 Leyenda del
legado del moro
Hay en el interior de la
fortaleza de la Alhambra, y frente al Palacio Real, una explanada grande y
extensa, llamada Plaza de los Aljibes. Toma su nombre de los
grandes depósitos de agua subterráneos que existen en ella desde el tiempo
de los moros. En un extremo de la plaza se ve un pozo árabe, cortado
también en el corazón de la roca, de una gran profundidad -que comunica
con los Aljibes- y cuya agua es fresca como la nieve y tan limpia y
transparente como el cristal. Los pozos abiertos por los moros gozan de
gran fama, pues es bien sabido qué esfuerzos empleaban hasta dar con los
nacimientos y manantiales más puros y agradables. Este pozo de que nos
estamos ocupando es célebre en Granada, principalmente porque los
aguadores que de él se surten -unos con grandes garrafas a las espaldas, y
otros con jumentos llevándoles los cántaros- están subiendo y bajando por
las pendientes y frondosas alamedas de la Alhambra desde por la mañana muy
temprano hasta las horas bien avanzadas de la noche.
Las fuentes y los pozos
-desde los remotos tiempos de las Sagradas Escrituras- han sido muy
notables, por constituir los sitios de concurrencia y conversación en los
países cálidos. Ahora bien, el pozo de nuestra Alhambra es asimismo una
especie de tertulia perpetua, que dura todo el santo día, formada por los
inválidos, las viejas y todos los vagos y curiosos de la fortaleza, que se
sientan sobre los bancos de piedra, bajo un toldo que se extiende sobre el
brocal para resguardar del sol al cobrador. Allí se charla acerca de los
sucesos de la fortaleza, se pregunta a los aguadores que van llegando por
las noticias que corren en la capital, y se hacen largos comentarios sobre
todo cuanto se ve y todo cuanto se oye. No hay hora del día en que no se
oiga cuchichear a las comadres y holgazanas domésticas, que van allí con
cántaros en la cabeza o en la mano, ansiosas de enterarse del último tema
de conversación de la cháchara sempiterna de aquella buena gente.
Entre los aguadores que
concurrían a este pozo había uno robusto, ancho de espaldas y corto y
zambo de piernas, llamado Pedro Gil, conocido más bien por
Peregil, por contracción y abreviatura. Siendo aguador, tenía que
ser gallego, pues la Naturaleza parece haber formado razas, así de hombres
como de animales, para cada una de las diferentes ocupaciones; en Francia
todos los limpiabotas son saboyanos; los porteros de las casas, suizos; y
cuando se usaban tontillos y pelo empolvado en Inglaterra, nadie más que
los irlandeses se cargaban con una silla de manos. Lo mismo sucede en
España: los aguadores y mozos de cordel son todos robustos gallegos; nadie
dice «Tráeme un mozo de cordel», sino «Anda y tráeme un gallego».
Volviendo a nuestra
historia, Peregil, el gallego había empezado su oficio con una
sola garrafa grande, que llevaba a la espalda; poco a poco fue
prosperando, y pudo comprar una ayuda, consistente en un animal, el más
útil para su profesión; un pollino fuerte y de pelo largo. A cada costado
de su orejudo cirineo, y en las correspondientes aguaderas, llevaba
colocados sus cántaros, cubiertos con hojas de higuera para protegerlos
del sol. No había en toda Granada otro aguador más trabajador ni más
alegre que Peregil; en las calles resonaba su hermosa voz
vibrante, cuando iba detrás de su pollino, pregonando con el usual grito
de verano que se oye en todos los pueblos de España: «¿Quién quiere agua?
¡Agua más fría que la nieve!» Cuando servía a un parroquiano el limpio
vaso, le dirigía siempre alguna frasecilla que le hiciese sonreír; y si
tal vez atendía a alguna hermosa dama o remilgada señorita, le endilgaba
una picaresca mirada o algún gracioso requiebro, con lo que el hombre se
hacía irresistible. De tal manera, Peregil, el gallego, era
tenido en toda Granada por el más cortés, jovial y feliz de los mortales.
Pero, ¡ay!, en este mundo el que canta y bromea más suele ser a veces el
que devora más pesares; así, bajo toda su aparente alegría, el honrado
Peregil sufría mil penas y quebrantos. Tenía el infeliz una
extensa familia, una numerosa prole harapienta, a la que era preciso dar
el sustento, y la cual se le agolpaba hambrienta cuando volvía de noche a
su tugurio, exhalando gritos, cual nido de pollos de golondrinas,
pidiéndole a voces de comer. Su esposa y compañera le servía de todo,
menos de alivio; guapa lugareña, antes de casarse se había hecho notable
por su habilidad en bailar el bolero y en tocar las castañuelas, aficiones
primitivas que todavía conservaba, pues o bien gastaba en fruslerías el
jornal que con tanto trabajo y afán ganaba el pobre Peregil, o
bien se apoderaba del pollino para irse de jolgorio al campo los domingos,
los días de los santos y los innumerables días feriados, que en España son
casi más numerosos que los días de trabajo. Mujer desidiosa y abandonada,
gustaba de estarse tendida a la larga; pero, sobre todo, era una
bachillera incansable, que abandonaba su casa, sus hijos y sus quehaceres
domésticos por irse, en chanclas, de visiteos a las casas de sus
habladoras vecinas.
Pero Aquel que regula el
viento para la esquilada oveja acomoda también el yugo del matrimonio a la
sumisa cerviz. Peregil sobrellevaba pacientemente los
despilfarros de su esposa y de sus hijos con tanta humildad como su
pollino llevaba los cántaros del agua; y, aunque algunas veces se quedaba
pensativo y caviloso, nunca se atrevió a poner en duda las virtudes
caseras de su descuidada esposa.
Amaba a sus hijos del
mismo modo que el búho ama a sus polluelos, viendo en ellos multiplicada y
perpetuada su propia imagen, pues eran fornidos, de pequeña estatura y
cortos y zambos de piernas, como él. El mayor placer del honrado
Peregil, cuando podía darse el gusto de celebrar un día de
fiesta, por tener ahorrados unos cuantos maravedises, cifrábase en coger a
toda su prole, y unos en brazos, otros agarrados a su chaqueta y andando
por su pie, llevarlos a disfrutar en saltar y brincar por las huertas de
la Vega, mientras que su mujer se quedaba de baile con sus amigotas en las
Angosturas del Darro.
Era una hora bastante
avanzada de cierta noche de verano, y ya casi todos los aguadores
descansaban de su tarea. El día había sido extraordinariamente caluroso, y
se presentaba una de esas deliciosas noches que tientan a los habitantes
de los climas meridionales a desquitarse del calor enervante del día,
quedándose al aire libre para gozar de la frescura de la atmósfera hasta
cerca de la medianoche. Aún había por las calles consumidores de agua, por
lo que Peregil, como considerado y amantísimo padre de sus hijos,
se dijo pensando en sus retoños: «Daré un viaje más a los Aljibes para
ganarles el puchero del domingo a los chiquillos». Y así diciendo,
emprendió con paso firme la pendiente alameda de la Alhambra, cantando por
el camino y descargando de vez en cuando un varazo mayúsculo en los lomos
de su borrico, como por vía de compás a su canturía o de refresco para el
animal, pues en España les sirve de forraje el garrotazo limpio a las
bestias de carga.
Cuando llegó al pozo lo
encontró enteramente desierto, excepción hecha de un solitario extranjero
vestido a la guisa morisca, que se veía sentado en uno de los bancos de
piedra a la luz de la luna. Peregil se detuvo de pronto, y lo
miró con extrañeza mezclada de terror; pero el moro le hizo señas para que
se le acercase.
-Estoy muy débil y
enfermo -le dijo-; ayúdame a volver a la ciudad y te daré el doble de lo
que puedas ganar con tus cántaros de agua.
El sensible corazón del
pobre aguador se conmovió con la súplica del extranjero y le respondió:
-No quiera Dios que yo
reciba recompensa alguna por hacer un acto obligado de humanidad.
Ayudó, por lo tanto, al
moro a montar en su burro, y partió con él a paso lento para Granada; pero
el pobre musulmán iba tan extenuado, que fue necesario irle sosteniendo
sobre el animal para que no diese en tierra con su cuerpo.
Cuando llegaron a la
ciudad, preguntole el aguador adónde había que llevarlo.
-¡Ay! -dijo el moro con
voz apagada-. No tengo casa ni hogar, pues soy extranjero en este país.
Permíteme que pase esta noche en tu casa y te recompensaré
espléndidamente.
De esta suerte viose el
bueno de Peregil, cuando menos lo pensaba, con el compromiso de
un huésped infiel; pero el hombre era demasiado bueno y compasivo para
negar una noche de hospitalidad a una pobre criatura que se hallaba en
situación tan deplorable; por consiguiente, condujo al árabe a su morada.
Los chiquillos, que le habían salido a su encuentro, gritándole, como de
costumbre, al oír los pasos del pollino, huyeron asustados cuando vieron
al extranjero del turbante, y se fueron a cobijar detrás de su madre, la
cual se abalanzó enfurecida, como una gallina delante de sus polluelos
cuando se le acerca un perro.
-¿Qué camarada es el
infiel ese con que te nos vienes a la casa a estas horas, para atraernos
las miradas de la Inquisición? -dijo gritando la mujer.
-¡No te incomodes,
mujer! -le respondió el gallego-. Es un pobre extranjero enfermo, sin
amigos y sin hogar. ¿Habrás tú de querer arrojarle, para que perezca en
medio de esas calles?
La mujer hubiera seguido
oponiéndose, pues, aunque habitante de una mala choza, era celosa
guardadora del crédito de su casa; el pobre aguador, sin embargo, se puso
serio por primera vez en su vida y se negó a acceder a los deseos de su
esposa. Ayudó, por lo tanto, al pobre musulmán a apearse del burro, y le
extendió una estera y una zalea en el sitio más fresco de la casa, única
cama que podía ofrecerle en su pobreza.
