 El
veterano
Entre las curiosas
amistades que me adquirí durante mis excursiones por la fortaleza fue una
de ellas la de un valiente y acribillado veterano, coronel de inválidos,
que vivía, a la manera de un gavilán, encerrado en una torre moruna. Su
historia, que se complacía en referir, formaba un tejido de aventuras,
desgracias y vicisitudes, que imprimían a la vida suya, como a la del
mayor número de los españoles, ese sello especial, ese original carácter y
singularidad que se encuentran en las famosas páginas del Gil Blas.
Estuvo en América a los
doce años de edad, y contaba entre los sucesos más notables y felices de
su vida el haber conocido al general Washington. Desde entonces vino
tomando parte en todas las guerras de su patria; hablaba, por propio
conocimiento, de todas las prisiones y calabozos de la Península; quedó
cojo de una pierna y tan tullido de sus manos y tan mutilado y
arcabuceado, que era una especie de monumento viviente de las turbulencias
de España, pues contaba una cicatriz por cada batalla o escaramuza, del
mismo modo que se hallaban señalados cada uno de los años de cautiverio en
un árbol de Robinsón.
Pero, entre todas, la
mayor desdicha de este anciano y valeroso hidalgo era, al parecer, el
haber ejercitado el mando en la ciudad de Málaga en épocas de revolución y
gran peligro, y el habérsele conferido el nombramiento de general por sus
habitantes para que protegiera contra la invasión de los franceses;
circunstancias que debían haberle servido de justos títulos para obtener
la merecida recompensa del Gobierno; pero me temo que ha de pasar su vida
escribiendo o imprimiendo peticiones y memoriales, con gran esfuerzo de su
cerebro, dispendio de sus ahorros y cansancio estéril de sus amigos, pues
no puede nadie visitarle sin tener por fuerza que escuchar algún pesado
memorial de hora y media de lectura, por lo menos, y que llevarse en los
bolsillos media docena de papelotes. Este género de individuos es bastante
común en España; por todas partes se tropieza con personas respetables
relegadas al olvido, devorando en un rincón la miseria, el amargo agravio
y la patente injusticia recibida en pago de sus servicios. Y por cierto
que cuando un español se ve precisado a sostener un pleito o formular
alguna reclamación contra el Gobierno, puede decirse con seguridad que ya
tiene tela cortada para mientras viva.
Visitaba yo con
frecuencia a este noble veterano, cuya habitación se hallaba encima de la
Puerta del Vino, cuartito que era, por cierto, muy abrigado y con
hermosas vistas a la Vega. Tenía todo en él arreglado con el orden y la
precisión propios de un soldado: veíanse colgadas en la pared tres
carabinas y un par de pistolas, limpias y brillantes, y, junto a ellas, un
sable y un bastón, uno a cada lado; y por encima de ellos, dos sombreros
de tres picos, uno para gala y otro para diario. Constituía su biblioteca
un pequeño armario con media docena de libros; siendo de su lectura
favorita un viejo desencuadernado volumen de máximas filosofías que
hojeaba y manoseaba todos los días, para aplicarlas a cada uno de los
casos y trances particulares de su vida, siempre que tuvieran algún tinte
de amargura o tratasen de las injusticias del mundo.
A pesar de todo esto,
era el buen señor una persona amable y bondadosa; y, cuando olvidaba sus
desdichas y sus filosofías era un divertido compañero. Me gustaba oír a
este desheredado de la fortuna, sobre todo relatando sus aventuras de
campaña. Ahora bien, en la serie de mis visitas a este respetable inválido
me enteré de cosas muy curiosas relativas a otro viejo militar, comandante
de la fortaleza, quien, al parecer, había tenido igual fortuna en la
guerra que la suya. Todos esos relatos los he completado y ampliado con el
resultado de mis indagaciones entre los viejos habitantes de la fortaleza,
y en particular con las noticias que me suministró el padre de Mateo
Jiménez, de cuyas tradicionales historias es su héroe favorito el
personaje que voy a presentar a mis lectores.
 Leyenda del
Gobernador y el Escribano
En tiempos que pasaron
fue gobernador de la Alhambra un anciano y valeroso caballero, el cual,
por haber perdido un brazo en la guerra era comúnmente conocido con el
nombre de El gobernador manco. Mostrábase por todo extremo
orgulloso de ser un veterano; con sus largos bigotes que le llegaban a los
ojos, sus botas de montar y una espada toledana tan larga como una pica,
llevando siempre el pañuelo dentro de la cazoleta de su empuñadura.
Sucedía, pues, que era
excesivamente celoso y rígidamente severo y escrupuloso en conservar todos
sus fueros y privilegios. Bajo su gobierno se habían de cumplir al pie de
la letra todas las inmunidades de la Alhambra como Sitio Real; no se le
permitía a nadie entrar en la fortaleza con armas de fuego, ni aun con
espada o bastón, a menos de ser personaje de cierta categoría; y se
obligaba a los jinetes a desmontarse en la puerta y a llevar el caballo
por la brida. Como la colina de la Alhambra se eleva en forma de
protuberancia en medio del suelo de Granada, era por demás enojoso para el
capitán general que mandaba en la provincia tener un imperium in imperio, un pequeño Estado independiente
en el centro de sus dominios, situación que se hacía entonces más
intolerable, así por la rigidez del viejo gobernador que llevaba a sangre
y a fuego la más mínima cuestión de autoridad o de jurisdicción, como por
la traza maleante y levantisca de la gente que poco a poco se iba subiendo
a vivir en la fortaleza, tomándola como lugar de asilo, y desde donde
ejercitaban el robo y el pillaje a expensas de los honrados habitantes de
la ciudad.
En tal estado de cosas
era consiguiente que vivieran en una perpetua enemistad y querella
continua el capitán general y el gobernador, mucho más extremadas por
parte de este último, por aquello de que la más humilde y pequeña de dos
potestades vecinas es siempre la más celosa de su dignidad. El majestuoso
palacio del capitán general hallábase situado en la plaza Nueva, al pie de
la colina de la Alhambra; en él pululaba a todas horas una gran multitud
de gente: los destacamentos que hacían la guardia, la servidumbre y los
funcionarios de la ciudad. Un baluarte saliente de la fortaleza de la
Alhambra dominaba el palacio y la antedicha plaza pública, frente por
frente de ella; y allí era donde el manco gobernador acostumbraba pasearse
con su espada toledana colgada al cinto y mirando abajo a su rival, como
el halcón que espía a su presa desde la alta copa del árbol secular.
Cuando bajaba nuestro
gobernador a la ciudad bajaba siempre de gran parada a caballo, rodeado de
sus guardias, o en su coche de ceremonia, antiguo y pesado armatoste
español de madera tallada y cuero dorado, tirado por ocho mulas y
escoltado por caballerizos y lacayos; entonces el buen viejo se lisonjeaba
de la impresión de temor y admiración que causaba en los espectadores por
su calidad de vicerregente del rey, aunque los zumbones de Granada, y en
particular los que frecuentaban el palacio del capitán general, se
burlaban de su ridículo boato en miniatura y llamaban al pobre gobernador
«El rey de los mendigos», aludiendo a la traza harapienta y mísera de sus
vasallos.
Motivo perenne de
discordia entre ambas autoridades era el derecho que creía tener el
gobernador a que le dejasen pasar libres de portazgo las provisiones para
su guarnición; como que poco a poco dio lugar este privilegio a que se
ejercitase un contrabando escandaloso y a que una partida de
contrabandistas asentara sus reales en las viviendas de la fortaleza y en
las numerosas cuevas de sus alrededores, haciendo negocios en alta escala,
en confabulación y connivencia con los soldados de la guarnición.
Despertose al fin la
vigilancia del capitán general, el cual consultó con su factótum, que era
un astuto y enredador escribano que gozaba en aprovechar cuantas ocasiones
se le ofrecían para molestar al viejo gobernador de la Alhambra y
envolverlo en enredosos litigios judiciales. Aconsejó, pues, al capitán
general que insistiese en su derecho de registrar los convoyes que pasaran
por las puertas de la ciudad, y le redactó un largo documento vindicando
su derecho. El gobernador manco era uno de esos veteranos que no entienden
de razones ni de leyes, y que aborrecía a los escribanos más que al mismo
diablo, y al tal escribano de marras más que a todos los escribanos del
mundo juntos.
-¡Hola! -decía el hombre
retorciéndose fieramente el mostacho-. Conque, ¿el señor capitán general
se vale del escribanito para ponerme a mí en aprietos? ¡Pues yo le haré
ver que un soldado viejo no se deja arrollar por un curial!
Cogió, pues, la pluma, y
emborronó una breve carta, en la cual, sin dignarse entrar en razones,
insistía en su derecho de libre tránsito; conminando con que no quedaría
impune cualquier aduanero que pusiese su insolente mano en un convoy
protegido por el pabellón de la Alhambra.
Mientras se agitaban
estas cuestiones entre las dos testarudas autoridades sucedió que llegó
cierto día una mula cargada de víveres para la fortaleza al Puente de
Genil, por el cual tenía que pasar y atravesar luego en su camino un
barrio de la ciudad en dirección hacia la Alhambra. Iba guiando el convoy
un malhumorado cabo, ya viejo, que había servido mucho tiempo a las
órdenes del gobernador, y era su álter ego en la manera de pensar, y duro
también y fuerte como una hoja toledana. Al llegar junto a las puertas de
la ciudad puso al cabo el pabellón de la Alhambra sobre la carga de la
mula, y, tomando un aire marcial, avanzó adelante con la cabeza erguida,
pero con el ojo avizor y atento, como perro que pasa por un campo enemigo,
alerta y dispuesto a ladrar o a dar un mordisco.
-¿Quién vive? -dijo el
centinela portazguero.
-Soldados de la Alhambra
-contestó el cabo sin volver la cabeza.
-¿Qué lleváis ahí?
-Provisiones para la
guarnición.
-Adelante.
Pasó el cabo ufano
seguido de su convoy; pero no bien habían andado algunos pasos cuando
varios aduaneros se arrojaron sobre él desde el puente.
-¡Alto ahí! -gritó el
jefe-. Para, mulatero, y abre esos fardos.
-¡Respetad el pabellón
de la Alhambra! Estos objetos son para el gobernador.
-¡Un cuerno para el
gobernador y otro para su pabellón! ¡Mulatero, te hemos dicho que
pares!
-¡Detened el convoy si
os atrevéis! -gritó el cabo preparando la carabina-. ¡Adelante, mulatero!
Éste dio un fuerte
varazo a la acémila, pero el jefe se adelantó y la cogió por el ronzal.
Entonces le apuntó el cabo con la carabina, disparándola de muerte.
Al instante se alborotó
la calle. Hicieron prisionero al viejo cabo, y, después de sufrir una
trilla de puntapiés, bofetadas y palos -introducción que propina impromptu el populacho español como primicias
anticipadas a los rigores de la ley-, fue cargado de cadenas y encarcelado
en la ciudad, en tanto que se les permitió a sus camaradas el proseguir
con el convoy hasta la Alhambra, después de haber sido registrado a su
sabor.
El viejo gobernador se
puso dado a los diablos cuando supo el insulto inferido a su pabellón y la
prisión de su cabo. Por algún tiempo desfogó meramente su mal humor
paseándose por los moriscos salones o arrojando sangrientas miradas de
fuego desde su baluarte al palacio del capitán general. Mas luego se calmó
del primer arrebato de cólera, envió un mensajero pidiendo la entrega del
cabo, alegando que sólo a él le pertenecía de derecho el juzgar y entender
de los delitos cometidos por sus súbditos. El capitán general, auxiliado
del socarrón del escribano, le arguyó, después de mucho tiempo, que, como
delito cometido dentro del recinto de la ciudad y en la persona de uno de
sus empleados civiles, no ofrecía duda que competía a su jurisdicción.
Replicó el gobernador repitiendo su demanda, y volviole a contestar el
capitán general con un alegato mucho más extenso, y razonando siempre con
fundamentos legales. Enfurecíase el gobernador más y más, mostrándose más
rígido y obstinado en su petición; en tanto que el capitán general se
manifestaba cada vez más prolijo y sereno en sus respuestas; con lo que el
veterano, que tenía el corazón de un león, bramaba de furia al verse
enredado en las mallas de una controversia curialesca.
En tanto que el sutil
escribano se divertía de este modo a expensas del gobernador, seguía con
actividad el sumario del cabo, el cual se hallaba encerrado en un estrecho
calabozo de la cárcel, sin tener más que una ventanilla enverjada por
donde asomaba su curtido rostro y por donde recibía los consuelos de sus
amigos.
El infatigable escribano
extendió sin levantar mano -siguiendo el procedimiento español- un
mamotreto de declaraciones y diligencias, con las que consiguió
completamente confundir al cabo y que se declarase convicto y confeso de
asesinato; en vista de lo cual fue sentenciado a morir en la horca.
En vano el gobernador
protestó y lanzó fulminantes amenazas desde la Alhambra. Llegó al fin el
día fatal y el cabo fue puesto en capilla, según se acostumbra hacer
siempre con los criminales el día antes de la ejecución, a fin de que
mediten en su próximo fin y se arrepientan de sus pecados. Viendo las
cosas en tal extremo, determinó el viejo gobernador resolver el asunto en
persona, para lo cual ordenó preparar su coche de ceremonia, y rodeado de
sus guardias bajó por los paseos de la Alhambra a la ciudad. Paró a la
casa del escribano, e hizo que lo llamasen al portal.
-¿Qué es lo que me han
dicho? ¿Habéis condenado a muerte a uno de mis soldados? -dijo gritando el
gobernador.
-Todo se ha hecho con
arreglo a la ley y con estricta sujeción al procedimiento judicial
-contestó con cierta fruición el escribano, sonriéndose y frotándose las
manos-; puedo enseñar a Su Excelencia las declaraciones que constan en el
proceso.
-Traedlas acá -dijo el
gobernador.
El escribano se metió en
su despacho, contentísimo de tener nueva ocasión en que mostrar su
destreza a costa del testarudo veterano.
Volvió con un voluminoso
legajo de papeles, y empezó a leer con la alta entonación y con las
especiales maneras propias de los de su oficio. A la vez que leía, íbase
aglomerando un corro de gente, que permanecía escuchando con la boca
abierta.
-Hacedme el favor de
subir al coche -le dijo el gobernador- y nos libraremos de este gentío de
impertinentes curiosos que no me dejan oíros.
