 Prólogo del traductor
Muévenos a publicar esta
versión española de la celebrada obra de Washington Irving, Cuentos
de la Alhambra (Tales of the Alhambra), el deseo de
popularizar -hoy que tan vivo interés ha conseguido despertar la
literatura folklórica en Europa- ese precioso ciclo legendario que nace
en torno de los alcázares granadinos durante la dominación musulmana,
que se acrecienta con los poéticos episodios de la Reconquista y con los
varios accidentes y trágicos sucesos del alzamiento de los moriscos, y
que se ha perpetuado hasta nuestros días entre los viejos habitantes del
árabe recinto.
Sabido es que la
política inexorable de los vencedores obligó a buscar nueva patria a los
desgraciados y míseros moriscos, abandonando sus hogares y sepultando en
el amado suelo patrio preciados bienes y tesoros, con la esperanza de
poderlos recuperar el día de su rehabilitación. Estos tesoros ocultos
han sido el alma de mil interesantes leyendas, fábulas y cuentos
maravillosos, transmitidos oralmente de generación en generación, y
germen de una literatura novelesca en esta región meridional andaluza. A
la circunstancia especialísima de haber vivido en la Alhambra el insigne
escritor norteamericano Washington Irving, en el 1829 debemos el poder
saborear algunas de estas narraciones encantadoras, que él a su vez
recogió de labios de los habitantes de la histórica fortaleza morisca, y
que forman páginas tan amenas e interesantes como las muslímicas de Las mil y una noches.
El bello libro de
Washington Irving no se ha llegado a popularizar en nuestra España tanto
como en el resto de Europa y en el Nuevo Mundo, especialmente en
Norteamérica, donde este insigne turista fue tan querido y celebrado. Y
por cierto que bien merecía y merece la obra ser conocida de los
españoles, y, sobre todo, de los hijos de la hermosa Granada, por él
enaltecida y considerada como el dulce paraíso de sus días más
venturosos.
Dentro de la rica
literatura popular europea, pocos libros podrán aventajar al de Irving
en interés y amenidad, por el sello especial que le distingue, por su
estilo primoroso y sus galas y atavío de lenguaje, y por aquel colorido
local tan artísticamente conservado en sus consejas: por su profundo
conocimiento, en fin, de las costumbres populares granadinas.
Hará unos setenta años
dio a luz en Madrid, D. M. M. de Santa Ana, una versión suya de este
libro, hecha por tabla de las francesas de M. Cristian y de Milles A.
Sobry; y, en 1859 la tipografía granadina de Zamora dio a la estampa
otra versión española de unos cuantos capítulos del mismo. Pero así de
estas incompletas versiones castellanas como de las francesas se han
hecho rarísimos ejemplares; por lo cual creemos prestar un servicio al
público ilustrado y amante de este género de literatura en general dando
a luz una versión completa de los Cuentos mágicos de la Alhambra,
hecha directamente del inglés y con cuanta fidelidad y esmero nos han
sido posibles.
Si hubiéramos conseguido
llevar a cabo, siquiera con mediano acierto, nuestro humilde trabajo,
nos daríamos por cumplidamente recompensados y, sobre todo, si nuestros
amables lectores se sirven recibirlo con indulgencia, en gracia del
propósito que nos ha impulsado a publicarlo.
J. V. T.
 El viaje
En la primavera del año
1829 el autor de esta obra, que había venido a España atraído por la
curiosidad, hizo un viaje desde Sevilla a Granada, acompañado de un
amigo, miembro de la Embajada rusa en Madrid. La casualidad nos había
reunido desde regiones muy distantes, y la semejanza de aficiones nos
despertó el deseo de peregrinar juntos por las románticas montañas de
Andalucía. ¡Si estas páginas llegan a sus manos, ojalá que le recuerden
las escenas de nuestro aventurero viaje, ahora esté ocupado en los
negocios de su cargo diplomático, o mezclado en el bullicio de la corte,
o ya esté abstraído ante las galas de la naturaleza; y ojalá que también
puedan traerle a la memoria los detalles de nuestra amena excursión, y
con ellos el recuerdo de un amigo al cual ni el tiempo ni la distancia
harán jamás olvidar la dulce memoria de su amabilidad y gran valía!
Ahora, antes de entrar
en mi asunto, séame permitido apuntar algunos pormenores sobre el
aspecto de España y la manera de viajar en este país. Casi todos se
figuran en su imaginación a España como una región meridional preciosa,
con los suaves encantos de la voluptuosa Italia; pero es, por el
contrario, en su mayor parte -si bien se exceptúan algunas de sus
provincias marítimas-, un país áspero y melancólico, de escarpadas
montañas y extensísimas llanuras desprovistas de árboles, de
indescriptible aislamiento y aridez, que participan del salvaje y
solitario carácter de África.
Aumenta esta silenciosa
soledad la ausencia de las canoras aves, natural consecuencia de la
falta de árboles y de pastos; se ven el buitre y el águila revolotear
alrededor de los escarpados picos de las montañas, precipitándose al
llano, y las bandadas de recelosas avutardas trepar por entre los
matorrales; pero esa multitud de pajarillos que anidan en otros países
no se encuentran más que en unas pocas provincias de España, y
principalmente en los huertos y jardines que rodean las habitaciones de
los naturales. En las provincias interiores atraviesa el viajero de vez
en cuando grandes campos sembrados de granos, que verdean de trecho en
trecho, tan extensos, que se pierden de vista, y que en otros tiempos
estaban yermos y áridos; en vano se buscará la mano que ha cultivado
aquel suelo. En lontananza se divisa algún pueblecito situado sobre
escarpada colina o agrio despeñadero, semejando murallas desmanteladas o
ruinosas atalayas; o bien alguna guarida, en tiempos pasados,
fortificada en la guerra civil o contra las correrías de los moriscos,
pues todavía se conserva entre los aldeanos de muchas partes de España
la costumbre de unirse para la mutua protección, a causa de los robos de
los vagabundos ladrones.
Pero aunque una gran
parte de España está falta de arboledas y florestas y carece de los
encantos del cultivo que engalana los campos, con todo, su conjunto
ofrece una noble severidad que está perfectamente en armonía con la
manera de ser de los habitantes; y yo me explico mejor al arrogante,
intrépido, frugal y sobrio español y su arrojo en los peligros y su
desprecio a los afeminados placeres desde que he visitado el país en que
habita.
Hay algo también en los
severos y sencillos paisajes del territorio español que imprime en el
alma un sentimiento de sublimidad. Las inmensas llanuras de Castilla y
de la Mancha, que se extienden hasta perderse de vista, atraen e
interesan por su gran aridez e inmensidad, y poseen en alto grado la
solemne grandiosidad del océano. Recorriendo estas vastas llanuras, se
divisa por aquí y por acullá algún rezagado rebaño o manada guardada por
un solitario pastor, inmóvil cual una estatua, con una larga y delgada
vara que enarbola hacia los aires a manera de lanza; o ya una larga
recua de mulos marchando lentamente a través de la llanura, semejando
una caravana de camellos en el desierto; ya un solo labriego armado de
trabuco y puñal y vagando por el llano. De este modo, el país, los
habitantes y las mismas costumbres del pueblo participan en algo del
carácter árabe. La general inseguridad de esta región está demostrada
con el universal uso de las armas: el pastor en la campiña y el zagal en
el llano tienen su escopeta y su navaja, y el opulento aldeano rara vez
se aventura a ir a la feria real sin su trabuco, y acaso también
acompañado de un criado a pie con su arma de fuego al hombro; y, en
general, no se emprende la más pequeña caminata sin todos los
preparativos de una empresa guerrera.
Los peligros del camino
dan también lugar a un modo especial de viajar, parecido, aunque en
pequeña escala, a las caravanas del Oriente. Los arrieros se reúnen y
emprenden juntos la caminata en largo y bien armado convoy y en ciertos
y determinados días; y, a la vez, algún que otro viajero aumenta el
número y contribuye a la general defensa. En este primitivo modo de
viajar está el comercio del país. El mulatero es el ordinario medianero
del tráfico y el legítimo viajero de la tierra: él atraviesa la
Península desde los Pirineos y las Asturias hasta las Alpujarras, la
Serranía de Ronda y aun hasta las puertas de Gibraltar. Vive sobria y
duramente; sus alforjas de tela burda constituyen su mezquina despensa
de provisiones; una bota de cuero pendiente de su arzón contiene vino o
agua, que le da refuerzo a través de aquellas estériles montañas y secas
llanuras; una manta de mula tendida en la tierra le sirve de cama por la
noche y la albarda de almohada. Su pequeño pero bien formado y membrudo
cuerpo indica su vigor; su tez es morena y tostada por el sol; su mirada
resuelta, pero tranquila en su expresión, excepto cuando se enardece por
alguna repentina emoción; su porte es franco, varonil y cortés, y nunca
pasa junto a alguno sin dirigirle este grave saludo: «Dios guarde a
usted», «Vaya usted con Dios, caballero».
Como estos hombres
llevan constantemente toda su fortuna entregada al azar en las cargas de
sus acémilas, tienen siempre sus armas a mano, colgadas de los aparejos
y prontas para poderlas coger en alguna desesperada defensa; pero, como
viajan reunidos en gran número, se hacen temibles a las partidas de
merodeadores, y el solitario bandolero, armado hasta los dientes y
montado en su corcel andaluz, anda recelosamente acechándolos, como el
pirata que persigue un barco mercante, sin tener valor para dar el
asalto.
Los arrieros españoles
tienen un inagotable repertorio de cantares y baladas, con las que se
entretienen en sus continuos viajes. Sus aires musicales son severos al
par que sencillos, y consisten en suaves inflexiones; cantan en alta voz
y sostienen el canto modulado cadencias, sentados a mujeriegas en su
mulo, que parece escucha con pausada gravedad y a la vez guarda con el
paso el compás de las cantinelas. Las coplas que cantan son casi siempre
referentes a algún antiguo y tradicional romance de moros, o a alguna
leyenda de un santo, o de las llamadas «amorosas»; otras veces -y esto
es lo más frecuente- entonan una canción sobre algún temerario
contrabandista, pues el bandolero y el bandido son héroes poéticos en
España entre la gente baja. Ocurre a menudo que los arrieros improvisan
en el acto coplas, inspirándose en algún paisaje que se les presenta o
sobre algún incidente del viaje; esta vena fácil para componer e
improvisar es característica en España, y, según se dice, heredada de
los moros. Se siente, pues, una mezcla de severidad y encanto al oír
estas estrofas en los agrestes y salvajes parajes en que se modulan, y
más yendo acompañadas del especial retintín de los campanillos de las
mulas.
