 La aventura del albañil
Había en otro tiempo un pobre albañil en Granada, que guardaba los días
de los santos y los festivos -incluyendo a San Lunes-, y el
cual, a pesar de toda su devoción, iba cada vez más pobre y a duras
penas ganaba el pan para su numerosa familia. Una noche despertó de su
primer sueño por un aldabonazo que dieron en su puerta. Abrió, y se
encontró con un clérigo alto, delgado y de rostro cadavérico.
-¡Oye, buen amigo! -le dijo el desconocido-. He observado que eres un
buen cristiano y que se puede confiar en ti. ¿Quieres hacerme un chapuz
esta misma noche?
-Con toda mi alma, reverendo padre, con tal de que se me pague
razonablemente.
-Serás bien pagado; pero tienes que dejar que se te venden los ojos.
El
albañil no se opuso; por lo cual, después de taparle los ojos, lo llevó
el cura por unas estrechas callejuelas y tortuosos callejones, hasta que
se detuvieron en el portal de una casa. El cura, haciendo uso de una
llave, descorrió la áspera cerradura de una enorme puerta. Luego que
entraron, echó los cerrojos y condujo al albañil por un silencioso
corredor, y después por un espacioso salón en el interior del edificio.
Allí le quitó la venda de los ojos y lo pasó a un patio débilmente
alumbrado por una solitaria lámpara. En el centro del mismo había una
taza sin agua de una antigua fuente morisca, bajo la cual le ordenó el
cura que formase una pequeña bóveda, poniendo a su disposición, para
este objeto, ladrillos y mezcla. Trabajó el albañil toda la noche, pero
no pudo concluir la obra. Un poco antes de romper el día el cura le puso
una moneda de oro en la mano y, vendándole de nuevo los ojos, le condujo
otra vez a su casa.
-¿Estás conforme -le dijo- en volver a concluir tu trabajo?
-Con mucho gusto, padre mío, con tal de que se me pague bien.
-Bueno; pues, entonces, mañana a medianoche vendré a buscarte.
Lo
hizo así, y se concluyó la obra.
-Ahora -dijo el cura- me vas a ayudar a traer los cuerpos que se han de
enterrar en esta bóveda.
Al
oír estas palabras se le erizó el cabello al pobre albañil; siguió al
cura con paso vacilante hasta una apartada habitación de la casa,
esperando ver algún horroroso espectáculo de muerte; pero cobró alientos
al ver tres o cuatro orzas grandes arrimadas a un rincón. Estaban llenas
-al parecer- de dinero, y con gran trabajo consiguieron entre él y el
clérigo sacarlas y ponerlas en su tumba. Entonces se cerró la bóveda, se
arregló el pavimento y cuidose que no quedara la menor huella de haberse
trabajado allí. El albañil fue vendado de nuevo y sacado fuera por un
lugar distinto de aquel por donde había sido introducido anteriormente.
Después de haber caminado mucho tiempo por un confuso laberinto de
callejas y revueltas, se detuvieron. El cura le entregó dos monedas de
oro, diciéndole:
-Espera aquí hasta que oigas las campanas de la Catedral tocar a
maitines; si tratas de quitarte la venda de los ojos antes de tiempo te
ocurrirá una tremenda desgracia.
Y
esto diciendo, se marchó. El albañil esperó fielmente, contentándose con
tentar entre sus manos las monedas de oro y con hacerlas sonar una con
otra. En cuanto las campanas de la Catedral dieron el toque matinal se
descubrió los ojos y se encontró en la ribera del Genil, desde donde se
fue a su casa lo más presto que pudo, pasándolo alegremente con su
familia por espacio de medio mes con las ganancias de las dos noches de
trabajo, y volviendo después a quedar tan pobre como antes.
Continuó trabajando poco y rezando mucho, y guardando los días de los
Santos y festivos de año en año, mientras su familia, flaca,
desharrapada y consumida de miseria, parecía una horda de gitanos.
Hallábase cierta noche sentado en la puerta de su casucho cuando he aquí
que se le acerca un rico viejo avariento, muy conocido por ser
propietario de numerosas fincas y por sus mezquindades como
arrendatario. El acaudalado propietario quedose mirando fijamente a
nuestro alarife por un breve rato y, frunciendo el entrecejo, le dijo:
-Me
han asegurado, amigo, que te abruma la pobreza.
-No
hay por qué negarlo, señor, pues bien claro se trasluce.
-Creo, entonces, que te convendrá hacerme un chapucillo, y que me
trabajarás barato.
-Más barato, mi amo, que cualquier albañil de Granada.
-Pues eso es lo que yo deseo; poseo una casucha vieja que se está
cayendo, y que más me cuesta que me renta, pues a cada momento tengo que
repararla, y luego nadie quiere vivirla; por lo cual me propongo
remendarla del modo más económico y lo meramente preciso para que no se
venga abajo.
Llevó, en efecto, al albañil a un caserón viejo y solitario que parecía
iba a derrumbarse. Después de atravesar varios salones y habitaciones
desiertas, entró nuestro albañil en un patio interior, donde vio una
vieja fuente morisca, en cuyo sitio detúvose un momento, pues le vino a
la memoria un como recuerdo vago del mismo.
-Perdone usted, señor. ¿Quién habitó esta casa antiguamente?
-¡Malos diablos se lo lleven! -contestó el propietario-. Un viejo y
miserable clerizonte, que no se cuidaba de nadie más qué de sí mismo. Se
decía que era inmensamente rico, y, no teniendo parientes, se creyó que
dejaría toda su fortuna a la Iglesia. Murió de repente, y los curas y
frailes vinieron en masa a tomar posesión de sus riquezas, pero no
encontraron más que unos cuantos ducados en una bolsa de cuero. Desde su
fallecimiento me ha cabido la suerte más mala del mundo, pues el viejo
continúa habitando mi casa sin pagar renta, y no hay medio de aplicarle
la ley a un difunto. La gente afirma que se oyen todas las noches
sonidos de monedas en el cuarto donde dormía el viejo clérigo, como si
estuviera contando su dinero, y, algunas veces, gemidos y lamentos por
el patio. Sean verdad o mentira estas habladurías, lo cierto es que ha
tomado mala fama mi casa, y que no hay nadie que quiera vivirla.
-Entonces -dijo el albañil resueltamente- déjeme usted vivir en su casa
hasta que se presente algún inquilino mejor, y yo me comprometo a
repararla y a calmar al conturbado espíritu que la inquieta. Soy buen
cristiano y pobre; y no me da miedo del mismo diablo en persona, aunque
se me presentara en la forma de un saco relleno de oro.
La
oferta del honrado albañil fue aceptada alegremente; se trasladó con su
familia a la casa y cumplió todos sus compromisos. Poco a poco la volvió
a su antiguo estado, y no se oyó más de noche el sonido del oro en el
cuarto del cura difunto; pero principió a oírse de día en el bolsillo
del albañil vivo. En una palabra: que se enriqueció rápidamente, con
gran admiración de todos sus vecinos, llegando a ser uno de los hombres
más poderosos de Granada; que dio grandes sumas a la Iglesia, sin duda
para tranquilizar su conciencia, y que nunca reveló a su hijo y heredero
el secreto de la bóveda hasta que estuvo en su lecho de muerte.
 Un paseo por las colinas
A
la caída de la tarde, en cuyas horas el calor es menos intenso,
recreábame con frecuencia dando largos paseos alrededor de los vecinos
cerros y profundos y umbrosos valles, acompañado de mi historiógrafo
escudero Mateo, al cual daba amplio permiso para que charlase cuanto
quisiese; con lo que apenas había roca, ruina, rota fuente o solitario
valle acerca del cual no me refiriese alguna historia maravillosa; y,
sobre todo, algún peregrino cuento de tesoros, pues nunca hubo un pobre
diablo tan espléndido en prodigar tesoros escondidos.
Una
noche en la que dábamos uno de esos largos paseos de costumbre
manifestose Mateo más comunicativo que de ordinario. Cerca de la puesta
del sol habíamos salido por la gran Puerta de la Justicia y
subíamos por lo alto de una alameda, cuando de pronto se paró Mateo
delante de un grupo de higueras y granados, al pie de un enorme torreón
ruinoso llamado La Torre de los Siete Siglos, y, señalándome
una bóveda subterránea debajo de los cimientos de la torre, me dijo que
allí se ocultaba un monstruoso vestigio o fantasma que, según se decía,
habitaba en aquella torre desde el tiempo de los moros, y que guardaba
los tesoros de cierto monarca musulmán. Añadiome también que algunas
veces salía a medianoche y recorría las alamedas de la Alhambra y las
calles de Granada bajo la forma de un caballo descabezado perseguido por
seis perros que lanzaban terribles ladridos y aullidos espantosos.
-¿Se lo ha encontrado usted alguna vez en sus excursiones? -le pregunté.