Entró el escribano en el
carruaje, e inmediatamente, en un abrir y cerrar de ojos, cerraron la
portezuela, crujió el cochero el látigo, y mulas, carruaje, guardias,
todo, partió en vertiginosa carrera, dejando atónita a la muchedumbre, y
no paró el gobernador hasta que aseguró su presa en uno de los calabozos
mejor fortificados de la Alhambra.
Envió acto seguido un
parlamentario con bandera blanca, a estilo militar, proponiendo un canje
de prisioneros: el cabo por el escribano. Sintiose herido en su orgullo el
capitán general; rehusó el cambio, dando una negativa insultante, y mandó
levantar una horca sólida y elevada en el centro de la plaza Nueva para
llevar a vías de hecho la ejecución del cabo.
-¡Hola! Conque, ¿va a
ahorcarle? -dijo el gobernador.
Entonces ordenó que
levantasen un patíbulo junto a la muralla principal que daba a la plaza
Nueva.
-Ahora -dijo en un
mensaje que dirigió al capitán general- ahorque usted cuando quiera a mi
soldado; pero al mismo tiempo levante usted la vista por encima de la
plaza y verá usted a su escribano bailando en el aire.
El capitán general se
mostró inflexible; formáronse las tropas en la plaza, redoblaron los
tambores, tocaron a muerto las campanas y se reunió allí gran número de
espectadores para presenciar la ejecución; en tanto que allá arriba en la
Alhambra formó el gobernador toda la guarnición de El Cubo,
mientras doblaba la campana de la Torre de la Vela anunciando la muerte
del escribano.
La esposa de éste
atravesó la muchedumbre seguida de su numerosa prole de escribanillos
en embrión, y, arrojándose a los pies del capitán general, le suplicó
que no sacrificase la existencia de su marido, su bienestar y el de sus
numerosos hijos por una cuestión de amor propio, «pues Su Excelencia
conoce bastante bien -le dijo- al viejo gobernador para dudar de que no
ejecute su amenaza si Su Excelencia ahorca al soldado».
Moviose a conmiseración
el capitán general ante sus lágrimas y lamentos y los clamores de su
tierna familia. Envió al cabo a la Alhambra escoltado por un piquete y
vestido con la ropa de ajusticiado, encaperuzado como un fraile, pero con
la frente levantada y su rostro inmutable, y pidió en canje al escribano,
según se había solicitado. Sacaron del calabozo, más muerto que vivo, al
antes sonriente y satisfecho curial; toda su arrogancia había desaparecido
completamente y -según decían- habían encanecido sus cabellos de terror,
presentándose con aire abatido y con la mirada extraviada, como si hubiese
sentido el contacto de la cuerda fatal en su cuello.
El viejo gobernador
cruzó su único brazo encorvado y miró al escribano por breves instantes
con fiera sonrisa diciéndole:
-De aquí en adelante,
amigo mío, modere usted su celo por enviar gente a la horca y no confíe
usted en su salvación, aunque tenga de su parte la ley; pero, sobre todo,
tenga usted mucho cuidado de no andarse con bromitas otra vez con este
viejo veterano.
 Leyenda del
Gobernador manco y el Soldado
Exasperado el viejo
gobernador manco -quien, como sabemos, gozaba de fuero militar en la
Alhambra- por las continuas quejas que se le dirigían manifestándole que
la fortaleza se había convertido en criminal guarida de ladrones y
contrabandistas, determinó llevar a cabo un escrúpulo o expurgo; y
trabajando sin descanso arrojó de la fortaleza a un gran número de
perdidos y a los enjambres de gitanos de las cuevas circunvecinas. Dispuso
asimismo que rondaran continuamente patrullas de soldados por las alamedas
y veredas, con orden expresa de arrestar a cuantas personas sospechosas se
encontrasen.
En una plácida mañana
del estío hallábase varada junto a las tapias del jardín del Generalife, y
cerca del camino que sube al Cerro del Sol, una de dichas patrullas,
compuesta del inválido cabo que tanto se distinguió en el negocio del
escribano, de un corneta y dos soldados. De repente oyeron pasos de un
caballo y una voz varonil que cantaba en estilo rudo, pero con bastante
buena entonación, un antiguo aire guerrero.
A poco dejose ver un
hombre de complexión vigorosa, de cutis tostado por el sol, vestido con un
ya gastado y mugriento uniforme de soldado de infantería, y llevando del
diestro un poderoso caballo árabe enjaezado a la antigua usanza morisca.
Sorprendiéronse al ver
un militar de aquella traza descendiendo con un caballo de la brida por
esta solitaria montaña, y saliendo el cabo a su encuentro en el camino, le
gritó:
-¿Quién vive?
-Gente amiga.
-¿Quién sois?
-Un pobre soldado que
vuelve de la guerra con el cuerpo acribillado y la bolsa vacía.
Al llegar aquí ya se les
había acercado, y vieron que llevaba un parche negro en la frente y que su
barba era entrecana, lo que, junto con cierto movimiento picaresco de ojos
hacía que pronto se notara por tal conjunto que el individuo era un pícaro
ladino y hombre de buen humor.
Después que hubo
contestado a las preguntas de la patrulla, creyose nuestro héroe con el
derecho de poder dirigir a su vez otro interrogatorio.
-¿Se puede saber -les
preguntó- qué ciudad es esa que veo al pie de esta colina?
-¿Que qué ciudad es ésa?
-dijo el trompeta-. ¡Anda, pues está gracioso! ¡Aquí tenéis un individuo
que viene del Cerro del Sol y se le ocurre preguntar por el nombre de la
ciudad de Granada!
-¿Granada?... ¡Santa
Madre de Dios! ¿Es posible?
-¿Cómo que si es
posible? -volvió a seguir el trompeta-; ¿pues por ventura ignoráis que
aquellas torres son las de la Alhambra?
-¡Quita allá, mal
trompeta! -replicó el desconocido-. No te vengas a mí con bromas... ¡Ah!
¡Si fuera verdad que ésa era la Alhambra, tendría cosas muy
extraordinarias que revelar al gobernador!
-Pues vais a tener
pronto el gusto de veros con él -le dijo el cabo-, porque ya hemos
decidido el llevaros a su presencia.
Y a seguida cogió el
trompeta el caballo de la brida y los dos soldados al desconocido por los
brazos, y poniéndose el cabo a la cabeza dio la voz: «¡De frente!
¡Marchen! ¡Arm...!» Y se encaminaron a la Alhambra.
El espectáculo de un
militar desharrapado y un hermoso caballo árabe apresados por la patrulla
llamó la atención de la gente desocupada de la fortaleza y de los
charlatanes y las comadres que se reunían diariamente en los aljibes y las
fuentes; las garruchas de las cisternas quedaron ociosas por un momento, y
las mozuelas que habían venido a ellas por agua, cántaro en mano y en
chanclas, abrían una boca descomunal al ver pasar al cabo con su
prisionero. Numeroso acompañamiento de curiosos se fue incorporando a la
cola de la escolta.
Guiñábanse unos a otros,
y al punto se forjaron mil conjeturas para explicar el caso. «Es un
desertor», decía uno. «¡Ca!, es un contrabandista», indicaba otro. «Ése es
un bandolero», exponía un tercero. Hasta que corrió la voz de que el cabo
y su patrulla habían capturado valerosamente al capitán de una desalmada
compañía de ladrones. «¡Bueno, bueno! -decían las mujerzuelas unas a
otras-. Capitán o no capitán, que se libre ahora, si es que puede, de las
garras del gobernador manco, aunque no tiene más que una».
Hallábase sentado el
gobernador manco en uno de los salones interiores de su morada en la
Alhambra, sorbiendo el chocolate de la mañana en compañía de su confesor,
rollizo fraile franciscano del vecino convento, y sirviéndoselo una moza
malagueña de lindos ojos negros, hija de su ama de llaves. La maledicencia
de las gentes se obstinaba en decir que tal jovencita, a pesar de todo su
aire de humildad y sencillez, era una solemne pícara que había descubierto
el lado flaco del corazón de hierro del viejo gobernador y lo manejaba a
su capricho; pero nosotros no haremos caso de estas habladurías, pues la
vida privada de los poderosos potentados de la tierra no debe examinarse
muy de cerca.
Cuando dieron parte al
gobernador de haber sido arrestado un desconocido sospechoso que vagaba
por los alrededores de la fortaleza y de que se encontraba en aquel mismo
momento en el patio exterior en poder del cabo, esperando las órdenes de
Su Excelencia, se sintió henchido el corazón del gobernador ante la
grandeza y majestad de su cargo; y, poniendo la jícara del chocolate en
las manos de la modosa doncella, pidió que le alargasen la espada,
ciñósela al punto, retorciose el bigote, se sentó en un sillón de ancho
respaldo, y, tomando un aspecto digno y severo, ordenó que condujesen el
prisionero a su presencia. Fue llevado ante él el militar a los pocos
minutos por los guardias, fuertemente asido y custodiado por el cabo. El
soldado conservaba, a pesar de ello, un aire tranquilo y resuelto; como
que correspondió a la penetrante y escudriñadora mirada del gobernador con
cierto gesto burlón que no agradó mucho a la rígida superior autoridad de
la fortaleza.
Después de fijar su
vista en él por un momento, le dijo el gobernador:
-Responda el prisionero
lo que tenga que alegar en su defensa. ¿Quién sois, pues?
-Señor, soy un pobre
soldado que vuelve de la guerra, sin otros ahorros que cicatrices y
chirlos.
-Conque ¡un soldado!
¡ya!... ¡y a juzgar por el traje, de infantería! Pues me han hecho saber
que poseéis un soberbio caballo árabe; supongo que lo traeréis por
añadidura de las cicatrices y los chirlos.
-Si Su Excelencia lo
lleva a bien, tengo precisamente que contarle cosas muy maravillosas sobre
ese caballo, con otras extrañas y estupendas que importan grandemente a la
seguridad de esta fortaleza y de toda Granada; pero tiene vuecencia que
oírlas a solas o, a lo más, delante de aquellas personas en quienes tenga
Su Excelencia depositada toda su confianza.
-Este reverendo fraile
-dijo al prisionero- es mi confesor, y podéis hablar en su presencia; y
esta muchacha -señalando a la criada, que se había quedado haciendo como
que hacía algo, pero en realidad movida por la curiosidad-, esta joven
tiene mucha prudencia y discreción; se puede revelar cualquier secreto
delante de ella.
Dirigió el militar a la
mozuela una mirada entre burlona y amartelada, y contestó:
-Entonces no hay
inconveniente en que se quede esta chica.
Luego que los demás se
hubieron retirado, comenzó el soldado a contar su historia, dejando ver a
seguida que era un tunante de siete suelas, que charlaba hasta por los
codos y se expresaba en un lenguaje que no guardaba conformidad con su
aparente condición.
-Con permiso de Su
Excelencia empezó a decir-, soy, como ya antes he manifestado, un soldado
que he prestado muchos e interesantísimos servicios, pero que, habiendo
cumplido el tiempo de empeño, me dieron la licencia no ha mucho; y,
separándome del cuerpo de ejército de Valladolid, me puse en marcha a pie
en dirección a mi pueblo natal, que está en Andalucía. Ayer por la tarde,
al ponerse el sol, atravesaba una vasta y árida llanura de Castilla la
Vieja...
-¡Alto ahí! -gritó el
gobernador-. ¿Qué estáis diciendo? ¡Castilla la Vieja se halla ochenta o
cien leguas de aquí!
-No importa -replicó el
soldado sin desconcertarse-. Por eso le dije a Su Excelencia que tenía
cosas muy maravillosas que contarle; pero tan maravillosas como
verdaderas, como verá Su Excelencia, si se digna tener la paciencia de
escucharme.
-¡Vaya! Seguid adelante
-dijo el gobernador retorciéndose el mostacho.
-Pues al ponerse el sol
-continuó el soldado- miré a mi alrededor, en busca de un albergue donde
pasar la noche; pero en todo lo que mi vista pudo alcanzar no había señal
de morada alguna. Resigneme, por lo tanto, a tener que pernoctar y dormir
en el llano con mi morral por almohada, pues Su Excelencia, que es un
veterano, sabe perfectamente que el pasar una noche de esta manera no es
gran trabajo para el que ha servido en la guerra.
El gobernador hizo un
signo afirmativo, a la vez que sacaba su pañuelo de la cazoleta de la
espada para espantar una mosca que le zumbaba en la nariz.
-Pues bien; para
abreviar mi historia, anduve algunas leguas más, hasta que llegué a un
puente construido en un hondo barranco que servía de cauce a un riachuelo,
entonces casi seco por el calor del estío. En un lado del puente había una
torre moruna, ruinosa por arriba, pero en perfecto estado de conservación
por una bóveda que se levantaba junto a los cimientos. «He aquí (me dije)
un buen sitio para pasar la noche.» Por consiguiente, bajeme hasta el
arroyo, me bebí un buen trago de agua (pues era dulce y pura y me
encontraba muerto de sed), y después, abriendo mi morral, saqué una
cebolla y unos cuantos mendrugos (que en esto consistían mis provisiones),
y sentado sobre una peña a la margen del arroyuelo principié a cenar, y
dispuse luego pasarme la noche bajo la bóveda de la torre, y ¡vive Dios,
que no era mala instalación para un soldado que regresaba rendido de la
guerra! Su Excelencia, que es un veterano, sabe todo tan bien como yo.
-En sitios peores me he
alojado yo en mis tiempos -dijo el gobernador poniendo de nuevo el pañuelo
en la cazoleta de la espada.
-Estaba yo
tranquilamente royendo mis mendrugos -prosiguió el soldado-, cuando sentí
que se movía algo dentro de la bóveda; púseme a escuchar, y me apercibí
que eran pasos de caballo. En efecto, al poco rato salió un hombre por una
puerta practicada en los cimientos de la torre y cerca del arroyo, el cual
venía conduciendo de la brida un fogoso alazán. No pude distinguir quién
era a la simple claridad de las estrellas; pero infundiome sospechas aquel
individuo vagando por las ruinas de una torre tan agreste y solitaria.
«Mas si no es sencillamente un caminante como yo (me dije) y sí un
contrabandista o un bandolero..., ¿a mí qué?». Gracias a Dios y a mi
pobreza, no tenía nada que me robasen; por lo cual seguí royendo
tranquilamente mis mendrugos. Acercose el extraño aparecido con su caballo
para darle de beber cerca del sitio en que yo estaba sentado, y con tal
motivo pude contemplarlo a mi sabor. Sorprendiome el verle vestido de
moro, con coraza de acero y brillante casco, que distinguí perfectamente
por la luz de las estrellas que se reflejaban en él; su caballo hallábase
también enjaezado a la usanza árabe y llevaba grandes estribos. Condujo el
caballo, como iba diciendo, hasta la orilla del riachuelo, y metiendo en
él el animal su cabeza hasta los ojos, bebió tanto y con tal ansiedad, que
creí que iba a reventar.