Ofrece también el cuadro
más pintoresco una banda de arrieros atravesando por el paso de una
montaña: primero se oyen los campanilleros, que turban con su monótono
sonido el silencio de la elevada cumbre, o acaso la voz del mulatero
arreando a alguna perezosa o rezagada bestia, o bien cantando con toda
la fuerza de sus pulmones algún romance tradicional. Otras veces se ve
una recua al borde de un horrible desfiladero, o descendiendo por agrias
pendientes, de tal modo que parece destacarse de relieve en el
firmamento, o bien caminando junto a terribles precipicios que se abren
bajo sus pies. A medida que se acercan las bestias se van distinguiendo
sus vistosos arreos de cáñamo bordado, sus penachos y sus mantas; y al
pasar por nuestro lado nos hace recordar la poca seguridad que ofrece el
camino su inseparable trabuco pendiente de los fardos y de las mantas.
El antiguo reino de
Granada, del cual estábamos ya a muy corta distancia, es una región de
las más montañosas de España. Vastas sierras desnudas de pastos y
arboledas y formadas de variados mármoles y granitos elevan sus crestas
sombrías y negruzcas hasta la región de los cielos; pero en sus rugosos
senos crecen fertilísimos y verdes valles, luchando por dominar en ellos
la aridez y la vegetación de tal modo, que la misma piedra viva se ve
obligada a producir higueras, y el naranjo y el limonero crecen junto al
mirto y el rosal.
En las escabrosas
laderas de estas montañas la perspectiva de ciudades y pueblecitos
amurallados, construidos a manera de nidos de águila suspendidos entre
las rocas y rodeados de moriscos baluartes o cuarteadas ciudadelas, nos
lleva a remontarnos con la imaginación a los caballerescos tiempos de
las guerras entre moros y cristianos y a la romántica lucha por la
conquista de Granada. Al atravesar estas elevadas sierras el viajero se
ve obligado a cada paso a echar pie a tierra y guiar sus caballos por
las laderas y rápidas subidas y bajadas de aquellos cerros que semejan
los desiguales peldaños de una escalera. En ocasiones, el sendero va
serpenteando junto a horrorosos precipicios, sin parapeto que lo ponga a
salvo del tajo que se mira en lo profundo, y después desciende hacia los
hondos abismos por oscuras y peligrosas bajadas. Otras veces, al través
de accidentados barrancos, carcomidos por los torrentes del invierno,
atraviesa la oculta vereda de que se sirve el contrabandista, sin contar
con que de cuando en cuando aparece alguna fatídica cruz, en memoria de
algún robo o asesinato, erigida sobre un montón de piedras en un sitio
solitario del camino, la cual advierte al viajero que se encuentra en
medio de las guaridas de los bandidos, y acaso en el mismo momento de
ser acechado por algún oculto bandolero. También otras veces, al cruzar
por un angosto valle, se ve uno sorprendido por un ronco mugido; y
pronto divísase por encima del prado que tapiza la falda de la montaña
una vacada de bravos toros andaluces, destinados a ser lidiados en la
plaza. Yo he experimentado -si así puedo decirlo- un agradable horror
contemplando muy de cerca estos temibles animales, dotados de tremendo
poder, rebuscando sus gratos pastos, y en estado salvaje, pues casi
nunca han visto la gente, ni conocen a nadie más que al solitario pastor
que los cuida, y aun a veces él mismo no se atreve a acercárseles. El
ronco bramido de estas fieras y su aire amenazador, cuando miran abajo
desde la elevada roca en que se hallan, añaden fiereza a los salvajes
contornos del paisaje.
Me he entregado
maquinalmente, y con más detenimiento de lo que yo me proponía, a hacer
estas consideraciones sobre las fases generales que presentan los viajes
por España; pero hay tal poesía en los dulces recuerdos de la Península,
que se siente dulcemente arrebatada la imaginación.
Era el 1 de mayo cuando
mi compañero y yo salimos de Sevilla en dirección a Granada; lo habíamos
dispuesto todo para hacer nuestro viaje por sitios montañosos, pero por
caminos un poco mejores que las primitivas veredas de los mulos, sin
contar el que están frecuentemente visitados por los bandidos. Lo de más
valor de nuestro equipaje se había enviado delante con los arrieros,
llevando solamente con nosotros lo necesario para el viaje y el dinero
para los gastos del camino, con un suficiente sobrante de esto último
para satisfacer la codicia de los ladrones, si por desgracia nos
asaltaban, y para librarnos de los duros tratamientos que sufre el
indefenso viajero que es demasiado confiado. Nos prepararon un par de
resistentes caballos de alquiler, y además otro tercero para nuestro
sencillo equipaje y para que sirviese a la vez a un robusto vizcaíno,
mozo de unos veinte años de edad, que era nuestro guía por todos
aquellos confusos vericuetos y caminos montañosos, el cual cuidaba de
nuestros caballos y hacía alguna que otra vez de lacayo, sirviéndonos
constantemente de guardia, pues llevaba un formidable trabuco para
defendernos de los criminales, y sobre cuya arma nos hizo muchos y
pomposos elogios; aunque en descrédito de esta su celebrada herramienta
debo consignar que casi siempre estaba descargada y colgada detrás de la
silla. Era, sin embargo, fiel, divertido y de buena condición, y
ensartaba refranes y proverbios, como aquel flor y nata de los
escuderos, el mismísimo afamado Sancho, cuyo nombre le pusimos; y como
buen español -aunque le tratábamos con la familiaridad de compañero-
nunca, ni aun por un solo momento, traspasó los límites del decoro
debido, a pesar de su ingénito buen humor.
Así equipados y
servidos, nos pusimos en camino en muy buenas condiciones para que fuera
el viaje agradable. Pero ¡qué país es España para un viajero! La más
miserable posada está para él tan llena de aventuras como un castillo
encantado, y cada comida constituye por sí misma toda una hazaña.
¡Quédese para otros el criticar la falta de buenos caminos y de
suntuosos hoteles, y de las esmeradas comodidades de un país adelantado
y corriente; pero déseme a mí la áspera y escarpada serranía, la
vagabunda y azarosa vida del caminante, y las francas, hospitalarias y
primitivas costumbres que prestan exquisito sabor a la romántica España!
Nuestra primera velada
tuvo cierto tinte agradable. Llegamos, ya puesto el sol, a un pequeño
pueblecito situado entre las sierras, después de una penosa marcha por
una dilatada llanura sin caseríos, y en donde nos mojamos varias veces
por la lluvia. En la posada había una patrulla de miqueletes que andaban
rondando aquella zona en persecución de malhechores. La presencia de
extranjeros de nuestra alcurnia no era muy frecuente en esta apartada
aldea; mi posadero, con dos o tres viejos locuaces camaradas, con mantas
pardas, revisaron nuestros pasaportes en un rincón de la posada,
mientras que un alguacil tomaba nota a la débil luz de un candil. Como
los pasaportes estaban en lengua extranjera se quedaron perplejos; pero
nuestro escudero Sancho les ayudó en sus investigaciones y les ponderó
nuestra importancia con la grandilocuencia propia de un español.
Además, la espléndida
distribución de unos cuantos cigarros nos ganó las simpatías de los que
nos rodeaban; y, momentos después, todos los presentes se agitaban a
porfía por instalarnos cómodamente. El mismo corregidor en persona vino
a vernos, y la posadera trajo pomposamente a la habitación un gran
sillón formado con juncos, para el descanso de tan importante personaje.
El jefe de la patrulla cenó con nosotros: era un andaluz vivo, decidor y
alegre, que había hecho su campaña en la América del Sur; nos contó sus
aventuras amorosas y guerreras, con ostentación fraseológica, vehemencia
en el gesticular, y con un cierto misterioso entornar de ojos; nos dijo
que tenía una lista de todos los ladrones de la comarca, y que se
disponía a dar una batida a cada hijo de su madre; nos ofreció al mismo
tiempo algunos soldados para escolta: «Uno es bastante para guardar a
ustedes, señores; los ladrones me conocen y conocen a mi gente: la mira
de uno solo es bastante para aterrorizar la sierra entera». Le quedamos
altamente agradecidos por su ofrecimiento, pero le aseguramos, con
nuestra natural franqueza, que con la custodia de nuestro escudero
Sancho no temíamos a todos los ladrones de Andalucía.
Mientras estábamos
cenando con nuestro amigo el perdonavidas se oyeron acordes de una
guitarra y el ruido de castañuelas, y poco después varias voces cantando
en coro un aire popular. En efecto, mi posadero había reunido
conjuntamente a los aficionados al canto y a la música y a las beldades
del rústico vecindario, y al salir al patio del mesón se presentó ante
nuestra vista el cuadro de una verdadera fiesta española. Tomamos
asiento, con nuestros huéspedes y con el jefe de la patrulla, en el
cenador del patio; la guitarra pasó de mano en mano, haciendo un jocoso
zapatero de Orfeo de la función. Era un buen mozo de sendas patillas
negras; llevaba las mangas arrolladas hasta los codos; tocaba la
guitarra con magistral destreza y cantaba coplas amorosas, lanzando
miradas expresivas a las mozuelas, de quienes era indudablemente el
favorito. Bailó después un fandango con verdadero garbo andaluz y con
gran satisfacción de los espectadores. Pero de las muchachas presentes
ninguna podía compararse con la linda hija de mi posadero, Pepita, que
había desaparecido de pronto para hacerse el tocado que el caso
requería: se adornó su cabeza con rosas, y se lució danzando el bolero
con un bizarro soldado. Dimos órdenes a nuestro posadero para que
repartiese vino y ofreciese galantemente refrescos a los circunstantes;
siendo de notar que, aunque aquélla era una humilde abigarrada reunión
de soldados, arrieros y aldeanos, nadie traspasó los límites de una
decorosa alegría. La escena era un digno cuadro para un pintor: grupos
pintorescos de bailarines, soldados en sus trajes medio militares,
aldeanos envueltos en sus parduscas mantas, y no he de pasar en silencio
al viejo y flacucho alguacil con su corta capilla negra, el cual no
hacía caso de lo que allí pasaba, sino que, sentado en un rincón,
escribía diligentemente, a los pálidos fulgores de un enorme velón,
digno de haber figurado en los tiempos de Don Quijote.