Al poco tiempo se vio
acometido el moro de convulsiones que desafiaban todo el arte médico del
sencillo aguador. Los ojos del pobre paciente expresaban su gratitud. En
un intervalo de sus accesos llamó al aguador a su lado y, hablándole en
voz baja, le dijo:
-Conozco que mi fin está
muy cercano. Si muero, te dejo esta caja en recompensa de tu caridad.
Y, así diciendo,
entreabrió su albornoz y dejó ver una cajita de madera de sándalo
pendiente de su cuerpo.
-Dios haga, amigo mío
-replicó el honrado gallego-, que viváis muchos años, para disfrutar de
vuestro tesoro o lo que quiera que sea.
El moro movió la cabeza,
puso su mano sobre la caja y quiso decir algo acerca de ésta, pero sus
convulsiones se repitieron con mayor violencia, y a poco expiró.
La mujer del aguador se
puso como loca.
-Esto nos sucede -le
decía- por tus bobadas, por meterte siempre donde no puedes salir para
servir a los demás. ¿Qué va a ser de nosotros cuando encuentren este
cadáver en nuestra casa? Nos mandarán a presidio por asesinos; y, si
escapamos con el pellejo, nos arruinarán los escribanos y alguaciles.
El pobre
Peregil se hallaba también atribulado, y casi empezó a
arrepentirse de haber ejecutado aquella buena obra. Al fin le iluminó una
idea salvadora.
-Todavía no es de día
-dijo-; puedo sacar el cuerpo del muerto fuera de la ciudad y sepultarlo
bajo la arena en la ribera del Genil. Nadie vio entrar al moro en nuestra
casa, y nadie sabrá nada de su muerte.
Dicho y hecho. Ayudole
su mujer, y envolvieron el cadáver del infortunado musulmán en la estera
donde había expirado; pusiéronle después atravesado en el burro, y salió
con él en dirección a la ribera del río.
Quiso la mala suerte que
viviese frente del aguador un barbero llamado Pedrillo Pedrugo, el mayor
charlatán, averiguador de vidas ajenas y el hombre más perverso del mundo;
con su cara de comadreja y sus patas de araña, era un tío en extremo
astuto, solapado y malicioso; ni el mismo famoso Barbero de
Sevilla le iba en zaga en esto de enterarse de los negocios de todo
el mundo -de los que, por cierto, el hombre guardaba gran secreto-, pues
en él caían como agua en cedazo. Decían las gentes que dormía con un ojo
abierto y con el oído alerta; por lo cual, aun durmiendo, veía y oía y se
enteraba de todo cuanto pasaba. Lo cierto es que el tal Pedrillo era la
crónica escandalosa de Granada, y que tenía más parroquianos que todos los
de su gremio.
Este entrometido
rapabarbas oyó llegar a Peregil a una hora sospechosa de la
noche, y luego hirieron sus oídos las exclamaciones de la mujer y de los
hijos del aguador. Asomose inmediatamente por un ventanillo que le servía
de observatorio, y vio a su vecino que ayudaba a entrar en su casa a un
hombre vestido de moro. Era esto tan extraño y peregrino, que Pedrillo
Pedrugo no pudo pegar un ojo en toda la noche, asomándose al ventanillo
cada cinco minutos y observando la luz que brillaba por las rendijas de la
puerta de su vecino, hasta que le vio salir, antes de romper el día, con
su pollino muy cargado.
El curioso barbero,
deshecho de impaciencia, se vistió en un abrir y cerrar de ojos, y,
saliendo cautelosamente, siguió al aguador a larga distancia, hasta que le
vio haciendo un hoyo en la arena ribera del Genil y enterrar después un
bulto que parecía un cadáver.
Diose prisa el barbero
en regresar a su casa, y empezó a dar vueltas y revueltas por la tienda,
colocándolo y haciendolo todo mal y de mala manera, hasta tanto que vio
salir el sol. Entonces tomó una bacía debajo del brazo y se dirigió a casa
del alcalde, que era su cliente cotidiano.
El alcalde se acababa de
levantar en aquel momento. Pedrillo Pedrugo le hizo sentar en una silla,
púsole el paño para afeitar, colocole la bacía con agua caliente en el
cuello, y empezó a ablandarle la barba con los dedos.
-¡Qué cosas pasan tan
grandes! -dijo Pedrugo, oficiando a la vez de barbero y de charlatán-.
¡Qué cosas! ¡Qué cosas! ¡Un robo, un asesinato y un entierro en una misma
noche!
-¿Eh? ¡Cómo! ¿Qué estás
diciendo? -exclamó el alcalde.
-Digo -continuó el
barbero, pasando a la vez el jabón por las narices y la boca de la
autoridad (pues los barberos españoles se desdeñan de usar brocha)- digo
que Peregil el gallego ha robado y asesinado a un moro y le ha
enterrado en esta misma maldita noche.
-¿Y cómo sabes tú todo
eso? -le preguntó el alcalde.
-¡Oiga usted con calma,
señor, y se enterará de todo! -decía Pedrillo agarrándole por la nariz
mientras le pasaba la navaja por sus mejillas.
Y ce por be contó al
alcalde todo cuanto había visto, haciendo dos cosas a la par: afeitar,
lavar y enjugar el rostro del alcalde con la sucia toalla, al mismo tiempo
que robaba, asesinaba y enterraba al musulmán.
Es el caso que el tal
alcalde era el déspota más insufrible y el más codicioso e insaciable
avariento que se conocía en Granada. Con todo, no se puede negar que tenía
en bastante estima la justicia, pues el hombre la vendía a peso de oro.
Presumió, pues, que el caso en cuestión era un robo con asesinato, y que
debía ser de bastante consideración lo robado. ¿Cómo se arreglaría para
ponerlo todo en las legítimas manos de la ley? Atrapar sencillamente al
delincuente no era sino dar carne a la horca; pero atrapar el botín sería
enriquecer al juez, y eso es lo que él consideraba el fin principal de la
justicia.
Y así discurriendo,
mandó llamar al alguacil de su mayor confianza, el cual era una buena
pieza: un tipo de rostro enjuto y famélico, vestido a la antigua española,
según correspondía a su cargo, con un sombrero ancho de castor con alas
vueltas hacia arriba por ambos lados, con cuello almidonado, capilla negra
colgando de los hombros y traje raído también negro, que dibujaba su
raquítica contextura de alambre, y con su vara en la mano, como distintivo
e insignia temible de su autoridad. Tal era el sabueso de antigua raza
española a quien el alcalde puso sobre la pista del infortunado aguador, y
tal fue su diligencia y su olfato, que al punto estaba ya pisando los
talones del pobre Peregil, quien aún no había acabado de llegar a
su casa, y, cogiéndole, le llevó en compañía del borrico ante la presencia
del magistrado popular.
Dirigió el alcalde una
mirada terrible al pobre gallego y le dijo con voz amenazadora, que le
hizo caer, trémulo, de rodillas.
-¡Oye, infame! No
intentes negar tu delito, pues lo sé todo. La horca es el castigo que te
espera por el crimen que has cometido; pero yo, que soy compasivo, estoy
dispuesto a escuchar lo que sea razonable. El hombre que ha sido asesinado
en tu casa era moro, un infiel enemigo de nuestra fe, y sin duda tú le
mataste en un rapto de celo religioso; por lo tanto, quiero ser indulgente
contigo, pero entrégame lo que le has robado y le echaremos tierra al
asunto.
El pobre aguador ponía
por testigo de su inocencia a todos los santos de la corte celestial; mas,
¡ay!, ninguno venía en su ayuda, y, aunque se le hubiera presentado, el
alcalde no hubiera dado crédito ni al santoral entero. El gallego contó
toda la historia del moribundo moro con la justificadora sencillez de la
verdad, mas todo fue en vano.
-¿Pretenderás seguir
sosteniendo -le dijo el juez- que el tal moro no tenía ni dinero ni
alhaja, cuando ellas fueron las que tentaron tu codicia?
-Es tan cierto como que
soy inocente, señor -replicó el aguador-, que no tenía más que una cajita
de sándalo, que me legó en premio de mi servicio.
-¡Una caja de sándalo!,
¡una caja de sándalo! -exclamaba el alcalde, y le brillaban las pupilas
ante la esperanza de que sería una preciosa joya-. ¿Dónde está esa caja?
¿Dónde la has escondido?
-Con perdón de usía,
está en una de las aguaderas de mi burro, y enteramente al servicio de su
señoría -contestó el aguador.
No bien acabó de
pronunciar estas palabras, cuando el astuto alguacil salió a escape y
volvió en un santiamén con la misteriosa caja de sándalo. Abriola el
alcalde con mano trémula, y se aproximaron todos para ver los tesoros que
esperaban que contuviese, cuando, ¡oh desencanto!, no había en el interior
de ella más que un rollo de pergamino escrito con caracteres arábigos y un
cabo de bujía de cera amarilla.
Cuando no se va ganando
nada con que un prisionero aparezca convicto y confeso, la justicia, aun
en España, se inclina siempre a ser imparcial. Así, pues, cuando el
alcalde se rehízo del chasco que había llevado y vio que no había en
realidad botín alguno de que echar mano, escuchó ya desapasionadamente las
explicaciones que le daba el aguador, corroboradas además con el
testimonio de su mujer. Convencido, por consiguiente, de su inocencia, lo
absolvió de la pena de arresto permitiéndole llevarse la dichosa herencia
del moro, o sea la famosa caja de sándalo y su contenido, en justo premio
de su humanidad, si bien le embargó el borrico para pago de costas.
Y he aquí otra vez a
nuestro infortunado gallego reducido a tener que llevar el agua a cuestas,
caminando fatigosamente hacia los Aljibes de la Alhambra con la garrafa a
la espalda.