-Compañero -le dije-,
bien bebe vuestro caballo. Cuando una bestia mete la cabeza de ese modo en
el agua, es buena señal.
-Bien puede beber -dijo
el desconocido con marcado acento árabe-, pues ya hace más de un año que
abrevó la última vez.
-¡Por el apóstol
Santiago! -le contesté-. ¡Pues ya aguanta más la sed que los camellos que
he visto en el África! Pero acércate, pues al parecer eres militar. ¿No te
quieres sentar y participar de la pobre cena de otro militar como tú?
En realidad, estaba
ansioso de tener un compañero en aquel lugar solitario, y me importaba un
comino que fuese moro o cristiano. Además, como Su Excelencia sabe muy
bien, le importa poco al soldado la religión que profesen sus compañeros,
pues todos los militares del mundo son amigos en tiempos de paz.
El gobernador hizo de
nuevo una señal de asentimiento.
-Pues bien; como iba
diciendo, le invité a compartir con él mi cena amigablemente, como era lo
regular.
-No puedo perder tiempo
en comer ni beber -me contestó-, pues necesito hacer un largo viaje antes
de que amanezca.
-¿Y adónde os dirigís?
-le pregunté.
-A Andalucía -contestó.
-Precisamente llevo la
misma ruta -le dije-; y puesto que no queréis deteneros a cenar conmigo,
permitidme, al menos, que monte a la grupa de vuestro caballo, pues veo
que es bastante vigoroso y podrá llevar con facilidad carga doble.
-Acepto gustoso -replicó
el moro.
Y en verdad que no
hubiera sido cortés ni natural en un soldado el negarme este favor,
habiéndole yo invitado antes a que cenase conmigo. Montó, pues, a caballo
y acomodeme detrás de él.
-Tente firme -me dijo-,
pues mi caballo corre como el viento.
-No tengas cuidado -le
respondí-. Y nos pusimos en marcha.
El caballo, que caminaba
a buen paso, tomó después el trote, y a éste siguió el galope, terminando
por fin en una vertiginosa carrera. Rocas, árboles, edificios, todo, en
fin, parecía huir de nosotros.
-¿Qué ciudad es aquélla?
-le pregunté.
-Segovia -me contestó.
Pero no bien acabábamos
de pronunciar estas palabras cuando ya las torres de Segovia habían
desaparecido de nuestra vista. Subimos la Sierra de Guadarrama y pasamos
por El Escorial; rodeamos las murallas de Madrid y cruzamos rápidamente
por las llanuras de la Mancha. De este modo íbamos dejando atrás montañas,
valles, torres y ciudades que divisábamos rápidamente por el simple fulgor
de las estrellas.
Para abreviar esta
historia, y para no cansar a Su Excelencia, diré que el moro refrenó de
pronto su caballo en la falda de una montaña. «Ya hemos llegado (dijo) al
término de nuestro viaje.» Miré a mi alrededor y no vi señal alguna que me
indicase que aquel paraje estaba habitado, como que no se percibía más que
la entrada de una caverna. En tanto que yo la examinaba, me veo que
empieza a aparecer un sinfín de gente vestida a la morisca, unos a caballo
y otros a pie, de todos los puntos del cuadrante, y con tal velocidad que
parecían arrastrados por la furia de un vendaval; y con igual ímpetu se
precipitaban por la sima de la caverna como las abejas dentro de una
colmena. Antes de que hubiese tenido yo tiempo de interrogar sobre todo
aquello, picó mi camarada el jinete musulmán sus largas espuelas morunas
en los ijares de su caballo y se confundió entre los demás. Recorrimos una
larga senda inclinada y tortuosa que bajaba hasta las mismas entrañas de
la tierra, y a media que íbamos entrando empezó a hacerse perceptible una
luz que semejaba los primeros albores del día; pero no podía yo distinguir
bien qué era lo que brillaba. A poco se fue haciendo más viva e intensa, y
ya pude ir claramente observando lo que me rodeaba. Noté entonces, a
medida que íbamos avanzando, grandes grutas abiertas a derecha e
izquierda, que parecían los salones de una armería; en unas había escudos,
yelmos, corazas, lanzas y cimitarras pendientes de la pared; en otras,
grandes pilas de municiones y equipajes de campaña tiraos por los suelos.
¡Cuánto se hubiera alegrado Su Excelencia, como veterano que es, de ver
tantas y tantas provisiones de guerra! Además, en otras cavernas se veían
numerosas filas de jinetes perfectamente armados, lanza en ristre y con
banderas desplegadas, dispuestos para salir al campo de batalla; pero
todos inmóviles en sus monturas, a manera de estatuas. En otros salones
veíanse guerreros durmiendo en el suelo, junto a sus caballos, y grupos de
soldados de infantería, dispuestos para entrar en formación; todos
enjaezados y armados a la morisca.
En fin, para concluir de
contar con brevedad esta historia a Su Excelencia, entramos por último en
una inmensa caverna, o, mejor dicho, en un palacio que tenía la forma de
una gruta, y cuyas paredes, con incrustaciones de oro y plata, brillaban
como si fueran de diamantes zafiros u otras piedras preciosas. En la parte
más elevada hallábase sentado en un solio un rey moro, rodeado de sus
nobles y custodiado por una guardia de negros africanos empuñando tajantes
cimitarras. Todos los que iban entrando (y por cierto que se podían contar
a miles) pasaban uno a uno ante su trono y se inclinaban en señal de
homenaje. Unos vestían magníficos ropajes, sin mancha ni rotura alguna y
deslumbrando con sus joyas, y otros llevaban brillantes y esmaltadas
armaduras; pero otros, en cambio, iban cubiertos de mugrientos y haraposos
vestidos y con armaduras destrozadas y cubiertas de orín.
-¡Oye, camarada! -le
pregunté-; ¿qué significa todo eso?
-Esto -respondió el
soldado- es un grande y terrible misterio. Sábete, ¡oh cristiano!, que
tienes ante tu vista la corte y el ejército de Boabdil, último rey de
Granada.
-¿Qué me estáis
diciendo? -exclamé-. Boabdil y su corte fueron desterrados de este país
luengos siglos ha, y todos murieron en África.
-Así se cuenta en
vuestras mentirosas crónicas -añadió el moro-; pero ten entendido que
Boabdil y los guerreros que pelearon hasta lo último por la defensa de
Granada, todos fueron encerrados en esta montaña por arte de
encantamiento. En cuanto al rey y al ejército que salieron de Granada al
tiempo de la rendición, era una simple comitiva de espíritus y demonios, a
quienes se le permitió tomar aquellas formas para engañar a los reyes
cristianos. Más te diré, amigo mío: la España entera es un país encantado;
no hay cueva en la montaña, solitario torreón en el llano o desmantelado
castillo en la sierra donde no se oculten hechizados guerreros, que
duermen y dormirán siglos y siglos bajo sus bóvedas, hasta que expíen sus
pecados, por lo que Allah permitió que el dominio de la hermosa España
pasase por algún tiempo a manos de los cristianos. Una vez al año, en la
víspera de San Juan, se ven libres del mágico encantamiento desde la
salida del sol hasta el ocaso, y se les permite venir a rendir homenaje a
su soberano; así, pues, toda esa muchedumbre que ves bullendo en la
caverna son guerreros musulmanes que acuden de sus antros y de todas las
partes de España. Por lo que a mí toca, ya viste en Castilla la Vieja la
arruinada torre del puente donde he pasado centenares de inviernos y
veranos, debiendo volver a ella antes de romper el nuevo día. En cuanto a
los batallones de infantería y caballería que ves formados en las cavernas
vecinas, son los encantados guerreros de Granada. Está escrito en el libro
del destino que, cuando sean deshechizados, bajará Boabdil de la montaña,
a la cabeza de su ejército, recobrará su trono en la Alhambra y gobernará
de nuevo en Granada; y, reuniendo los encantados guerreros que hay
diseminados en toda España, reconquistará la Península, que volverá otra
vez a quedar sometida al yugo musulmán.
-¿Y cuándo sucederá eso?
-pregunté ansiosamente.
-¡Sólo Allah lo sabe!
Nosotros creímos que estaba cercano ya el día de nuestra libertad; pero
reina ahora en la Alhambra un gobernador muy celoso, tan intrépido como
veterano soldado, conocido por El gobernador manco. Mientras este
viejo guerrero tenga el mando de esta avanzada y esté pronto a rechazar la
primera irrupción de la montaña témome que Boabdil y sus tropas tengan que
contentarse con permanecer sobre las armas.
Al oír esto, el
Gobernador se incorporó, requirió su espada y se retorció de nuevo el
mostacho.
-Para concluir la
historia y no cansar más a Su Excelencia, el soldado moro, después de
contarme esto, se apeó del caballo y me dijo:
-Quédate aquí guardando
mi corcel, mientras que yo voy a doblar la rodilla ante Boabdil.
Y esto diciendo, se
confundió entre la muchedumbre que rodeaba el trono. «¿Qué hacer (me
pregunté) habiéndome dejado solo y de esta manera? ¿Espero a que vuelva el
infiel, me monte en su caballo fantástico y me lleve Dios sabe dónde, o
aprovecho el tiempo y huyo de este ejército de fantasmas?» Un soldado se
decide pronto, como sabe Su Excelencia perfectamente, y por lo que hacía
al caballo, lo consideré como presa legal, según los fueros de la guerra y
de la patria. Así, pues, montando rápidamente en la silla, volví riendas,
golpeé con los estribos morunos en los flacos del animal, y huí
rápidamente por el mismo sitio que habíamos entrado. Al pasar a través de
los salones en que se hallaban formados los jinetes musulmanes en
inmóviles batallones, me pareció oír choque de armas y ruido de voces.
Aguijoneé de nuevo al caballo con los estribos y redoblé mi carrera.
Entonces sentí a mis espaldas cierto rugido como el que produce el
huracán; oí el choque de mil herraduras, y acto continuo me vi alcanzado
por un sinnúmero de soldados y arrastrado hacia la puerta de la caverna,
donde partían millares de sombras en cada una de las direcciones de los
cuatro puntos cardinales.
Con el tumulto y la
confusión de aquella escena caí al suelo sin sentido; y cuando volví en
mí, encontreme tendido en la cima de una montaña, con el caballo árabe de
pie a mi lado, pues al caer enredose la brida en mi brazo, lo que creo que
impidió que se escapara a Castilla la Vieja.
Su Excelencia
comprenderá fácilmente cuán grande sería mi sorpresa no viendo a mi
alrededor más que pitas y chumberas, los productos de los climas
meridionales, y luego esa gran ciudad allí abajo, con sus numerosas torres
y palacios y con su gran Catedral. Descendí del Cerro cautelosamente
llevando mi caballo de la brida, pues temí montarme en él, no me fuera a
jugar una mala pasada. Cuando bajaba me encontré con vuestra ronda, la
cual me informó ser Granada la ciudad que se extendía ante mi vista, y de
que me encontraba en aquel instante próximo a las murallas de la Alhambra,
la fortaleza del temible gobernador manco, terror de la encantada morisma.
Al oír esto signifiqué mi deseo de que me hicieran comparecer ante Su
Excelencia, a fin de darle cuenta de todo lo que había visto, y de que se
impusiera de todos los peligros que le rodean, y para que pueda vuecencia
tomar a tiempo sus medidas para salvar la fortaleza y hasta el reino mismo
de las asechanzas del ejército formidable y misterioso que vaga por las
entrañas de la tierra.
-Y decidme, amigo, vos
que sois un veterano que ha llevado a cabo tan importantes servicios -le
dijo el gobernador-, ¿qué me aconsejáis para prevenirme de tamaños
peligros?
-No está bien que un
humilde soldado que no ha salido nunca de las filas pretenda dar
instrucciones a un jefe de la sagacidad de Su Excelencia; pero me parece
que debería mandar tapiar sólidamente todas las grutas y agujeros de la
montaña, de modo que Boabdil y su ejército quedasen eternamente sepultados
en sus antros subterráneos. Además, si este reverendo padre -añadió el
soldado respetuosamente, saludando al fraile y santiguándose con devoción-
tuviera a bien consagrar las tapias con su bendición y poner unas cuantas
cruces, reliquias e imágenes de santos, creo que sería muy suficiente para
desafiar toda la virtud y el poder de sortilegios de los infieles.
-Eso sería,
indudablemente, de gran efecto -dijo el fraile.
El gobernador entonces
puso su único brazo en el puño de su espada toledana, fijó la vista en el
soldado, y moviendo la cabeza le dijo:
-¿De modo, don bellaco,
que creéis positivamente que me vais a engañar con toda esta patraña de
montañas y moros encantados?... ¡Ni una palabra más!... Sois ya
ciertamente un zorro viejo; pero tened entendido que tenéis que habérosla
con otro más zorro que vos, que no se deja engañar tan fácilmente. ¡Hola!
¡Guardias, aquí! ¡Cargad de cadenas a este miserable!
La modesta sirvienta
hubiera intercedido de buena gana en favor del prisionero; pero el señor
gobernador le impuso silencio con una severa mirada.
Hallábanse maniatando al
militar, cuando uno de los guardias tentó un bulto voluminoso en su
bolsillo, y sacándolo fuera vio que era un gran bolsón de cuero, al
parecer bien repleto. Cogiéndole por el fondo, vació su contenido sobre la
mesa, ante la presencia misma del gobernador, y nunca mochila de
filibustero arrojó cosas de más valor: salieron anillos, joyas, rosarios
de perlas, cruces de más de brillantes e infinidad de monedas de oro
antiguas, algunas de las cuales cayeron al suelo y fueron rodando hasta
los rincones más apartados de la habitación.
Por algunos momentos se
suspendió la acción de la justicia, dedicándose todos a la busca de las
monedas esparcidas; sólo el gobernador, revestido de la gravedad española,
conservaba su majestuoso decoro, aunque sus ojos dejaron vislumbrar cierta
inquietud hasta tanto que el viejo vio meter en el bolso la última moneda
y la última alhaja.
El fraile no parecía
hallarse muy tranquilo; su cara estaba roja como un horno encendido y sus
ojos echaban fuego al ver los rosarios y las cruces.
-¡Miserable sacrílego!
-exclamó-. ¿A qué iglesias o santuario has robado estas sagradas
reliquias?
