo parecía un bosque. Su anciano tronco se alzaba como una torre y de
él colgaban guirnaldas votivas y estaban talladas las inscripciones que
expresaban la gratitud de los adoradores de la ninfa del árbol. Erisictón
ordenó a sus sirvientes que lo cortaran, pero ante la negativa de éstos, empezó
a cortarlo él mismo. Cuando el primer golpe cayó sobre el tronco, manó sangre
de la herida. Todos los presentes se horrorizaron y uno de ellos se atrevió a
quitarle el hacha a Erisictón. Entonces éste, recogió el hacha y cortó la
cabeza de su atrevido sirviente. Entonces salió una voz del árbol que dijo:
"Yo, la que mora en este árbol, una ninfa amada por Demeter y que muero a
tus manos, te advierto que tendrás tu castigo". Él siguió dando hachazos
hasta que derribó el árbol.
Las dríadas, desoladas por la pérdida de su compañera, fueron a ver a Demeter y
a perdirla un castigo para Erisictón. Demeter planeó que el castigo fuera tan
severo que consistiría en echar a Erisictón a Famina. Como las Parcas no permitían que estas dos diosas se
acercaran, Demeter mandó a una oréade (una ninfa del bosque) de su montaña a
que buscase a Famina y la comunicase el castigo, que consistiría en que se
apoderase de las entrañas de Erisictón. La ninfa llegó a donde Famina. Su pelo
era áspero, sus ojos hundidos, su cara pálida, sus labios mortecinos, sus
mandíbulos estabas cubiertas de polvo y su piel tirante mostraba todos sus
huesos. La ninfa la dió el mensaje y volvió a Tesalia.
Famina obedeció las órdenes de Demeter y voló hasta la morada de Erisictón,
entró en el dormitorio donde el culpable dormía, le rodeó con sus alas y se
dejó inhalar por él infundiendo su veneno por sus venas. Cuando cumplió su
misión, volvió a sus tierras. Erisictón aún dormía y en sus sueños devoraba
comida y movía sus mandíbulas como si comiera. Cuando se despertó su hambre era
terrible. SIn perder un momento, puso ante él una comida compuesta por cuanto
la tierra, el mar y el aire crían, y mientras comía aún se quejaba de hambre.
Lo que habría bastado para una ciudad no era suficiente para él. Cuanto más
comía más ansiaba. Su hambre era como mar que recibe agua de todos los ríos y
nunca se llena o como el fuego que quema todo el combustible que se le echa y
sin embargo quiere más.
Sus propiedades disminuyeron rápidamente para hacer frente a las incesantes
demandas de su apetito, pero continuaba sin saciar su hambre. Finalmente gastó
todo lo que tenía, y sólo le quedaba su hija, que también la vendió. Ella pasó
a ser la esclava de un comprador, fue a la orilla del mar y elevó sus brazos en
plegaria a Poseidón. Él oyó sus ruegos y la cambió de apariencia, de tal forma
que su dueño no la encontrase. Cuando éste se marchó, ella recuperó su
apariencia y pudo volver con su padre. Éste la volvió a vender y ella se volvió
a escapar de la misma forma. Así ocurrió muchas veces, hasta que al final,
Erisictón acabó por devorar sus propios miembros y así alimentar su cuerpo
devorando su cuerpo hasta que la muerte lo rescató de la venganza de Demeter.
Las Hamadríadas no sólo castigaban las ofensas; también agradecían los servicios. Un día Rhoecus vio un roble que se estaba cayendo y ordenó a sus sirvientes que lo apuntalaran para que se sostuviera en pie. La ninfa, que había estado a punto de morir junto con el árbol, se le acercó y le expresó su gratitud por haber salvado su vida y le pidió que eligiera la recompensa que deseara. Rhoecus fue atrevido y le pidió su amor, y la ninfa concedió su deseo. Ella también le pidió que fuera constante y le dijo que una abeja sería su mensajera, la cual le haría saber cuándo requería su compañía. Un día la abeja se acercó a Rhoecus cuando estaba jugando a las damas y él bruscamente la espantó. Esto encolerizó tanto a la ninfa que le privó de la vista.