Cierta vez que subía la
cuesta arriba con todo el calor del mediodía del estío le abandonó su
acostumbrado buen humor. «¡Perro alcalde! -iba diciendo-. ¡Robar a un
pobre los medios de subsistencia; privarme del único apoyo que tenía en el
mundo...» Y dándose al recuerdo de su amado compañero de penas y fatigas,
dejaba ver toda la sensibilidad de su alma. «¡Ay, borriquito de mis
entrañas! -exclamaba, dejando la garrafa sobre una piedra y limpiándose
con la manga el sudor que corría por su frente-. ¡Borriquito de mi
corazón! ¡Bien seguro estoy, pobre animal, que estarás echando de menos
los cántaros del agua!»
Para alivio de sus
penas, no hacía también sino martirizarle su mujer cuando venía a la casa,
dirigiéndole continuas reconvenciones y quejas, aprovechándose de la
ventaja que le daba el haberle advertido para que no llevase a cabo el
noble acto de hospitalidad que les había acarreado tantos y tantos
sinsabores, y como perra intencionada, aprovechaba cuantas coyunturas se
le ofrecían para echarle en cara la superioridad de su previsión. Si sus
hijos no tenían qué comer o si necesitaban alguna prenda nueva, les decía
la taimada con sarcástica ironía:
-Id a vuestro padre, que
a bien que ha quedado por heredero del Rey Chico de la Alhambra: decidle
que os dé del tesoro de la caja del moro.
¿Hubo nunca mortal más
castigado que el pobre Peregil por haber llevado a cabo una buena
acción? El infortunado aguador estaba herido física y moralmente, mas, sin
embargo, llevaba con paciencia los crueles sarcasmos de su mujer. Por
último, cierta noche, después de un día muy caluroso y de gran trabajo,
empezó aquélla a atormentarle, según costumbre, y concluyó el pobre
aguador por perder la paciencia; y, no atreviéndose a contestarla, como
sus ojos se fijaran de pronto en la caja de sándalo que se hallaba en el
vasar con la tapa a medio abrir, cual si se estuviese mofando de él, la
cogió y, tirándola al suelo con furia, exclamó:
-¡Maldito sea el día que
te vi por primera vez, y en que di en mi casa hospitalidad a tu amo!
Pero he aquí que, al
chocar la caja en el suelo, abriose la tapa por completo y salió rodando
el pergamino. Peregil se quedó contemplando silencioso un rato el
misterioso rollo y por último, coordinando sus ideas, dijo para sí:
«¡Quién sabe! ¡Tal vez este escrito sea cosa de importancia, según el gran
esmero con que el moro parecía conservarlo!» Recogió, pues, el pergamino,
se lo guardó en el pecho, y a la mañana siguiente, cuando iba voceando el
agua por las calles, se paró en la tienda de un moro de Tánger que vendía
quincalla y perfumes en el Zacatín, y le rogó que le descifrase su
contenido.
Leyó el moro con
atención el pergamino, y, acariciándose la barba, le dijo con cierta
sonrisa:
-Este manuscrito es una
fórmula de desencantamiento para recobrar un tesoro escondido que se halla
bajo el influjo de un hechizo, y por cierto que tiene tal virtud que los
cerrojos y barras más fuertes y hasta la misma roca viva se abrirán ante
él.
-¡Bah, bah! -exclamó el
gallego-. ¿Qué me importa a mí eso? Yo no soy encantador, ni entiendo una
palabra de tesoros ocultos.
Y, diciendo esto, se
echó la garrafa a la espalda, dejó el rollo en manos del moro y se fue a
recorrer sus calles de costumbre.
Mas aquella noche se fue
a sentar un rato, al oscurecer, junto a los Aljibes de la Alhambra, y
encontró allí un coro de charlatanes reunidos, según era costumbre a
aquellas horas de la noche; y he aquí que recayó la conversación en los
cuentos y las tradiciones maravillosas. Como todos eran más pobres que las
ratas, se complacían en el consabido tema popular de las riquezas
encantadas y sepultadas por los moros en varios sitios de la Alhambra, y
todos a una afirmaban estar en la creencia de que había grandes tesoros
escondidos en la Torre de los Siete Suelos.
Estos cuentos produjeron
honda impresión en la mente del honrado Peregil, arraigándose más
y más cuando volvió a pasar por las oscuras alamedas de la Alhambra. «¡Qué
tal que hubiera un tesoro escondido debajo de esa Torre, y que pudiera yo
sacarlo con la ayuda del pergamino que le dejó al moro!» Y, embobado con
esta adorada ilusión, faltó poco para que se le cayese la garrafa.
Durante toda la noche no
hizo más que dar vuelcos en la cama sin poder pegar un ojo, y a la mañana
siguiente, muy temprano, se fue a la tienda del moro y le contó lo que se
le había ocurrido.
-Usted sabe el idioma
árabe: supongamos que nos vamos juntos a la Torre y probamos el efecto del
encanto; si sale mal, nada hemos perdido; pero si sale bien, partiremos
entre los dos el tesoro que descubramos -le dijo el aguador.
-¡Poco a poco! -replicó
el moro-. Este escrito no es suficiente, sino que ha de ser leído a
medianoche y a la luz de una bujía compuesta y preparada de una manera
especial, cuyos ingredientes no puedo proporcionar. Sin esa bujía el
pergamino no sirve de nada.
-¡No siga usted
hablando! -gritó el gallego-. Yo tengo esa bujía; voy a traerla al
instante.
Y diciendo esto corrió a
su casa y volvió al momento con el cabo de la bujía que había encontrado
en la caja de sándalo.
Tomola, pues, el moro y
lo olió.
-Aquí hay raros y
costosos perfumes -dijo- combinados con esta cera amarilla. Ésta es
precisamente la mágica bujía que se especifica en el pergamino. Mientras
esté alumbrando se abrirán los muros más fuertes y las cavernas más
secretas, pero quedará encantado con el tesoro.
Convinieron entonces los
dos en probar el desencanto aquella misma noche. A hora bastante avanzada
de la misma, cuando ya nadie había despierto más que las lechuzas y los
murciélagos, subieron a la colina de la Alhambra y se aproximaron a
aquella imponente y solitaria Torre rodeada de árboles, todavía más
imponente por las mil fantásticas historias que sobre ella se contaban.
Merced a la luz de una linterna atravesaron las zarzas y los bloques
desprendidos del edificio, hasta llegar a la entrada de una bóveda situada
debajo de la Torre. Bajaron llenos de temor y temblando de miedo una
escalera cortada en la roca, la cual conducía a un cuarto húmedo y oscuro,
donde había otra escalera que conducía a otra bóveda todavía más profunda.
Bajaron luego hasta tres graderías más, que correspondían a otras tantas
habitaciones, las cuales se hallaban colocadas unas debajo de otras. El
pavimento de la cuarta era bastante sólido; pero, según la tradición,
quedaban otras tres bóvedas más: empero no se podía penetrar a mayor
profundidad, por hallarse los otros suelos cerrados por arte de
encantamiento. El aire de la cuarta bóveda era frío, con cierto
pronunciado olor a humedad, y en ella apenas penetraba ya la luz. Se
detuvieron allí un momento para tomar alientos, hasta que oyeron
débilmente el toque de las doce en la campana de la Vela, y a seguida
encendieron el cabo de bujía amarilla, que esparció un grato olor de
mirra, incienso y estoraque.
El moro principió a leer
de prisa el pergamino. No bien había concluido, cuando se oyó un pavoroso
ruido subterráneo: la tierra tembló y abriose el pavimento, descubriendo
una escalera de piedra. Muertos de miedo, descendieron por ella, y
divisaron a la luz de la linterna otra bóveda abigarrada con inscripciones
arábigas, y en cuyo centro se veía un cofre colosal asegurado por siete
barrotes de acero, y a cada lado del cofre mirábase un gran moro
encantado, armado de punta en blanco, pero inmóvil como una estatua y
petrificado allí por arte mágica. Delante del cofre veíanse varios
jarrones repletos de oro, plata y piedras preciosas. En el más grande de
ellos metieron los brazos hasta el codo, sacando puñados de grandes y
hermosas monedas morunas, brazaletes y adornos del mismo metal, con algún
que otro collar de perlas orientales que se enredaban entre los dedos.
Pero con esto temblaban y respiraban temerosamente mientras que se
llenaban los bolsillos de ricas preciosidades, mirando con espanto
aquellos dos encantados morazos que se hallaban allí extáticos, horribles,
sin movimiento y con los ojos inmóviles y amenazadores. Al fin se apoderó
de ellos un pánico repentino, y corrieron escalera arriba, tropezando el
uno con el otro en el departamento superior, dejando caer el cabo de
bujía, que se apagó al momento, cerrándose el pavimento con horrible
estruendo.
Llenos de terror, no
pararon hasta que se encontraron fuera de la Torre y vieron las estrellas
brillar entre el ramaje de los árboles. Entonces, sentándose sobre el
musgo, se repartieron el botín, determinando el darse por contentos por
entonces con aquel simple floreo del jarrón, resolviendo volver más
adelante, durante otra noche, para desocuparlos hasta el fondo. Para
asegurarse de su mutua fe se dividieron los talismanes entre los dos,
quedándose uno con el pergamino y el otro con la bujía; hecho lo cual
partieron colina abajo con el corazón ligero y los bolsillos pesados en
dirección a Granada.
Cuando iban por el pie
de la colina, el precavido moro se acercó al oído del sencillo aguador
para darle un consejo.
-Amigo Peregil
-le dijo-, este asunto debe quedar en el mayor secreto recaudo. ¡Si se
enterara el alcalde del negocio, estamos perdidos!
-Es cierto -contestó el
gallego-; todo eso es muy cierto.
-Amigo Peregil
-le dijo el moro-, usted es una persona discreta y no dudo que sabrá
guardar un secreto; pero tiene usted mujer.
-Mi mujer no sabrá una
palabra de todo esto -replicó el aguador con gran decisión.
-Está bien -contestó el
moro-. Fío en su discreción y en su promesa.