No estoy haciendo un
croquis perfecto, ni mucho menos pretendo bosquejar los variados sucesos
de cada una de nuestras jornadas por sierras y valles, barrancos y
montañas. Viajábamos del mismo modo que los contrabandistas, tomando
cada cosa lisa y llanamente como era, y confundiéndonos con personas de
todas clases y condiciones, como unos meros despreocupados vagabundos:
el mejor y único modo de viajar por España. Conociendo las miserables
despensas de las posadas y los desiertos parajes que el viajero tiene
necesidad de atravesar, pusimos todo nuestro cuidado, al partir, en
tener bien abastecidas las alforjas de nuestro escudero con provisiones
de fiambres y llenar la bota -que era de respetables dimensiones- hasta
la boca de exquisito vino de Valdepeñas. Como estas municiones eran más
importantes para nuestro viaje que las de su trabuco, le advertimos que
tuviese mucho ojo con ellas y le hago justicia diciendo que su homónimo
el mismísimo Sancho Panza no le hubiera podido aventajar en su oficio de
administrador despensero. Aunque las alforjas y la bota eran
frecuentemente asaltadas con ganas durante el viaje, parecían poseer la
milagrosa virtud de no agotarse nunca; y era que nuestro celoso escudero
tenía cuidado de guardar lo que quedaba de nuestras cenas nocturnas en
las posadas, para suplir nuestras comidas del día.
¡Qué sabrosísimas
meriendas hacíamos sobre el florido césped, a la orilla de algún
arroyuelo o fuente y a la sombra de algún frondoso árbol! Y después,
¡qué deliciosas siestas en nuestras mantas extendidas sobre la hierba!
Cierto día nos detuvimos
a la caída de la tarde, para regalarnos con una merienda de esta clase,
en una agradable pradera tapizada de verde y rodeada de colinas
cubiertas de olivos. Se tendieron numerosos coberteros sobre el musgo y
bajo un álamo próximo a un delicioso arroyuelo, y se ataron los caballos
donde pastasen la hierba. Sancho presentó sus alforjas con cierto aire
de triunfo, y en ellas los sobrantes de cuatro días de camino, y además
notablemente enriquecidas con los acopios hechos la tarde anterior en
una rica posada de Antequera. Nuestro escudero iba sacando uno por uno
su heterogéneo contenido, y parecía que aquello no iba a tener fin.
Primero una pierna de cabrito asada, casi sin haberla tocado; luego una
perdiz entera; seguidamente un gran trozo de bacalao en salazón, liado
en papel; después los restos de un jamón, y, por último, media gallina;
todo ello junto con algunos panecillos y una carga de naranjas, higos,
pasas y nueces. Su bota había sido repuesta con excelente vino de
Málaga. A cada nueva aparición de su despensa gozaba con nuestra cómica
sorpresa, tirándose de espaldas sobre la hierba y reventando de risa. De
nada gustaba tanto el sencillo muchacho como el ser comparado -por su
afición a guisandero- con el celebérrimo escudero de Don Quijote. Estaba
muy ducho en la vida del «caballero andante», y -como el pueblo bajo de
España- creía firmemente que era una historia verídica.
-¿Hace mucho tiempo que
sucedió eso, señor? -me preguntó cierto día con mirada investigadora.
-Ya hace mucho tiempo
-le dije.
-¿Se puede decir que
hará más de mil años? -añadía mirando todavía con aire de perplejidad.
-Yo te aseguro que es lo
menos.
El escudero quedó
convencido.
Cuando estábamos
dedicados a la refacción antes citada y divirtiéndonos con las bufonadas
de nuestro escudero, se nos acercó un pobre mendigo que tenía cierto
aspecto de peregrino. Era un anciano con la barba muy encanecida, y se
venía apoyando en un cayado, aunque la vejez no le había encorvado
todavía; era alto, esbelto y conservaba vestigios de haber tenido
hermosas facciones; cubríase con un sombrero calañés y traía zamarra y
calzones de cuero, polainas y sandalias. Su vestido -aunque viejo y
remendado- era decente y su porte muy noble, y dirigiose a nosotros con
esa grave cortesía que se nota en el más pobre español. Estuvimos
expresivos con semejante huésped, y por antojo de caprichosa caridad le
dimos algunas monedas de plata, un pan de trigo blanco y un vaso de
nuestro excelente vino de Málaga. Él lo recibió con gratitud, pero sin
ninguna muestra de servil adulación. Probando el vino lo levantó por
alto, mirándolo al trasluz con cierta expresión de asombro, y luego,
bebiéndoselo de un trago: «Ya hace muchos años -dijo- que no he probado
vino igual a éste. Es un excelente tónico para el corazón de un viejo.»
Después, contemplando el panecillo que se le había ofrecido, añadió:
«¡Bendito sea tal pan!». Le invitamos a que lo comiese allí mismo: «No,
señores -respondió-; el vino lo he bebido con vuestro permiso; pero el
pan me lo llevo a la casa para compartirlo con mi familia.»
Nuestro Sancho nos miró,
e interpretando a seguida nuestro asentimiento, dio al anciano una parte
de las abundantes sobras de nuestra merienda, con la condición de que se
sentase a tomar un bocado.
Sentose, pues, a corta
distancia de nosotros, y empezó a comer despacio, con sobriedad y con la
delicadeza propia de un hidalgo. Había, en verdad, cierto modo mesurado
y tal tranquila serenidad en el anciano, que me hizo creer que habría
disfrutado de mejores días; además, su lenguaje, aunque sencillo, era de
vez en cuando pintoresco y de una poética fraseología. Creí ver en su
interior a un arruinado caballero, pero me equivoqué; no había más que
la innata cortesía del español y los giros poéticos de la fantasía y del
lenguaje usado comúnmente por las clases bajas de este pueblo de viva
imaginación. Nos contó que durante cincuenta años había sido pastor.
«Cuando era joven -decía- nada podía dañarme ni afligirme: siempre me
encontraba bueno, siempre alegre; pero ahora tengo setenta y nueve años,
y soy pobre y mi corazón empieza a abandonarme.»
Sin embargo, todavía no
era un completo mendigo, pues hacia poco que había venido a aquel estado
de degradación; nos hizo una conmovedora pintura de la lucha entre el
hambre y la dignidad cuando las miserables privaciones se apoderaron de
él. Volvía de Málaga sin dinero; no había probado bocado desde algún
tiempo, y cruzaba uno de los más dilatados llanos de España, donde había
muy pocos albergues. Cuando casi desfallecía de necesidad, se acercó a
la puerta de una venta: ¡Perdone usted por Dios, hermano!, le
dijeron (que es el modo usual de despedir a un pobre en España). «Yo me
fui -continuó- con más vergüenza que hambre, pues mi corazón era
demasiado orgulloso todavía. Dirigime, pues, hacia un río de profundas
márgenes e impetuosa y rápida corriente, y estuve tentado a arrojarme a
él. ¿Para qué quiere vivir un viejo miserable y desgraciado como yo?
Mas, cuando estuve al borde de la corriente, me acordé de la Santísima
Virgen y volví atrás mis pasos. Anduve errante, hasta que divisé un
cortijo situado a corta distancia del camino, y penetré en el portal
exterior que daba al patio. La puerta estaba cerrada, pero había dos
señoritas en una ventana; me acerqué y les pedí una limosna: ¡Perdone usted por Dios, hermano!
Y cerraron la ventana. Me salí del patio flaqueándome las piernas; pero el
hambre me rindió y me faltó el valor; pensé que había llegado mi última
hora, y me tendí en la puerta, encomendándome a la Santísima Virgen y
cubriéndome la cabeza para morir. A poco de esto vino a recogerme el amo
de la casa, y viéndome acostado en su puerta, tuvo piedad de mis canas,
metiome en su casa y me dio de comer. ¡Vean ustedes, señores, por qué
tengo puesta mi confianza en la protección de la Virgen!»
El anciano iba camino de
su pueblo natal, Archidona, que se halla situado en lo alto de una
escarpada y áspera montaña. Señalando con el dedo las ruinas de su
vetusto castillo árabe: «Aquel castillo -nos dijo- estuvo habitado por
un rey moro en tiempo de las guerras de Granada. La reina Isabel lo
sitió con un gran ejército; pero el infiel la miraba desde su castillo
junto a las nubes y se reía con desprecio. En esto se apareció la Virgen
a la reina, y la guió juntamente con sus tropas por una misteriosa
vereda de las montañas, que nunca después se ha vuelto a encontrar.
Cuando el moro la vio venir quedó estupefacto, y, saltando con su
caballo por un precipicio, se hizo pedazos. Las huellas de las
herraduras de su caballo -prosiguió el viejo- todavía se pueden ver en
el borde de la roca; y véanlo ustedes, señores: aquél es el camino por
donde la reina y sus soldados treparon; véanlo ustedes como una cinta
por la falda de la montaña; el milagro consiste en que se ve a cierta
distancia; pero a medida que uno se acerca va desapareciendo.»
El ideal camino que nos
señaló es, sin duda, una faja arenisca de la montaña que se distingue
perfectamente dibujada y marcada desde lejos, pero que de cerca se borra
y desaparece.
Luego que el ánimo del
viejo se reanimó con el vino y la merienda, se puso a contarnos cierta
historia de un misterioso tesoro escondido debajo del castillo del rey
moro, junto a cuyos cimientos estaba su propia casa. El cura y el
notario soñaron tres veces con el tesoro y fueron a excavar al sitio
indicado en sus ensueños, y su mismo yerno oyó el ruido de los picos y
azadas cierta noche. Lo que ellos se encontraron nadie lo ha sabido: se
hicieron ricos de la noche a la mañana, pero guardaron su mutuo secreto.
Así, pues, el anciano tuvo a su puerta la fortuna; pero estaba condenado
a vivir perpetuamente de aquel modo.