-No, señor, ¡a Dios gracias!; pero mi abuelo el sastre conoció muchas
personas que lo vieron, pues entonces salía con más frecuencia que
ahora, y ya bajo una forma, ya bajo otra. Todo el mundo en Granada ha
oído hablar de El Velludo, y las viejas y las nodrizas asustan
a los niños llamándolo cuando lloran. Se dice que es el alma en pena de
un cruel rey moro que mató a sus seis hijos y los enterró bajo estas
bóvedas; en venganza de lo cual éstos le persiguen todas las noches.
Me
abstengo de ser prolijo en contar los maravillosos detalles que me dio
el crédulo Mateo acerca de este terrible fantasma, que en tiempos
pasados servía de tema favorito para los cuentos de viejos, y que pasó a
la categoría de tradición popular en Granada, acerca de la cual un
antiguo e ilustrado historiador, topógrafo de este sitio, ha hecho
honrosa mención. Yo le haré presente tan sólo al lector que en esta
torre está la puerta por donde el infortunado Boabdil salió a entregar
su ciudad a los Católicos Monarcas.
Dejando este famoso baluarte, seguimos nuestro paseo, dando la vuelta a
los frondosos jardines del Generalife, en los cuales dos o tres
ruiseñores lanzaban al aire sus trinos melodiosos. Atravesando por estos
jardines visitamos gran número de cisternas moriscas y una puerta
cortada en el corazón de la roca, pero obstruída en la actualidad. Estos
aljibes -según me informó mi cicerone- eran los baños favoritos suyos y
de sus camaradas en la niñez, hasta que se asustaron con la historia de
un horroroso moro que solía salir por la puerta abierta en la roca para
atrapar a los incautos bañistas.
Dejando estos encantados aljibes detrás de nosotros, seguimos nuestra
excursión por un solitario camino de herradura que va dando la vuelta a
la colina, y nos encontramos al poco tiempo en unas tristes y
melancólicas montañas desprovistas de árboles y salpicadas de escaso
verdor. Todo lo que se veía estaba yermo y estéril, y parecía casi
imposible concebir el que a corta distancia de donde nos encontrábamos
estuviese el Generalife con sus floridos huertos y bellos
jardines; que nos hallásemos en los contornos de la deliciosa Granada,
la ciudad de la vegetación y de las fuentes. Tal es el clima de España;
el desierto y el jardín encuéntranse siempre el uno al lado del otro.
El
estrecho barranco por el cual pasábamos llamábase -al decir del buen
Mateo- el Barranco de la Tinaja, porque allí se encontró en
tiempos pasados una llena de monedas de oro morunas. En el cerebro del
pobre Mateo no cabían más altos pensamientos que los de estas áureas
leyendas.
-¿Qué significa aquella cruz que veo allí a lo lejos, sobre un montón de
piedras, hacia la angostura del barranco?
-¡Ah! Eso no es nada: un arriero que asesinaron allí hace algunos años.
-Según eso, amigo mío, ¿hay ladrones y asesinos casi en las puertas de
la Alhambra?
-Ahora no, señor; eso era antiguamente, cuando multitud de vagos
merodeaban por los alrededores de la fortaleza, pero hoy se ha limpiado
el terreno de esa mala gente. No digo yo que los gitanos moradores de
las cuevas de las faldas de la colina, fuera de la fortaleza no sean
capaces alguna vez de cualquier cosa; pero no hemos tenido ninguna
muerte por aquí desde hace mucho tiempo. Al que asesinó al arriero lo
ahorcaron en la fortaleza. Continuamos nuestro camino por el barranco
arriba, dejando a la izquierda una altura pedregosa llamada la Silla
del Moro, por la tradición ya citada de haber huido el infortunado
Boabdil a aquel sitio durante una insurrección popular, y haberse estado
muchos días sentado en la peñascosa meseta contemplando tristemente a su
amotinada ciudad.
Llegamos, por último, a la parte más elevada de la montaña, donde se
domina perfectamente a Granada, al Cerro del Sol. La noche se
aproximaba; el sol poniente doraba los elevados picos de la montaña;
aquí y acullá veíase algún solitario pastor que lentamente conducía su
rebaño por las vertientes para encerrarlo en el establo durante la
noche; o bien a algún arriero con sus cansadas bestias acelerando su
caminata por la montaña, para llegar a las puertas de la ciudad antes
del anochecer.
De
pronto el grave sonido de la campana de la Catedral vino ondulando por
los desfiladeros arriba, proclamando la hora de la Oración. El
toque fue respondido por los campanarios de todas las iglesias y por los
dulces esquilones de los conventos, que se oían desde la montaña. El
pastor se paraba en la falda de la colina, el arriero en medio del
camino, y, quitándose los sombreros, permanecían inmóviles un momento
rezando la oración de la tarde. Hay cierta ternura y solemnidad en esta
religiosa costumbre: a una señal melodiosa, todos los hombres del
circuito de un país se unen en el mismo instante para tributar gracias a
Dios por las mercedes del día. Parece que se esparce cierta momentánea
santidad sobre la tierra, añadiendo el espectáculo del sol, al hundirse
esplendorosamente en el horizonte, cierta majestuosa solemnidad a este
cuadro.
En
aquella ocasión el efecto resultaba más sorprendente por el agreste y
solitario aspecto del sitio. Estábamos en una desnuda y escabrosa meseta
del famoso Cerro del Sol, cuyos ruinosos aljibes y cisternas,
junto con los desmoronados cimientos de extensos edificios, hablaban de
la antigua población que allí se levantaba, ahora todo silencio y
soledad.
Mientras vagábamos por entre los restos de los pasados siglos Mateo me
señaló un agujero circular que parecía penetrar en el corazón de la
montaña. Era, sin duda, una profunda cisterna, abierta por los
infatigables moros para sacar y conservar su favorito elemento en el más
perfecto estado de pureza. Mateo, sin embargo, me contó una historia de
las suyas, según costumbre. Siguiendo su tradición, aquélla era la
entrada a las subterráneas cavernas de la montaña en donde Boabdil y su
corte estaban encantados, y desde donde salían a ciertas horas de la
noche a visitar sus antiguas residencias.
El
crepúsculo en este clima es de muy corta duración, y ya nos advertía que
debíamos abandonar aquel suelo encantado. Cuando descendimos por las
vertientes de las montañas ya no se veía ni arriero ni pastor, ni se oía
otra cosa que nuestros propios pasos y el monótono chirrido del grillo.
Las sombras del valle se hicieron cada vez más densas, hasta que todo se
oscureció alrededor de nosotros. La elevada cumbre de Sierra Nevada
conservaba solamente el vago resplandor de la luz del día; sus nevados
picos brillaban sobre el azul del firmamento, y parecía que estaban
junto a nosotros, por la extremada pureza de la atmósfera.
-¡Qué cerca se ve la Sierra esta tarde! -dijo Mateo-. ¡Parece que se
puede tocar con la mano, y, sin embargo, está a algunas leguas de aquí!
Mientras pronunciaba estas palabras apareció una estrella sobre el
nevado pico de la montaña, la única que se veía en el cielo, y tan pura,
grande, brillante y hermosa, que hizo exclamar en un transporte de
alegría al bueno de Mateo: «¡Qué clara y qué limpia es! ¡No puede haber otra más
reluciente!»
He
notado varias veces esta sensibilidad de la clase baja de España por los
encantos de las cosas naturales. La lucidez de una estrella, la
hermosura y fragancia de una flor, la cristalina corriente de una
fuente, todo les inspira una especie de poética alegría; y entonces,
¡qué frases más hermosas dicen en su magnífico lenguaje para expresar
sus transportes de alegría!
-¿Pero qué luces son aquéllas, Mateo, que veo brillar en la Sierra
Nevada sobre los hielos, y que parecerían estrellas si no fueron rojas y
no brillasen sobre la falda de la montaña?
-Aquéllas, señor, son las hogueras que encienden los neveros que
abastecen de hielo a Granada. Suben a la Sierra todas las tardes con
mulos y pollinos, y turnan, descansando unos, calentándose con lumbres,
mientras que otros llenan los serones de nieve. Después bajan de la
Sierra y llegan a las puertas de Granada antes de la salida del sol. Esa
Sierra Nevada, señor, es un monte de hielo puesto en medio de Andalucía
para tenerla fresca todo el verano.
Ya
era completamente de noche y volvíamos a pasar por el barranco donde
estaba la cruz del arriero asesinado, cuando divisamos a alguna
distancia muchas luces que se movían y que parecían subir por el
barranco. Cuando estuvieron más cerca resultaron ser antorchas llevadas
por un cortejo de figuras extrañas vestidas de negro. A otra hora
hubiera parecido una procesión horrendamente lúgubre, aunque entonces lo
era bastante por lo agreste y solitario del lugar.
Mateo se me acercó, diciéndome en voz baja que aquello era un entierro:
que llevaban un cadáver al cementerio situado en aquella montaña.
Al
pasar la procesión, los lúgubres reflejos de las antorchas iluminaron
las sombrías facciones y fúnebres vestidos de los acompañantes,
presentando un efecto muy fantástico; pero este efecto era todavía más
horrible cuando se bañó de luz el rostro del cadáver, que, según
costumbre de España, iba descubierto. Permanecí un buen rato siguiendo
con la vista el cortejo que serpenteaba por la montaña, y me vino a la
memoria aquella antigua conseja de una procesión de demonios que se
llevó el cuerpo de un pecador al cráter de Stromboli.