Ni lo uno ni lo otro,
reverendo padre; si son despojos sacrílegos, debieron ser robados en
tiempos pasados por el soldado infiel que he referido. Precisamente iba a
decir a Su Excelencia, cuando me interrumpió, que al posesionarme del
caballo desaté un bolsón de cuero que colgaba del arzón de la silla, y el
cual creo que contenía el botín de sus antiguos días de campaña, cuando
los moros asolaban el país.
-Está bien; ahora
arreglaos como mejor os parezca, dejándoos alojar en un calabozo de las
Torres Bermejas, las cuales, aunque no están bajo ningún encanto
mágico, os tendrán a buen recaudo como cualquier cueva de vuestros moros
en cantados.
-Su Excelencia hará lo
que estime más conveniente -contestó el prisionero con frialdad-; de todos
modos le agradeceré mi alojamiento en esa fortaleza. A un soldado que ha
estado en las guerras, como sabe bien Su Excelencia, le importa poco la
clase de alojamiento; con tal de tener una habitacioncita arreglada y
rancho no muy malo, yo me las arreglaré para pasarlo a gusto. Sólo suplico
a Su Excelencia que, ya que despliega tanto cuidado conmigo, que esté
vigilante asimismo con su fortaleza y que no desprecie la advertencia que
le he hecho de tapiar los agujeros de las montañas.
Así terminó aquella
escena. El prisionero fue conducido a un seguro calabozo de las Torres
Bermejas, el caballo árabe fue llevado a las caballerizas del
gobernador y él bolsón del soldado depositado en el arca de Su Excelencia;
bien es verdad que sobre esto le opuso el fraile algunas objeciones,
manifestándole que las sagradas reliquias, que eran, a no dudar, despojos
sacrílegos, debían ser depositadas en la iglesia; pero como el gobernador
se había hecho cargo de aquel asunto y era señor absoluto de la Alhambra,
ladeó discretamente el reverendo la cuestión, si bien determinó
interiormente informar del caso a las autoridades eclesiásticas de
Granada.
Para más explicarnos
estas prontas y rígidas medidas por parte del viejo gobernador manco, es
necesario saber que por este tiempo se hallaba sembrando el terror en las
serranías de la Alpujarra, no lejos de Granada, una partida de ladrones
capitaneada por un jefe terrible llamado Manuel Borrasco, el cual no sólo
andaba merodeando por los campos, sino que osaba entrar hasta en la misma
ciudad con diferentes disfraces para procurarse noticias de los convoyes
de mercancías próximos a salir, o de los viajeros que se iban a poner en
marcha con los bolsillos bien repletos, de los cuales se encargaba él y su
partida de los apartados y solitarios pasos o encrucijadas de los caminos.
Estos repetidos y escandalosos atropellos llamaron la atención del
Gobierno, y los comandantes de algunos puestos militares habían recibido
ya instrucciones para que estuviesen alerta y prendiesen a los forasteros
sospechosos. El gobernador manco tomó el asunto con un celo sin igual, a
consecuencia de la mala fama que había adquirido la fortaleza, y en tal
ocasión creíase seguro de haber atrapado algún terrible bandido de la
famosa partida.
Divulgose entretanto el
suceso, haciéndose el tema de todas las conversaciones, no sólo en la
fortaleza, sino también en la ciudad. Decíase que el célebre bandido
Manuel Borrasco, terror de las Alpujarras, había caído en poder del
veterano gobernador manco, y que éste lo había encerrado en un calabozo de
las Torres Bermejas, acudiendo allí todos los que habían sido
robados por él, a ver si le reconocían. Las Torres Bermejas, como
ya se sabe, están enfrente de la Alhambra, en una colina semejante, y
separadas de la fortaleza principal por la cañada en que se encuentra la
alameda. No tiene murallas exteriores, pero un centinela hacía la guardia
delante de la Torre. La ventana del cuarto donde encerraron al soldado
hallábase fuertemente asegurada con recias barras de hierro y miraba a una
pequeña explanada. Allí acudía el populacho a ver al prisionero, como si
viniera a ver una hiena feroz que se revuelve en la jaula de una
exposición de fieras. Nadie, sin embargo, lo reconoció por Manuel
Borrasco, pues aquel terrible ladrón era notable por su feroz fisonomía, y
no tenía ni por asomos el aire burlón del prisionero. Ya no sólo de la
ciudad, sino de todo el reino, venía la gente a verle, pero nadie le
conocía; con lo que empezaron a nacer dudas en la imaginación del vulgo
sobre si sería o no verdad la maravillosa historia que había contado el
hombre; pues era antigua tradición, oída contar a sus padres por los más
ancianos de la fortaleza, que Boabdil y su ejército estaban encerrados por
encanto mágico en las montañas. Muchas personas subieron al Cerro del Sol
-o por otro nombre, de Santa Elena-, en busca de la cueva mencionada por
el soldado, y todos se asomaban a la boca de un pozo tenebroso, cuya
profundidad inmensa nadie conocía -el cual subsiste aún-, y a pies
juntillas creían que sería la fabulosa entrada al antro subterráneo de
Boabdil.
Poco a poco fue
ganándose el soldado las simpatías del vulgo, pues el bandolero de las
montañas no tiene en manera alguna en España el abominable carácter que el
ladrón de los demás países, sino que, por el contrario, es una especie de
personaje caballeresco a los ojos del pueblo. Hay también ciertas
predisposiciones a censurar la conducta de los que mandan, y no pocos
comenzaron a murmurar de las severas medidas que había adoptado el
gobernador manco, y miraban ya al prisionero como un mártir de su rigor.
El soldado, además, era
hombre alegre y jocoso, y bromeaba con todos los que se acercaban a su
ventana, dirigiendo galantes requiebros a las muchachas. Procurose también
una mala guitarrilla, y, sentado a la ventana, entonaba canciones y coplas
amorosas, con las que deleitaba a las hembras de la vecindad, que se
reunían por la noche en la explanada y bailaban boleros al son de su
música. Como se había afeitado la inculta barba, se hizo agradable a los
ojos de las muchachas, y hasta la humildita criada del gobernador confesó
que su picaresca mirada era irresistible. Esta sensible joven demostró
desde el principio una tierna simpatía por sus desgracias, y, después de
haber pretendido en vano mitigar los rigores del gobernador, púsose a
dulcificar privadamente su cautiverio, por lo que todos los días llevaba
al prisionero algunas golosinas que se perdían de la mesa del gobernador o
que escamoteaba de la despensa; esto sin contar de vez en cuando con tal o
cual confortable botella de selecto Valdepeñas o rico Málaga.
Mientras ocurría esta
inocente traicioncilla dentro de la misma ciudadela del viejo gobernador,
fraguaba un amago de guerra sus enemigos exteriores. La circunstancia de
haber encontrado al supuesto ladrón un bolsón lleno de monedas y alhajas
fue contada exageradamente en Granada, por lo que se suscitó una
competencia de jurisdicción territorial por el implacable rival del
gobernador, el capitán general. Insistió éste en que el prisionero había
sido capturado fuera del recinto de la Alhambra y dentro del territorio en
que ejercía él autoridad; por consiguiente, reclamó su persona y el spolia opima cogido con él. El fraile, a su
vez hizo una delación semejante al gran inquisidor sobre las cruces,
rosarios y otras reliquias contenidas en el bolsón, por cuyo motivo
reclamó éste también al culpable por haber incurrido en el delito de
sacrilegio, sosteniendo que lo robado por el ladrón pertenecía de derecho
a la iglesia y su cuerpo al próximo auto de fe. El gobernador hallábase
dado a los diablos ante estas reclamaciones, y juraba y perjuraba que
antes de entregar al prisionero le haría ahorcar en la Alhambra, como
espía cogido en los confines de la fortaleza.
El capitán general
amenazó con enviar un destacamento de soldados para transportar al
prisionero desde las Torres Bermejas a la ciudad. El gran
inquisidor también intentaba enviar algunos familiares del Santo Oficio.
Avisaron al gobernador cierta noche de estas maquinaciones.
-¡Que vengan -gritó- y
verán antes de tiempo lo que les espera conmigo! ¡Mucho tiene que madrugar
el que quiera pegársela a este soldado viejo!
Dictó, por consiguiente,
sus órdenes para que el prisionero fuera conducido al romper el día a un
calabozo que había dentro de las murallas de la Alhambra.
-Y oye tú, niña -dijo a
su modesta doncella-, toca a mi puerta y despiértame antes de que cante el
gallo, para que presencie yo mismo la ejecución de mis órdenes.
Vino el día, cantó el
gallo, pero nadie tocó a la puerta del gobernador. Ya había aparecido el
sol por la cima de las montañas cuando se vio despertado el gobernador por
su veterano cabo, que se le presentó con el terror retratado en su
semblante.
-¡Se ha escapado! ¡Se ha
escapado! -gritaba el cabo tomando alientos.
-¿Cómo? ¿Quién se ha
escapado?
-¡El soldado!... ¡El
bandido!... ¡¡¡El diablo!!!... Pues no sabemos quién es. Su calabozo está
vacío, pero la puerta cerrada, y nadie se explica cómo ha podido salir.
-¿Quién lo vio por
última vez?
-Vuestra criada, que le
llevó la cena.
-Que venga al momento.
Aquí hubo otro nuevo
motivo de confusión: el cuarto de la modesta doncella estaba también vacío
y su cama indicaba que no se había acostado aquella noche; era evidente
que se había fugado con el prisionero, pues se recordó que días antes
sostenía frecuentes conversaciones con él.
Este último golpe hirió
al gobernador en la parte más sensible de su corazón; pero apenas tuvo
tiempo para darse cuenta de lo ocurrido cuando se presentaron a su vista
nuevas desgracias, pues al entrar en su gabinete se encontró abierta su
arca y que había desaparecido el bolsón del soldado y con él dos sendos
talegos atestados de doblones.
¿Cómo y por dónde se
habían escapado los fugitivos? Un labrador ya anciano, que vivía en un
cortijo junto a un camino que conducía a la sierra, dijo que había oído el
ruido del galope de un poderoso corcel que iba hacia la montaña poco antes
de romper el día; asomose, pues, a una ventana y pudo distinguir un jinete
que llevaba una mujer sentada en la delantera.
-Mirad las caballerizas
-gritó el gobernador manco.
En efecto, se
registraron las caballerizas, y todos los caballos estaban atados a sus
respectivas estacas, menos el caballo árabe, que en su lugar había sujeto
al pesebre un formidable garrote y junto a él un letrero que decía:
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Al buen gobernador manco |
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regala este animalejo |
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un soldado viejo. |
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 Leyenda de las
dos discretas Estatuas
Vivía en tiempos
antiguos en una de las habitaciones de la Alhambra un hombrecillo muy
jovial llamado Lope Sánchez, el cual trabajaba en los jardines y se pasaba
cantando todo el día, alegre y gozoso como una cigarra. Era nuestro hombre
la vida y el alma de la fortaleza; cuando concluía su trabajo sentábase
con su guitarra en uno de los bancos de piedra de la explanada y al son de
su instrumento cantaba soberbios cantares del Cid, de Bernardo del Carpio,
de Hernando del Pulgar y demás héroes españoles, con los que divertía a
los inválidos del recinto, o entonaba otros aires más alegres para que las
mozuelas bailasen fandangos y boleros.
Como la mayor parte de
los hombres de poca estatura, Lope Sánchez habíase casado con una mujer
alta y robusta, que casi se lo podía meter en un bolsillo, empero no tuvo
Sánchez la misma suerte que la generalidad de los pobres, pues en lugar de
hacerle diez o doce chiquillos, tuvo solamente una hija: una niña bajita
de cuerpo, de hermosos ojos negros, a la sazón de unos doce años de edad,
llamada Sanchica, tan alegre y jovial como él, y la cual hacía las
delicias de su corazón. Jugaba a su lado mientras el padre trabajaba en
los jardines, bailaba al compás de su guitarra cuando el padre se sentaba
a descansar a la sombra, y corría y saltaba como una cervatilla por los
bosques, alamedas y desmantelados salones de la Alhambra.
En una víspera de San
Juan la gente de humor aficionada a celebrar los días festivos, hombres,
mujeres y chiquillos, subieron por la noche al Cerro del Sol, que domina
el Generalife, para pasar la velada en su plana y elevada meseta. Hacía
una hermosa noche de luna; todas las montañas estaban bañadas de su
argentada luz; la ciudad, con sus cúpulas y campanarios, mostrábase
envuelta entre sombras, y la Vega parecía tierra de hadas con las mil
encantadas lucecillas que brillaban entre sus oscuras arboledas. En la
parte más alta del Cerro encendieron una gran hoguera, siguiendo la
antigua costumbre del país, conservada desde tiempo de moros, mientras los
habitantes de los campos circunvecinos festejaban del mismo modo la velada
con sendas fogatas, encendidas en diversos sitios de la Vega y en la falda
de las montañas, que brillaban pálidamente a la luz de la luna.
Pasose la noche bailando
alegremente al son de la guitarra de Lope Sánchez, el cual nunca se sentía
tan contento como en uno de estos días de fiesta y regocijo general.
Mientras bailaban los concurrentes, la niña Sanchica se divertía en saltar
y brincar con otras muchachas sus amigas por entre las ruinas de la vieja
torre morisca que ya conocemos, denominada La Silla del Moro,
cuando he aquí que, hallándose cogiendo piedrecillas en el foso, se
encontró una manecita de azabache primorosamente esculpida, con los dedos
cerrados y el pulgar fuertemente pegado a ella. Regocijada por su feliz
hallazgo, corrió a enseñárselo a su madre, e inmediatamente se hizo aquél
el tema general de conversación, siendo por casi todos con cierta
superstición y desconfianza.
-¡Tiradla! -decía uno.
-¡Eso es cosa de moros;
seguramente contiene alguna brujería! -decía otro.
-¡No hagáis tal cosa!
-añadía un tercero-. Eso puede venderse, aunque den poco, a los joyeros
del Zacatín.
Engolfados estaban en
esta discusión, cuando se acercó un veterano que había servido en África,
de rostro tan tostado como el de un rifeño, el cual dijo, después de
examinar la manecita con aire de superior inteligencia:
-He visto muchos objetos
como éste allá en Berbería. Éste es un maravilloso amuleto para librarse
del mal de ojo de toda clase de sortilegios y hechicerías. Os felicito,
amigo Lope, pues esto anuncia buena suerte a vuestra hija.
Al oír tales palabras,
la mujer de Lope Sánchez ató la manecita de azabache a una cinta y la
colocó al cuello de su hija.