He notado que las
historias de tesoros escondidos por los moros, que prevalecen tanto en
España, son muy corrientes entre la gente menesterosa. ¡De tal suerte la
benévola Naturaleza consuela con la fantasía la falta de recursos: el
sediento sueña con fuentes y fugitivas corrientes; el hambriento, con
fantásticos banquetes; el pobre, con montones de oro escondidos! ¡Nada
hay, en verdad, más espléndido que la imaginación de un pobre!
La última escena que
referiré es una velada en la pequeña ciudad de Loja. Éste fue un famoso
apostadero fronterizo beligerante en tiempos de los moros, que hizo
frente a Fernando desde sus murallas; fue la guarida del viejo Aliatar,
sueño de Boabdil, desde donde este fiero veterano se lanzó con su yerno
a una desastrosa correría que concluyó con la muerte de su jefe y la
prisión del monarca. Loja está agrestemente situada en un quebrado paso
montañoso a orillas del Genil, entre rocas y montañas, y jardines, y la
población parece conservar todavía el intrépido espíritu de fiereza de
los tiempos pasados. Nuestro mesón estaba en relación con el sitio.
Hallábase al frente de él una joven y hermosa viuda andaluza, cuya
adornada basquiña de seda negra con franjas de abalorios dejaba ver los
encantos de sus graciosas formas y de sus torneados y flexibles
miembros. Su andar era firme y delicado; sus ojos, negros y llenos de
fuego; y la coquetería de su porte y los variados adornos de su persona
indicaban que estaba acostumbrada a que la admirasen.
Hacía la hembra buena
pareja con un hermano suyo, casi de su misma edad, y eran ambos tipos
perfectos de majo y maja andaluces. Él era alto, vigoroso y bien
formado, de color aceitunado claro, negros y chispeantes ojos y rizadas
patillas de pelo castaño que se unían por debajo de la barba. Estaba
donosamente vestido con una chaquetilla corta de terciopelo verde,
ajustada a su talle, y ricamente adornada con botones de plata, con un
blanquísimo pañuelo en cada bolsillo. Llevaba calzones de lo mismo, con
hileras de botones desde la cadera hasta la rodilla, pañuelo de seda
color de rosa al cuello, sujeto con una sortija sobre la pechera de la
camisa, admirablemente rizada; faja alrededor de la cintura para que
hiciera buen contraste, botines de cuero encarnado, elegantemente
trabajados y abiertos por la pantorrilla, enseñando sus medias; y, por
último, zapatos que dejaban ver un pie muy pulido.
Luego que estuvo un rato
en el zaguán llegó un jinete y trabó con él formal conversación en voz
baja. Venía vestido por el mismo estilo y casi con el mismo
refinamiento, y era un hombre como de unos treinta años, de complexión
vigorosa y de rígidas facciones romanas, guapo, aunque ligeramente
picado de viruelas, y con aire franco, audaz y algún tanto atrevido. Su
poderoso caballo negro hallábase adornado con borlas y caprichosos
jaeces, y llevaba un par de bocachas colgando por detrás de la silla.
Mostraba el aire de uno de esos contrabandistas que he visto en las
montañas de Ronda. Sin duda alguna, tenía gran confianza con el hermano
de mi posadera, y -si no me equivoco- era el predilecto admirador de la
viuda. En suma, la posada entera y sus huéspedes tenían cierto aspecto
contrabandista, y los trabucos andaban en un rincón al lado de la
guitarra. El jinete que he descrito pasó la noche en la posada y cantó
algunos picarescos aires de la Serranía con mucha gracia. Cuando
estábamos cenando, dos pobres asturianos se acercaron, mendigándonos
míseramente alimento y posada. Habían sido asaltados por los ladrones al
venir de una feria por las montañas; les habían robado un caballo en que
llevaban todo su capital comercial; los despojaron del dinero y de sus
ropas; los habían maltratado por haber hecho resistencia, y los dejaron
casi desnudos en la mitad del camino. Mi compañero, con espontánea
generosidad, natural en él, les pagó la cena y una cama, y les dio una
cantidad de dinero para ayudarles a volver a sus casas.
Más entrada la noche se
aumentaron los personajes del drama. Un hombre como de sesenta años, de
fornida y vigorosa naturaleza, entró impertérrito hacia adentro a
charlar con mi posadera. Vestía el ordinario traje andaluz, pero llevaba
un enorme sable debajo del brazo, con largos bigotes, y ostentaba un
marcado aire de valentón. Parecía como que todos le miraban con gran
respeto.
Nuestro Sancho nos dijo
en voz baja que era don Ventura Rodríguez, el héroe y campeón de Loja,
famoso por sus proezas y por la fuerza de su brazo. En tiempos de la
invasión francesa sorprendió a seis soldados que estaban dormidos: ató
primeramente sus caballos, y, después les acometió sable en mano,
matando a uno y haciendo prisioneros a los demás. Por este hecho de
armas le señaló el rey una peseta diaria y fue dignificado con el título
de Don.
Me gustaba observar su
ampuloso lenguaje y ademanes. Era un perfecto andaluz, muy pagado de su
bravura. Tan pronto tenía el sable en la mano como debajo del brazo; lo
llevaba constantemente consigo, como una niña lleva una muñeca; le
llamaba su Santa Teresa y decía que cuando lo sacaba «temblaba la
tierra».
Permanecí hasta hora
bastante avanzada contemplando las varias conversaciones de este
abigarrado grupo, donde hablaban todos con la poca reserva propia de una
posada española; tuvimos canciones de contrabandistas, historias de
ladrones, hazañas de guerras y leyendas moriscas. El fin de fiesta
estuvo a cargo de nuestra hermosa posadera, y consistió en una poética
relación de Los infiernos de Loja, tenebrosas cavernas en cuyos
subterráneos hacen un misterioso ruido corrientes y cascadas de agua. El
vulgo cree que hay allí encerrados monederos falsos desde tiempo de
moros, y que los reyes moriscos guardan sus tesoros en estas cavernas.
Podríamos llenar las
páginas de esta obra con los incidentes y sucesos de nuestra accidentada
expedición, si fuera éste el objeto de ella; pero perseguimos otro fin.
Prosiguiendo nuestro viaje, salimos de las montañas y entramos en la
deliciosa vega de Granada. Aquí hicimos la última merienda, a la sombra
de unos olivos y a orillas de un riachuelo, con la vieja ciudad morisca
en lontananza, coronada por los picos de Sierra Nevada, brillante como
la plata. El día estaba sin nubes y el calor del sol atemperado por las
frescas brisas de la montaña; después de la comida tendimos nuestras
mantas y dormimos nuestra última siesta, acariciados por el zumbido de
las abejas entre las flores y por los arrullos de las palomas torcaces
en los cercanos olivares. Cuando pasaron las horas del calor emprendimos
de nuevo la marcha; y, después de haber pasado por entre vallados de
pitas y chumberas y por un laberinto de huertas, llegamos, al ponerse el
sol, a las puertas de Granada.
Para el viajero
inspirado en lo histórico y en lo poético, la Alhambra de Granada es un
objeto de tanta veneración como la Kaaba o Casa Sagrada de la Meca para
los devotos peregrinos musulmanes. ¡Cuántas leyendas y tradiciones
verídicas y fabulosas, cuántos cantares y romances amorosos, españoles y
árabes, y qué de guerras y hechos caballerescos hay referentes a
aquellos románticos torreones! El lector comprenderá fácilmente nuestra
alegría cuando, poco después de llegar a Granada, el gobernador de la
Alhambra nos dio permiso para residir en las habitaciones vacías del
Palacio morisco. Mi compañero fue pronto llamado por los deberes de su
cargo oficial; pero yo permanecí de intento algunos meses en el viejo
Palacio encantado. Las siguientes páginas son el resultado de mis
abstracciones e Investigaciones durante tan deliciosa permanencia. ¡Si
ellas pudiesen comunicar algo de los fascinadores encantos de este sitio
a la imaginación del lector, éste no podría menos de apesadumbrarse de
no haber pasado conmigo una temporada en los legendarios salones de la
Alhambra!
 Gobierno de la Alhambra
La Alhambra es una
antigua fortaleza o palacio amurallado de los reyes moros de Granada,
desde donde ejercían dominio sobre este ensalzado paraíso terrenal,
última posesión de su imperio en España. El palacio árabe no ocupa sino
una parte de la fortaleza, cuyas murallas, guarnecidas de torres,
circundan irregularmente toda la cresta de una elevada colina que domina
la ciudad y forma una estribación de la Sierra Nevada.
En tiempo de los moros
era capaz la Alhambra de contener un ejército de 40.000 hombres dentro
de su recinto, y sirvió alguna que otra vez para librarse los soberanos
del furor de sus rebeldes súbditos. Después que el reino pasó a manos de
los cristianos continuó la Alhambra siendo del patrimonio real, y
también algunas veces ha sido habitada por los monarcas castellanos. El
emperador Carlos V edificó un suntuoso palacio dentro de sus murallas,
pero se suspendió la obra por los continuos terremotos. El último rey
que la vivió fue Felipe V y su hermosa esposa Isabel de Parma, a
principios del siglo XVIII. Hiciéronse grandes preparativos para su
recepción: el palacio y los jardines sufrieron notable reforma y se
agregaron algunas habitaciones, que fueron decoradas por artistas
traídos de Italia. La permanencia de estos soberanos fue efímera, y
después de su partida el palacio volvió de nuevo a su abandono.
El recinto fue en
adelante ocupado por fuerza militar; el gobernador de la Alhambra quedó
bajo la dependencia de la Corona, y su jurisdicción se extendía hasta
los arrabales de la ciudad. Su autoridad era del todo independiente de
la del capitán general de Granada. Se alojaba en el interior de la
Alhambra una respetable guarnición; el gobernador tenía sus habitaciones
frente al viejo palacio morisco, y nunca bajaba a Granada sin una
escolta militar. La fortaleza, en resumen, era una pequeña ciudadela
independiente, con algunas calles y casas dentro de sus muros, y además
con un convento de franciscanos y una iglesia parroquial.