-¡Ah, señor! -exclamó Mateo-. Yo le podría contar la historia de una
procesión que se vio una vez en estas montañas; pero usted se reiría de
mí y creería que es uno de los cuentos heredados de mi abuelo el sastre.
-No, a fe mía; cuéntala, pues nada hay que tanto me divierta y halague
como tus historias maravillosas.
-Pues, señor: el personaje de mi cuento era uno de esos hombres de que
hablábamos hace poco; era un nevero de Sierra Nevada. Sabrá usted que
hace muchos años, en tiempos de mi abuelo, había un viejo llamado el Tío
Nicolás, el cual con los serones de su acémila cargados de nieve, volvía
de la Sierra. Cuando empezó a sentirse soñoliento se montó en el mulo y
quedose dormido al poco tiempo; el hombre iba dando cabezadas y
bamboleándose de un lado a otro, mientras su segura acémila marchaba por
el borde de los precipicios, bajando pendientes y escabrosos barrancos,
tan firme y diligente como si anduviera por el llano. Al cabo de algún
tiempo el Tío Nicolás se despertó, miró a su alrededor, y quedose
asombrado y atónito... ¡Y en verdad que había motivos para ello! Pues a
la hermosa luz de la luna, que alumbraba como si fuera de día, vio la
ciudad por debajo tan perfectamente como una taza de plata a la luz del
astro de la noche, pero ¡por Dios, señor, que no se parecía en nada a la
ciudad que él había dejado unas cuantas horas antes! En vez de la
Catedral con su gran cúpula y sus torrecillas, las iglesias con sus
campanarios y los conventos con sus chapiteles, todos coronados con la
sagrada cruz, no vio sino mezquitas moriscas, minaretes y cúpulas
terminadas en relucientes medias lunas, tal cual se ven en las banderas
berberiscas. Ahora bien, señor: como ya le he indicado, el Tío Nicolás
se quedó hecho una pieza al ver aquello; pero he aquí que, mientras
estaba embobado mirando hacia la ciudad, un formidable ejército subía la
montaña, girando en torno del barranco, viéndosele unas veces a la luz
de la luna, y ocultándose otras en la oscuridad. Cuando ya se aproximó,
distinguió perfectamente que eran soldados de infantería y de caballería
armados a la usanza morisca. El Tío Nicolás intentó salirse del camino,
pero su viejo mulo se mantuvo firme y se resistía a dar un paso,
temblando al mismo tiempo, como la hoja en el árbol, pues los animales,
señor, se asustan tanto de estas cosas como las mismas personas
racionales. El fantástico ejército no tardó en pasar junto a ellos;
entre aquellos guerreros iban unos -al parecer- tocando trompetas, y
otros, tambores y címbalos; y, sin embargo, no se oía ningún sonido;
antes al contrario, iban todos marchando sin hacer el menor ruido -del
mismo modo que los ejércitos pintados que he visto muchas veces desfilar
en el escenario del teatro de Granada-, y sus rostros eran pálidos como
la muerte. A la retaguardia del ejército, y entre dos negros moros a
caballo, cabalgaba el gran inquisidor de Granada en una mula blanca como
la nieve. El Tío Nicolás quedose admirado de verlo en semejante
compañía, pues el inquisidor era famoso por su odio a los moros y a toda
clase de infieles, judíos o herejes, y acostumbraba perseguirlos a
sangre y fuego. Sin embargo, el Tío Nicolás se creyó a salvo teniendo a
mano un sacerdote de tanta santidad; por lo que, haciendo la señal de la
cruz, le pidió a voces su bendición, cuando, ¡hombre!, le arrimó un
porrazo mayúsculo en la cabeza, y él y su mulo vinieron a parar al fondo
de un barranco, rodando unas veces de cabeza y otras de pie. El Tío
Nicolás no dio cuenta de su persona hasta después de salir el sol,
encontrándose en aquella profunda sima con el mulo paciendo a su lado y
la nieve de los serones completamente derretida. Se arrastró a duras
penas hasta Granada, con el cuerpo molido y magullado; pero ¡cuánta no
fue su alegría al encontrar la ciudad como siempre, con las iglesias
cristianas coronadas de cruces! Cuando contó la historia de su aventura
nocturna todos se reían de él: unos le decían que aquello sería un sueño
que habría tenido mientras dormitaba en su mulo; otros que eran
invenciones suyas; ¡pero lo más extraño, señor, lo que más dio en qué
pensar a las gentes en este negocio, fue que el gran inquisidor se murió
en aquel mismo año! He oído también decir con frecuencia a mi abuelo el
sastre que aquello de llevarse el ejército fantástico la contrafigura
del clérigo tenía un significado mucho más grande que lo que la gente se
pensaba.
-Entonces, ¿querrá usted decir, amigo Mateo, que aquí hay una especie de
Limbo o Purgatorio morisco en el seno de estas montañas, al cual fue
arrebatado el padre inquisidor?
-¡No quiera Dios, señor! No sé nada de esto. Yo solamente cuento lo que
oí a mi abuelo.
Al
mismo tiempo que Mateo concluía esta conseja -que he procurado relatar
sucintamente, y que él ilustró con muchos comentarios y detalles
minuciosos-, nos encontrábamos de regreso en las puertas de la Alhambra.
 Tradiciones locales
El
pueblo español tiene pasión oriental por contar cuentos; es por todo
extremo amante de lo maravilloso. Reunidos en el atrio o umbral de la
puerta de la casa en las noches del estío, o alrededor de las grandes y
soberbias campanas de las chimeneas de las ventanas en el invierno,
escuchan con insaciable delicia las leyendas milagrosas de santos, las
peligrosas aventuras de viajeros y las temerarias empresas de bandoleros
y contrabandistas. El salvaje y solitario aspecto del país, la
imperfecta difusión de la enseñanza, la escasez de asuntos generales de
conversación y la vida novelesca y aventurera de un país en que los
viajes se hacen como en los tiempos primitivos, y a que produzca una
fuerte impresión lo extravagante e inverosímil. No hay, en verdad,
ningún tema más persistente y popular que el de los tesoros enterrados
por los moros, y que esté tan arraigado en todas las comarcas.
Atravesando las agrestes sierras, teatro de antiguas acciones de guerra
y hechos notables, se ven moriscas atalayas levantadas sobre peñascos o
dominando algún pueblecillo; y, si preguntáis a vuestro arriero lo que
allí pasó, dejará en el acto de chupar su cigarrillo para contaros
alguna conseja de tesoros moriscos enterrados bajo sus cimientos, y no
habrá ningún ruinoso alcázar en cualquier ciudad que no tenga una áurea
tradición, transmitida de generación en generación por la gente pobre de
la vecindad.
Éstas, lo mismo que la mayor parte de las ficciones populares, tienen
algún fundamento histórico. Durante las guerras entre moros y
cristianos, que asolaron este país por espacio de algunos siglos, las
ciudades y los castillos estaban expuestos a cambiar repentinamente de
dueño, y sus habitantes, mientras duraban los bloqueos y los asaltos, se
veían precisados a esconder su dinero y sus alhajas en las entrañas de
la tierra, a ocultarlo en las bóvedas y pozos, tal como se hace hoy día
en los despóticos y bárbaros países de Oriente. Cuando la expulsión de
los moriscos, muchos de ellos escondieron también sus más preciosos
objetos, creyendo que su destierro sería solamente temporal y que ellos
volverían y recuperarían sus tesoros en el porvenir. Se ha descubierto
casualmente algún que otro dinero, después de pasados algunos siglos,
entre las ruinas de fortalezas y casas moriscas, habiendo bastado unos
cuantos hechos aislados de esta clase para dar pie a un sinnúmero de
narraciones fabulosas sobre tesoros ocultos.
Las
historias que de aquí brotan tienen generalmente cierto tinte oriental,
y participan de esa mezcla de árabe y cristiano que parece
característica en las cosas de España, especialmente en las provincias
del Mediodía. Las riquezas escondidas han de estar casi siempre bajo la
influencia mágica, o guardadas por encantamientos y talismanes, y,
algunas veces, defendidas por horribles monstruos o fieros dragones, o
bien por moros encantados que se hallan maravillosamente vestidos, con
sus férreas armaduras y desnudas las espadas, pero inmóviles como
estatuas y haciendo una desvelada guardia durante muchos siglos.
La
Alhambra, por sus especiales circunstancias históricas, es un rico
manantial de ficciones populares de este género, y han contribuido a
aumentarlo las mil reliquias que se han desenterrado de vez en cuando.