Aristeo fue el primero en desarrollar la apicultura. Era hijo de la ninfa acuática Cirene. En una ocasión en que sus abejas murieron recurrió a su madre y la preguntó por qué había ocurrido eso. Ella le contestó que hay un viejo profeta llamado Proteo que mora en el mar y es el favorito de Poseidón, cuyos rebaños de vacas marinas él pastorea. Las ninfas le respetan porque él es un sabio y conoce todas las cosas pasadas, presentes y futuras. Cirene mandó a su hijo a ver a ese profeta, no sin antes advertirle de que le sería difícil convencerle para que le ayudase. Aristeo debía encadenar al profeta para que éste, aunque se convirtiese en jabalí, tigre o león, no pudiese escapar de las cadenas y al final accediese a contestar a Aristeo. Así ocurrió y al final Proteo le dijo lo que había pasado. Dijo que por culpa de Aristeo Eurídice encontró la muerte cuando huía de él y pisó una serpiente cuya mordedura le provocó la muerte. Para vengar su muerte, sus amigas ninfas han enviado la muerte a las abejas de Aristeo. Proteo le dijo que tenía que aplacar su cólera de la siguiente forma: tenía que elegir cuatro toros de perfectas proporciones y cuatro vacas de igual belleza, levantar altares a las ninfas y sacrificar a los animales dejando sus despojos en el bosque. A Orfeo y Eurídice dedicaría tales honras fúnebres que pudieran aplacar su resentimiento. Nueve días más tarde regresaría donde dejó los cuerpos del ganado muerto y tendría que observar lo que había sucedido. Así lo hizo Aristeo, y al noveno día regresó y examinó los cuerpos de los animales, y vio con gran alegría que un enjambre de abejas se había apoderado de uno de los esqueletos y se dedicaban a sus labores allí como en un panal.
Orión era hijo de Poseidón. Era un apuesto gigante y un
poderoso cazador. Su padre le había otrogado el poder de atravesar nadando las
profundidades del mar o, según otros, de caminar sobre su superficie.
Orión amaba a Merope, la hija de Enopión, rey de Chíos, y ansiaba casarse con
ella. Limpió la isla de animales salvajes y regaló su caza a su amada, pero
Enopión constantemente negaba su consentimiento, así que Orión intentó hacerse
con la muchacha por la fuerza. El padre de Merope, encolerizado por esta
conducta, emborrachó a Orión, le privo de la vista y le arrojó a la orilla del
mar. El héroe, ciego, siguió el sonido de los martillos del cíclope hasta que
lleó a Lemnos y entró en la fragua de Vulcano; éste se apiadó de él y le dio a
Kedalión, uno de sus hombres, para que lo guiara hasta la mansión del Sol.
Llevándole Kedalión sobre sus hombros, Orión se dirigió al Este y allí encontró
al dios Sol, que le devolvió la vista con sus rayos.
Después de esto vivió como cazador con Artemisa,
convirtiéndose en uno de sus favoritos. Una vez estuvieron a punto de casarse.
El hermano de Artemisa estaba muy descontento y a menudo la regañaba, pero sin
resultados. Un día, observando cómo Orión vadeaba el mar sobresaliendo tan sólo
su cabeza del agua, Apolo se lo señaló a su
hermana y afirmó que ella no era capaz de acertarle a esa cosa negra que
flotaba en el agua. La diosa arquera lanzó un dardo con terrible puntería. Las
olas llevaron el cadáver de Orión hasta la orilla y, dándose cuenta de su fatal
error, Artemisa lo colocó entre las estrellas, donde aparece como un gigante
con un cinturón, una espada, un mazo y vestido con la piel de un león; Sirio,
su perro, va siguiéndole y
Las Pléyades eran ninfas de Artemisa, hijas de Atlas. Un día Orión las vio, se
enamoró y las persiguió. Ellas rogaron a los dioses que las transformaran. Zeus
las transformó en palomas y las colocó entre las Pléyades del cielo. Aunque las
Pléyades eran siete, sólo se ven seis estrellas; se dice que esto sucede porque
una de ellas, Electra, abandonó su lugar para
no contemplar la destrucción de Troya, la
ciudad que fundó su hijo Dárdano. La visión tuvo tal efecto entre sus hermanas
que palidecieron para siempre.