La vista de este
talismán atrajo a la memoria del concurso las más gratas y halagüeñas
credulidades referentes a los moros. Dejose, pues, de bailar, y, sentados
en corrillos en el suelo, empezaron unos y otros a contar las antiguas y
legendarias tradiciones heredadas de sus abuelos. Algunas de estas
consejas relacionábanse con el portentoso Cerro del Sol, en el cual se
hallaban, y que era tenido en verdad por una región fantástica famosísima.
Una de aquellas viejas comadres hizo la descripción detallada del palacio
subterráneo que se halla en las entrañas de aquel Cerro, donde todos
creen, como si lo vieran, que se encuentra encantado Boabdil con su
espléndida corte muslímica.
-Entre aquellas ruinas
de más allá -dijo la anciana señalando unos muros desmantelados y unos
montones de piedra algo distantes de la montaña- se encuentra un pozo
profundo y tenebroso que llega hasta el mismo corazón del monte. Lo que es
yo no me atrevería por mi parte a mirar por el brocal por todo cuanto
dinero hay en el mundo, pues cierta vez, hace de esto ya bastante tiempo,
un pobre pastor de la Alhambra, que guardaba sus cabras en ese paraje,
bajó al pozo en busca de un cabritillo que se le había caído dentro, salió
de allí, ¡santo Dios!, pálido y sobrecogido, y contando tales y tan
portentosas cosas que había visto, que todo el mundo creyó que había
perdido el seso. Estuvo delirando dos o tres días con los fantasmas de los
moros que le habían perseguido en la caverna, y no hubo en mucho tiempo
medio de persuadirlo a que subiese de nuevo a la montaña. Por su desgracia
volvió al fin, y, ¡pobre infeliz!, no se le volvió a ver más. Sus vecinos
encontraron sus cabras pastando entre las ruinas moriscas, y su sombrero y
su manta junto a la boca del pozo, pero no se supo qué fue de él.
La muchacha del
jardinero escuchó con gran atención aquella historia, y, como era en
extremo curiosa, se apoderó de ella un vivo deseo de asomarse a explorar
el terrible y fatídico pozo. Separose, pues, de sus compañeras y se
dirigió a las apartadas ruinas, y, después de andar tropezando por algún
tiempo, llegó a una pequeña concavidad en la cima de la montaña, junto al
declive del Valle del Dauro, oscuro como boca de lobo, lo cual daba
suficiente idea de que en su centro se abría la boca de la famosa
cisterna. Sanchica se aventuró a llegar hasta el borde y miró hacia el
fondo, su profundidad. Helósele la sangre en el cuerpo a la muchacha y se
retiró llena de pavor; volvió a mirar de nuevo y volvió a retirarse otra
vez; repitió por tercera vez la operación, y el mismo horror le hacía ya
sentir cierta especie de deleite; por último, cogió un gran guijarro y lo
arrojó al fondo: por algún tiempo bajó la piedra silenciosamente, pero al
cabo de un momento se sintió su violento choque contra alguna roca
saliente, y luego que botaba de un lado para otro y que producía un ruido
semejante al del trueno, hasta que, finalmente, sonó en agua a grandísima
profundidad, quedando todo otra vez en silencio completo.
Este silencio, sin
embargo, no fue de mucha duración; pues no parecía sino que se había
despertado algo en aquel horrible abismo; empezó por elevarse poco a poco
del fondo de la cisterna un zumbido semejante al que producen las abejas
en una colmena; este zumbido fue creciendo más y más, y, por último, se
percibió, aunque débilmente, cierto clamoreo como lejano y el estrépito y
ruido de armas, címbalos y trompetas, como si algún ejército marchase a la
guerra por entre los antros y profundidades de aquella montaña. Retirose
la mozuela aterrorizada y volvió al sitio donde había dejado a sus padres
y compañeros; pero todos habían desaparecido y la hoguera estaba
agonizante y despidiendo una débil humareda a los pálidos rayos de la
luna.
Ya las fogatas que
habían ardido en las próximas montañas y en la Vega se habían también
extinguido completamente y todo parecía haber quedado en reposo. Sanchica
llamó a gritos a sus padres y a algunos de sus conocidos por sus
respectivos nombres, y, viendo que nadie respondía, bajo rápidamente a la
falda de la montaña y los jardines del Generalife, hasta que llegó a la
alameda que conduce a la Alhambra, y sintiéndose fatigada se sentó en un
banco de madera para tomar alientos. La campana de la Torre de la Vela dio
en aquel momento el toque de la medianoche; reinaba un pavoroso silencio,
como si durmiese la Naturaleza entera, oyéndose tan sólo el casi
imperceptible murmullo que producía un oculto arroyuelo que corría bajo
los árboles. La dulzura de la atmósfera iba ya adormeciendo a la muchacha,
cuando de pronto vislumbró cierta cosa que brillaba a lo lejos, y, con no
poca sorpresa suya, divisó una gran cabalgata de guerreros moriscos que
bajaba por la falda de la montaña, dirigiéndose a las alamedas de la
Alhambra. Unos venían armados con lanzas y adargas, y otros con cimitarras
y hachas; cubiertos con fulgentes corazas que brillaban a los rayos de la
luna, y montados en soberbios corceles que corveteaban y piafaban e iban
orgullosos tascando el freno; pero el ruido de sus cascos era sordo, como
si estuviesen calzados de fieltro. Los jinetes llevaban en sus semblantes
la palidez de la muerte; entre ellos cabalgaba una hermosa dama, ciñendo
una corona su tersa frente y llevando sus largas trenzas rubias adornadas
de perlas, así como la cubierta de su palafrén, de terciopelo carmesí
bordado de oro. Caminaba la noble señora sumida en la más profunda
tristeza y con la mirada fija en el suelo.
Detrás seguía un
numeroso séquito de cortesanos, lujosamente ataviados con trajes y
turbantes de variados colores, y en medio de ellos, sobre un caballo de
guerra hermosamente enjaezado, iba el rey Boabdil el Chico, cubierto con
su manto real adornado de ricas joyas y con una corona esplendorosa de
diamantes. La admirada muchacha lo reconoció por su barba rubia y por el
gran parecido que tenía con su retrato, que había visto mil veces en la
galería de pinturas del Generalife. Contemplaba con pasmo la joven aquella
regia pompa conforme iba pasando el cortejo por entre los árboles; mas,
aunque persuadida de que aquel monarca y aquellos cortesanos y guerreros
tan pálidos y silenciosos eran cosa sobrenatural y de magia y
encantamiento, los miraba sin ningún temor; ¡tal valor le había infundido
ya el virtuoso talismán de la manecita que llevaba pendiente del cuello!
Luego que pasó la
cabalgata, se levantó y la siguió. Se dirigió la extraña procesión hacia
la gran Puerta de la Justicia, que estaba abierta de par en par;
los centinelas que estaban dando la guardia dormían en los bancos de la
barbacana con un profundo y al parecer mágico sueño, pasando la fantástica
comitiva por su lado sin hacer el más leve ruido, con banderas desplegadas
y en actitud de triunfo. Sanchica quiso seguirla, pero, con gran sorpresa
suya, vio una abertura en la tierra, dentro de la barbacana, que conducía
hasta los cimientos de la Torre. Internose un poco dentro de ella y
atreviose a descender por la abertura, por unos escalones informemente
cortados en la roca viva, y penetró luego en un pasadizo abovedado,
iluminado de trecho en trecho con lámparas de plata, las cuales, al propio
tiempo que iluminaban, despedían un perfume embriagador. Aventurose la
chica más y más, hasta que se encontró en un gran salón abierto en el
corazón de la montaña, magníficamente amueblado al estilo morisco e
iluminado con lámparas de plata y cristal. Allí, recostado en un diván,
aparecía como amodorrado un viejo de larga barba blanca y vestido a la
usanza morisca, con un báculo en la mano, que parecía que se le escapaba
de los dedos a cada instante, y sentada a corta distancia de él una
bellísima doncella, vestida a la antigua española, ciñendo su frente una
diadema cuajada de brillantes y con su dorada cabellera salpicada de
perlas, la cual pulsaba dulcemente una lira de plata. La hija de Lope
recordó entonces cierta historia que ella había oído contar a los viejos
habitantes de la Alhambra acerca de una princesa goda que se hallaba
cautiva en el centro de la montaña por las artes y hechizos de un viejo
astrólogo árabe, al cual tenía ella a su vez aletargado en un sueño
perpetuo gracias al mágico poder de su peregrina lira.
La dama cautiva
manifestó gran sorpresa al ver a una persona en carne mortal en su
fatídica morada.
-¿Es la víspera de San
Juan? -preguntó a la muchacha.
-Sí, señora -respondió
Sanchica
-Entonces está en
suspenso por esta noche el mágico encantamiento. Acércate, hija mía, y
nada temas; soy cristiana como tú, aunque me ves aquí hechizada por arte
mágica. Toca mis cadenas con ese talismán que pende de tu cuello y me veré
libre por esta noche.
Esto diciendo,
entreabrió sus vestidos, dejando ver una ancha faja de oro que sujetaba su
talle y una cadena del mismo metal que la tenía aprisionada al suelo. La
niña aplicó sin vacilar la manecita de azabache a la faja de oro, e
inmediatamente cayó la cadena a tierra. Al ruido despertose el astrólogo y
comenzó a restregarse los ojos; pero la cautiva pasó suavemente los dedos
por las cuerdas de la lira, y volvió de nuevo el anciano a su letargo y a
dar cabezadas y a vacilar su báculo en la mano.
-Ahora -le dijo la
joven- toca su báculo con la mágica manecita de azabache.
Obedeció la muchacha, y
deslizósele al viejo la vara mágica de su diestra, quedándose
profundamente dormido en su otomana. La dama aproximó su lira al diván
apoyándola sobre la cabeza del aletargado astrólogo; después hirió de
nuevo las cuerdas hasta que vibraron en sus oídos.
-¡Oh poderoso espíritu
de la armonía! -dijo la cautiva-. Ten encadenados sus sentidos hasta que
venga el nuevo día.
-Ahora sígueme, hija mía
-continuó-, y verás la Alhambra como estuvo en los días de su esplendor,
pues posees un talismán que descubre todas sus maravillas.
Sanchica siguió a la
cautiva cristiana sin desplegar sus labios. Pasaron el umbral o barbacana
de la Puerta de la Justicia y llegaron a la Plaza de los
Aljibes, la cual estaba poblada de soldados de caballería e
infantería morisca formados en escuadrones y con banderas desplegadas.
Veíanse luego guardias reales en la puerta del Alcázar y largas filas de
negros africanos con sus cimitarras desnudas, sin pronunciar palabra.
Sanchica pasó sin recelo alguno detrás de su guía. Su asombro creció de
punto cuando entró en el Palacio real, pues; a pesar de haberse ella
criado en aquellos sitios, como la luna iluminaba intensamente los regios
salones, los patios y los jardines, se veía todo tan claro como de día,
ofreciendo aquellos aposentos un aspecto enteramente diferente del que
presentaban ordinariamente a sus habitantes y espectadores. Las paredes de
las habitaciones no parecían manchadas ni agrietadas por la inclemencia
del tiempo; en vez de verse llenas de telarañas, estaban cubiertas con
ricas sedas de damasco, y los dorados y pinturas arabescas con su frescura
y brillantez primitivas; los salones, en lugar de estar desamueblados y
desnudos, hallábanse adornados con riquísimos divanes y otomanas cuajados
de perlas y recamados de piedras preciosas, y todas las fuentes de los
patios y jardines arrojaban surtidores de agua preciosísimos.
Las cocinas del antes
desierto Alcázar estaban entonces funcionado de nuevo, viéndose en ellas
multitud de marmitones ocupados en condimentar riquísimos y suculentos
manjares y en aderezar sinnúmero de espectros de pollos y perdices;
infinitos criados iban y venían con deliciosas viandas, servidas en
vajilla de plata, destinadas al espléndido banquete. El Patio de los
Leones estaba repleto de guardias, de cortesanos y alfaquíes, como en
los antiguos tiempos de los moros, y en uno de los extremos de la Sala
de la Justicia se veía sentado en su trono el rey Boabdil rodeado de
su corte y empuñando en su mano un quimérico cetro. A pesar de tan inmensa
muchedumbre, no se oía ruido alguno de pasos ni de voz humana,
interrumpiendo sólo la caída del agua en las fuentes el silencio de la
medianoche. La joven Sanchica siguió a la hermosa cautiva por todo el
Palacio, muda de asombro, hasta que llegaron a una puerta que conducía a
los pasadizos abovedados que se hallan por bajo de la Torre de
Comares. A cada lado de la puerta se veía la escultura de una ninfa
de hermoso y puro alabastro; sus cabezas se hallaban vueltas hacia un
mismo lado y miraban a un mismo sitio dentro de la bóveda. Detúvose la
dama encantada e hizo señas a la niña para que se le acercase.
-Aquí -le dijo- existe
un gran misterio, que te voy a revelar en premio de tu fe y de tu valor.
Estas mudas estatuas vigilan un tesoro que ocultó en este lugar un rey
moro desde tiempos antiquísimos. Di a tu padre que abra un agujero en el
sitio hacia donde tienen las ninfas fijos los ojos, y se encontrará una
riqueza con la cual será más poderoso que cuantas personas existen en
Granada; pero es preciso que sepas que tus puras manos únicamente, dotada
como estás de ese talismán, podrán sacar el tesoro. Por último, di también
a tu padre que use de él con discreción y que dedique una parte del mismo
en decirme diariamente misas para que pueda llegar a verme libre de este
mágico encantamiento.
Dichas estas palabras,
condujo a la niña al pequeño Jardín de Lindaraja, contiguo a la
bóveda de las estatuas. La luna jugueteaba sobre las aguas de la solitaria
fuente que hay en el centro del jardín, derramando una tenue luz sobre los
naranjos y limoneros. La hermosa dama cortó una rama de mirto y coronó a
la niña con ella.
-Esto te recordará -le
dijo- lo que te he revelado y servirá de testimonio de su veracidad. Ha
llegado mi hora, y es fuerza que vuelva al salón encantado; no me sigas,
no sea que vaya a ocurrirte alguna desgracia. ¡Adiós! ¡Acuérdate de mis
encargos y haz que digan misas para mi desencanto!
Y diciendo estas
palabras, internose la dama en el pasadizo oscuro de debajo de la
Torre de Comares y desapareció. Oyose en aquel momento el lejano
canto de un gallo allá por bajo de la Alhambra, en el Valle del Dauro, y
luego apareció una pálida claridad por las montañas del Oriente; levantose
una brisa suave, se oyó cierto ruido por los patios y corredores, como el
que hace el viento cuando arrastra las hojas secas de las alamedas, y se
fue cerrando una puerta tras otra con estrépito infernal.