Cierta vez se encontró un gran jarrón de barro que contenía monedas
moriscas y el esqueleto de un gallo, lo cual -según la opinión de
algunos inteligentes que lo vieron- debió ser enterrado vivo. Otra vez
se descubrió otro jarrón que contenía un gran escarabajo de arcilla
cocida, cubierto con inscripciones arábigas, y del cual se dijo que era
un prodigioso amuleto de ocultas virtudes. De esta manera los cerebros
de la escuálida muchedumbre moradora de la Alhambra se dieron a tejer
ilusiones con tal fecundidad, que no hay salón, torre o bóveda en la
vieja fortaleza que no se haya hecho el teatro de alguna tradición
maravillosa.
Sin
duda, el lector -con la lectura de las anteriores páginas- se nos habrá
familiarizado con los sitios de la Alhambra, por lo cual me ocuparé ya
con preferencia, en adelante, de las maravillosas leyendas relacionadas
con ella, y a las cuales he dado forma cuidadosamente, sacándolas de los
varios apuntes y notas que recogí en el transcurso de mis excursiones,
del mismo modo que el anticuario forma un ordenado documento histórico
sobre unas cuantas letras casi borradas y no inteligibles.
Si
el escrupuloso lector encuentra algo que lastime su credulidad, sea
indulgente recordando la naturaleza especial de aquellos sitios, pues no
cabe que sean exigidas allí las leyes de la probabilidad que rigen las
cosas comunes de la vida, debiendo sólo tenerse en cuenta que la mayor
parte de los sucesos ocurren en los salones de un palacio encantado; que
todo sucede y pasa sobre un suelo fantástico.
 La casa del Gallo de Viento
En
la cúspide de la elevada colina del Albaicín, que es la parte más alta
de la ciudad de Granada, existen los restos de lo que era antes un
palacio real, fundado poco después de la conquista de España por los
árabes, y convertido hoy en humilde fábrica. Esta regia morada ha caído
en tal olvido, que me costó gran trabajo descubrirla, a pesar de la
ayuda del sagaz y sabelotodo de Mateo Jiménez. Este edificio conserva
todavía el nombre especial con que se viene conociendo durante muchos
siglos, de La Casa del Gallo de Viento. Se llamó así por una
figura de bronce que representaba un guerrero a caballo armado de lanza
y adarga, sobre una de sus torres, y girando en forma de veleta hacia
donde soplaba el viento, con una leyenda en árabe, que vertida en
romance castellano decía de esta manera:
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Dice el sabio Aben-Abuz |
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que así se
defiende el Andaluz. |
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Este Aben-Habuz -según las crónicas moriscas- fue un capitán del invasor
ejército de Tarik, a quien dejó aquél de alcaide de Granada. Se cree que
colocó aquella figura guerrera para recordar constantemente a los
habitantes musulmanes que estaban rodeados de enemigos, y que su
salvación dependía solamente de vivir siempre prevenidos para su defensa
y prontos a salir al campo de batalla.
Las
tradiciones cuentan, sin embargo, una historia bastante diferente acerca
de este Aben-Habuz y de su palacio, y afirman que la figura de bronce
era antiguamente un talismán de gran virtud, aunque en época posterior
perdió sus mágicas propiedades, degenerando en una simple veleta.
La
siguiente leyenda explica el origen de La Casa del Gallo de Viento.
 Leyenda del astrólogo árabe
En
tiempos antiguos, hace ya muchos siglos, había un rey moro llamado
Aben-Habuz, que gobernaba el reino de Granada. Era un guerrillero ya
retirado, es decir, que habiendo llevado en sus días juveniles una vida
continuadamente entregada al pillaje y a la pelea, por haberse hecho
débil y achacoso, anhelaba ya tan sólo la quietud y deseaba a toda costa
vivir en paz con sus enemigos, durmiendo sobre los laureles y gozando
tranquilamente la posesión de los Estados que había usurpado a sus
vecinos.
Sucedió, sin embargo, que este razonable, pacífico y viejo monarca tuvo,
a pesar suyo, que luchar con algunos jóvenes príncipes, ansiosos de
pelear y alcanzar renombre, y enteramente dispuestos a pedirle estrecha
cuenta de sus usurpaciones. Ciertos territorios lejanos del reino, a los
cuales trató cruelmente en los días de su mayor pujanza, se sintieron
fuertes y con ánimos para sublevarse cuando le vieron achacoso,
amenazando atacarle dentro de su misma capital. Viéndose, pues, rodeado
de descontentos, y con el grave inconveniente de la posición topográfica
de Granada, circundada de agrestes y escabrosas montañas que ocultan la
aproximación de los enemigos, el infortunado Aben-Habuz vivió
constantemente alarmado y vigilante, sin saber por qué lado se romperían
las hostilidades.
De
nada sirvió el que levantase atalayas en las montañas y acantonara
guardias en todos los pasos, con órdenes terminantes de encender
hogueras de noche y levantar humaredas de día si veían aproximarse algún
enemigo; pues sus astutos contrarios, burlando todas estas precauciones,
solían asomarse por algún oculto desfiladero, y asolaban el país en las
mismas barbas del monarca, retirándose después cargados de prisioneros y
de botín a las montañas. ¿Hubo nunca conquistador ya retirado y pacífico
que se viese como él reducido a tan dura condición?
Cuando Aben-Habuz se hallaba contristado por estos tormentos y molestias
llegó a su corte un antiguo médico árabe, cuya nevada barba le llegaba a
la cintura; pero el cual, a pesar de sus señales evidentes de larga
longevidad, había ido peregrinando a pie desde Egipto hasta Granada, sin
otra ayuda que su báculo cubierto de jeroglíficos. Venía precedido de la
aureola de la fama: se llamaba Ibrahim Eben Abu Ajib y se le creía
contemporáneo de Mahoma, pues era hijo de Abu Ajib, el último compañero
del Profeta. Cuando niño, siguió al ejército conquistador de Amrou al
Egipto, y en aquel país habitó durante muchos años, estudiando las
ciencias ocultas, y en particular la magia, con los sacerdotes egipcios.
Se
decía también que había encontrado el secreto de prolongar la vida, y
que por este medio había llegado a la larga edad de más de dos siglos;
pero como no descubrió este secreto hasta muy entrado en años, sólo
consiguió perpetuar sus canas y sus arrugas.
Este extraordinario anciano fue bien recibido del monarca, el cual, como
la mayor parte de los reyes octogenarios, comenzó a hacer a los médicos
sus favoritos. Quiso instalarlo en su palacio, pero el astrólogo
prefirió una cueva que había en la falda de la colina que dominaba a
Granada, y que es la misma sobre la cual se halla la Alhambra. Hizo
ensanchar la caverna de tal modo que formaba un espacioso y vasto salón,
con un agujero circular en el techo, que parecía un pozo, por el cual
miraba el firmamento y observaba las estrellas, aun en medio del día.
También cubrió las paredes del salón con jeroglíficos egipcios, símbolos
cabalísticos y figuras de estrellas con sus constelaciones, y proveyó su
vivienda de instrumentos fabricados bajo su dirección por los más
hábiles artistas de Granada, pero cuyas ocultas propiedades eran de él
solamente conocidas.
En
muy poco tiempo llegó a ser el sabio Ibrahim el consejero favorito del
rey, el cual le consultaba cuando se veía en alguna tribulación. Estando
una vez Aben-Habuz lamentando la injusticia de sus convecinos y
quejándose de la perpetua vigilancia que se veía obligado a observar
para guardarse de sus invasiones, el astrólogo, luego que aquél concluyó
de hablar, permaneció un rato en silencio, y le dijo después:
-Sabe, ¡oh rey!, que cuando yo estaba en Egipto vi una gran maravilla
inventada por una sacerdotisa pagana de la antigüedad. En una montaña
que domina la ciudad de Borsa, y mirando al gran valle del Nilo, había
una figura que representaba un carnero y encima de él un gallo, ambos
fundidos en bronce y dispuestos de manera que giraban sobre un eje.
Cuando el país estaba amenazado por alguna invasión, el carnero señalaba
en dirección del enemigo y el gallo cantaba, y de este modo presentían
el peligro los habitantes de la ciudad y conocían la dirección de donde
venía, pudiendo prepararse con tiempo para defenderse.