La retirada de la Corte
fue, en verdad, un golpe fatal para la Alhambra. Sus bellísimos salones
se desmantelaron y algunos de ellos quedaron en ruinas; los jardines se
destruyeron y las fuentes cesaron de correr. Poco a poco las viviendas
se fueron habitando por gentes de mala reputación: contrabandistas que
se aprovechaban de su exenta jurisdicción para emprender un vasto y
atrevido tráfico de contrabando, y ladrones y tunantes de todas clases,
que hacían de ella su guarida y su refugio, y desde donde a todas horas
podían merodear por Granada y sus inmediaciones. La energía del Gobierno
intervino al fin: expulsó, por último, a esta gente y no se permitió el
vivir allí sino el que probase que era hombre honrado y que, por tanto,
tenia justos títulos para habitar en aquel recinto; se demolieron la
mayor parte de las casas y solamente quedaron en pie unas pocas, con la
iglesia parroquial y el convento de San Francisco. Durante las últimas
guerras habidas en España, mientras Granada se halló en poder de los
franceses, la Alhambra estuvo guarnecida con sus tropas, y el general
francés habitó provisionalmente en el Palacio. Con el ilustrado criterio
que siempre ha distinguido a la nación francesa en sus conquistas, se
preservó este monumento de elegancia y grandiosidad morisca de la
inminente ruina que le amenazaba. Los tejados fueron reparados, los
salones y las galerías protegidos de los temporales, los jardines
cultivados, las cañerías restauradas, y se hicieron saltar en las
fuentes vistosos juegos de aguas. España, por lo tanto, debe estar
agradecida a sus invasores por haberle conservado el más bello e
interesante de sus históricos monumentos.
A la salida de los
franceses volaron éstos algunas torres de la muralla exterior y dejaron
las fortificaciones casi en ruinas. Desde este tiempo cesó la
importancia militar de la fortaleza. La guarnición consta de unos pocos
soldados inválidos, cuya misión principal consiste en guardar algunas de
las torres exteriores que sirven actualmente de prisiones de Estado; y
el gobernador, habiendo abandonado la elevada colina de la Alhambra,
reside en Granada, para el más cómodo despacho de los asuntos oficiales.
No concluiré esta breve
reseña sobre el estado de la fortaleza sin rendir el debido elogio a los
laudables esfuerzos de su actual gobernador, don Francisco de Serna,
quien está empleando los limitados recursos de que dispone para ir
reparando el Palacio, y con sus acertadas precauciones ha impedido su
inminente ruina. Si sus predecesores hubieran cumplido los deberes de su
cargo con igual esmero, la Alhambra podría haber permanecido casi en su
prístina belleza; y si este Gobierno le ayudara con medios iguales a su
celo, este edificio podría conservarse aún como la joya de la nación, y
atraería a los curiosos e inteligentes de todos los países durante
largas generaciones.
 Interior de la Alhambra
La Alhambra ha sido
descrita tan minuciosamente y con tanta frecuencia por los viajeros, que
un ligero croquis será acaso suficiente para refrescar la memoria del
lector; por consiguiente, haré una breve relación de nuestra visita al
otro día de llegar a Granada.
Dejando la posada de la
Espada, atravesamos la famosa plaza de Bibarrambla, teatro en otros
tiempos de las moriscas justas y torneos, y ahora convertida en mercado
principal. Desde allí subimos por el Zacatín, que es la calle más
importante, y que en tiempo de los moros era el Gran Bazar: en él las
tiendecillas y callejuelas conservan todavía él carácter del Oriente.
Cruzando una plaza por frente del palacio del capitán general, subimos
por una estrecha y tortuosa calle, cuyo nombre nos recordó los tiempos
caballerescos de Granada. Se llama la Cuesta de Gomeres, de una
familia morisca, célebre en los romances y cantares. Esta cuesta conduce
a una maciza puerta de arquitectura griega, construida por Carlos V, y
que forma la entrada a los dominios de la Alhambra.
Había en la puerta dos o
tres mal vestidos soldados veteranos, dormitando en un asiento de
piedra, los sucesores de los Zegríes y los Abencerrajes; en tanto que un
alto y flacucho ganapán, con una mugrienta capa de color castaño, que
tenía por objeto, sin duda, el ocultar el andrajoso estado de su traje
interior, se hallaba holgazaneando al sol y charlando con un viejo
veterano que estaba de centinela. Se nos agregó él tal cuando hubimos
pasado la puerta, y nos ofreció sus servicios para enseñarnos la
fortaleza.
Tengo repugnancia, como
viajero, a estos oficiosos cicerones, y no me agradó, en verdad, el
aspecto del que se me presentaba.
-¿Supongo que conocerá
usted bien este sitio?
-Ninguno mejor, señor,
pues soy hijo de la Alhambra.
La generalidad de los
españoles emplea singulares giros poéticos para expresarse. ¡Hijo de
la Alhambra! La frase ésta me sorprendió al pronto; pero el
humildísimo traje de mi nuevo conocido le daba un expresivo sentido ante
mis ojos: era el emblema de las vicisitudes de aquel lugar, y él
representaba maravillosamente al descendiente de tales ruinas.
Le hice algunas
preguntas, y me convencí de que era legítimo su título. Su familia se
venía sucediendo en la fortaleza de generación en generación, casi desde
el tiempo de la conquista, y su nombre era Mateo Jiménez.
-Entonces -le dije-
quizá será usted descendiente del gran cardenal Jiménez de Cisneros.
-¡Dios sabe, señor! Muy
bien puede ser. Somos la familia más antigua de la Alhambra: cristianos
viejos, sin mezclas de moros ni judíos. Yo sé que pertenecemos a cierta
familia noble, pero no me acuerdo cuál. Mi padre sabe todo eso, y
conserva el escudo de nobleza colgado en la habitación, en lo alto de la
fortaleza.
No hay español, por
pobre que sea, que no tenga sus pretensiones linajudas sobremanera, y
acepté, por lo tanto, los servicios del hijo de la Alhambra.
Nos internamos a seguida
en una honda y estrecha cañada cubierta de frondosa arboleda, con una
alameda en pendiente y varios caminillos alrededor, provista de asientos
de piedra y adornada de fuentes. A nuestra izquierda divisamos las
torres de la Alhambra asomando por encima de nosotros; y a la derecha,
en la falda opuesta de la cañada, estábamos dominados igualmente por
otras torres contrarias, en lo alto de una roca. Éstas, según nos
dijeron, eran las Torres Bermejas, llamadas así por su color
rojo. No se sabe su origen; son de una época muy anterior a la Alhambra,
y suponen que fueron edificadas por los romanos; y, según otros, por una
errante colonia de fenicios. Subiendo la pendiente y sombría alameda,
llegamos al pie de una gran torre morisca cuadrada, que forma una
especie de barbacana, y que constituye la entrada principal de la
fortaleza. Dentro de la barbacana había otro grupo de veteranos
inválidos, uno haciendo la guardia en la puerta, mientras que los otros,
envueltos en sus ya roídos capotes, dormían en los poyos de piedra. Esta
puerta se llama la Puerta de la Justicia, del tribunal
establecido en aquel vestíbulo durante la dominación de los musulmanes,
para los simples juicios y causas ordinarias; costumbre común en los
pueblos orientales, y citada frecuentemente en las Sagradas Escrituras.
El gran vestíbulo o
porche de entrada está formado por un inmenso arco árabe de forma de
herradura, que se eleva a más de la mitad de la altura de la torre. En
la clave de este arco hay grabada una gigantesca mano, y dentro del
vestíbulo, en la del portal, hay esculpida del mismo modo una
desmesurada llave. Los que pretenden ser peritos en los símbolos
mahometanos afirman que esta mano es el emblema de la doctrina, y la
llave el de la fe; otros sostienen que está significando el estandarte
de los moros que dominaron la Andalucía, en oposición con el cristiano
emblema de la cruz. Sin embargo, el hijo de la Alhambra le dio una
diferente explicación, más en armonía con las creencias del vulgo, que
atribuye algo misterioso y mágico a todo lo que es de moros, y cuenta
toda clase de supersticiones referentes a estas viejas fortalezas.
Según Mateo, era
tradición admitida en general desde los primitivos habitantes, y que
venía de padres a hijos, que la mano y la llave eran mágico amuleto del
que dependía el hado de la Alhambra. El rey moro que la fundó era un
gran nigromántico, o -según otros opinan- se había vendido al diablo y
había levantado la colosal fortaleza, por arte mágica. Por tal motivo se
sostiene ésta desde tantos siglos, desafiando las tormentas y los
terremotos, mientras que casi todos los otros edificios moriscos habían
venido a tierra y desaparecido. Este privilegio, según cuenta la
tradición, durará hasta que la mano del arco exterior baje y asga la
llave, y entonces la fortaleza saltará en pedazos y quedarán
descubiertos todos los tesoros escondidos en su seno por los moros.
Sin hacer caso de este
fatídico vaticinio nos aventuramos a entrar por el estrecho y encantado
paso de la Puerta, poniendo cierta esperanza contra la magia en la
protección de la Virgen, cuya escultura vimos sobre el portal.
Después de haber
atravesado la barbacana subimos una angosta callejuela que da la vuelta
entre murallas y conduce a una especie de explanada dentro de la
fortaleza, llamada Placeta de los Aljibes, por unos grandes
depósitos de agua que hay bajo ésta, cortados por los moros en la roca
viva para el abastecimiento de la ciudadela. Hay también un pozo de gran
profundidad, que da clara y fresquísima agua, y que es otro monumento
del delicado gusto de los moros, los cuales fueron incansables en sus
esfuerzos para obtener este elemento en su cristalina pureza.
Frente a esta explanada
está el suntuoso palacio comenzado por Carlos V, y destinado -según se
dice- a eclipsar la residencia de los reyes moros. Con toda su grandeza
y mérito arquitectónico, nos pareció más bien una orgullosa intrusión,
y, pisando por delante de él, entramos en su sencillo y severo portal,
que conduce al interior del morisco palacio.
La transición es casi
mágica; parecía que habíamos sido transportados a otros tiempos y a
otros reinos, y que estábamos, presenciando las escenas de la historia
árabe. Nos encontramos en un gran patio embaldosado de mármol y decorado
a cada extremo con ligeros peristilos moriscos: se llama el Patio de
la Alberca. En el centro hay un extenso estanque o vivero, de
ciento treinta pies de largo por treinta de ancho, poblado de dorados
pececillos y adornado de vallados de rosas. Al otro lado del patio se
eleva la gran
Torre de Comares.