La diosa del Alba, como su hermana
Memnón, hijo de Aurora y Titón, era el rey de los etíopes y vivía en el extremo
este de la corriente del Océano. Él llegó con sus guerreros para ayudar al
pariente de su padre (el rey Príamo) en la guerra de Troya. Pero Memnón murió en
la lucha y Aurora, que le contemplaba desde el cielo, pidió que su cuerpo fuese
llevado a las orillas del río Esepus. Al atardecer llegó Aurora acompañada por
las Horas y las Pléyades y lloró sobre el cuerpo
de su hijo. La noche cubrió el cielo de nubes y toda la naturaleza lamentó esa
pérdida. Cada año se celebra el aniversario de su muerte y aún hoy Aurora llora
la muerte de su hijo y sus lágrimas pueden verse por la mañana temprano en
forma de rocío sobre la hierba.
Virgilio localiza la entrada a esta región en la zona
volcánica cercana al Vesubio, que está rodeada de cráteres de los cuales surgen
vapores de azufre y la tierra se estremece y resuena misteriosamente. Se supone
que el lago Averno llena el cráter de un volcán extinguido. Forma un círculo de
media milla de ancho y es muy profundo. Está rodeado por elevados lomos de
tierra que en tiempos de Virgilio estaban cubiertos por un oscuro bosque. De
sus aguas se levantan vapores, de forma que no hay vida en sus orillas ni los
pájaros lo sobrevuelan. Según el poeta, aquí se encuentra la pueta que permite
el acceso a las regiones infernales.
En las puertas del infierno se encuentran un grupo de seres de horrible
aspecto. Éstos son las furias, Discordia, Briareo (con cien brazos), las hidras y Quimera,
que respira fuego. Más adelante se encuentra el río negro Cocitus, donde está
el barquero Caronte, viejo y escuálido, pero fuerte y vigoroso, que sólo lleva
en su barca a quién él escogía (él sube a bordo las almas de aquellos que han
sido debidamente enterrados, los que permanecen insepultos no pueden atravesar
el río y tienen que vagar por la orilla durante cien años). En la otra orilla
del río se encuentra el perro Cerbero, que
tiene tres cabezas.
El primer sonido que se escucha es el llanto de los niños que habían muerto en
el umbral de la vida. A continuación se extienden las regiones de la tristeza.
Allí vagaban los que habían sido víctimas de un amor no correspondido. Después
están los campos en los que vagan los héroes que han caído en batalla, y a
continuación se llega a un lugar donde el camino se divide en dos: uno conduce
al Elíseo y el otro a las regiones de los condenados; a un lado están los muros
de una poderosa ciudad y al otro una puerta que ni los dioses ni los hombres
pueden forzar. Una torre de hierro se alza junto a esa puerta desde la que
vigila Tisífone, la furia vengadora. Desde fuera se oyen los lamentos y el
arrastrar de cadenas.
La región de los condenados es la sala del juicio de Rhadamanthus, que saca a
la luz los crímenes que el autor creía impenetrablemente ocultos. Tisífone le
aplica al ofensor su látigo de escorpiones y luego lo envía a sus hermanas las
Furias. Tras esa puerta que da a la región de los condenados, una hidra de
cincuenta cabezas guarda la entrada. Allí se encuentra el abismo del Tártaro,
que era tan profundo como lo es el cielo de alto desde el suelo. En el fondo
del abismo están los titanes, que se
enfrentaron a los dioses; Salmonos, que presumía de competir con Zeus y
construyó un puente de metal sobre el que condujo su carro para que el sonido
se pareciera al del trueno y lanzaba hierros candentes pra imitar al rayo,
hasta que Zeus le alcanzó con un rayo de verdad y le enseñó la diferencia entre
las armas mortales y las divinas; Titio el gigante, cuyo cuerpo es tan inmenso
que cuando se estira cubre nueve acres; un buitre devora su hígado y tan pronto
como ha terminado de devorarlo, vuelve a crecer de forma que el castigo no
tiene fin. También había unos grupos sentados en mesas cargadas de manjares
donde una furia les quitaba las viandas de los labios, tan pronto como iban a
probarlos. Otros tenían enormes rocas suspendidas sobre sus cabezas, amenazando
constantemente con caerles encima. Había otros que eran los que habían odiado a
sus hermanos o matado a sus padres, o defraudado a los amigos que confiaban en
ellos, o que se habían enriquecido y no habían compartido el dinero con otros,
siendo ésta la clase más numerosa. También estaban allí los que habían violado
los votos del matrimonio. Ixión estaba allí atado a una rueda que giraba sin
cesar; y Sísifo, que estaba condenado a subir una gran roca a una cima y cuando
estaba a punto de dejarla en la cima, la roca volvía a caer y Sísifo la tenía
que volver a subir, y así por toda la eternidad; Tántalo, que estaba cubierto
de agua hasta la barbilla y estaba aquejado por una gran sed, y cuando se
disponía a beber bajando la cabeza, el agua desaparecía.