-¡Gran Dios! -exclamó el atribulado Aben-Habuz-. ¡Qué tesoro sería para
mí un carnero semejante, que me hiciese la misma señal en medio de esas
montañas que me rodean, y un gallo como aquél que cantase cuando se
acercara el peligro! ¡Allah Akbar! ¡Y qué tranquilo dormiría en mi
palacio con tales centinelas en lo alto de mi torre! El astrólogo esperó
por un momento a que concluyese sus exclamaciones el rey, y continuó:
-Después que el virtuoso Amrou (¡cuyos restos descansen en paz!)
concluyó la conquista de Egipto, permanecí algún tiempo entre los
ancianos sacerdotes de aquel país, estudiando los ritos y ceremonias de
aquellos idólatras, procurando instruirme en las ciencias ocultas, por
cuyo conocimiento alcanzaron aquéllos tanto renombre. Estando sentado
cierto día a orillas del Nilo conversando con un venerable sacerdote, me
señaló las enormes pirámides que se levantan como montañas en medio del
desierto: «Todo lo que te podemos enseñar -me dijo- no es nada comparado
con la ciencia que se encierra en esas portentosas edificaciones. En el
centro de la pirámide que está en medio hay una cámara mortuoria en la
que se conserva la momia del Gran Sacerdote que contribuyó a levantar
esta estupenda construcción, y con él está enterrado el maravilloso
Libro de la Sabiduría, que contiene todos los secretos del arte
mágico. Este libro le fue dado a Adán después de su caída, y se ha ido
heredando de generación en generación hasta el sabio rey Salomón, quien,
con su ayuda, construyó el templo de Jerusalén. Cómo vino a poder del
que construyó las pirámides, solamente lo sabe Aquél para quien no
existen secretos.» Cuando oí estas palabras de labios del sacerdote
egipcio mi corazón ardió en deseos de poseer tal libro. Como disponía de
un gran número de soldados de nuestro ejército conquistador y de
bastantes egipcios, comencé a agujerear la sólida masa de la pirámide,
hasta que, después de mucho trabajar, encontré uno de sus pasadizos
interiores, siguiendo el cual, e internándome en un confuso laberinto,
llegué al corazón de la pirámide, a la misma cámara sepulcral donde
yacía desde muchos siglos la momia del Gran Sacerdote. Rompí la caja
exterior que lo guardaba, deslié sus muchas fajas y vendajes, y por fin
encontré en su seno el precioso libro. Lo cogí con mano trémula y salí
presuroso de la pirámide, dejando la momia en su oscuro y tenebroso
sepulcro, aguardando allí el día de la resurrección y juicio final.
-¡Hijo de Abu Ajib! -exclamó Aben-Habuz-, tú eres un gran viajero y has
visto cosas maravillosas, pero ¿de qué me sirve, ¡triste de mí!, el
Libro de la Sabiduría del sabio Salomón?
-Vas a saberlo, ¡oh rey! Con el estudio que hice de este libro me
instruí en todas las artes mágicas, y cuento con la ayuda de un genio
para llevar a cabo mis planes. El misterio del talismán de Borsa me es
tan conocido, que puedo hacer uno como aquél, y aun con más grandes
virtudes.
-¡Oh sabio hijo de Abu Ajib! -prorrumpió Aben-Habuz-. Más falta me hace
ese talismán que todas las atalayas de las montañas y los centinelas de
las fronteras. Dame tal salvaguardia y dispón de todas las riquezas de
mi tesorería.
El
astrólogo se puso inmediatamente a trabajar para satisfacer
cumplidamente los deseos del monarca. Levantó una gran torre en lo más
alto del palacio real (que estaba entonces situado en la colina del
Albaicín), construida con piedras del Egipto, y extraídas -según se
cuenta- de una de las pirámides. En lo alto de la torre había una sala
circular con ventanas que miraban a todos los puntos del cuadrante, y
delante de cada una de éstas colocó unas mesas sobre las cuales se
hallaban formados, lo mismo que en un tablero de ajedrez, pequeños
ejércitos de caballería e infantería tallados en madera, con la figura
del soberano que gobernaba en aquella dirección. En cada una de estas
mesas había una pequeña lanza del tamaño de un punzón, y en ellas,
grabados, ciertos caracteres caldeos. Este salón estaba siempre cerrado
con una puerta de bronce, cuya cerradura era de acero, y la llave la
guardaba constantemente el rey.
En
la parte más alta de la torre colocó una figura de bronce representando
a un moro a caballo que giraba sobre un eje, con su escudo en el brazo y
su lanza elevada perpendicularmente. La cara de este jinete miraba hacia
la ciudad, como si la tuviese custodiando; pero, si se aproximaba algún
enemigo, la figura señalaba en aquella dirección y blandía la lanza en
ademán de acometer.
Cuando el talismán estuvo concluido del todo, Aben-Habuz se impacientaba
por experimentar sus virtudes, y deseaba tanto una invasión como antes
suspiraba por la tranquilidad. Sus deseos se vieron satisfechos bien
pronto, pues cierta mañana temprano el centinela que guardaba la torre
trajo al noticia de que el jinete de bronce señalaba hacia la Sierra de
Elvira y que su lanza apuntaba directamente hacia el Paso de Lope.
-¡Que las tropas y tambores toquen a las armas y que toda Granada se
ponga a la defensiva! -dijo Aben-Habuz.
-¡Oh rey! -le contestó el astrólogo-. No alarmes a tu ciudad ni pongas a
tus guerreros sobre las armas, pues no necesito de ninguna fuerza para
librarte de tus enemigos. Manda que se retiren tus servidores y subamos
solos al salón secreto de la torre.
El
anciano Aben-Habuz subió la escalera apoyándose en el brazo del
centenario Ibrahim Eben Abu Ajib, y abriendo la puerta de bronce
penetraron dentro. La ventana que miraba hacia el Paso de Lope estaba
abierta.
-Hacia aquella dirección -dijo el astrólogo- está el peligro; acércate,
¡oh rey! y observa el misterio de la mesa.
El
rey Aben-Habuz se acercó a lo que parecía un tablero de ajedrez con
figuras de madera, y con gran sorpresa suya vio que todas ellas estaban
en movimiento: los caballos se espantaban y encabritaban, los guerreros
blandían sus armas, y se oía el débil sonido de tambores y trompetas, el
choque de armas y el relincho de corceles, pero todo tan apenas
perceptible como el zumbido de las abejas o el ruido de los mosquitos al
oído del que duerme en el verano tendido a la sombra de un árbol en las
horas de calor.
-He
aquí, ¡oh rey! -dijo el astrólogo-, la prueba de que tus enemigos están
todavía en el campo. Deben estar atravesando aquellas montañas por el
Paso de Lope. Si quieres llevar el pánico y la confusión entre ellos y
obligarlos a que se retiren sin efusión de sangre, golpea estas figuras
con el asta de esta lanza mágica; pero si quieres que haya sangre y
carnicería, hiéreles con la punta.
El
rostro del pacífico Aben-Habuz se cubrió con un tinte lívido, y, tomando
la pequeña lanza con mano temblorosa, se acercó vacilando a la mesa,
mostrando con su barba trémula su estado de exaltación:
-¡Hijo de Abu Ajib! -exclamó-, creo que va a haber alguna sangre.
Así
diciendo, hirió con la lanza mágica algunas de las diminutas figuras y
tocó a otras con el asta, con lo cual unas cayeron como muertas sobre la
mesa, y las demás, volviéndose las unas contra las otras, trabaron una
confusa pelea, cuyo resultado fue igual por ambas partes.
Costó no poco trabajo al astrólogo el contener la mano de aquel monarca
pacífico y oponerse a que exterminase completamente a sus enemigos; por
último, pudo conseguir el que se retirase de la torre y que enviase
avanzadas por el Paso de Lope.
Volvieron aquéllas con la noticia de que un ejército cristiano se había
internado por el corazón de la sierra casi hasta Granada, y que había
habido entre ellos una desavenencia, haciendo repentinamente armas unos
contra los otros, hasta que, después de una gran carnicería, se
retiraron a sus fronteras.
Aben-Habuz enloqueció de alegría al ver la eficacia de su talismán.
-Al
fin -dijo- podré gozar de una vida tranquila, y tendré a todos mis
enemigos bajo mi poder. ¡Oh sabio hijo de Abu Ajib! ¿Qué podré otorgarte
en premio de una cosa tan maravillosa?
-Las necesidades de un anciano y un filósofo, ¡oh rey! son escasas y
bien sencillas; solamente deseo que me proporciones los medios, y con
esto sólo me contento, para que pueda poner habitable mi cueva.
-¡Cuán noble es la templanza del verdadero sabio! -exclamó Aben-Habuz,
regocijándose interiormente por tan exigua recompensa.
Llamó, pues, a su tesorero, y le dio orden de entregar a Ibrahim las
cantidades necesarias para arreglar y amueblar su cueva.
El
astrólogo dispuso que abriesen otras varias habitaciones en la roca
viva, de modo que formasen piezas contiguas con el salón astrológico, y
las decoró y amuebló después con lujosas otomanas y divanes, haciendo
cubrir las paredes con ricos tapices de seda de Damasco.
-Yo
soy viejo -decía-, y no puedo por más tiempo descansar en un lecho de
piedra, y estas húmedas paredes necesitan el que se tapicen.
También se hizo construir baños, con toda clase de perfumes y aceites
aromáticos.
-El
baño -añadía- es necesario para contrarrestar la rigidez de la edad y
devolver al organismo la frescura y flexibilidad que perdió con el
estudio.
Mandó colgar por todas las habitaciones infinidad de lámparas de plata y
cristal, en las que ardía cierto aceite odorífero preparado con una
receta que también encontró en los sepulcros de Egipto. Este aceite era
perpetuo y esparcía un resplandor tan dulce como la templada luz del
día.
«Los rayos del sol -pensaba el astrólogo- son demasiado abrasadores y
fuertes para los ojos de un anciano, y la luz de una lámpara es más a
propósito para los estudios de un filósofo.»