Volvió Sanchica a
recorrer los mismos sitios que antes había visto poblados por la
fantástica muchedumbre, pero Boabdil y su corte habían desaparecido. La
luz de la mañana sólo dejaba ver los salones como siempre, desiertos, y
las galerías despojadas del pasajero nocturno esplendor, manchadas,
deterioradas por el tiempo y cubiertas de telarañas; sólo los murciélagos
revoloteaban a la incierta luz del crepúsculo y las ranas cantaban en el
estanque.
Apresurose a subir la
hija del buen Sánchez por una escalera especial que conducía a las
habitaciones que ocupaba su familia. La puerta se hallaba, como de
costumbre, abierta, pues el pobre Lope era tan escaso de fortuna que no
necesitaba de cerrojos ni de barras; la chica buscó a tientas su colchón,
y poniendo la guirnalda de mirto debajo de su almohada, durmiose
profundamente. Por la mañana contó al padre todo cuanto le había acaecido
en la noche anterior. Lope Sánchez lo creyó todo puro ensueño y se rió de
la credulidad de su hija, marchándose de seguida a sus faenas de
costumbre.
No hacía mucho tiempo
que se hallaba en los jardines cuando vio venir a la muchacha corriendo y
gritando sin alientos:
-¡Padre, padre! ¡Mire
usted la guirnalda de mirto que la dama misteriosa me puso en la cabeza!
Quedose atónito Lope
Sánchez, pues la rama de mirto era de oro purísimo y cada hoja una hermosa
esmeralda. No estaba acostumbrado el pobre hombre a ver piedras preciosas
e ignoraba el verdadero valor de la guirnalda; pero sabía lo bastante para
comprender que era de materias más positivas que aquellas de que se forman
los sueños, y «de todos modos -decía para sí- mi hija ha soñado con
provecho». Su primer cuidado fue advertirle a la niña que guardase el más
absoluto secreto; y en cuanto a esto, podía el padre estar seguro, pues
poseía aquella criatura una discreción maravillosa con relación a su edad
y a su sexo. Después se encaminó hacia la bóveda donde se hallaban las
estatuas de alabastro, y observó que sus cabezas se dirigían a un mismo
lugar en el interior del edificio. Lope Sánchez no pudo menos que admirar
esta discretísima invención para guardar un secreto; tiró, pues, una línea
desde los ojos de las ninfas hasta el punto donde se dirigían, hizo una
señalita en la pared y se retiró. Durante todo el día la imaginación del
jardinero se sintió grandemente agitada. No cesaba de dar vueltas y
revueltas por el sitio de las estatuas, convulso y nervioso, no fuera que
se descubriese el secreto del tesoro. Cada paso que oía por los próximos
lugares le hacía temblar; hubiera dado cualquier cosa por poder volver a
otro lado las cabezas de las esculturas, sin tener en cuenta que se
hallaban ya mirando en aquella misma dirección durante algunos siglos, sin
que nadie hubiera adivinado el objeto.
«¡Malos diablos se las
lleven! -se decía a sí mismo-. ¡Van a descubrirlo todo! ¿Se ha visto nunca
modo igual de guardar un secreto?» Además de esto, cuando oía que se
aproximaba alguien, se iba silenciosamente a otro lugar, no fuera que
andando por allí pudiera despertar sospechas. Luego volvía cautelosamente
y miraba desde lejos para cerciorarse de que todo estaba seguro; pero la
mirada fija de las dos estatuas le hacía estallar de indignación. «¡Y
dele! ¡Allí están -decía para sus adentros- siempre mirando, mirando,
mirando precisamente adonde no debieran mirar! ¡Mal rayo las parta! Son lo
mismo que todas las mujeres; si no tienen lengua con qué charlar, esté
usted seguro que hablarán con los ojos.»
Al fin, con gran
satisfacción de Lope Sánchez, terminó aquel intranquilo día. Ya no se oía
ruido de pasos en los acústicos salones de la Alhambra; fue despedido el
último extranjero, la puerta principal cerrada y atrancada, y el
murciélago, la rana y la lechuza se entregaron poco a poco a sus aficiones
nocturnas en el desierto Palacio.
Lope Sánchez, sin
embargo, aguardó a que estuviera bien avanzada la noche, y entonces se
dirigió con su hija a la sala de las dos ninfas, a las que encontró
mirando tan misteriosamente como siempre al sitio secreto del depósito.
«Con vuestro permiso, gentiles damas -dijo Lope Sánchez al pasar por entre
ellas-, os voy a relevar del penoso cargo que habéis tenido, y que os debe
haber sido bien molesto, durante los dos o tres últimos siglos.»
A seguida se puso a
explorar en el punto de la pared que había marcado anteriormente, y a poco
quedó abierto un hueco tremendo, en el cual se encontró con dos grandes
jarrones de porcelana. Intentó sacarlos fuera, pero hallábanse clavados,
inmóviles: hasta que fueron tocados por la inocente mano de su niña, con
cuya ayuda los pudo extraer de su nicho, y vio con inefable alegría que se
encontraban repletos de monedas de oro morunas, de alhajas y de piedras
preciosas. Llevose el buen Lope los jarrones a su cuarto antes de amanecer
el nuevo día, y dejó las dos estatuas que los custodiaban con sus ojos
fijos todavía en la hueca pared misteriosa.
Lope Sánchez se hizo
rico repentinamente de este modo; pero sus riquezas, como sucede siempre,
le acarrearon un sinnúmero de cuidados que hasta entonces había ignorado.
¿Cómo iba a sacar su tesoro y tenerlo seguro? ¿Cómo disfrutaría de él sin
inspirar sospechas? Entonces, por primera vez en su vida, tuvo miedo de
los ladrones, considerando aterrorizado la inseguridad de su habitación y
se cuidaba de asegurar las puertas y ventanas; mas, a pesar de todas sus
preocupaciones, le era imposible dormir tranquilo. Su habitual alegría le
abandonó por último, y ya no bromeaba ni cantaba con sus vecinos; se hizo,
en una palabra, el ser más desgraciado de la Alhambra. Sus antiguos amigos
notaron en él este cambio y, aunque mostraban compadecerle cordialmente,
el caso es que empezaron a volverle la espalda, creyendo que estaba en la
miseria y que corrían peligro de tener que socorrerle; otros, sin embargo,
llegaron a sospechar que su única desgracia era el ser rico.
La mujer de Lope Sánchez
participaba de las tristezas del marido, pero tenía sus consuelos
espirituales; pues debemos consignar que, por ser el jardinero un
hombrecillo tan ruin, insignificante y de escaso meollo, su esposa
acostumbraba a aconsejarse, en todos los asuntos graves, de su confesor
fray Simón, un fraile rollizo, de anchas espaldas, barba larga y cabeza
gorda, del cercano convento de San Francisco, que era el director y
consuelo espiritual de la mayor parte de las buenas mujeres de la
vecindad. Era asímismo tenido en gran estima en diversos conventos de
monjas, donde le solicitaban como confesor, y de las cuales recibía
frecuentes regalitos de golosinas y frioleras confeccionadas en los mismos
conventos, tales como delicadas confituras, ricos bizcochos y botellas de
exquisitos vinos y licores, que servían al buen padre de maravillosos
tónicos después de los ayunos y vigilias.
Fray Simón medraba con
el ejercicio de sus funciones. En su grasiento cutis relucía el sol cuando
subía por las cuestas de la Alhambra en los días calurosos. Mas, a pesar
de su obesidad, demostraba el padre la austeridad de su regla llevando
constantemente amarrado el cordón a su cintura; las gentes se quitaban el
sombrero, mirando en él un espejo de piedad, y los perros mismos
olfateaban el olor de santidad que despedían sus vestiduras, y le
saludaban ladrándole desde las perreras cuando pasaba.
Tal era el director
espiritual de la bonachona mujer de Lope Sánchez; y como el padre confesor
es el confidente doméstico de las mujeres de la clase baja de España fue
pronto informado con mucho misterio de la historia del tesoro escondido.
El fraile abrió los ojos
y puso una boca tamaña, santiguándose diez o doce veces al saber la
noticia; mas después de un momento de pausa, exclamó:
-¡Hija de mi alma!
Sábete que tu marido ha cometido un doble pecado contra el Estado y contra
la Iglesia. El tesoro de que se ha apoderado pertenece a la Corona por
haber sido encontrado en los dominios reales; mas como, por otro lado, es
riqueza de infieles, arrebatada de las garras de Satanás debe ser
consagrado a la Iglesia. Con todo, ya veremos el modo de arreglar este
asunto; tráeme por de pronto la guirnalda de mirto.
Cuando se la trajeron,
al buen fraile se le encandilaron los ojos viendo el tamaño y hermosura de
aquellas esmeraldas.
-He aquí las primicias
de este descubrimiento, que deben dedicarse a obras piadosas. La colgaré
en la iglesia como ofrenda delante de la imagen de nuestro señor San
Francisco, y le pediré esta misma noche con gran fervor que conceda a tu
marido el poder gozar con tranquilidad de sus riquezas.
La buena mujer se alegró
mucho de quedar en paz con el cielo bajo condiciones tan razonables, y el
fraile, escondiendo la guirnalda debajo de sus hábitos, encaminose con
mansedumbre a su convento.
Cuando nuestro buen Lope
volvió a su casa le contó su mujer todo lo que había sucedido. Incomodose
de lo lindo el jardinero con la intempestiva devoción de su esposa,
teniéndole amostazado las frecuentes visitas del fraile.
-¡Mujer! ¿Qué has hecho?
-le dijo-. Vas a comprometernos con tus habladurías.
-¿Cómo con mis
habladurías? -gritó la buena mujer-. ¿Acaso me querrás prohibir que
descargue mi conciencia en mi confesor?
-¡No es eso, mujer!
Confiesa todos los pecados que quieras; pero en cuanto a este tesoro, es
un pecado solamente mío, y mi conciencia no se siente abrumada por ello de
ningún peso.
De nada valía ya el
entregarse a estériles lamentaciones; el secreto se había publicado ya, y
como agua que cae en la arena, no se podía ya recoger. Su única esperanza
estaba cifrada en la discreción del fraile.
Al día siguiente,
mientras Sánchez se hallaba ausente, sonó un toque muy quedito en la
puerta y se entró fray Simón con su cara humilde y bonachona.
-¡Hija mía! -le dijo- He
rezado con grandísima devoción a San Francisco, y ha escuchado mis
oraciones. A medianoche se me apareció el santo bendito, en sueños, pero
con el rostro como disgustado. «¿Cómo (me dijo) te atreves a pedirme que
dé mi permiso para gozar de un tesoro de los gentiles, cuando ves la
pobreza que reina en mi capilla? Ve a casa de Lope Sánchez y pide en mi
nombre una parte de ese tesoro morisco para que se me hagan dos
candelabros para el altar mayor, y luego que disfrute en paz el resto.»
Cuando la buena mujer
oyó lo de la visión se persignó con terror, y yendo al sitio secreto donde
su marido tenía escondido el tesoro llenó una gran bolsa de cuero de
monedas de oro morunas y se las entregó al franciscano. El piadoso padre
la colmó, en cambio, de bendiciones, en número suficiente para enriquecer
a toda su raza hasta la última generación si el cielo las confirmara; y
guardándose la bolsa en una de las mangas de su hábito, cruzó sus manos
sobre el pecho y retirose con aire de humilde gratitud.
Cuando Lope se enteró de
este segundo donativo a la Iglesia faltó poco para que perdiese el juicio.
-¡Esto no se puede
sufrir! -exclamaba-. ¿Qué va a ser de mí? ¡Me robarán poco a poco, me
arruinarán y me dejarán, Dios mío, a pedir limosna!
Con gran dificultad pudo
su mujer apaciguarlo, recordándole las inmensas riquezas que todavía le
quedaban y cuán moderado se había manifestado San Francisco, puesto que se
había contentado con tan poca cosa.
Desgraciadamente, fray
Simón tenía una extensa parentela que mantener aparte de media docena de
rollizos chiquillos, de cabeza gorda, huérfanos y desamparados, de quienes
se había hecho cargo. Repitió, pues, sus visitas diariamente, solicitando
limosnas para Santo Domingo, San Andrés y Santiago, hasta que el pobre
Lope Sánchez llegó a desesperarse, y comprendió que, si no se alejaba de
este bendito varón, tendría que hacer donativos a todos los santos del
calendario. Determinó, pues, en vista de esto, empaquetar el dinero que le
quedaba y marcharse secretamente de noche a otro punto del reino.
Con este objeto compró
un arrogante mulo y lo escondió en una tenebrosa bóveda debajo de la
Torre de los Siete Suelos; desde este sitio -según se decía-
salía por la noche el Velludo, caballo endiablado y sin cabeza,
que recorría las calles de Granada perseguido por una jauría de perros de
los demonios. Lope Sánchez no tenía fe en semejantes patrañas, y
aprovechose del pavor que tales cuentos causaban, calculando, con razón,
que nadie se aventuraría a ir a la caballeriza subterránea del espectro
fantástico. Durante el día hizo salir a su familia, diciéndole que lo
esperase en una aldea lejana de la Vega, y ya bien entrada la noche
transportó su tesoro a la bóveda subterránea de la Torre, lo cargó luego
en su mulo, lo sacó fuera y bajó cautelosamente por la oscura alameda.
El precavido Lope había
tomado sus medidas con el mayor secreto, no dándolas a conocer a nadie más
que a su cara mitad: pero, sin duda, efecto de alguna milagrosa
revelación, llegaron, a oídos de fray Simón. El celoso padre vio que se le
escapaba para siempre de las manos su querido tesoro, y determinó tomarlo
por asalto en beneficio de la Iglesia y de San Francisco; por lo cual,
cuando las campanas dieron el toque de ánimas y toda la Alhambra yacía en
completo silencio, salió de su convento, y, encaminándose hacia la
Puerta de la Justicia, se encontró entre los matorrales de
rosales y laureles que adornan la alameda. Estúvose allí contando los
cuartos de hora que iban sonando en la campana de la Torre de la
Vela, oyendo el siniestro graznido de las lechuzas y los lejanos
ladridos de los perros de las próximas cuevas de los gitanos.
Al fin percibió un ruido
de herraduras, y al través de la oscuridad que proyectaban los árboles
distinguió, aunque confusamente, el bulto de un caballo que bajaba por la
alameda. El rollizo fraile se regocijaba pensando en la mala jugada que
iba a hacer al honrado Lope.