Por el costado de
enfrente, sirviendo de entrada un arco morisco, entramos en el famoso
Patio de los Leones. No hay un sitio del edificio que dé una idea
más completa que éste de su original belleza y magnificencia, pues
ninguno ha sufrido menos los deterioros del tiempo. En el centro se
halla la fuente celebrada en los cantares e historias. La alabastrina
taza derrama por todas partes sus gotas de diamantes, y los doce leones
que la sostienen arrojan sus cristalinos caños de agua como en los
tiempos de Boabdil. El patio está tapizado con un lecho de vegetación y
rodeado de aéreas arcadas árabes de calados trabajos afiligranados,
sostenidos por esbeltas columnas de mármol blanco. La arquitectura,
semejante a toda la del palacio, está caracterizada por la elegancia más
bien que por las dimensiones, poniendo de relieve cierto delicado,
gracioso gusto y predisposición especial a los indolentes goces. Cuando
se mira a través de la maravillosa tracería de los peristilos y de los
-al parecer- frágiles festones de las paredes, se hace difícil el creer
que haya sobrevivido a la destrucción y desmoronamiento de los siglos, a
las sacudidas de los terremotos, a los asaltos de la guerra y a los
pacíficos y no menos dañosos saqueos del entusiasta viajero; todo lo
cual es bastante suficiente para disculpar la popular tradición de que
está protegida por mágico encantamiento.
A un lado del patio hay
un pórtico ricamente adornado, que abre paso a un hermoso salón
embaldosado de mármol blanco, y que se llama la Sala de las Dos
Hermanas. Una cúpula o tragaluz da entrada por la parte superior a
una moderada claridad y a una fresca corriente de aire. La parte baja de
las paredes hállase ornamentada con hermosos azulejos morunos, en
algunos de los cuales se representan los escudos de los monarcas moros.
La parte superior está adornada con delicados trajes en estuco,
inventados en Damasco, y consisten en grandes placas vaciadas a molde y
artificiosamente unidas, de tal modo, que parecen haber sido
caprichosamente modeladas a mano en medio relieve, y elegantes arabescos
entremezclados con textos del Corán y poéticas inscripciones en
caracteres árabes y cúficos. Estos adornos de las paredes y cúpulas
están ricamente dorados, y los intersticios pintados con lapislázuli y
otros brillantes y persistentes colores. En cada lado de la sala hay
departamentos para las otomanas y los lechos, y, encima de un pórtico
interior, un balcón que comunica con el departamento de las mujeres.
Existen todavía las celosías, desde donde las beldades de los ojos
negros del harén podían mirar sin ser vistas los festines de la sala de
abajo.
Es imposible el
contemplar este departamento, que fue en otro tiempo la mansión favorita
de los placeres orientales, sin sentir los primitivos recuerdos de la
historia árabe y casi esperando ver el blanco brazo de alguna misteriosa
princesa haciendo señas desde el balcón o algunos ojos negros brillando
por detrás de la celosía. La morada de la belleza está allí, como si
hubiese estado habitada recientemente; pero ¿dónde están las Zoraydas y
Lindarajas?
En el lado opuesto del
Patio de los Leones está la Sala de los Abencerrajes,
llamada así de los galantes caballeros de este ilustre linaje que fueron
allí pérfidamente asesinados. Hay algunos que dudan de la completa
veracidad de esta historia; pero nuestro humilde guía, Mateo, nos señaló
el verdadero postigo de la puerta por donde se dice que fueron
introducidos uno a uno, y la fuente de mármol blanco, en el centro de la
sala, donde fueron degollados. Nos enseñó también unas grandes manchas
rojizas en el pavimento, señales de su sangre, que, según la tradición
popular, nunca se borrarán. Notando que lo escuchábamos con credulidad,
añadió que se oía a menudo durante la noche, en el Patio de los
Leones, cierto débil y confuso ruido que parecía murmullo de gente,
y alguna que otra vez, un estridente sonido, como lejano rechinar de
cadenas. Este rumor es debido, sin duda, a las espumosas corrientes y a
la estrepitosa caída de agua que va por bajo del pavimento para surtir
las fuentes; pero, siguiendo la leyenda del hijo de la Alhambra, era
producido por los espíritus de los asesinados Abencerrajes que
frecuentaban de noche el sitio de su tormento e invocaban contra sus
verdugos la venganza del cielo.
Desde el Patio de
los Leones volvimos pie atrás hacia el de la Alberca, cruzando el
cual entramos en la Torre de Comares, así llamada del
nombre del arquitecto árabe. Es de maciza solidez e inmensa elevación, y
sobresale del resto del edificio, dominando el precipicio del lado de la
colina que desciende agrestemente hasta el cauce del Darro. Un arco
morisco da entrada al vasto y elevado salón que ocupa el interior de la
Torre, y que fue la gran Sala de Audiencia de los monarcas musulmanes, y
por tanto llamada Sala de los Embajadores. Conserva todavía
restos de su antigua magnificencia: sus paredes están ricamente
estucadas y decoradas de arabescos, y su abovedado techo construido de
madera de cedro; aunque confuso en la oscuridad a causa de su gran
elevación, brilla todavía con los más ricos dorados y las más hermosas
tintas del pincel árabe. En tres lados del salón hay grandes huecos
abiertos a través del inmenso espesor del muro cuyos balcones dan vista
al verde valle del Darro, a las calles y conventos del Albaicín, y
dominan el panorama de la lejana vega.
Descubriré brevemente
los demás deliciosos departamentos de esta parte del Palacio: el
Tocador de la Reina, que es una especie de mirador en lo alto de
una torre, desde donde las sultanas moriscas gozaban los puros ambientes
de las montañas y la vista del paraíso que hay alrededor; el apartado y
pequeño patio o Jardín de Lindaraja, con su fuente de alabastro
y sus plantaciones de rosales y mirtos, naranjos y limoneros; los
frescos salones y bóvedas de Los Baños, en cuyo interior se
atemperan el resplandor y los colores del día con cierta misteriosa luz
y corriente de frescura. Me abstengo, pues, de insistir, aunque
someramente, en estas consideraciones; el objeto que me propongo es dar
solamente al lector una idea general del interior de esta mansión, que,
si gusta, puede recorrer conmigo a su sabor en las páginas de esta obra,
familiarizándose poco a poco con todos sus departamentos.
Un abundante caudal de
agua traído desde las montañas por viejos acueductos moriscos corre por
el interior del Palacio, surtiendo sus baños y estanques, brotando en
surtidores en medio de las habitaciones y jugueteando en atarjeas a lo
largo del marmóreo pavimento. Cuando ha pagado su tributo al real
edificio y visitado sus jardines y parterres, se desliza a lo largo de
la extensa alameda, precipitándose hasta la ciudad, ya corriendo en
arroyuelos, ya esparciéndose en fuentes que mantienen en perpetuo verdor
los bosques que cubren y hermosean toda la colina de la Alhambra.
Solamente el que habita en los ardientes climas del sur puede apreciar
las delicias de esta mansión, en que se combinan las apacibles brisas de
la montaña con la frescura y verdor del valle. Mientras que la ciudad
baja se siente molestada con el calor del mediodía y la seca vega hace
confundirse la vista, los delicados aires de Sierra Nevada circulan en
el interior de estos hermosos salones, arrastrando con ellos el aroma de
los jardines que los rodean. A cada instante convida al indolente reposo
la exuberancia de los climas meridionales; y mientras que los ojos, a
medio entornar, se recrean desde los umbrosos balcones con el brillante
paisaje, el oído se siente acariciado por el susurro de las hojas de los
árboles y el murmullo de las cascadas.
 La Torre de Comares
El lector tiene ya un
croquis del interior de la Alhambra, pero acaso deseará que le demos una
idea general de sus contornos.
Una mañana serena y
apacible, cuando el sol no calentaba aún con la fuerza que hubiera
podido hacer desaparecer la frescura de la noche, decidimos subir a lo
alto de la
Torre de Comares, para desde allí contemplar a vista de pájaro el
panorama de Granada y sus alrededores.
Ven, benévolo lector y
compañero, y sigue nuestros pasos por este vestíbulo adornado de ricas
tracerías que conduce al Salón de Embajadores. No entraremos en él, sino
que torceremos hacia la izquierda por una puertecilla que da a las
murallas. ¡Ten mucho cuidado!, porque hay violentos escalones en
caracol, y casi a oscuras; sin embargo, por esta angosta y sombría
escalera redonda han subido a menudo los orgullosos monarcas y las
reinas de Granada hasta la coronación de la torre, para ver la
aproximación de las tropas cristianas o para contemplar las batallas en
la vega. Al poco rato nos encontraremos en el adarve; y, después de
tomar alientos por unos breves instantes, gozaremos contemplando el
espléndido panorama de la ciudad y de sus alrededores; por un lado verás
ásperas rocas, verdes valles y fértiles llanuras; por el otro, algún
castillo, la catedral y torres moriscas, cúpulas góticas, desmoronadas
ruinas y frondosas alamedas. Aproximémonos al muro e inclinemos nuestra
vista hacia abajo. Mira: por este lado se nos presenta el plano entero
de la Alhambra, y, descubierto ante nuestros ojos, el interior de sus
patios y jardines. Al pie de la torre se ve el
Patio de la Alberca, con su gran estanque o vivero rodeado de
flores; un poco más allá, el Patio de los Leones, con su famosa
fuente y con sus transparentes arcos moriscos; en el centro del alcázar,
el pequeño Jardín de Lindaraja, sepultado en medio del
edificio, poblado de rosales y limoneros matizados de verde esmeralda.
Esta línea de muralla,
salpicada de torres cuadradas edificadas alrededor en la misma cima de
la colina, es el lindero exterior de la fortaleza. Como verás, algunas
de estas torres encuéntranse ya en ruinas, y entre sus desmoronados
fragmentos han arraigado cepas, higueras y álamos blancos.