Positivamente nunca se
había dado palabra con más resolución ni de mejor buena fe; pero, ¡ay!,
¿qué marido es el que puede ocultar un secreto a su esposa? Ninguno, pero
mucho menos Peregil el aguador, que era un marido de blandísima
condición. Cuando volvió a su casa encontró a su mujer sollozando en un
rincón.
-¡Está muy bien! -le
dijo al entrar-. ¡Gracias a Dios que has venido, después de haber estado
toda la noche danzando por ahí! ¡Vaya! Y lo extraño es que no te hayas
venido a casa con otro huésped como el anterior.
Y gritaba y lloraba la
mujer, y se destrozaba las manos, y, desgarrándose el pecho, exclamaba:
-¡Cuán desgraciada soy!
¿Qué va a ser de mí? ¡Mi casa robada y saqueada por escribanos y
alguaciles, y este marido hecho un maltrabaja, sin pensar en ganar el
sustento de su familia y andándose de noche y de día por ahí como esos
perros de moros infieles! ¡Ay, hijos míos! ¡Ay, hijos de mi alma! ¿Qué va
a ser de nosotros? ¡Tendremos que irnos por esas calles a pedir limosna!
Conmoviose de tal manera
el honrado Peregil con las lamentaciones de su esposa, que no
pudo contener las lágrimas. Su corazón estaba reventando como su bolsillo,
y no podía sujetarlo. Metió, pues, la mano en él, sacó tres o cuatro
hermosas monedas de oro y se las echó a su contristada esposa en la falda.
La pobre mujer desencajó los ojos de asombro, no pudiendo comprender de
dónde venía aquella lluvia de oro; pero antes que volviera de su sorpresa,
sacó el gallego una cadena de oro y se la presentó, saltando de gozo y
abriendo una boca colosal.
-¡La santísima Virgen
nos saque con bien! -dijo la esposa-. ¿Qué has hecho, di, qué has hecho,
Peregil? ¡No hay duda: tú has cometido algún robo, algún
asesinato!
Asaltola aquella
horrible idea a la pobre mujer y al punto la creyó convertida en espantosa
realidad. Ya se imaginaba ver la prisión y la horca a cierta distancia, y
un gallego zambo de piernas colgado de ella; hasta que, vencida por el
horroroso cuadro forjado en su delirante fantasía, se vio acometida de
violentos ataques de histerismo.
¿Qué recurso quedaba al
pobre hombre? No tuvo más remedio que tranquilizar a su mujer y desvanecer
los fantasmas de su imaginación contándole la historia de su buena suerte.
Esto, por supuesto, no lo hizo sin que antes prestara aquélla solemnísima
promesa de guardar el más absoluto secreto, jurando no decir a nadie la
más mínima palabra.
Sería imposible pintar
la alegría que se apoderó de la mujer. Echó los brazos al cuello de su
marido, faltando poco para que lo ahogara con sus caricias.
-Vamos, mujer -le decía
el aguador con honrada exaltación-; ¿qué te parece ahora la herencia del
moro? De aquí en adelante no me reconvengas ya cuando socorra en sus
necesidades a algún semejante.
El bueno del gallego se
acostó en su zalea y durmió a pierna suelta como si estuviese en un
mullido colchón de plumas; no así su esposa, pues se entretuvo en vaciar
todo el contenido de sus bolsillos sobre la estera, y se pasó la noche
entera contando y recontando las morunas monedas de oro y probándose los
collares y pendientes, y figurándose cuán elegante estaría el día que
pudiera libremente disfrutar de toda aquella riqueza.
A la mañana siguiente
tomó el honrado gallego una de aquellas magnificas monedas de oro, y se
fue a venderla a la tienda de un joyero de Zacatín, diciendo que la había
encontrado entre las ruinas de la Alhambra.
Vio, en efecto, el
joyero que tenía una inscripción arábiga y que era de oro purísimo, por lo
cual le ofreció la tercera parte de su valor, con lo que quedó el aguador
muy contento. A seguida, el buen Peregil compró vestidos nuevos
para sus pequeñuelos y aun algunos juguetes, no olvidándose de emplear en
sabrosas provisiones para una espléndida comida, y regresó después a su
casa. Una vez allí, puso a todos sus muchachos a bailar a su alrededor, en
tanto que él hacía cabriolas en medio, considerándose el padre más dichoso
del mundo.
La mujer del aguador
guardó el secreto con sorprendente puntualidad: durante día y medio no
hacía sino ir de acá para allá con cierto aire misterioso e infatuado,
pero, en fin, no dijo una palabra, a pesar de haber andado en compañía de
sus locuaces convecinas. Pero, en cambio, no podía prescindir de darse
cierta importancia, disertando sobre el mal estado de sus vestidos y
refiriendo que se había mandado hacer una basquiña nueva guarnecida de
galón dorado y de abalorios, juntamente con una mantilla nueva de encaje.
Dio también a entender que su marido tenía propósitos de abandonar el
oficio de aguador, por convenir así a su salud; y, por último, indicó que
quizá todos se irían a pasar el verano al campo, para que los chiquillos
respirasen los aires puros de la montaña, pues no se podía vivir en la
ciudad en tan calurosa estación.
Mirábanse las vecinas
unas a otras, creyendo que la pobre mujer había perdido el seso; y sus
arrogancias, maneras y fatuas pretensiones eran ya el motivo de las burlas
de todas y la diversión de sus amigas en cuanto aquélla volvía la espalda.
Pero si la mujer del
aguador obraba con prudencia fuera de la casa, bien se desquitaba dentro
poniéndose al cuello una sarta de ricas perlas orientales, brazaletes
moriscos en sus brazos y una diadema de brillantes en la cabeza,
paseándose ufana por su cuarto vestida de harapos y parándose de vez en
cuando para mirarse en un espejo roto. Aún más: en un impulso de
indiscreta vanidad, no pudo resistir el deseo de asomarse a la ventana
para saborear el efecto que producirían sus adornos entre los transeúntes.
Por desgracia suya, el
entrometido barbero Pedrillo Padrugo se hallaba en aquel mismo momento
sentado sin hacer nada en su tienda en el lado opuesto de la calle, cuando
hirió su vigilante ojo el brillo de los diamantes. Púsose al instante en
su ventanillo y reconoció a la andrajosa mujer del aguador adornada con
todo el esplendor de una recién desposada de Oriente. No bien hizo un
minucioso inventario de todos sus adornos, partió con la velocidad del
rayo a casa del alcalde. En un momento el hambriento alguacil se puso otra
vez al acecho, y antes de concluir el día fue conducido de nuevo el
infortunado Peregil ante la presencia de la autoridad.
-¿Cómo es esto,
miserable? -gritó el alcalde enfurecido-. ¿Me dijiste que el infiel que
murió en tu casa no había dejado más que una caja vacía, y ahora salimos
con que tu andrajosa mujer se pavonea en tu casa adornándose con perlas y
diamantes? ¡Ah, tunante! ¡Prepárate a darme los despojos de tu miserable
víctima, o irás a patalear a la horca, que ya está cansada de esperarte!
El aterrorizado aguador
cayó de hinojos y contó de pleno la maravillosa manera como había ganado
su riqueza. El alcalde, el alguacil y el barbero delator escucharon con
ávida codicia el cuento maravilloso del tesoro encantado, fue despachado
inmediatamente el alguacil para traerse al moro que había asistido al
maravilloso conjuro. Vino, en efecto, el musulmán, y quedó casi muerto de
miedo al verse entre las garras de los arpías de la ley. Cuando miró al
aguador de pie con aire tímido y abatido continente, lo comprendió todo.
-¡Bruto, animal! -le
dijo al pasar por su lado-; ¿no le advertí que no dijera nada a su mujer?
La descripción que hizo
el moro coincidió perfectamente con la de su colega; pero el alcalde
fingió no creer nada, y empezó a amenazarles con la cárcel y una rigurosa
investigación.
-¡Despacito, señor
alcalde! -dijo el musulmán recobrando su aplomo y sangre fría-. No
desperdicie usted los favores de la fortuna por quererlo todo. Nadie sabe
una palabra acerca de este asunto más que nosotros; guardemos, pues, el
secreto mutuamente. Aún queda en el subterráneo un inmenso tesoro con que
todos podemos enriquecernos; prometa usted dividirlo equitativamente, y
todo se descubrirá; pero, si usted rechaza esta proposición, el
subterráneo seguirá cerrado para siempre.
El alcalde consultó
aparte con el alguacil. Este viejo sabueso, experto en el oficio, le dijo:
-Prometa usted todo lo
que quiera, hasta que se apodere del tesoro y, una vez en sus manos, si él
y su cómplice se atreven a murmurar, les amenaza usted con la hoguera por
infieles y hechiceros.
El alcalde aprobó el
consejo; y, pasándose la mano por la frente, se volvió al moro y le dijo:
-Esa es una historia
bastante extraña que puede ser verdad, pero quiero ser testigo ocular de
ella. Esta misma noche, por lo tanto, va usted a repetir el conjuro en mi
presencia; si existe realmente tal tesoro, lo partiremos amigablemente
entre nosotros y no hablaremos más del asunto; pero, si me han engañado
ustedes, no esperen misericordia. Mientras tanto permanecerán custodiados.
Accedieron gustosos a
estas condiciones el moro y el aguador, satisfechos de que el resultado
probaría la verdad de sus palabras.
A eso de la medianoche
salió secretamente el alcalde acompañado del alguacil y del curioso
barbero, todos perfectamente armados. Condujeron al moro y al aguador como
prisionero, yendo provistos del vigoroso pollino del último, para
transportar el codiciado tesoro. Llegados a la Torre sin haber sido
descubiertos por nadie, ataron el borrico a una higuera y descendieron
hasta el cuarto suelo de aquélla.