Después de haberse
remangado los hábitos y agachado como el gato que acecha al ratón, se
mantuvo quietecito hasta que su presa estuvo enfrente de él, y entonces
salió de su escondrijo, y poniendo una mano en el lomo del animal y otra
en la grupa, dio un salto que hubiera dado honor al más aventajado maestro
de equitación.
-¡Ajajá! -dijo el
robusto fraile-. Ahora veremos quién gana la partida.
Pero no había hecho más
que pronunciar estas palabras cuando el caballo empezó a tirar coces, a
encabritarse y dar tremendos saltos, y luego partió a escape colina abajo.
En vano trataba el reverendo fraile de sujetarlo, pues saltaba de roca en
roca y de breña en breña; sus hábitos se hicieron jirones y su afeitada
cabeza recibió tremendos porrazos contra las ramas de los árboles y no
pocos arañazos en las zarzas. Para colmo de su terror, vio una jauría de
siete perros que corrían ladrando tras él, y entonces comprendió, aunque
ya era tarde, que iba caballero en el terrible Velludo.
Nunca cazador ni galgo
corrieron una posta más endemoniada que aquélla, por la alameda de la
Alhambra, la plaza Nueva, el Zacatín y plaza de Bibarrambla, como alma que
lleva el diablo. En vano invocaba el buen padre a todos los santos del
calendario y a la Santísima Virgen María; cada nombre sagrado que
pronunciaba surtía el efecto de un espolazo, haciendo botar al
Velludo hasta los tejados de las casas. Durante toda la noche
anduvo el desdichado fray Simón correteando calles contra su voluntad,
doliéndole todos los huesos de su cuerpo y sufriendo tan horrible
magullamiento que causa lástima el referirlo. Al fin el canto del gallo
anunció la venida del día, y lo mismo fue oírle, que volvió pies atrás el
fantástico animal y escapó corriendo hacia su Torre. Atravesó de nuevo
como una furia la plaza de Bibarrambla, el Zacatín, la plaza Nueva y la
alameda de la Alhambra, seguido de los siete perros, que no paraban de
aullar y ladrar, mordiéndole los talones al aterrorizado fraile. No había
hecho más que apuntar el crepúsculo matutino cuando llegaron a la Torre;
aquí la quimérica cabalgadura soltó un par de coces que hicieron dar al
reverendo un salto mortal en el aire, mal de su agrado, y desapareció en
la oscura bóveda, seguida de la infernal traílla de perros, sobreviniendo
el más profundo silencio después de sus horribles clamores.
¿Se le jugó nunca en la
vida partida más serrana a un reverendo fraile? Un labrador que iba a su
trabajo muy de mañana encontró al asendereado fraile Simón tendido bajo
una higuera al pie de la Torre; pero tan aporreado y maltrecho, que apenas
podía hablar ni moverse, fue llevado con mucho cuidado y solicitud a su
celda, y se cundió la voz de que había sido robado y maltratado por unos
ladrones. Pasaron uno o dos días antes de que pudiera moverse, y
consolábase entretanto pensando que, aunque se le había escapado el mulo
con el tesoro, había atrapado anteriormente una buena parte del botín. Su
primer cuidado, luego que pudo valerse, fue buscar debajo de su colchón en
el sitio donde había escondido la guirnalda de mirto y la bolsa de cuero
que había sacado a la mujer de Lope Sánchez; pero ¡cuál no sería su
desesperación al ver que la guirnalda se había convertido en una simple
rama de mirto y que la bolsa de cuero estaba llena de arena y de
chinarros!
Fray Simón, a pesar de
su disgusto, tuvo la discreción de callarse, pues de divulgar aquel
secreto habría de pasar forzosamente por un ente miserable a los ojos de
la gente y atraerse el condigno castigo de su superior, no refiriendo a
nadie su trote nocturno sobre el Velludo hasta que, pasados
muchos años, lo reveló a su confesor en el lecho de muerte.
No se supo nada por
mucho tiempo de Lope Sánchez desde que desapareció de la Alhambra.
Recordábanse con agrado sus condiciones de hombre jovial, explicándose
todos generalmente, como hemos dicho, las tristezas y melancolías que se
habían apoderado de él antes de su desaparición misteriosa, como
consecuencia de un extremo estado de indigencia. Pasados algunos años,
ocurrió que uno de sus antiguos camaradas, un soldado inválido que se
encontraba en Málaga, fue atropellado por un coche de seis caballos.
Detúvose al momento el carruaje y bajó a ayudar a levantar al pobre
invalido un señorón ya anciano, elegantemente vestido, con peluquín y
espada. Cuál no sería el asombro del veterano al reconocer en este gran
personaje a su antiguo convecino Lope Sánchez, el cual iba a celebrar en
aquel mismo instante el casamiento de su hija Sanchica con uno de los
grandes del reino.
En el carruaje iban los
contrayentes. La señora de Sánchez, que también iba allí, se había puesto
tan gruesa que parecía un tonel, e iba adornada con plumas, alhajas,
sartas de perlas, collares de diamantes y anillos en todos los dedos, y
con un lujo asiático que no se había visto igual desde los tiempos de la
reina Saba. La niña Sanchica estaba ya hecha una mujer, y en cuanto a
belleza y donosura, podría pasar por una gran duquesa y aun también por
una princesa. El novio iba sentado junto a su prometida: era un tipo
raquítico y, al parecer, hombre gastado, lo cual era señal y prueba de ser
de sangre azul, todo un grande de España, con cinco pies apenas de
estatura. Estas nupcias habían sido arregladas por la madre.
Las riquezas no habían
empedernido el corazón del honrado Lope; hospedó, pues, a su antiguo
camarada en su propia casa por algunos días, tratándolo a cuerpo de rey,
llevándolo a los teatros y corridas de toros, y regalándole a la
despedida, como muestra de cariño, una buena bolsa de dinero para él y
otra para que la distribuyese entre sus antiguos compañeros inválidos de
la Alhambra.
Lope decía siempre, por
supuesto, que se le había muerto un hermano muy rico en América y que le
había dejado heredero de una mina de cobre; pero los malignos charlatanes
de la Alhambra insistían en afirmar que su riqueza provenía del tesoro que
había descubierto en el Palacio árabe y que estaba guardado por dos ninfas
de alabastro. Es digno de notarse que estas dos discretas estatuas
continúan aún en el día con los ojos fijos en el mismo sitio de la pared;
esto ha hecho suponer a muchos que todavía queda dinero escondido en aquel
lugar y que bien vale la pena de que fije en él su atención el diligente
viajero. Otros -y especialmente las mujeres- miran aquellas esculturas con
extrema complacencia, como un monumento perpetuo que demuestra que las
mujeres pueden guardar un secreto.
 Mohamed Abu
Alhamar, el fundador de la Alhambra
Después de habernos
ocupado con alguna extensión de las maravillosas leyendas de la Alhambra,
parece obligado dar al lector algunas noticias concernientes a su historia
particular, o más bien a la de dos magnánimos monarcas, fundador el uno y
finalizador el otro de este bello y poético monumento del arte oriental.
Para estudiar estos hechos descendí desde la región de la fantasía y de la
fábula, donde se colorea con los tintes de la imaginación, dirigiéndome a
hacer investigaciones históricas en los viejos volúmenes de la antigua
biblioteca de PP. Jesuitas de la Universidad de Granada. Este tesoro
de erudición, tan célebre en otros tiempos, es ahora una mera sombra de lo
que fue, pues los franceses despojaron esta librería de sus más
interesantes manuscritos y obras raras cuando dominaron en Granada.
Todavía se conservan allí, entre sinnúmero de voluminosos tomos de
polémica de los PP. Jesuitas, algunos curiosos tratados de Literatura
española, y, sobre todo, un gran número de crónicas encuadernadas en
pergamino, a las cuales he profesado siempre singular veneración.
En esta vieja biblioteca
pasaba sabrosísimas horas de quietud, sin que nadie viniese a perturbarme
en mi tarea, pues me confiaban las llaves de los estantes y me dejaban
solo para que escudriñase a mi placer; facultades que se conceden muy
raras veces en estos santuarios de la ciencia, donde frecuentemente los
insaciables amantes del estudio se ven tentados ante la vista de las
fuentes de la sabiduría.
En el transcurso de mis
visitas recogí estos breves apuntes referentes al asunto histórico en
cuestión.
Los moros de Granada
miraron siempre la Alhambra como una maravilla del arte, y era tradición
entre ellos que el rey que la fundó era poseedor de las artes mágicas, o,
por lo menos, versado en la alquimia, por cuyos medios se procuró las
inmensas sumas de oro que se gastaron en su edificación. Una rápida ojeada
sobre este reinado dará a conocer el verdadero secreto de su esplendor.
El nombre de este primer
monarca granadino, tal como está escrito en las paredes de algunos salones
de la Alhambra, era Abu Abad'allah -esto es, el padre de Abdallah-, pero
se conoce generalmente en la historia musulmana por Mohamed Abu Alhamar -o
Mohamed, el hijo de Alhamar- o simplemente Abu Alhamar, con el objeto de
abreviar.
Nació en Arjona en el
año 591 de la Héjira -1195 de la Era Cristiana-, y era descendiente de la
noble familia de Beni-Nasar, o hijos de Nasar. Sus padres no omitieron
gasto alguno con el objeto de educarlo para el elevado rango que la
grandeza y dignidad de su familia le obligaron a ocupar. Ya los sarracenos
de España estaban muy adelantados en civilización, y había centros de
enseñanza en las ciencias y en las artes en las principales ciudades,
pudiendo allí recibir una sólida instrucción los jóvenes de alto linaje y
crecida fortuna Abu Alhamar, cuando llegó a la edad viril, fue nombrado
alcaide de Arjona y Jaén, alcanzando gran popularidad por su bondad y
justicia. Algunos años después, a la muerte de Abou Hud, dividiose en
bandos el poder musulmán en España, declarándose partidarios muchas
ciudades de Mohamed Abu Alhamar. Dotado de espíritu ardiente y de gran
ambición, aprovechose de esta ocasión, recorriendo el país, siendo
recibido en todos los pueblos con aclamaciones de júbilo. En el año 1238
entró en Granada, en medio de los entusiastas vítores de los habitantes;
fue proclamado rey con grandes demostraciones de regocijo, y pronto se
hizo el jefe de los musulmanes en España, siendo el primero del
esclarecido linaje de Beni-Nasar que ocupó el trono granadino. Su reinado
fue una larga serie de sucesos prósperos para sus súbditos. Dio el mando
de sus numerosas ciudades a aquellos que se habían distinguido por su
valor y su prudencia y que eran más estimados del pueblo. Organizó una
policía vigilante y estableció leyes severísimas para la administración de
justicia. El pobre y el oprimido eran siempre admitidos en audiencia, y
los atendía personalmente, protegiéndolos y socorriéndolos. Fundó
hospitales para los ciegos, los ancianos y los enfermos y para todos
aquellos que no estaban hábiles para trabajar, visitándolos
frecuentemente, y no en días señalados ni anunciándose con pompa para dar
tiempo a que todo apareciese marchando perfectamente y quedasen ocultos
los abusos, sino que se presentaba de pronto y cuando menos lo esperaban,
informándose en persona del tratamiento de los enfermos y de la conducta
de los encargados de cuidarles. Fundó escuelas y colegios, que visitaba de
la misma manera, inspeccionando por sí mismo la instrucción de la
juventud. Estableció también carnicerías y hornos públicos para que el
pueblo se abasteciese de los artículos de primera necesidad a precios
justos y equitativos. Trajo abundantes cañerías de agua a la ciudad,
mandando construir baños y fuentes, además acueductos y acequias para
regar y fertilizar la Vega. De este modo reinaban la abundancia y la
prosperidad en su hermosa ciudad; sus puertas se vieron abiertas al
comercio y a la industria, y sus almacenes estaban llenos de mercancías de
todos los países.
De tal manera iba
Mohamed Abu Alhamar rigiendo sus dominios y con tanta sabiduría como
prosperidad, cuando viose de pronto amenazado con los horrores de la
guerra. Los cristianos, por este tiempo, aprovechándose del
desmembramiento del poder musulmán, principiaron de nuevo a reconquistar
sus antiguos territorios. Jaime el Conquistador había tomado ya a
Valencia, y Fernando el Santo paseaba sus armas victoriosas por toda
Andalucía; este último puso sitio a Jaén, y juró no levantar el campo
hasta apoderarse de la ciudad. Mohamed Abu Alhamar, convencido de su
impotencia para hacer frente al poderoso monarca de Castilla, tomó una
pronta resolución: se fue secretamente al campamento cristiano y
presentose al rey Fernando.
-Ved en mí -le dijo- a
Mohamed, rey de Granada; confío en vuestra lealtad y me pongo bajo vuestra
protección. Tomad todo lo que poseo y recibidme como vasallo vuestro.
Y, al decir esto, se
arrodilló y besó la mano del rey en señal de sumisión.
Enterneciose el rey
Fernando al ver este ejemplo de confianza, y determinó ser no menos
generoso. Levantó del suelo al que era momentos antes su rival, abrazole
como amigo y no aceptó las riquezas que le ofrecía, sino que lo recibió
como vasallo, dejándole la soberanía de sus Estados a condición de pagarle
cierto tributo anual, con derecho a asistir a las Cortes como uno de
tantos noble de su imperio y con la obligación de ayudarlo en la guerra
con cierto número de caballeros.
No se pasó mucho tiempo
sin que Mohamed fuese llamado a prestar su concurso como guerrero, pues
tuvo que ayudar al rey Fernando en su famoso sitio de Sevilla. El rey moro
salió con quinientos caballeros escogidos de Granada, a quienes nadie
aventajaba en el mundo manejando la lanza y el caballo; servicio triste y
humillante, pues tenían que desenvainar la espada contra sus mismos
hermanos de religión.
Mohamed alcanzó una
triste celebridad por su valor en esta conquista, no menos que por el
honor de haber influido en el ánimo de Fernando para que dulcificase las
crueles costumbres establecidas en la guerra. Cuando en 1248 se rindió la
famosa ciudad de Sevilla a los monarcas castellanos, regresó Mohamed a sus
dominios triste y taciturno, pues vio claramente las desgracias que
amenazaban a la causa musulmana, lanzando con frecuencia esta exclamación
que solía decir en momentos de pena y ansiedad «¡Cuán angosta y miserable
sería nuestra vida si no fuera tan dilatada y espaciosa nuestra
esperanza!»
Cuando el abatido
Alhamar se aproximó a su adorada Granada salieron a recibirle sus
súbditos, impacientes por saludarle, pues lo amaban como su bienhechor.