El
tesorero del rey Aben-Habuz se lamentaba de las grandes cantidades que
se le pedían diariamente para amueblar aquella vivienda y, por último,
elevó al rey sus quejas; pero como la palabra real estaba empeñada, se
encogió el monarca de hombros, y le dijo:
-No
hay más que tener paciencia; este viejo tiene el capricho de habitar en
un retiro filosófico como el interior de las Pirámides y las vastas
ruinas de Egipto; pero todo tiene su fin en el mundo, y también lo
tendrá la decoración de su vivienda.
El
rey tenía razón: la vivienda quedó por fin concluida, formando un
suntuoso palacio subterráneo.
-Ya
estoy contento -dijo Ibrahim Eben Abu Ajib al tesorero-; ahora voy a
encerrarme en mi celda para consagrar todo el tiempo al estudio. No
deseo ya nada más que una pequeña bagatela para distraerme en los
intermedios del trabajo mental.
-¡Oh sabio Ibrahim! Pide lo que quieras, pues tengo orden de proveerte
de todo lo que necesites en tu soledad.
-Me
agradaría tener -dijo el filósofo- algunas bailarinas.
-¡Bailarinas!... -exclamó sorprendido el tesorero.
-Sí, bailarinas -replicó gravemente el sabio-; con unas pocas hay
bastante, porque soy viejo, filósofo de costumbres sencillas y hombre
contentadizo; pero que sean jóvenes y hermosas, para que pueda recrearme
en ellas, pues mirando la juventud y la hermosura se reanima la vejez.
Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abu Ajib pasaba la vida hecho un sabio
en su vivienda, el pacífico Aben-Habuz libraba prodigiosas campañas
simuladas desde su torre. Era muy cómodo para el pacífico anciano el
guerrear sin salir de su palacio, entreteniéndose en destruir ejércitos
como si fueran enjambres de mosquitos.
Durante mucho tiempo dio rienda suelta a su placer y aun escarneció e
insultó con mucha frecuencia a sus enemigos para obligarles a que le
atacasen; pero aquéllos se hicieron poco a poco prudentes por los
continuos descalabros que sufrían, hasta que al fin ninguno se
aventuraba a invadir sus territorios. Por espacio de muchos meses
permaneció la figura ecuestre de bronce indicando paz y con su lanza
elevada a los aires, tanto que el buen anciano monarca comenzó a echar
de menos su favorita distracción, agriándose su carácter con la monótona
tranquilidad.
Al
fin, cierto día el guerrero mágico giró de repente, y, bajando su lanza,
señaló hacia las montañas de Guadix. Aben-Habuz subió precipitadamente a
su torre, pero la mesa mágica, que estaba en aquella dirección,
permanecía quieta y no se movía ni un solo guerrero. Sorprendido por
este detalle, envió un destacamento de caballería a recorrer las
montañas y registrarlas minuciosamente, de cuya comisión volvieron los
exploradores a los tres días.
-Hemos registrado todos los pasos de las montañas -le dijeron-, pero no
hemos encontrado ni lanzas ni corazas. Todo lo que hemos encontrado
durante nuestra exploración ha sido una joven cristiana de singular
hermosura, que dormía a la caída de la tarde junto a una fuente, y a la
que hemos traído cautiva.
-¡Una joven de singular hermosura! -exclamó Aben-Habuz con los ojos
chispeantes de júbilo-. ¡Qué la conduzcan a mi presencia!
La
hermosa joven le fue presentada; iba vestida con el lujo y adorno que se
usaba entre los hispanogóticos en el tiempo de las conquistas de los
árabes; las negras trenzas de sus cabellos estaban entretejidas con
sartas de riquísimas perlas, luciendo en su frente joyas que rivalizaban
con la hermosura de sus ojos, pendiendo de su cuello una cadena de oro
que terminaba en una lira de plata.
El
brillo de sus negros y refulgentes ojos fueron chispas de fuego para el
viejo Aben-Habuz, cuyo corazón era aún susceptible de enardecerse. La
gentileza de aquel talle le hizo perder el seso, y, frenético y fuera de
sí, le preguntó:
-¡Oh hermosísima mujer! ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
-Soy hija de un príncipe cristiano, dueño y señor ayer de su reino y hoy
reducido al cautiverio después de haber sido sus ejércitos aniquilados
como por arte mágica.
-Cuidado, ¡oh rey! -dijo interrumpiéndola Ibrahim Eben Abu Ajib-, que
esta joven parece ser una de esas hechiceras del Norte, de que todos
tenemos noticias, que suelen tomar formas seductoras para engañar a los
incautos. Me parece que adivino sus maleficios en los ojos y en sus
ademanes; éste es, sin duda, el enemigo que indicaba el talismán.
-¡Hijo de Abu Ajib -replicó gel rey-, tú serás muy sabio y muy previsor
en todo lo que me ocurra; no lo niego; pero no eres muy experto en
asuntos de mujeres! En esa ciencia me las apuesto con todo el mundo, aun
con el sapientísimo rey Salomón con todas sus mujeres y concubinas.
Respecto a esta joven, no veo en ella nada maléfico: es hermosa en
verdad y mis ojos encuentran suma complacencia recreándose en sus
encantos.
-Escucha, ¡oh rey! -le dijo el astrólogo-: te he proporcionado muchas
victorias por medio de mi mágico talismán, pero nunca he participado del
botín; dame, pues, en buena hora esa cautiva para que me distraiga en mi
soledad pulsando la lira de plata. Si es (como sospecho) una hechicera,
yo le proporcionaré un antídoto contra sus maleficios.
-¡Cómo!... ¿Más mujeres? -le contestó Aben-Habuz-. ¿No tienes ya
bastantes bailarinas para que te diviertan?
-Sí; tengo bastantes bailarinas, es cierto; pero no tengo ninguna
cantora. Me agradaría tener mis ratos de música, que me solazasen e
hiciesen descansar mi imaginación cuando está fatigada por el estudio.
-¡Vete al diablo con tus peticiones! -exclamó el rey, agotada ya su
paciencia-. Esta joven la tengo destinada para mí. Siento tanto deleite
con ella como David, padre del sabio Salomón, con la compañía de Abisag
la sulamita.
Los
reiterados ruegos e insistencias del astrólogo agriaron más la
terminante negativa del monarca, separándose ambos muy despechados. El
sabio se retiró a su cueva para devorar el desaire, no sin que antes de
irse le aconsejara repetidas veces al rey que no se fiase de su
peligrosa cautiva; pero ¿dónde se ha visto viejo enamorado que oiga
consejos? Aben-Habuz dio rienda suelta a su pasión, y todos sus cuidados
consistían en hacerse amable a los ojos de la gótica beldad; y, aunque
no tenía juventud que le hiciese simpático, era poderoso, y los amantes
viejos son generalmente generosos. Revolvió el Zacatín de Granada
comprando los más preciados productos orientales: sedas, alhajas,
piedras preciosas, exquisitos perfumes, cuanto el Asia y el África
producen de espléndido y rico, otro tanto le regaló a la hermosa
cautiva. También inventó mil clases de espectáculos y festines para
divertirla conciertos, bailes, torneos, corridas de toros; Granada en
aquella época ofrecía una perpetua diversión. La princesa cristiana
miraba todo este esplendor sin asombrarse, como si estuviese
acostumbrada a la pompa y magnificencia, y recibía todos los obsequios
como un homenaje debido a su rango, o más bien a su hermosura, pues
estaba más pagada de su belleza que de su elevada posición. Había más:
parecía complacerse secretamente en incitar al monarca a que hiciese
dispendios que mermasen su tesoro, estimando su extravagante generosidad
como la cosa más baladí del mundo. A pesar de la constancia y
esplendidez del viejo amante, nunca pudo éste vanagloriarse de haber
interesado su corazón; y si bien ella jamás le puso mal semblante,
tampoco le sonreía, y cuando él le declaraba su amorosa pasión, ella le
correspondía tocando su lira de plata. Había, sin duda alguna, cierta
magia en los acordes de aquella lira, pues instantáneamente producían un
efecto letal en el anciano; un sopor irresistible se empezaba a apoderar
de él, y concluía por quedar sumido en él profundamente; mas cuando
despertaba, se encontraba extraordinariamente ágil y curado para tiempo
de sus amores. Esto le contrariaba sobremanera, aunque sus letargos iban
acompañados de plácidos ensueños, pues sus sentidos se iban embotando;
y, por otro lado, mientras el regio amante pasaba todos los días en este
estado de estupor e imbecilidad, en Granada se censuraban sus chocheces,
creciendo cada día más las quejas y rumores del pueblo por las
prodigalidades y despilfarros que le costaban las fatales canciones de
aquella favorita.
Entretanto, los peligros arreciaban, y contra ellos el famoso talismán
llegó a ser ineficaz. Estalló una insurrección en la misma capital; el
palacio de Aben-Habuz fue asediado por la muchedumbre armada, resuelta a
atentar contra su vida y contra la de la funesta cristiana favorecida.