Sacaron el pergamino y
encendieron el cabo de bujía, procediendo el moro a leer la fórmula del
desencantamiento, y la tierra tembló como la primera vez, abriéndose el
pavimento con un ruido atronador, dejando descubierta la estrecha
gradería. El alcalde, el alguacil y el barbero se aterrorizaron y no se
atrevieron a bajar por ella; pero el moro y el aguador entraron en la
bóveda de más abajo, y allí se encontraron a los dos musulmanes sentados
como antes, inmóviles y en silencio. Cogieron los dos jarrones grandes
llenos de monedas de oro y de piedras preciosas, los cuales fueron subidos
por el aguador uno a uno sobre sus hombros; y por cierto que, a pesar de
ser fuerte y estar acostumbrado a las cargas pesadas, se bamboleaba el
hombre; pero cuando estuvieron colocados los jarrones a cada lado del
borrico, manifestó que aquélla era la sola carga que podía llevar el
animal.
-Bastante tenemos por
ahora -dijo el moro-; hemos sacado toda cuanta riqueza podemos acarrear
sin que nos vean, y la suficiente para hacernos tan poderosos como
pudiéramos desear.
-¿Pues queda todavía más
tesoro? -preguntó el alcalde.
-Queda lo de más valía
-dijo el moro-; un cofre monstruoso guarnecido con fajas de acero y lleno
de perlas y piedras preciosas.
-Pues vamos a subir ese
cofre en un instante -gritó el codicioso alcalde.
-Yo no bajo más -dijo el
moro tenazmente-; esto es muy bastante para una persona razonable; más
todavía me parece superfluo.
-Y yo -añadió el
aguador- no sacaré más carga para partir por el espinazo a mi pobre burro.
Viendo que eran inútiles
las órdenes, amenazas y súplicas, volviose el alcalde a dos acompañantes y
les dijo:
-Ayudadme a subir el
cofre y partiremos entre nosotros su contenido.
Y, diciendo esto, bajó
la escalera, siguiéndole con gran repugnancia el alguacil y el barbero.
No bien vio el moro que
habían bajado a todo lo hondo, apagó el cabo de bujía, y se cerró el
pavimento con el pavoroso estruendo consiguiente, quedándose sepultados en
su seno los tres soberbios personajes.
Diose prisa el moro a
subir las escaleras, y no paró hasta encontrarse al aire libre,
siguiéndole el aguador con la ligereza que le permitieron sus cortas
piernas.
-¿Qué ha hecho usted?
-gritó Peregil tan pronto como pudo tomar alientos-. El alcalde y
los otros dos han quedado sepultados en la bóveda.
-¡Cúmplase la voluntad
de Allah! -dijo el moro con religiosidad.
-¿Y no los vais a dejar
que salgan? -dijo el gallego.
-¡No lo permita Allah!
-replicó el moro pasándose la mano por la barba-. Está escrito en el libro
del destino que permanecerán encantados hasta que algún futuro aventurero
deshaga el hechizo. ¡Hágase la voluntad de Dios! Y esto diciendo, arrojó
el cabo de bujía en los oscuros bosquecillos de la cañada.
Ya no había remedio; por
lo cual el moro y el aguador se dirigieron a la ciudad con el burro
ricamente cargado, no pudiendo por menos el honrado Peregil de
abrazar y besar a su orejudo compañero de oficio, por tal modo librado de
las garras de la ley; y en verdad que no se sabía lo que causaba más
placer al sencillo aguador: si haber sacado el tesoro o haber recobrado su
pollino.
Los dos socios
afortunados dividieron amigable y equitativamente el tesoro, excepción
hecha de que el moro, que gustaba más de las joyas, procuró poner en su
parte casi todas las perlas, piedras preciosas y demás adornos, dando en
su lugar al aguador magníficas piezas de oro macizo cinco o seis veces
mayores, con lo que el último quedó muy contento. Tuvieron gran cuidado de
que no les sucediera ningún otro percance, sino que se marcharon a
disfrutar en paz sus riquezas a tierras lejanas. Volvió el moro al África,
a su país natal, Tetuán, y el gallego se fue a Portugal con su mujer, sus
hijos y su jumento. Allí, con los consejos y dirección de su mujer, llegó
a ser un personaje de importancia, pues hizo aquélla que cubriese su
cuerpo y sus cortas piernas con justillo y calzas, que se cubriese con
sombrero de pluma y que llevase espada al cinto, dejando el nombre
familiar de Peregil y tomando el título sonoro de don Pedro Gil;
su descendencia creció con maravillosa robustez y alegría, si bien todos
salieron patizambos; en tanto que la señora de Gil, cubierta de galones,
brocado y encajes, de pies a cabeza, y con brillantes sortijas en los
dedos, se hizo el acabado tipo de la abigarrada y grotesca elegancia.
En cuanto al alcalde y
sus camaradas, quedaron sepultados en la gran Torre de los Siete
Suelos, y siguen allí encantados hasta el fin del mundo. Cuando hagan
falta en España barberos curiosos, alguaciles bribones y alcaldes
corruptibles, pueden ir a buscarlos a la Torre; pero si tienen que
aguardar su libertad, se corre peligro de que el encantamiento dure hasta
el día del Juicio final.
 Leyenda de la
Rosa de la Alhambra o el Paje y el Halcón
Poco tiempo después de
terminada la Reconquista fue la deliciosa ciudad de Granada la residencia
habitual y favorita de los soberanos españoles, hasta que de ella se
vieron ahuyentados por los continuos terremotos, que asolaron multitud de
sus edificios e hicieron temblar las viejas torres moriscas hasta sus
cimientos.
Muchos años
transcurrieron después, y en este largo tiempo rara vez se vio favorecida
Granada con la visita de algún personaje de la familia real. Los palacios
de la nobleza quedaron cerrados y silenciosos, y la Alhambra -como
desdeñada hermosura- permaneció en triste soledad en medio de sus mal
cuidados jardines. La Torre de las Infantas, residencia en otro
tiempo de las tres encantadoras princesas moras, participaba del abandono
general: la araña tejía su tela en lo alto de los dorados camarines, a la
vez que los murciélagos y las lechuzas anidaban en aquellos primeros
aposentos, realzados en otro tiempo con la presencia de Zayda, Zorayda y
Zorahayda. El abandono de esta Torre obedecía principalmente a la
superstición de los habitantes, pues había circulado el rumor de que la
sombra fantástica de la joven Zorahayda, que había exhalado su último
suspiro en aquella Torre, se veía con frecuencia a la luz de la luna
reclinada junto a la fuente del saloncito, o llorando en lo alto del
adarve; y que otras veces, a medianoche, oían los acordes de su argentino
laúd los caminantes que transitaban por lo hondo de la solitaria cañada.
Por fin, la ciudad de
Granada viose honrada por personajes reales. Todo el mundo sabe que Felipe
V fue el primer Borbón que empuñó el cetro de España, y asimismo es sabido
que casó en segundas nupcias con Isabel, la hermosa princesa de Parma, y
que, por esta serie de acontecimientos, un príncipe francés y una princesa
italiana compartían el trono español.
La Alhambra hubo de
decorarse y amueblar a toda prisa para recibir a los regios esposos; y con
la llegada de la corte cambió por completo el aspecto del Palacio,
desierto poco antes. El estruendo de los tambores y trompetas y el trotar
de los caballos por las avenidas y patios del alcázar, a la vez las
barbacanas y los adarves, todo traía a la memoria el antiguo extinguido
esplendor militar de la fortaleza. Respirábase de nuevo cierto ambiente en
los reales aposentos; oíase el crujir de las sedas y el cauteloso paso y
las voces suaves y melifluas de los aduladores cortesanos a través de las
antecámaras, el continuo ir y venir del sinnúmero de pajes y damas de
honor por los jardines y los acordes de la música que se escapaban al
través de las celosías.
Entre los individuos de
la regia comitiva venía un paje, favorito de la reina llamado Ruiz de
Alarcón. Con decir que era favorito de la reina queda hecho todo su
elogio, pues cuantos figuraban en la corte de la altiva Isabel
distinguíanse por su gracia, su donosura y su belleza. Acababa nuestro
lindo doncel de cumplir las dieciocho primaveras, y era esbelto, bien
formado y hermoso como el joven Antinoo. Ante la reina mostrábase siempre
con toda deferencia y respeto; pero en el fondo era un calavera acariciado
y mimado por las damas de la corte, y más experimentado en materia de
mujeres que lo que debía esperarse en sus pocos años.
Andaba el bullicioso
paje cierta mañana vagando por los bosques del Generalife que dominan la
Alhambra, y se había llevado para distraerse el halcón predilecto de la
reina cuando he aquí que atisba el ave de rapiña un pájaro posado en un
árbol, y se lanza a volar en su persecución. Elevose, en efecto, por los
aires y precipitose sobre su presa, pero se le escapó y siguió volando sin
hacer caso de los llamamientos del paje. El joven siguió con la vista al
pájaro furtivo en su caprichoso vuelo, hasta que lo vio posarse sobre la
muralla de una apartada y solitaria torre construida en el borde de un
barranco que separa la fortaleza real de la jurisdicción del Generalife;
en una palabra: en el muro de la Torre de las Infantas.
Descendió el paje hasta
el barranco y acercose a la Torre; pero no presentaba ninguna entrada por
la parte de la cañada, y su altura prodigiosa hacía imposible todo
propósito de escalamiento. Así, pues, buscando una puerta o entrada
cualquiera del castillo morisco, fue dando un gran rodeo para explorar por
los lados de la Torre que miran al interior de la fortaleza.
Delante de la Torre
misma veíase un pequeño jardín cercado con un enverjado de cañas y
cubierto de mirtos. Abrió el mancebo un portillo y atravesó por entre
cuadros de flores y grupos de rosales, hasta llegar a la puerta de
aquélla. Hallábase cerrada, pero percibió en ella un agujero que la
facilitaba poder examinar el interior del misterioso baluarte. Vio en él
un precioso saloncito morisco, de paredes primorosamente labradas, con
esbeltas columnas de mármol y una fuente de alabastro rodeada de flores;
en el centro, suspendida, una jaula dorada que encerraba un lindo
pajarillo; debajo de ésta, en una silla, un gato romano durmiendo entre
madejas de seda y otros objetos de labor femenina; y junto a la fuente una
guitarra adornada con cintas y lazos.