Miremos ahora por el
lado septentrional de la torre. Descúbrese una sima vertiginosa; los
cimientos se elevan entre los arbustos de la escarpada falda de la
colina. Fíjate en aquella larga hendidura del espeso murallón: indica
que esta torre ha sido cuarteada por alguno de los terremotos que de vez
en cuando han consternado a Granada, y que, tarde o temprano, reducirán
este vetusto alcázar a un simple montón de ruinas. El profundo y angosto
valle que se extiende debajo de nosotros, y que poco a poco se abre paso
entre montañas, es el Valle del Darro; contempla el manso río
cómo se desliza bajo embovedados puentes y entre huertos y floridos
cármenes. Éste es el río famoso desde tiempos antiguos por sus auríferas
arenas, de las que, por medio del lavado, se extrae con frecuencia el
preciado metal. Algunos de estos blancos cármenes que lucen por aquí y
por allá entre árboles y viñedos eran campestres retiros de los moros,
donde iban a gozar del fresco de sus jardines.
Aquel aéreo alcázar con
sus esbeltas y elevadas torres y largas arcadas que se extienden en lo
alto de aquella montaña entre frondosos árboles y vistosos jardines, es
el Generalife, elevado palacio de verano de los reyes moros, en el cual
se refugiaban en los meses del estío para disfrutar de aires aún más
puros y deliciosos que los de la Alhambra. En la árida cumbre de aquella
alta colina verás sobresalir unas informes ruinas: es la Silla del
Moro, llamada así por haber servido de refugio al infortunado
Boabdil, durante el tiempo de una insurrección, y desde la que, sentado,
contemplaba tristemente el interior de su rebelada ciudad.
Un placentero ruido de
agua se oye de vez en cuando por el valle: es el acueducto del cercano
molino morisco, situado junto al pie de la colina. El paseo de árboles
de más allá es la Alameda de la Carrera del Darro, paseo
frecuentado por las tardes y lugar de cita de los amantes en las noches
de verano, y en el cual se oye la guitarra a las altas horas, tañida en
los escaños que adornan el paseo. Ahora no hay más que unos cuantos
pacíficos frailes que se sientan allí y un grupo de aguadores camino de
la Fuente del Avellano.
¿Te has sobrecogido? Es
una lechuza que hemos espantado de su nido. Esta antigua torre es un
fecundo criadero de pájaros errantes; las golondrinas y los aviones
anidan en las grietas y hendiduras y revolotean durante todo el día,
mientras que por la noche, cuando todas las aves buscan el descanso, el
agorero búho sale de su escondrijo y lanza sus lúgubres graznidos por
entre las murallas. ¡Mira cómo los gavilanes que hemos echado fuera del
nido pasan rastreando por debajo de nosotros, deslizándose entre las
copas de los árboles y girando por encima de las ruinas que dominan el
Generalife!
Dejemos este lado de la
torre y volvamos la vista hacia poniente. Mira por allá, muy lejos, una
cadena de montañas limítrofes de la vega: es la antigua barrera entre la
Granada musulmana y el país de los cristianos. En sus alturas divisarás
todavía fuertes ciudadelas, cuyas negruzcas murallas y torreones parecen
formar una sola pieza con la dura roca sobre la que están enclavadas, y
tal cual solitaria atalaya erigida en algún elevado paraje, dominando,
como en otros tiempos, desde el firmamento los valles de uno y otro
lado. Por uno de esos desfiladeros, conocidos vulgarmente por el Paso de Lope, fue por donde el ejército cristiano descendió hasta
la vega. Por los alrededores de aquella lejana, pardusca y árida
montaña, casi aislada, cuya maciza roca se dilata hasta el seno de la
llanura, fue por donde los invasores escuadrones se lanzaron a campo
raso, con flotantes banderas y al estrépito de timbales y de trompetas.
¡Cuánto ha cambiado el cuadro! En lugar de la brillante cota del armado
guerrero vemos ahora el pacífico grupo de cansados arrieros caminando
lentamente a lo largo de las veredas de las montañas. Detrás de este
promontorio hállase el memorable
Puente de Pinos, renombrado por una sangrienta batalla entre
moros y cristianos, y mucho más famoso todavía por ser aquél el sitio en
que Colón fue alcanzado y llamado por el emisario de la reina Isabel,
precisamente cuando partía desesperado el navegante para anunciar su
proyecto de descubrimiento a la corte de Francia.
Ve aquel otro lugar,
célebre también en la historia del descubridor aquella lejana línea de
murallas y torreones iluminados descubridor: aquella el sol saliente en
el mismo centro de la vega; es la ciudad de Santafé, fundada
por los Católicos Reyes durante el sitio de Granada, después que un
incendio devoró su campamento. Éste es aquel mismo Real donde Colón fue
llamado por la heroica princesa, y dentro del cual se ultimó el tratado
que dio lugar al descubrimiento del Nuevo Mundo.
Por este lado, hacia el
Mediodía, la vista se extasía con las exuberantes bellezas de la vega:
la floreciente feracidad de arboledas y jardines e innumerables huertas,
por donde se extiende caprichosamente el Genil como una cinta de plata,
acrecentándose por multitudes de arroyos encauzados en viejas acequias
moriscas, que mantienen la campiña en un perpetuo verdor; por aquella
otra parte, los placenteros bosques, cármenes y casas de campo, por las
que los moros lucharon con desesperado valor; las alquerías y casitas,
por último, habitadas al presente por campesinos, en las cuales se
conservan vestigios de arabescos y de otros delicados adornos, que
demuestran haber sido moradas suntuosas y elegantes.
Más allá de la fértil
llanura de la vega verás hacia el sur una cadena de áridos cerros, por
las cuales marcha lentamente una soberbia recua de mulos. En lo alto de
una de estas colinas fue donde el infortunado Boabdil dirigió su última
mirada a Granada, lanzando un profundo ¡ay! de su alma dolorida: es el
famoso sitio apellidado El Suspiro del Moro en los romances y
leyendas.
Levanta ahora tus ojos
hacia la nevada cumbre de aquella lejana cordillera que brilla como una
nube de verano sobre el azulado firmamento: es la Sierra Nevada,
orgullo y delicias de Granada, origen de sus frescas brisas y perpetua
vegetación, y de sus amenísimas fuentes y perennes manantiales. Ésta es
la gloriosa cadena de montañas que da a Granada esa combinación de
delicias tan rara en las ciudades meridionales: la fresca vegetación y
templados aires de un clima septentrional con el vivificante ardor del
sol de los trópicos y el claro azul del cielo del Mediodía. Éste es el
aéreo tesoro de nieve que, derritiéndose en proporción con el aumento de
temperatura del estío, deja correr arroyos y riachuelos por todos los
valles y gargantas de las Alpujarras, difundiendo vegetación, fertilidad
y hermosa verdura de esmeralda por una prolongada cadena de numerosos y
encantadores valles.
Estas sierras pueden
llamarse con razón la gloria de Granada. Dominan toda la extensión de
Andalucía y se divisan desde distintas regiones. El mulatero las saluda,
contemplando sus nevados picos, desde la caliginosa superficie del
llano; y el marinero español, desde el puente de su barco, lejos, muy
lejos, allá en el seno del azul Mediterráneo, las mira atentamente y
piensa melancólico en su gentil Granada, mientras que canta en voz baja
algún antiguo romance morisco.
Basta ya... El sol
aparece por encima de las montañas y lanza sus vívidos resplandores
sobre nuestra cabeza. Ya el suelo de la torre arde bajo nuestros pies;
abandonémosla, y bajemos a refrescarnos bajo las galerías contiguas a la
fuente de los Leones.
 Consideraciones sobre la
dominación musulmana en España
Uno de mis sitios
favoritos era el balcón del hueco central del Salón de Embajadores,
en la alta Torre de Comares. Me había sentado allí para gozar
el crepúsculo de un hermoso día. El sol, ocultándose tras las purpúreas
montañas de Alhama, lanzaba sus luminosos rayos sobre el valle del
Dauro, dando un aspecto melancólico a las severas torres de la Alhambra;
y la vega, entretanto, cubierta de un tenue vapor sofocante que envolvía
los rayos del sol poniente, semejaba a lo lejos un mar de oro. Ni la
brisa más leve turbaba el silencio de la tarde, y de vez en cuando se
sentía un ligero rumor de música y algazara que se elevaba de los
cármenes de Darro, y que hacía más expresivo el solemne silencio de la
fortaleza que me daba asilo. Era uno de esos momentos en que la memoria
-semejante al sol de la tarde que lanzaba sus pálidos fulgores sobre los
viejos torreones- alcanzaba un mágico poder y se remonta a la vida
retrospectiva para recordar las glorias del pasado.
Hallábame sentado
meditando en el mágico efecto de la puesta del sol sobre la ciudadela
morisca, y entré luego en reflexiones sobre el ligero, elegante y
voluptuoso carácter que domina en su interior arquitectura, y el
contraste que ofrece con la grande aunque triste solemnidad de los
edificios góticos erigidos por los españoles. La respectiva arquitectura
indica las opuestas e irreconciliables naturalezas de los pueblos que
por largo tiempo se disputaron el imperio de la Península. Poco a poco
fuí pasando a otra serie de consideraciones sobre el singular carácter
de los árabes o musulmanes españoles, cuya existencia parece más bien un
cuento que una realidad, y que en cierto modo forma uno de los más
anómalos aunque brillantes episodios de la Historia. Fuerte y duradera
como fue su dominación, apenas sabemos cómo llamarla, pues constituyó
una nación sin legítimo nombre ni territorio. Lejana ola de la gran
Europa, parecía tener todo el ímpetu del primer desbordamiento de un
torrente. Su ruta de conquista, desde el Peñón de Gibraltar hasta la
cumbre de los Pirineos, fue tan rápida y brillante como las moriscas
victorias de Siria y Egipto, y ¡quién sabe si, a no haber sido
rechazados en los llanos de Tours, toda la Francia y Europa entera
hubieran sido invadidas con la misma facilidad que los imperios
asiáticos, y si la media luna se enseñorearía hoy en los templos de
París y de Londres!
Rechazadas dentro de los
límites de los Pirineos las mezcladas hordas de Asia y África que
formaron esta irrupción, dejaron el principio musulmán de conquista y
trataron de establecer en España un tranquilo y permanente dominio. Como
conquistadores, su egoísmo fue igual a su moderación, y durante algún
tiempo aventajaron a las naciones contra las cuales pelearon. Separados
de su país natal, amaban la tierra que les había sido deparada -según
ellos- por Alá, y se esforzaron en embellecerla con cuanto pudiera
contribuir a la felicidad del hombre. Basando los cimientos de su poder
en un sistema de sabias y equitativas leyes, cultivando diligentemente
las artes y las ciencias, y fomentando la agricultura, la industria y el
comercio, constituyeron poco a poco un imperio que no tuvo rival por su
prosperidad entre los imperios del cristianismo; y condensando
laboriosamente en él las gracias y refinamientos que distinguieron al
imperio árabe de Oriente en la época de su mayor florecimiento,
derramaron la luz del saber oriental por las occidentales regiones de la
atrasada Europa.