Por el otro camino, se iba a los Campos Elíseos, los bosques donde residen los
felices. Allí se respiraba un aire más limpio y todos los objetos aparecieron
envueltos en una luz púrpura. La región tenía sus propias estrellas y un Sol.
Los habitantes se entretenían de diversas formas: jugando en el césped,
compitiendo en concursos de fuerza y habilidad, bailando o cantando.
Hay varias versiones sobre dónde estaba el Elíseo. Si bien Virgilio lo coloca
bajo tierra y lo describe como la residencia de los espíritus bendecidos,
Homero lo sitúa al occidente de
En el Elíseo hay un espacioso valle en el que los árboles se mecen suavemente
al viento, en un paisaje que atraviesa el río Leo. A lo largo de las orillas
revolotean algo que parecen insectos y que son en realidad las almas a las que
se les dará cuerpo a su debido tiempo. Mientras tanto viven en las orillas del
Leto y olvidan sus antiguas vidas.
Existe un conjunto de seres imaginarios que parecen haber sido los sucesores de las espantosas gorgonas, hidras, y quimeras de las antiguas supersticiones y que, al no guardar relación con los antiguos dioses del paganismo, siguen existiendo en la creencia popular, después de que el cristianismo suprimiera todo lo pagano. Quizá aparezcan alguna vez mencionados por escritores clásicos, pero parece que fue en tiempos más modernos cuando más populares se hicieron.
El fénix era un ave legendaria que vivía en Arabia. Según la tradición, se
consumía por acción del fuego cada 500 años, y una nueva y joven surgía de sus
cenizas. En la mitología egipcia, el ave fénix representaba el Sol, que muere
por la noche y renace por la mañana. La tradición cristiana primitiva adoptaba
al ave fénix como símbolo a la vez de la inmortalidad y de la resurrección. Se
le ha visto una relación con el pájaro de fuego de la mitología aborigen
americana.
Este animal fue llamado el rey de las serpientes, y para confirmar su realeza fue dotado de una cresta sobre la cabeza a modo de corona. Se suponía que nacía del huevo de un gallo que era empollado por sapos o serpientes. Había dos especies de este animal: la primera quemaba todo lo que se le acercaba, y la segunda era una especie de cabeza de medusa ambulante cuya mirada causaba un horror instantáneo que llevaba a la muerte de forma instantánea.
Era un animal fabuloso, totalmente blanco, con cabeza y patas de caballo y un
largo cuerno recto situado en medio de su frente. Símbolo de la santidad y de
la castidad, el unicornio era una imagen frecuente en los tapices de la edad
media. Ha sido ampliamente utilizado en emblemas heráldicos.
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Este animal no sólo resiste al fuego, sino que es capaz de apagarlo, y cuando ve una llama carga contra ella como contra un enemigo al que sabe muy bien cómo vencer. La piel de este animal se considera a prueba de fuego. Esta fábula se basa en el hecho de que la salamandra, cuando se irrita, secreta por los poros de su cuerpo una considerable cantidad de un líquido lechoso, que, sin duda, podía defender su cuerpo del fuego durante unos instantes.