Sorprendiose Ruiz de
Alarcón ante aquellas señales de gusto y elegancia femenina en una Torre
que él suponía deshabitada, y al punto se le vinieron a las mientes los
cuentos de salones encantados tan divulgados en la Alhambra, y si el gato
romano sería tal vez alguna hechizada princesa.
Llamó muy quedito a la
puerta, y dejose ver un hermoso rostro desde un elevado ajimez de la
Torre; pero a seguida desapareció. Esperaba el mancebo que se abriera la
puerta, pero en vano: no se oía ni el más leve sonido dentro, y todo
permanecía en silencio. ¿Le habrían engañado sus sentidos o era quizá la
hermosa aparecida el hada que habitaba la Torre? Llamó de nuevo y con más
fuerza, y después de una ligera pausa apareció por segunda vez el mismo
rostro hechicero de una lindísima muchacha de quince años. Saludola
inmediatamente el paje quitándose su birrete de plumas, y le rogó, en los
términos más atentos y corteses, que le permitiese subir a la Torre para
coger su halcón fugitivo.
-Dispensadme, señor, que
no me atreva a abriros la puerta -contestó la joven ruborizándose-; pero
mi tía me lo tiene prohibido.
-Os lo ruego
encarecidamente, hermosa niña; considerad que es el halcón favorito de la
reina; y ¿cómo voy a poder volver al palacio sin él?
-¿Sois, pues, un
caballero de la corte?
-Ciertamente,
encantadora niña; pero caería en desgracia con la reina si dejase perder
ese halcón.
-¡Santa Virgen María!
¡Pues si precisamente a los caballeros de la corte es a quien mi tía me ha
encargado más especialmente que jamás les abra la puerta!
-¡Ya! Pero será a los
malos caballeros, y está perfectamente; mas yo, querida mía, no pertenezco
a ese número, sino que yo soy un simple inofensivo paje, que se verá
arruinado y perdido si le negáis esta pequeña merced.
Enterneciose el corazón
de la joven al ver el apuro del pobre pajarillo. ¿No era una lástima que
se arruinara por cosa tan baladí? Y seguramente aquel joven no podía ser
ninguno de los peligrosos cortesanos que su tía le había pintado, especie
de caníbales siempre dispuestos a hacer presa en las jóvenes inocentes;
por el contrario, ¿no se veía que era gentil y modesto?... ¡y suplicaba
birrete en mano, y era tan encantador!...
El astuto paje vio que
la guarnición empezaba a vacilar, y redobló sus súplicas de un modo tan
conmovedor, que no era posible que cupiese la negativa en el corazón de la
muchacha; así, pues, la ruborosa y tierna guardiana de la Torre bajó y
abrió la puerta con mano trémula. Si el paje quedó extasiado cuando vio su
peregrino rostro en la ventana, acabó de perder el juicio al contemplar
delante de sí el conjunto de la linda castellana.
Su corpiño andaluz y su
graciosa basquiña dejaban ver la redondez y delicada simetría de sus
formas, manifestando que no habían llegado aún a su completo desarrollo;
su sedoso cabello, partido en su frente con escrupulosa exactitud,
hallábase adornado con una fresca rosa recién cogida, mostrábase algo
tostado por los ardores del clima meridional, pero esto mismo prestaba más
encanto al sonrosado color de sus mejillas, haciendo más radiante la
fúlgida luz de sus hermosos ojos.
Observó todo esto Ruiz
de Alarcón con una simple mirada, puesto que no le era dado detenerse, y,
después de pronunciar algunas sencillas frases de agradecimiento, se
dirigió rápidamente hacia la escalera de caracol, en busca de su halcón.
Apareció después de un
breve instante con el pícaro del pájaro en la mano. La joven, entretanto,
se había sentado junto a la fuente en el saloncito, y se hallaba devanando
una madeja de seda; pero en su turbación dejó caer el ovillo sobre el
pavimiento. Apresurose galantemente el paje a recogerlo, y, doblando una
rodilla en tierra, se lo presentó; mas, al extender la joven la mano para
recibirlo imprimió el mozo en ella un beso más ardiente y amoroso que
todos los que había depositado en la hermosa mano de su soberana.
-¡Jesús María! -exclamó
la muchacha ruborizada y llena de confusión y sorpresa, pues nunca había
recibido saludo semejante.
El humilde paje le pidió
mil perdones, asegurando que era costumbre cortesana rendir de tal modo el
homenaje del más profundo respeto.
El enojo de la niña -si
es que lo sintió- apaciguose fácilmente; mas su agitación y aturdimiento
continuaron, pues volvió a sentarse, y seguía cada vez más ruborizada y
cabizbaja, y, aunque fija en su tarea, enredábasele la madeja que trataba
de devanar.
El astuto rapazuelo se
apercibió de la confusión que había llevado al campo enemigo, y se propuso
aprovecharse de ella; pero los discretos razonamientos que intentaba
pronunciar se ahogaban en sus labios, sus rasgos de galantería le salían
con embarazo, y, con gran sorpresa propia, el sagaz muchacho, que venía
gozando de tan gran partido por su gracia y desenvoltura entre las damas
más corridas y expertas de la corte, se mostraba en aquella sazón
intimidado y balbuciente en presencia de una inocente chiquilla de quince
primaveras.
En suma: la sencilla
joven tenía guardianes más eficaces en su modestia e inocencia que en los
cerrojos y rejas con que la guardaba su vigilante tía. Sin embargo, ¿qué
corazón femenino podrá ser insensible a las primeras emociones del amor?
La joven, aun con todo su candor y sencillez, comprendió instintivamente
todo lo que la atribulada lengua del paje no pudo expresar, y su corazón
rebosaba de alegría al ver por primera vez un amante rendido a sus pies...
¡y un amante como aquél!
La turbación del paje,
si bien sincera, duró poco; mas cuando iba el hombre recobrando su
habitual aplomo y serenidad, oyó una voz áspera como a alguna distancia.
-¡Mi tía que vuelve de
misa! -gritó la doncella, asustada-. Señor, os ruego que os marchéis.
-No ha de ser hasta
tanto que me hayáis concedido esa rosca de vuestra cabeza como grato
recuerdo.
Desenredola
apresuradamente de sus negras trenzas, y le dijo, turbada y ruborosa:
-Tomadla; pero idos, por
Dios; os lo suplico.
El paje cogió la flor,
cubriendo de besos al mismo tiempo la linda mano que se la otorgaba.
Después, poniéndose el birrete y colocando el halcón en su puño, se
deslizó por el jardín, llevándose consigo el corazón de la hermosa
Jacinta.
Cuando la celosa tía
penetró en la Torre notó la agitación de su sobrina y el desorden que
había en el saloncito; mas con una sola palabra se lo explicó
suficientemente todo «Un halcón ha venido persiguiendo su presa hasta el
mismo salón».
-¡Dios nos ampare y nos
asista! Conque, ¿hasta dentro mismo de la Torre han de penetrar los
halcones?... ¿Habrase visto nunca ave más insolente? ¡Ay, Dios mío! ¡El
pobre pájaro ni aun en la jaula misma está ya seguro!
La vigilante Fredegunda
era una dueña muy anciana y experimentada; miraba con gran terror y
desconfianza a lo que ella llamaba el sexo opuesto, recelo que se
había ido aumentando más y más con su largo celibato. Y no obedecía esto a
que la buena señora hubiera sufrido en cualquier ocasión algún desengaño,
pues la Naturaleza la había dotado de una salvaguardia con su rostro que
impedía traspasar los justos límites; mas las mujeres que tienen poco que
temer por sí mismas se hallan a toda hora apercibidas en la custodia y
guardia de sus seductoras vecinas.
La sobrina, huérfana de
un oficial que pereció en el campo de batalla, se había educado en un
convento y había sido sacada hacía poco tiempo de aquel sagrado asilo para
encomendarla a la inmediata vigilancia de su tía, bajo cuya celosa tutela
vegetaba oscurecida la pobre niña, como el capullo que florece oculto en
un matorral. Y no empleamos esta comparación meramente al caso, pues es la
verdad, la fresca y virginal hermosura de la muchacha había sido ya vista
y admirada por las gentes, a pesar de vivir encerrada en su solitaria
morada, y, siguiendo la poética costumbre del pueblo andaluz, la
apellidaban sus vecinos «la Rosa de la Alhambra».
La cautelosa tía venía
guardando con grandísimo recelo a su tentadora sobrina mientras la corte
permanecía en Granada, lisonjeándose del buen éxito que obtenía con su
exquisita vigilancia. Sin embargo, a la pobre señora dueña la turbaban de
vez en cuando los acordes de las guitarras y las coplas amorosas que
cantaban desde la espesa arboleda del pie de la Torre; entonces redoblaba
sus exhortaciones a la sobrina para que no prestara oídos a aquellos
pérfidos cantos, asegurándola que eran una de las muchas mañas de que se
valía el sexo opuesto para atraer y seducir a las jóvenes
incautas; mas, ¡ay!, ¿qué valen todos los severos razonamientos contra una
serenata dada a la luz de la luna?
Por último, el rey Don
Felipe V abrevió su permanencia en Granada y partió de repente con todo su
séquito. La recelosa Fredegunda miraba con ojo atento a la real comitiva
conforme iba saliendo por la Puerta de la Justicia y bajando la
pendiente alameda que conduce a la ciudad. Cuando perdió de vista el
último estandarte volviose gozosa a su Torre, pues ya habían concluido
todos sus cuidados y desvelos; pero con gran sorpresa suya vio un hermoso
potro árabe piafando en el portillo del jardín; y luego, con gran horror,
apercibió al través de los rosales a un elegante joven tiernamente rendido
a los pies de su sobrina. Al ruido de las pisadas se apresuró el mozo a
dar el último «adiós» a su adorada; y, saltando ágilmente el enverjado de
cañas y mirtos y montando a caballo, se perdió de vista con la rapidez del
rayo.