El apagado espíritu guerrero renació súbitamente en el pecho del
monarca, y poniéndose a la cabeza de sus guardias, hizo una salida y
dispersó briosamente a los insurrectos, con lo que ahogó la sublevación
en su origen.
Cuando se restableció la calma, buscó al astrólogo, que aún continuaba
retraído en su cueva, devorando el amargo recuerdo de su negativa.
Aben-Habuz se le acercó en tono conciliador y le dijo:
-¡Oh sabio hijo de Abu Ajib! Bien me anunciaste los peligros de la bella
cautiva; dime, tú que evitas el peligro con tanta facilidad, qué debo
hacer para librarme de él en adelante.
-Abandona inmediatamente a la joven infiel, que es la causa de todo.
-¡Antes dejaría mi reino! -dijo con firmeza Aben-Habuz.
-Estás en peligro de perder lo uno y lo otro -le replicó el astrólogo.
-No
seas duro y desconfiado, ¡oh profundísimo filósofo! Considera la doble
aflicción de un monarca y un amante, y excogita algún medio para
librarme de los desastres que me amenazan. Nada me importa ya la
grandeza ni el poder; solamente anhelo el descanso, y quisiera encontrar
algún tranquilo retiro donde huyera del mundo, de los cuidados, de las
pompas y desengaños, y donde dedicara mis últimos días a la tranquilidad
y al amor.
El
astrólogo lo miró por unos momentos, frunciendo sus pobladas cejas.
-¿Y
qué me darías si te proporcionara el retiro que deseas?
-Tú
mismo elegirás la recompensa, y, si está en mi mano, la tienes concedida
por quien soy.
-¿Has oído, ¡oh rey!, hablar alguna vez del jardín del Irán, admiración
de la Arabia Feliz?
-He
oído hablar de ese jardín, que se cita en el Corán en el capítulo
titulado La aurora del día. He oído también contar cosas
maravillosas de ese jardín a los peregrinos que vienen de la Meca; pero
las creo fabulosas como muchas de las que cuentan los viajeros que han
visitado remotos países.
-No
desacredites, ¡oh rey!, las narraciones de los viajeros -dijo gravemente
el astrólogo-, porque encierran preciosos conocimientos traídos desde
los confines de la tierra. Todo cuanto se dice del palacio y del jardín
del Irán es cierto; yo mismo lo he visto con mis propios ojos. Escucha
lo que a mí me sucedió, que en ello encontrarás cosa parecida a la que
tú deseas.
En
mi juventud, cuando yo no era más que un pobre árabe errante del
desierto, cuidaba de los camellos de mi padre. Atravesando cierto día el
desierto de Aden, uno de ellos se me separó de la caravana y se perdió.
Yo lo busqué durante algunos días, pero todo fue inútil, hasta que, ya
rendido, me tendí una tarde bajo una palmera, junto a un pozo ya casi
del todo seco. Cuando desperté me encontré a las puertas de una ciudad;
entré en ella y vi que había suntuosas calles, plazas y mercados; pero
todo en silencio y sin habitantes. Anduve errante hasta que descubrí un
suntuoso palacio, y en él un jardín adornado de fuentes y estanques,
alamedas y flores, y árboles cargados de delicadas frutas; pero no se
veía allí alma viviente. Sobrecogido por tanta soledad, me apresuré a
salir, y, cuando iba por la puerta de la ciudad, volví la vista hacia el
mismo sitio, pero ya no vi nada más que el silencioso desierto que se
extendía ante mi vista.
Por
aquellos alrededores me encontré con un anciano derviche, muy versado en
las tradiciones y secretos de aquel país, y le conté extensamente cuanto
me había sucedido. «Ése, es -me dijo- el famoso jardín del Irán, una de
las portentosas maravillas del desierto. Sólo aparece raras veces a
algún que otro viajero como tú, fascinándole con el panorama de sus
torres, palacios y cercas de jardines poblados de árboles cargados de
exquisitas frutas que se desvanecen después, no quedando otra cosa que
el solitario desierto. El origen de este jardín fue que en tiempos
pasados, cuando este país estuvo habitado por los Additas, el rey
Sheddad, hijo de Ad y bisnieto de Noé, fundó aquí una rica ciudad.
Cuando estuvo concluida y vio su magnificencia, se enorgulleció su
corazón, y determinó edificar un palacio con jardines que rivalizasen
con los del paraíso celestial que describe el Corán; pero la maldición
de Allah cayó sobre él por su presunción. Él y sus vasallos fueron
aniquilados, y su espléndida ciudad con el palacio y los jardines
quedaron encantados para siempre y ocultos a la vista de los humanos,
excepción hecha de alguna que otra vez en que suelen verse, para que
quede perpetuo recuerdo a los hombres de su pecado.»
Esta historia, ¡oh rey!, y las maravillas que vi, quedaron tan impresas
en mi imaginación, que, cuando estuve en Egipto algunos años después y
poseía el libro del sabio Salomón, determiné volver a visitar el jardín
del Irán. Lo hallé, en efecto, con ayuda de mi ciencia, y tomé posesión
del palacio de Sheddad, permaneciendo algunos días en aquella especie de
paraíso. El genio que guardaba aquellos sitios, obediente a mi mágico
poder, me reveló el encantamiento con cuya ayuda se construyó aquel
jardín, qué poder se había conjurado contra su existencia y por qué
había quedado invisible. Un palacio y un jardín como éste, ¡oh rey!,
puedo construirte aquí mismo, en la montaña que domina la ciudad. ¿No
conozco todos los secretos de la magia? ¿No poseo el Libro de la
Sabiduría del sabio Salomón?
-¡Oh sabio hijo de Abu Ajib! -exclamó Aben-Habuz, frenético de
ansiedad-. ¡Tú eres un gran viajero que ha visto y estudiado cosas
maravillosas! Hazme un palacio como ése y pídeme lo que quieras, aunque
sea la mitad de mi reino.
-¡Bah!... -replicó el astrólogo-; ya sabes que soy un viejo filósofo que
me contento con poca cosa. La única recompensa que te pido es: que me
regales la primera bestia, con su correspondiente carga, que entre por
el mágico pórtico del palacio.
El
monarca aceptó con júbilo tan modesta condición, y el astrólogo comenzó
su obra. En la cumbre de la colina, y por cima precisamente de su cueva
subterránea, hizo construir un gran atrio o barbacana, en el centro de
una inexpugnable torre.
Había primero un vestíbulo o porche exterior, y dentro el atrio,
guardado con macizas puertas. Sobre la clave del portal esculpió el
astrólogo con su propia mano una gran llave; y en la otra clave del arco
exterior del vestíbulo, que es más alto que el del portal, grabó una
gigantesca mano. Estos signos eran poderosos talismanes, ante los cuales
pronunció ciertas palabras en una lengua desconocida.
Cuando esta obra estuvo concluida del todo se encerró por dos días en su
salón astrológico, ocupándose en secretos encantamientos, y al tercero
subió a la colina, pasando el día en ella. A horas bastante avanzadas de
la noche se retiró de allí y se presentó a Aben-Habuz, diciéndole:
-Al
fin, ¡oh rey!, he llevado a cabo mi obra. En lo alto de la colina hay el
palacio más delicioso que jamás pudo concebir la mente humana ni desear
el corazón del hombre. Está formado de suntuosos salones y galerías, de
deliciosos jardines, frescas fuentes y perfumados baños; en una palabra,
toda la montaña se ha convertido en un paraíso. Está protegido, como el
jardín del Irán, por poderosos encantamientos que lo ocultan a la vista
y pesquisas de los mortales, excepto a la de aquellos que poseen el
secreto de su talismán.
-¡Basta! -exclamó Aben-Habuz alborozado-. Mañana al amanecer subiremos a
tomar posesión.
El
dichoso monarca durmió muy poco aquella noche. Apenas los primeros rayos
del sol empezaron a iluminar los nevados picos de Sierra Nevada cuando
montó a caballo, acompañado de algunos fieles servidores, y subió el
estrecho y pendiente camino que conducía a lo alto de la colina. A su
lado, y en un blanco palafrén, cabalgaba la princesa hispanogoda,
resplandeciendo su vestido de pedrería y pendiente de su cuello la lira
de plata. El astrólogo caminaba a pie al otro lado del rey, apoyándose
en su báculo sembrado de jeroglíficos, pues nunca montaba ninguna
cabalgadura.
Aben-Habuz quiso contemplar las torres del palacio brillando por encima
del mismo, y los abovedados terrados de los jardines extendiéndose por
las alturas, pero no veía nada.
-Éste es el misterio y la salvaguardia del palacio -dijo el astrólogo-;
nada se divisa hasta que se pasa el umbral del vestíbulo encantado y se
entra dentro de él.
Cuando llegaron a la barbacana se detuvo el astrólogo y señaló al rey la
mágica mano y la llave grabada sobre el portal y sobre el arco.
-Éstos son -le dijo- los amuletos que guardan la entrada de este
paraíso. Hasta que aquella mano se baje y coja la llave no habrá poder
mortal ni mágico artificio que pueda causar daño al señor de estas
montañas.