Habían erigido arcos de triunfo en honor de sus hazañas de guerra, y
dondequiera que pasaba lo aclamaban llamándole «El Ghalib», esto es, «El
Victorioso». Mohamed movió su cabeza al oír esto, y exclamó: «¡Wa la
ghalib ila Allah!» -«¡Sólo Dios es vencedor!»-. Desde entonces adoptó esta
sentencia por divisa, y la hizo grabar sobre una banda transversal en su
escudo de armas, y siguió siendo en adelante el lema de sus descendientes.
Mohamed había comprado
la paz sometiéndose al yugo cristiano; pero sabía que cuando elementos
heterogéneos se hallan discordantes y separados por motivos de hostilidad
inveterados y profundos, la armonía no podía ser segura ni permanente.
Así, pues, siguiendo la antigua máxima «Ármate en tiempo de paz y arrópate
aun en verano», aprovechó el intervalo de tranquilidad que disfrutaba para
fortificar sus dominios y pertrechar sus arsenales, protegiendo al mismo
tiempo las artes útiles, que dan a las naciones riqueza y poderío.
Concedió asimismo premios y privilegios a los mejores artistas; fomentó la
cría caballar y de otros animales domésticos y la agricultura, aumentando
la feracidad natural del terreno por su iniciativa, haciendo que los
hermosos valles del reino floreciesen como el más bello jardín. También
concedió grandes privilegios al cultivo y fabricación de la seda, hasta
que consiguió que los tejidos hechos en Granada sobrepujasen a los de
Siria en finura y belleza de producción. Igualmente hizo explotar las
minas de oro, plata y otros metales encontrados en las regiones montañosas
de sus dominios, y fue el primer rey de Granada que acuñó monedas de oro y
plata con su nombre, poniendo gran diligencia en que los cuños estuviesen
hábilmente grabados.
Por este tiempo, hacia
la mitad del siglo XIII y poco después de su regreso del sitio de Sevilla,
comenzó el magnífico Palacio de la Alhambra, inspeccionando él mismo su
construcción, mezclándose frecuentemente entre los artistas y alarifes, y
dirigiendo sus trabajos.
Aunque tan espléndido en
sus obras y grande en sus empresas, era modesto en su persona y moderado
en sus diversiones. Sus vestidos no eran fastuosos, sino tan sencillos que
no se distinguían de los de sus vasallos. Su harén tenía pocas mujeres, a
las que visitaba rara vez; pero las rodeaba de gran magnificencia. Sus
esposas eran hilas de los nobles más principales, y las trataba
humanitariamente, como amigas y compañeras; y, lo que es más extraño,
consiguió que viviesen entre sí en paz y amistad continua. Pasaba la mayor
parte del día en sus jardines, y especialmente en los de la Alhambra, que
había enriquecido con las plantas más raras y las flores más hermosas y
aromáticas, y allí se deleitaba en leer historias o haciendo que se las
leyesen, y en los momentos de descanso se ocupaba en instruir a sus tres
hijos, a quienes había proporcionado los maestros más ilustres y
virtuosos.
Como se había sometido
franca y voluntariamente como vasallo tributario de Fernando, permaneció
siempre fiel a su palabra, dándole repetidas pruebas de afecto y de
lealtad. Cuando aquel renombrado monarca murió en Sevilla, en 1254,
Mohamed Abu Alhamar envió embajadores a dar el pésame a su sucesor Alfonso
X, y con ellos un ostentoso séquito de cien caballeros musulmanes de alto
rango, para que velasen con cirios encendidos alrededor del féretro real
en las ceremonias fúnebres. El monarca musulmán repitió este testimonio de
respeto durante el resto de sus días a cada aniversario a la muerte del
rey Fernando el Santo, e iban de Granada a Sevilla cien caballeros
moriscos, asistiendo con blandones encendidos en la suntuosa catedral,
rodeando el cenotafio del ilustre difunto.
Mohamed Abu Alhamar
conservó sus facultades intelectuales y su vigor hasta una edad muy
avanzada. A los setenta y nueve años salió al campo a caballo, acompañado
de la flor de sus caballeros, para rechazar una invasión en sus
territorios. Al salir el ejército de Granada, uno de los principales
adalides que iban al frente de él rompió casualmente su lanza contra el
arco de la puerta. Los consejeros del rey, alarmados por este suceso, que
consideraban como un mal presagio, le suplicaron que se volviese a su
palacio. Cuantos ruegos le hicieron todos fueron inútiles, pues el rey
insistió en continuar, cumpliéndose fatalmente el presagio, y -según
cuentan los cronistas árabes- Mohamed se vio súbitamente atacado a la
caída de la tarde de una enfermedad repentina, faltando poco para que
cayese de su caballo. Pusiéronle en una litera, conduciéndole de nuevo a
Granada; pero su enfermedad se agravó de tal manera, que se vieron
obligados a instalarle en una tienda de campaña en la Vega. Sus médicos
estaban consternados, sin saber qué remedio administrarle, falleciendo al
cabo de pocas horas vomitando sangre y en medio de las más horribles
convulsiones. El infante castellano don Felipe, hermano de Alfonso X,
estaba a su lado cuando murió. Su cuerpo fue embalsamado, depositado en un
ataúd de plata y enterrado en la Alhambra en un mausoleo de mármol, en
medio de los sollozos y lamentos de sus súbditos, que lo lloraron como a
un padre.
Tal fue el ilustre
príncipe patriota que fundó la Alhambra, cuyo nombre se encuentra
entrelazado con sus delicados adornos, y cuya memoria inspira los más
gigantescos pensamientos a los que visitan esta desolada mansión de su
magnificencia y de su gloria. Aunque sus empresas eran atrevidas y sus
gastos inmensos, su erario estaba siempre abundante, dando lugar esta
contradicción a la conseja que lo suponía versado en la magia, y a la
opinión general de que poseía el secreto de cambiar los metales viles en
oro. Los que fijen su atención en la política de este monarca que he
consignado aquí se explicarán fácilmente la magia natural y la sencilla
alquimia que hacía que su tesoro estuviese siempre nadando en la
abundancia.
Yusef Abul Hagig, el finalizador de la Alhambra
Debajo de las
habitaciones del gobernador de la Alhambra se halla la Mezquita Real,
donde los monarcas mahometanos rezaban sus devociones. Aunque fue después
consagrada como capilla católica, conserva todavía restos de su carácter
musulmán; pueden verse aún las columnas árabes con sus dorados capiteles y
las galerías de celosías para las mujeres del harén, y en sus paredes
están mezclados los escudos de armas de los reyes moros con los de los
soberanos de Castilla.
En este sagrado aposento
murió el ilustre Yusef Abul Hagig, el noble príncipe que terminó la
Alhambra, el cual se hizo digno casi de igual renombre que su magnánimo
fundador, por sus preclaras virtudes y singulares dotes. Con grata
complacencia sacó de la oscuridad en que ha permanecido por tan largo
tiempo el nombre de uno de los soberanos de esta dinastía casi olvidada
que reinó con esplendor y gloria en Andalucía cuando toda Europa estaba
sumida en un estado de barbarie relativo.
Yusef Abul Hagig -o,
como se escribe generalmente, Haxis- subió al trono de Granada en el año
1333, y sus prendas personales y dotes intelectuales le ganaron las
simpatías de todos, augurándole un reinado feliz y próspero. Era de noble
presencia, de extraordinaria fuerza física y dotado de singular belleza;
su cutis era excesivamente blanco, y -según los cronistas arábigos-
aumentaba su gravedad y majestad dejándose crecer grandemente la barba y
tiñéndola de negro. Tenía una memoria prodigiosa y bien enriquecida de
ciencia y erudición; era de genio vivo y estaba reputado por uno de los
mejores poetas de su tiempo; sus modales eran por todo extremo corteses,
afables y urbanos. Yusef poseía el valor personal de las almas generosas,
pero su carácter se adaptaba, más a la paz que a la guerra, viéndose
extraordinariamente contrariado cuando se veía precisado a empuñar las
armas, lo cual sucedía con frecuencia en aquéllos tiempos. Llevaba su
benignidad de carácter hasta la práctica misma de la guerra, prohibiendo
toda crueldad innecesaria y desviviéndose por poner a salvo a las mujeres,
niños, ancianos, enfermos, religiosos y personas de vida ejemplar y
escogida.
Entre sus empresas
desgraciadas se cita la campaña que emprendió en compañía del rey de
Marruecos contra los reyes de Castilla y Portugal, y que concluyó con la
derrota de la memorable batalla del Salado, cuyo desastroso revés fue un
verdadero golpe de muerte para el poder musulmán en España.
Después de esta derrota
obtuvo Yusef una larga tregua; durante ese tiempo se consagró a la
instrucción de su pueblo y al perfeccionamiento de sus costumbres y de su
cultura. Con este objeto estableció escuelas en todas las aldeas, con
sencillos y uniformes métodos de educación; obligó a cada pueblecillo de
más de doce casas a que tuviese una mezquita, y prohibió los varios abusos
e irreverencias que se habían introducido en las ceremonias religiosas y
en las fiestas y diversiones públicas. Cuidó celosamente de la policía de
las ciudades, estableciendo rondas nocturnas y patrullas, e inspeccionando
todos los asuntos municipales. Desplegó un vehemente celo por concluir los
edificios arquitectónicos comenzados por sus antecesores, e hizo levantar
otros de nueva planta. Concluyó también de edificar la Alhambra, comenzada
por el ilustre Abu Alhamar, y construyó la elegante Puerta de la
Justicia, que forma la entrada principal de la fortaleza, la cual se
concluyó en 1348. Embelleció asimismo muchos de los patios y salones del
Palacio, como lo atestiguan las inscripciones que hay en el recinto, en
las que se repite con gran frecuencia su nombre. Edificó también el
hermoso Alcázar de Málaga, convertido ahora por desgracia en un montón de
ruinas, siendo muy probable que presentase su interior el mismo aspecto de
elegancia y magnificencia que la Alhambra.
El carácter de un
soberano refleja fielmente el de su época. Los nobles de Granada, imitando
el elegante gusto de Yusef, adornaron aquella ciudad de suntuosos
palacios, cuyos salones ostentaban pavimentos de mosaicos, paredes y
cúpula de finísimas labores en estuco y delicadamente doradas y pintadas
de azul, rojo y otros brillantes colores, o incrustadas primorosamente de
cedro y otras maderas preciosas, de los cuales han sobrevivido modelos en
perfectísimo estado de conservación después de algunos siglos. La mayor
parte de las casas tenían fuentes que arrojaban surtidores de agua,
refrescando el puro ambiente, y torrecillas de madera o mampostería
curiosamente edificadas y adornadas, y cubiertas con chapas de metal que
reflejaban brillantemente los espléndidos rayos del sol. Tal era el
refinamiento y delicado gusto arquitectónico que predominaba entonces en
la culta capital del reino granadino, refinamiento que dio origen a este
bellísimo símil de un escritor arábigo: «Granada, en los tiempos de Yusef,
era un vaso de plata cubierto de esmeraldas y de jacintos».
Una anécdota sencilla
bastará para poner de relieve la magnanimidad de este generoso monarca. Ya
iba a expirar la larga tregua que siguió a la batalla de Salado, y todos
los esfuerzos de Yusef por ampliarla habían sido vanos. Su enemigo mortal,
Alfonso XI de Castilla, salió al campo con un gran ejército y sitió a
Gibraltar. Yusef tomó las armas con gran repugnancia y envió tropas para
socorrer la ciudad; pero en medio de su angustia, tuvo confidencias de que
su temible enemigo había muerto víctima de la peste. Pues bien; este noble
príncipe, en vez de manifestarse contento y regocijado por tal
acontecimiento, no tuvo ánimo sino para recordar las grandes cualidades
del difunto, y exclamó enternecido con generosa tristeza «¡Ay! ¡El mundo
ha perdido uno de sus mejores príncipes! ¡Era un soberano que reconocía el
mérito lo mismo en sus amigos que en sus enemigos!»
Los cronistas españoles
ensalzan a una este rasgo de nobleza de alma. Según refieren éstos, los
caballeros moros participaron del sentimiento de su rey y llevaron luto
por la muerte de Don Alfonso. Aun los mismos moros de Gibraltar, que
habían sido tan hostilmente sitiados, cuando supieron que el monarca
enemigo había muerto en su campo, determinaron por voto unánime no hacer
entonces ninguna escaramuza contra los cristianos.
El día en que aquéllos
abandonaron el sitio y partió el ejército con el cadáver de Don Alfonso
salieron los moros en gran número de Gibraltar y presenciaron mudos y
melancólicos la triste ceremonia. El mismo respeto a la memoria del
difunto observaron todos los jeques musulmanes fronterizos, permitiendo el
paso a la fúnebre comitiva que llevaba el cuerpo del cristiano monarca
desde Gibraltar hasta Sevilla
Yusef no sobrevivió
mucho tiempo al enemigo que tan generosamente había llorado. En el año
1354, estando orando cierto día en la Mezquita Real de la Alhambra, se
arrojó sobre él repentinamente un maniático y le clavó una daga en el
costado. A los gritos del rey acudieron los guardias y cortesanos, y le
encontraron bañado de sangre y presa de horribles convulsiones. Fue
llevado inmediatamente a las habitaciones reales, donde expiró al poco
tiempo. El asesino fue descuartizado y sus restos quemados públicamente
para satisfacer el furor popular.
El cadáver del monarca
fue depositado en un soberbio sepulcro de mármol blanco, en el cual
recordaba sus virtudes un extenso epitafio en letras de oro sobre fondo
azul que decía de esta manera:
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Aquí yace un rey y un mártir, de
ilustre linaje afable, sabio y virtuoso; renombrado por sus prendas
personales y su delicado trato, cuya clemencia, piedad y
benevolencia eran alabadas en todo el reino de Granada. Fue un gran
príncipe, un ilustre capitán, una tajante espada de los musulmanes,
un valiente abanderado entre los más poderosos monarcas, etc., etc.
(N. del
T.) |
La mezquita en que
resonaron los gritos moribundos de Yusef existe todavía; pero el mausoleo
que recordaba sus virtudes desapareció ha ya mucho tiempo. Su nombre, sin
embargo, permanece escrito en los adornos de la Alhambra, y vivirá
perpetuado mientras dure esta renombrada fortaleza, en cuya suntuosidad y
embellecimiento cifró su mayor orgullo, y a la que miró siempre como la
soberana de sus delicias.
Cuentos de la Alhambra
Washington Irving ; [traducción del inglés por J. Ventura Traveset]
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