La enamorada Jacinta,
embargada por su profunda pena, no tuvo en cuenta la que causaba a su
buena tía; y arrojándose en sus brazos, empezó a deshacerse en un mar de
lágrimas.
-¡Ay de mí! -decía-. ¡Se
ha marchado! ¡Se ha marchado! ¡Ya no le veré más!
-¡Que se ha marchado!...
¿Quién se ha marchado? ¿Qué joven es ése que he visto a tus pies?
-Un paje de la reina,
querida tía, que ha venido a despedirse de mí.
-¡Un paje de la reina,
hija mía! -gritó la vigilante Fredegunda con vol alterada-. Y ¿cuándo,
cuándo tras conocido tú a ese paje de la reina?
-El día que el halcón
entró en la Torre. Era el halcón de la reina, y venía en su persecución.
-¡Ay, niña inocente!
Sábete que no hay halcones tan temibles como estos pajes libertinos; y,
sobre todo, si hacen presa de pájaros tan inexpertos como tú.
Gran indignación se
apoderó de la tía cuando supo que, a pesar de toda su ponderada
vigilancia, se había entablado aquella tierna correspondencia entre los
dos jóvenes amantes casi en sus mismas barbas; pero se tranquilizó al fin
cuando vio que la cándida niña había salido pura y victoriosa de la prueba
peligrosa -aun sin la protección de cerrojos y rejas- en que la habían
puesto las maquinacíones del sexo opuesto; todo lo cual atribuía
la buena dueña a las prudentes y cautelosas máximas que ella le había
inculcado.
Mientras que la pobre
anciana pensaba en todas estas cosas, la sobrina sólo y constantemente
tenía fijos en su memoria los continuos juramentos de amor y fidelidad de
su amante; pero ¿qué es el amor del hombre errante sino arroyuelo que
juguetea por algún tiempo con las florecillas que encuentra a su paso,
dejándolas inundadas de lágrimas?
Pasaron días, semanas y
meses, y nada se volvió a saber del doncel de la reina. Maduró la granada,
dio su fruto la viña, las lluvias torrenciales del otoño corrieron por las
montañas, cubriéndose la Sierra Nevada con su túnica de nieve y gimieron
los vientos de Septentrión por los desiertos salones de la Alhambra; y,
sin embargo, el paje no volvía. Pasó el invierno y volvió de nuevo la
primavera, con los cantos de los pájaros, con sus flores y con su
perfumado céfiro; derritiose la nieve de las montañas hasta que no quedó
más que una ligera capa en la cima de Sierra Nevada, y, con todo, nada se
supo del inconstante paje.
Entretanto, la infeliz
joven Jacinta se iba quedando pálida y melancólica; abandonó sus
ocupaciones y entretenimientos; sus madejas de seda se quedaron sin
devanar; su guitarra, muda; sus flores, descuidadas; ya no escuchaba los
trinos de los pájaros; y sus ojos, antes alegres y brillantes, se iban
marchitando de tanto llorar en secreto. Si se hubiera de buscar una
mansión propia para alimentar la pasión de una triste doncella de tal modo
abandonada, no sería posible encontrar en el mundo otra más adecuada que
la Alhambra, donde todo parece evocar tiernos y románticos ensueños. La
Alhambra es un verdadero paraíso de los enamorados; pero ¡cuán triste debe
ser encontrarse sola y abandonada en ese paraíso!
-¡Ay inexperta niña mía!
-le decía la severa y casta Fredegunda cuando sorprendía a su sobrina en
los momentos de su aflicción-. ¿No te advertí de los enredos y engaños de
esos cortesanos? ¿Qué podías, pues, esperar de un joven arrogante, que
pertenece a una de las familias más nobles y encumbradas, siendo huérfana
y nacida en pobre y humilde cuna? Ten la seguridad de que, aunque ese
joven se hubiera propuesto serte fiel, su padre, uno de los nobles más
orgullosos de la corte, le prohibiría terminantemente su unión con una
joven humilde y desheredada como tú. Toma, por lo tanto, una resolución
enérgica, y desecha de tu imaginación esas locas esperanzas.
Las palabras de la
virginal Fredegunda sólo servían para acrecentar la melancolía de su
sobrina, por lo que la infeliz criatura tomó el partido de entregarse a
solas a su dolor. Cierta noche de verano, y en horas bastante avanzadas,
después que la tía se retiró a descansar, quedose la sobrina en el
saloncillo de la Torre, sentada junto a la fuente de alabastro; allí donde
el desleal amante se había arrodillado y besado su mano por vez primera;
allí donde le había jurado tantas y tantas veces eterno amor y fidelidad.
El corazón de la apenada doncella comprimíase con estos tristes recuerdos,
y sus lágrimas corrían abundantemente, cayendo hilo a hilo en la taza de
la fuente. Poco a poco comenzó a agitarse el agua cristalina y a bullir,
formando burbujas, hasta que apareció ante sus ojos una hermosísima figura
de mujer ricamente ataviada con traje a la morisca.
Jacinta se asustó de tal
manera que huyó del salón y no se atrevió a volver a él. A la mañana
siguiente contó cuanto había visto a su tía; pero la buena señora lo creyó
todo pura invención quimérica de su perturbada imaginación, que tal vez,
dormida, habría estado soñando junto a la supuesta maravillosa fuente.
-Habrás estado meditando
en la historia de las tres princesas moras que habitaron en otros tiempos
esta Torre -añadió-, y eso te habrá hecho soñar con ellas.
-¿Qué historia era ésa,
tía? No sé nada de ella.
-Pues qué, ¿no has oído
hablar de las tres bellas princesas Zayda, Zorayda y Zorahayda, que
estuvieron encerradas en esta Torre misma por el rey moro su padre, y que
se resolvieron a huir con tres caballeros cristianos, pero de las cuales
sólo las dos mayores llevaron a cabo su proyecto, habiendo faltado valor a
la menor para seguirlas, que es la que, según se cuenta, murió en esta
misma Torre?
-Ahora recuerdo haber
oído esa historia -dijo Jacinta-, y aun he llorado muchas veces por la
desventura de la infortunada Zorahayda.
-Hacías muy bien en
dolerte de su desventura -continuó la tía-, pues el amante de Zorahayda
fue uno de tus antepasados. Por largo tiempo lloró a su adorada princesa
morisca; pero el tiempo mitigó su dolor y se casó con una noble dama
española, de la cual tú eres descendiente.
Jacinta quedó pensativa
al oír estas palabras; pero se decía interiormente: «¡Ah, no! No ha sido
una vana quimera de mi imaginación; estoy segura de ello. Ahora bien; si
la visión es, en efecto, el alma de la hermosa Zorahayda, la cual, según
me cuentan, anda vagando en esta torre, ¿qué puedo yo temer? Voy a velar
esta misma noche junto a la fuente, y acaso repita su visita».
Cerca de la medianoche,
cuando todo estaba en completo silencio, fue Jacinta a colocarse de nuevo
junto a la fuente del saloncito. No bien la campana de la lejana Torre
de la Vela anunció la hora de las doce cuando la fuente se agitó de
nuevo y empezó a bullir el agua hasta que apareció la extraña visión. Era
joven y hermosa; sus vestiduras estaban adornadas de riquísimas joyas, y
llevaba en la mano un argentino laúd. Jacinta quedó trémula y a punto de
perder el sentido; pero se tranquilizó al oír la dulce y doliente voz de
la aparición y al ver la cariñosa expresión de su melancólico y pálido
rostro.
-¡Hija de los mortales!
-le dijo- ¿Qué te aqueja? ¿Por qué turba tu llanto el agua de mi fuente?
¿Por qué interrumpen tus suspiros y tus quejas el tranquilo silencio de la
noche?
-Lloro la ingratitud de
los hombres y me quejo de mi triste soledad y abandono.
-¡Consuélate, hija mía!
Tus penas pueden concluir. Mira en mí una princesa mora que, como tú, fue
también muy desdichada en amores. Un caballero cristiano, antecesor tuyo,
cautivó mi corazón y hubiérame llevado a su país natal y al seno de tu
Iglesia. Me había convertido de todo; pero me faltó vigor que igualara a
mi fe y vacilé en el momento supremo; por lo cual el espíritu del mal se
apoderó de mi y estoy encantada en esta Torre hasta que un alma cristiana
quiera romper el mágico hechizo. ¿Quieres tú cometer esta empresa?
-¡Ay, sí; quiero!
-contestó la joven conmovida.
-Pues acércate y nada
temas; mete tu mano en la fuente, rocía del agua sobre mí y bautízame
según la costumbre de tu religión; así concluirá el encantamiento y mi
alma en pena alcanzará el descanso.
La tímida doncella se
aproximó con paso vacilante, introdujo la mano en la fuente, y, cogiendo
de ella un poco de agua, verifico la aspersión sobre el pálido rostro de
la lúgubre aparición. Sonriose con inefable benignidad la bella visión y,
dejando caer su laúd a los pies de Jacinta, cruzó sus blancos brazos sobre
el pecho y se desvaneció, tornándose, al parecer, en una como lluvia de
gotas de rocío que caían cual perlas sobre la fuente.
Jacinta se retiró del
salón con cierto terror mezclado de asombro. Difícilmente pudo conciliar
el sueño en aquella noche y cuando se despertó al romper el día, por la
misma agitación con que había dormido, le pareció que todo ello habría
sido un delirante ensueño. Mas cuando bajó al saloncito vio confirmada la
realidad de la aparición, pues al borde de la fuente se encontró el laúd
de plata, brillando a los rayos del fúlgido sol naciente.