Aben-Habuz hallábase embobado y absorto de admiración ante aquellos
mágicos talismanes, cuando el palafrén de la princesa avanzó algunos
pasos y penetró en el vestíbulo hasta el mismo centro de la barbacana.
-He
aquí -gritó el astrólogo- la recompensa que me prometiste: la primera
bestia con su carga que entrase por la puerta mágica.
Aben-Habuz se sonrió, creyendo que hablaba en broma el viejo astrólogo;
pero, cuando comprendió que lo decía formalmente, tembló de indignación
su blanca barba.
-¡Hijo de Abu Ajib! -le replicó airado- ¿qué engaño es éste? Bien sabes
el significado de mi promesa: la primera bestia con su carga que entre
en este portal. Toma la mula más resistente de mis caballerizas, cárgala
con los objetos preciosos de mi tesoro, y es tuya; pero no intentes
llevarte a esa cautiva, delicias de mi corazón.
-¿Para qué quiero las riquezas? -le contestó el astrólogo con
menosprecio-; ¿no tengo el
Libro de la Sabiduría del sabio Salomón, y por medio de él puedo
disponer de los secretos tesoros de la tierra? La princesa me pertenece
por derecho; la palabra real está empeñada, y yo reclamo la joven como
cosa mía.
La
princesa observaba desdeñosamente desde el palafrén, sonriéndose al ver
la disputa de aquellos dos vejetes sobre la posesión de su juventud y
hermosura. La cólera del monarca pudo más que su discreción, y le dijo:
-¡Miserable hijo del desierto! Tú serás sabio en todas las artes, pero
es menester que me reconozcas por tu señor, y no pretendas jugar con tu
rey.
-¡Mi señor!... ¡Mi señor!... -añadió sarcásticamente el astrólogo-. ¡El
monarca de un montecillo de tierra pretende dictar leyes al que posee
los secretos de Salomón! Pásalo bien, Aben-Habuz; gobierna tus
estadillos y disfruta en ese paraíso de locos, que yo, entretanto, me
reiré a costa tuya en mi filosófico retiro.
Esto diciendo, cogió la brida del palafrén y, golpeando la tierra con su
báculo, se hundió con la hermosa princesa en el centro de la barbacana.
Cerrose a seguida la tierra, no quedando huella de la abertura por donde
habían desaparecido.
Aben-Habuz quedó mudo de asombro durante un gran rato; pero,
desaturdiéndose después, ordenó que cavasen mil trabajadores con picos y
azadones en el sitio por donde había desaparecido el astrólogo; pero por
más que pretendían cavar todo era inútil, el seno de la montaña se
resistía a sus esfuerzos, y cuando profundizaban un poco, la tierra se
cerraba de nuevo. En vano también buscó la entrada de la cueva que
conducía al palacio subterráneo del astrólogo, al pie de la colina, pues
nada se encontró. Donde antes había una caverna no se veía ya sino la
sólida superficie de una dura roca; al desaparecer Ibrahim Eben Abu Ajib
concluyó la virtud de su talismán: el jinete de bronce quedó fijo con la
cara vuelta a la colina y señalando con su lanza el sitio por donde el
astrólogo desapareció, como si se ocultase allí algún mortal enemigo de
Aben-Hamuz.
De
vez en cuando se oía débilmente el sonido de un instrumento y los
acentos de una voz femenina en el interior de la montaña. Cierto día
trajo noticia al rey un campesino de que en la noche anterior había
encontrado un agujero en la roca, por el cual se metió hasta llegar a un
salón subterráneo, donde vio al astrólogo recostado en un espléndido
diván, dormitando a los acordes de la lira argentina de la princesa, que
parecía ejercer mágico influjo sobre sus sentidos.
Aben-Habuz buscó el agujero de la roca, pero ya se había cerrado.
Intentó por segunda vez desenterrar a su rival, pero todo fue inútil,
pues el encantamiento de la mano y la llave era poderosísimo para que
los hombres pudiesen contrarrestarlo. En cuanto a la cumbre de la
montaña, permaneció en adelante yermo y escabroso el sitio que debió
ocupar el palacio y el jardín, y el prometido paraíso quedó oculto a la
mirada de los mortales por arte mágica, o fue una fábula del astrólogo.
La gente opta crédulamente por esto último, y unos lo llaman «La locura
del rey», y otros «El paraíso de los locos».
Para colmo de las desdichas de Aben-Habuz, los enemigos circunvecinos a
quienes había provocado y escarnecido a su gusto mientras poseyó el
secreto del mágico talismán, al saber que ya no estaba protegido por
ninguna influencia mágica, invadieron su territorio por todas partes, y
el resto de su vida lo pasó el malaventurado monarca atormentado por
alborotos y disturbios.
En
fin: Aben-Habuz murió, y lo enterraron ha ya luengos siglos. La Alhambra
se construyó después sobre esta célebre colina, realizándose en gran
parte los portentos fabulosos del jardín del Irán. La encantada
barbacana existe todavía, protegida, sin duda, por la mágica mano y por
la llave, formando actualmente la Puerta de la Justicia, que
constituye la entrada principal de la fortaleza. Bajo esta puerta -según
se dice- permanece todavía el viejo astrólogo en su salón subterráneo,
dormitando en su diván, arrullado por los acordes de la lira de plata de
la encantadora princesa.
Los
centinelas inválidos que hacen la guardia en la puerta suelen oír en las
noches de verano el eco de una música, e, influidos por su soporífico
poder, se quedan dormidos tranquilamente en sus puestos; y es más: se
hace en aquel sitio tan fuertemente irresistible el sueño, que aun
aquellos que vigilan de día se quedan dulcemente dormidos en los bancos,
siendo, en suma, aquel sitio la fortaleza militar de toda la cristiandad
en que más se duerme. Todo lo cual -según cuentan las antiguas leyendas-
seguirá ocurriendo de siglo en siglo, y la princesa continuará cautiva
en poder del astrólogo, y éste, asimismo, permanecerá en su sueño mágico
hasta el día del juicio final, a menos que la histórica mano empuñe la
llave y deshaga el encantamiento de esta colina.
 La Torre de las Infantas
Cierta tarde, subiendo el estrecho barranco poblado de higueras,
granadas y mirtos que divide la jurisdicción de la fortaleza de la
Alhambra de la del Generalife, quedé sorprendido ante la poética vista
de una torre morisca que se alzaba en el recinto exterior de la
Alhambra, encima de las copas de los árboles, y recibía los rojos
reflejos del sol poniente. Un solitario ajimez a gran altura permitía
ver el panorama del valle, y cuando estaba mirándolo se asomó una joven
con la cabeza adornada de flores. Era, sin duda, alguna persona más
distinguida que el vulgo que habita en las viejas torres de la
fortaleza, y esta súbita y repentina aparición me hizo recordar las
descripciones de las cautivas beldades de los cuentos de hadas. Estas
caprichosas inspiraciones crecieron a punto cuando me explicó mi
cicerone Mateo que aquélla era la Torre de las Infantas,
llamada así -según la tradición- por haber sido la morada de las hijas
de los reyes moros. Visité después esta torre, que no se enseña
generalmente a los extranjeros, aunque es digna de toda atención, pues
su interior es semejante a cualquier departamento del Palacio. La
elegancia de su salón central, con su fuente de mármol, sus elevados
arcos y sus cupulinos primorosamente cincelados, y los arabescos y
vaciados en estuco de sus reducidas y bien proporcionadas habitaciones,
aunque deterioradas por el tiempo y el abandono, todo concuerda con la
historia, que la presenta como la antigua vivienda de la hermosura real.
La
viejecita reina Coquina, que vivía debajo de la escalera de la Alhambra
y que asistía a las tertulias nocturnas de doña Antonia, contó una
fantástica tradición sobre tres moriscas princesas que estuvieron
encerradas cierta vez en esta torre por su padre, que era un tiránico
rey de Granada y que sólo les permitía pasear a caballo de noche por las
montañas, prohibiendo, bajo pena de muerte, que ninguno les saliese al
camino.
-Todavía -decía la viejecita- se las ve de vez en cuando durante la luna
llena, cabalgando en las montañas por sitios solitarios, en palafrenes
ricamente enjaezados y resplandecientes de joyas, pero desaparecen
cuando se les dirige la palabra.
Pero, antes de que relate algo acerca de estas princesas, el lector
estará ansioso por saber quién era la hermosa habitante de la torre, la
de la cabeza adornada de flores que miraba hacia el valle desde el
elevado ajimez. Supe que era una recién casada con el digno ayudante
mayor de los inválidos, el cual, aunque bien entrado en años, había
tenido el valor de compartir su hogar con una joven y vivaracha
andaluza. ¡Quiera Dios que el bueno y anciano caballero haya sido feliz
en su elección, y que haya encontrado en la
Torre de las Infantas un refugio más seguro que lo fue para la
hermosura femenina habitadora de ella en tiempo de los moros, si hemos
de dar crédito a la siguiente leyenda!
Cuentos de la Alhambra
Washington Irving ; [traducción del inglés por J.
Ventura Traveset]
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