Apresurose a buscar a su
tía y le contó todo lo que le había sucedido, exhortándola para que
viniese a ver el laúd, en testimonio de la veracidad de su historia. Si la
buena señora abrigaba alguna duda se desvaneció completamente cuando
Jacinta pulsó el instrumento, pues le arrancaba melodías tan arrebatadoras
que se conmovió tiernamente hasta el helado corazón de la inmaculada
Fredegunda, región de perpetuo invierno. ¿Qué otra cosa sino una melodía
sobrenatural podía producir efecto tan prodigioso? La extraordinaria
virtud del maravilloso laúd se hizo cada día más famosa: cuantos
transitaban por el pie de la Torre se detenían encantados, sin atreverse a
respirar, enteramente arrobados; y hasta los pájaros mismos se posaban en
los árboles cercanos, enmudecidos, escuchando con extraordinario silencio
aquellas divinas armonías.
La fama de este prodigio
cundió rápidamente por todas partes. Los habitantes de Granada subían a la
Alhambra para oír siquiera algunas notas de la música sobrenatural que,
aunque débilmente, se percibía en los contornos de la Torre de las
Infantas.
La encantadora joven
salió al fin de su retiro, pues los ricos y poderosos del país se
disputaban a porfía el agasajarla y colmarla de distinciones; en una
palabra: que hacían todos los mayores esfuerzos por llevar las soberanas
delicias del divino laúd a sus espléndidos salones para atraer a ellos lo
más selecto de la sociedad aristocrática. Acompañaba a la maravillosa
artista su diligente tía, como vigilante dragón, para tener a raya el
enjambre de apasionados admiradores que se acercaban a la niña
enloquecidos por las notas de su laúd. La celebridad de su maravilloso
poder siguió extendiéndose de ciudad en ciudad. En Málaga, Sevilla,
Córdoba y en toda Andalucía no se hablaba de otro asunto sino de la bella
artista de la Alhambra. ¿Y cómo no había de ser así en un pueblo tan
apasionado a la música y tan voluptuoso y galante como el pueblo andaluz,
si el laúd estaba dotado de mágico poder y la tañedora se sentía
divinamente inspirada por el amor?
Mientras que Andalucía
entera se hallaba poseída de esta vehemente pasión musical corrían
diferentes vientos en la corte de España, pues a Felipe V, desgraciado
hipocondríaco, sujeto a toda clase de manías, unas veces le daba por
guardar cama semanas enteras, quejándose de dolencias imaginarias, y otras
se obstinaba en querer abdicar la corona, con gran disgusto de su real
esposa, a quien halagaban por todo extremo el esplendor de la corte y del
trono, tanto más cuanto que ella, por consecuencia misma de la imbecilidad
de su esposo, era la que con cierta habilidad y firmeza manejaba el cetro
de España.
No se encontró otro
remedio más eficaz para calmar las melancolías del augusto monarca que el
poder de la música; la reina, por consiguiente, cuidó de rodearse de los
más celebrados músicos y cantores de la época, haciendo venir a su corte a
manera de médico de cámara al famoso cantante italiano Farinelli.
En la época a que se
refiere nuestro relato se había apoderado del ilustre Borbón una monomanía
infinitamente más rara que todas las suyas anteriores. Después de un largo
periodo de enfermedad imaginaria, contra la que se habían estrellado todo
el arte de Farinelli y los conciertos de una escogida orquesta de cuerda
de la corte, el desdichado rey se obstinó en que había entregado su
espíritu, en creerse realmente difunto; cosa, en verdad, bastante inocente
y que hasta hubiera sido algo cómoda para la reina y los cortesanos si se
hubiese conformado con permanecer en el reposo consiguiente de los
muertos; pero, con gran apuro de todos, se encaprichó en que se le
hicieran las exequias fúnebres, y, con sorpresa de cuantos le rodeaban,
empezó a encolerizarse reconviniéndoles duramente por su negligencia y
falta de respeto queriéndole dejar insepulto. ¿Qué hacer en tal conflicto?
Desobedecer las órdenes del monarca era asunto gravísimo a los ojos de
aquellos respetuosos y ceremoniosos cortesanos; pero obedecerle y
enterrarle vivo era cometer un verdadero regicidio.
Encerrados se hallaban
en este insoluble dilema cuando llegó a la corte el renombre de la
tocadora de laúd que estaba causando la admiración de toda Andalucía, e
inmediatamente despachó la reina emisarios para que la condujeran a San
Ildefonso, sitio de residencia de la corte por aquellos tristes días.
Pocos después habían
pasado cuando, al hallarse paseando la reina en compañía de sus damas de
honor por aquellos encantadores jardines, construidos para eclipsar las
glorias de los de Versalles, llevaron a su presencia a la celebrada
artista granadina. La augusta soberana se fijó en la noble al par que
modesta apariencia de aquella joven, admiración y pasmo a la sazón de todo
el mundo, la cual venía ataviada con el pintoresco traje de Andalucía y
trayendo en la mano el precioso laúd de plata, mas con los ojos bajos,
mostrando su modestia y aquella hermosura, sencillez y distinción que
dejaban ver todavía a «la Rosa de la Alhambra».
La acompañaba, según
queda dicho, la vigilante Fredegunda; ésta impuso a la reina en la
historia y genealogía de la preciosa muchacha, por haber mostrado la
soberana deseos de conocerla. Pero si la augusta Isabel se sintió
interesada por el aspecto de Jacinta, creció de punto su interés cuando
supo que era oriunda de una familia noble, aunque empobrecida, y que su
padre había muerto peleando con honor por el servicio de sus reyes.
-Si tu habilidad corre
pareja con tu nombradía -dijo le reina- y si consigues desterrar el mal
espíritu de que está poseído tu soberano, la suerte tuya quedará de aquí
en adelante a mi cuidado y te colmaré de honores y de riquezas.
Impaciente para hacer la
prueba, la condujo a la habitación del maniático monarca.
Siguiola Jacinta con los
ojos bajos por entre la muchedumbre de guardias y de cortesanos, hasta que
llegaron a una imponente y suntuosa cámara tapizada de negro. Las ventanas
se hallaban cerradas para impedir que penetrara la luz del día, y en su
lugar numerosos blandones de cera amarilla sustentados en candelabros de
plata despedían sus lúgubres resplandores, iluminando las tétricas figuras
de los severos enlutados señores que iban llegando cautelosamente y sin
cesar, revelando el disgusto de que estaban poseídos en sus tristes
semblantes; y, por último, sobre un catafalco se hallaba de cuerpo
presente el monarca, que se había obcecado en que le dieran sepultura con
las manos cruzadas sobre el pecho y dejando ver solamente la punta de la
nariz.
Penetró la augusta
señora silenciosamente en la regia cámara, y, señalando un escabel que
había en un oscuro rincón, dio a entender a la bella Jacinta que tomara
asiento, y que podía comenzar.
Vibró ésta al principio
las cuerdas de su laúd con mano temblorosa; pero serenose después y se
entusiasmó más y más conforme iba tocando, y dejó oír una melodía tan
celestial, que todos los presentes dudaban si era producida por persona
humana. En cuanto al monarca, como ya se consideraba en el mundo de los
espíritus, creyó que sería alguna melodía de ángeles o la música de las
esferas. La sublime artista fue cambiando insensiblemente de tema, y,
acompañada de su instrumento, empezó a cantar un romance heroico
primoroso, en el que se ensalzaban las antiguas glorias de la Alhambra y
las empresas guerreras de los moros. Su alma entera se comunicó a su
canto, pues el recuerdo de la Alhambra estaba íntimamente unido a la
historia de su amor. Resonaban en el fúnebre aposento las notas varoniles
de aquel hermoso canto vivificador, que al fin pudieron levantar el
entristecido corazón del monarca. Alzó éste la cabeza y miró a su
alrededor; sentose en su féretro y empezaron sus ojos a animarse; hasta
que, por último, arrojose al suelo y pidió su espada y su broquel.
El triunfo de la música
-o, mejor dicho, del mágico laúd- fue del todo completo; el demonio de la
melancolía fue arrojado, y pudo decirse, en verdad, que un difunto volvía
a la vida. Se abrieron las ventanas del departamento; los brillantes
resplandores del sol español bañaron a la cámara que poco antes era
mansión de tristeza, y todos los ojos buscaron a la hermosa cantora; pero
el laúd se había deslizado de su mano, y ella misma hubiera caído tal vez
en tierra desmayada, si en el mismo momento no la hubiera recibido en sus
brazos el noble joven Ruiz de Alarcón.
Se celebraron con gran
aparato las nupcias de la feliz pareja. Y ahora se me preguntará: ¿pues
cómo Ruíz de Alarcón pudo justificar su largo olvido? Su silencio había
sido motivado por la oposición de su altivo padre, ya anciano y de
carácter inflexible; pero los jóvenes que se aman sinceramente hacen
pronto las amistades y perdonan y olvidan las faltas pagadas cuando
vuelven a encontrarse de nuevo.
¿Y cómo fue el consentir
en el enlace el orgulloso e inexorable padre? Muy sencillo: sus escrúpulos
fueron desvanecidos bien pronto con dos palabras de la reina, y
especialmente cuando comenzaron a llover sobre la gentil pareja toda clase
de dignidades y recompensas. Además, debe saber el lector que el laúd de
Jacinta poseía la mágica virtud de triunfar de la cabeza más testaruda y
del corazón más endurecido.
Pero ¿dónde fue a parar,
me diréis, el laúd maravilloso? ¡Oh! Esto es lo más curioso y lo que
prueba con más evidencia la veracidad de esta historia. Aquel laúd
permaneció por algún tiempo siendo un tesoro de familia; mas luego fue
robado por el gran cantante Farinelli, por pura envidia de artista. A su
muerte pasó a otras manos en Italia; ignorando su mágico poder, fundieron
la plata y aprovecharon sus cuerdas en un viejo violín de Cremona, las
cuales conservan en gran parte su virtud maravillosa. Una palabrita al
oído del lector, pero que no se entere nadie: ¡este violín está
arrebatando al mundo entero: es el violín de Paganini!
Cuentos de la Alhambra
Washington Irving ; [traducción del inglés por J. Ventura Traveset]
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