Las ciudades de la
España árabe llegaron a ser el punto de concurrencia de los artistas
cristianos para instruirse en las artes útiles. Las almadrazas de
Toledo, Córdoba, Sevilla y Granada se vieron frecuentadas por numerosa
afluencia de estudiantes de otros reinos, que venían a ilustrarse en las
ciencias de los árabes y en el atesorado saber de la antigüedad; los
amantes de las artes recreativas afluían a Córdoba para adiestrarse en
la poesía y en la música del Oriente, y los bravos guerreros del Norte
se trasladaron allí para amaestrarse en los gallardos ejercicios y
cortesanos usos de la caballería.
Si en los monumentos
musulmanes de España, en la Mezquita de Córdoba, el Alcázar de Sevilla y
la Alhambra de Granada, se leen pomposas inscripciones ponderando
apasionadamente el poder y permanencia de su dominación, ¿debe
menospreciarse su orgullo como alarde vano y arrogante?
Generación tras
generación, siglo tras siglo, han ido pasando sucesivamente, y todavía
mantienen los moros sus derechos a este suelo. Después de haber
transcurrido un período de tiempo más largo que el mediado desde que
Inglaterra había sido subyugada por el normando conquistador, los
descendientes de Muza y Tarik no pudieron prever que iban a ser
arrojados al destierro por los mismos desfiladeros que habían atravesado
sus triunfantes antecesores, del mismo modo que los descendientes de
Rolando y Guillermo, y sus veteranos pares no pueden soñar el ser
rechazados a las costas de Normandía.
Sin embargo, el imperio
musulmán en España fue casi una planta exótica que no echó profundas
raíces en el suelo que embellecía. Apartados de sus convecinos del
Occidente por insuperables barreras de creencias y costumbres, y
separados de sus congéneres del Oriente por mares y desiertos, formaron
un pueblo completamente aislado. Su existencia fue un prolongado cuanto
bizarro esfuerzo caballeresco por defender un palmo de terreno en un
país usurpado.
Los musulmanes españoles
fueron las avanzadas y fronteras del islamismo, y la Península el gran
campo de batalla donde los conquistadores góticos del Norte y los
musulmanes del Oriente lucharon y pelearon por dominar; pero el esfuerzo
fiero de los sarracenos se vio al fin abatido por el perseverante valor
de la raza hispanogótica.
Y por cierto que no se
ha dado jamás un tan completo aniquilamiento como el de la nación
hispanomuslímica. ¿Qué se ha hecho de los árabes españoles? Preguntadlo
a las costas africanas y a los solitarios desiertos. El resto de su
antiguo y poderoso imperio ha desaparecido proscrito entre los bárbaros
de África y perdida por completo su nacionalidad. No han dejado siquiera
un nombre especial tras de sí, aunque durante ocho siglos han
constituido un pueblo separado. No quisieron reconocer el país de su
adopción y el de su residencia durante muchos años y evitaron el darse a
conocer de otro modo que como invasores y usurpadores. Tal cual
monumento ruinoso es lo único que queda para testificar su poder y
dominación, a la manera que las solitarias rocas que se ven allá en
lontananza dan testimonio de algún pasado cataclismo. Tal es la
Alhambra: una fortaleza morisca en medio de un país cristiano; un
oriental palacio rodeado de góticos edificios occidentales; un elegante
recuerdo de un pueblo bravo, inteligente y simpático, que conquistó,
dominó y pasó por el mundo.
 La familia de la casa
Ya es tiempo de que dé
alguna idea de mi doméstica instalación en esta singular residencia. El
Palacio Real de la Alhambra se hallaba confiado al cuidado de una buena
señora soltera y ya anciana, llamada doña Antonia Molina a la cual,
según costumbre española, le daban sus vecinos el nombre de la Tía
Antonia. Cuidaba de las moriscas habitaciones y de los jardines, y
los enseñaba a los extranjeros; en recompensa de lo cual percibía
gratificaciones de los visitantes del Alcázar y los productos de los
jardines, excepción hecha de cierto tributo de flores y frutas que
acostumbraba pagar al gobernador. Su domicilio particular se hallaba en
un extremo del Palacio, y por toda familia tenía un sobrino y una
sobrina, hijos de dos hermanos diferentes. El sobrino, Manuel Molina,
era un joven de bastante mérito y de gravedad española; había servido en
el ejército, tanto en España como en las Indias occidentales; pero a la
sazón estudiaba para médico, con la esperanza de llegar a serlo algún
día de la fortaleza, cargo muy honroso y que podría producir unos ciento
cuarenta duros al año. En cuanto a la sobrina, era una robusta joven
andaluza, de ojos negros, llamada Dolores, aunque por su aspecto y vivo
carácter bien merecía un nombre más risueño. Era la heredera presunta de
todos los bienes de su tía, consistentes en unas cuantas casillas
ruinosas situadas en la fortaleza, que le proporcionaban una renta de
cerca de ciento cincuenta duros. No llevaba yo mucho de vivir en la
Alhambra cuando descubrí los disimulados amores del discreto Manuel y su
vivaracha prima, los cuales no aguardaban otra cosa para unir a
perpetuidad sus manos y corazones sino el que aquél recibiera el título
de médico y el que se obtuviese la dispensa del Papa, a causa de su
consanguinidad.
Hice un contrato con la
buena de doña Antonia, bajo cuyas condiciones se comprometía a
suministrarme plato y hospedaje, y por cuyo motivo la linda y alegre
Dolores cuidaba de mi habitación y me servía de camarera a las horas de
comer. También tenía a mis órdenes un mozo rubio y algo tartamudo,
llamado Pepe, que cuidaba de los jardines, y el cual me hubiera servido
de continuo asistente a no haberme ya de antemano concertado con Mateo
Jiménez, el hijo de la Alhambra. Este infatigable y pertinaz individuo
se pegó a mí, no sé de qué modo, desde que lo encontré por vez primera
en la puerta exterior de la fortaleza; y de tal manera se entrometía en
todos mis proyectos, que al fin consiguió acomodarse y contratarse
conmigo de criado, cicerone, guía, guardián, escudero e historiógrafo,
viéndome, por lo tanto, precisado a mejorarle de equipo, para que no me
sonrojase en el ejercicio de sus variadas funciones; dejó, pues, su
vieja capa de color castaño, como la culebra muda de camisa, y pudo
presentarse en la fortaleza con su magnífico sombrero calañés y su
chaqueta, con gran satisfacción suya y no menos admiración de sus
camaradas. El principal defecto del buen Mateo era su exagerado afán de
serme útil. Comprendiendo que me había forzado a utilizar sus servicios,
y calculando, sin duda, que mi condescendiente y pacífico temperamento
le podría proporcionar una renta segura, ponía todo su pensamiento en
adivinar de qué modo y manera tendría que hacérseme necesario para la
satisfacción de todos mis deseos. En una palabra, yo era la víctima de
todas sus oficiosidades: no podía pisar el umbral del Palacio ni dar un
paseo por la fortaleza sin que dejara de perseguirme, explicándome todo
cuanto veían mis ojos; y si acaso decidía recorrer las cercanas colinas,
no había más remedio sino que Mateo tenía que servirme de guardián,
aunque estoy persuadido de que hubiera sido más a propósito para darle a
los talones que para hacer uso de sus armas en caso de una agresión. Con
todo, y a decir verdad, el pobre chico me servía con frecuencia de
divertido acompañante: era de índole sencilla y de muy buen humor, con
la charlatanería de un barbero de lugar, y tenía al dedillo todos los
chismes de la vecindad y de sus contornos; pero por lo que más se
enorgullecía era por su tesoro de noticias sobre todos aquellos sitios y
por las maravillosas tradiciones que contaba delante de cada torre,
bóveda o barbacana de la fortaleza, y en cuyas historias tenía la tenía
la más absoluta fe.
La mayor parte las había
aprendido, según decía, de su abuelo, que era un célebre legendario
sastre que vivió cerca de los cien años durante los cuales hizo apenas
dos salidas fuera del recinto de la fortaleza. Su tienda fue, casi por
espacio de un siglo, el punto de reunión de una porción de vejetes
charlatanes, que se pasaban la mitad de la noche hablando de los tiempos
pasados y de los maravillosos sucesos y ocultos secretos de la
fortaleza. La vida entera, los hechos, los pensamientos y los actos
todos del sastre celebérrimo habían tenido por límite las murallas de la
Alhambra; dentro de ellas nació, dentro de ellas vivió, creció y
envejeció, y dentro de ellas recibió sepultura. Afortunadamente para la
posteridad, sus tradiciones no murieron con él, pues el mismísimo Mateo,
cuando era rapazuelo, acostumbraba a oír atentamente las consejas de su
abuelo y de la habladora tertulia que se reunía alrededor del mostrador
de la tienda; y de este modo llegó a poseer un repertorio de
interesantes narraciones sobre la Alhambra, que no se encuentran
escritas en ningún libro, pero que se van depositando en la mente de los
curiosos viajeros.
Tales eran los
personajes que contribuían a darme plácido contemplamiento en la
Alhambra; y dudo que ninguno de cuantos potentados, moros o cristianos,
han vivido antes que yo en el Palacio se hayan visto servidos con más
fidelidad que yo, ni gozado de un imperio más pacífico.
Cuando me levantaba por
la mañana el tartamudo jardinero Pepe me obsequiaba con frescas flores
recién cogidas, que eran a seguida colocadas en vasos por la delicada
mano de Dolores, la cual ponía un especial cuidado en adornar mi
habitación. Comía yo donde me dictaba mi capricho: unas veces en alguna
sala morisca, otras bajo el templete del Patio de los Leones,
rodeado de flores y fuentes; y cuando deseaba pasear, me acompañaba mi
asiduo Mateo por los sitios más románticos de las montañas y deliciosas
guardias del contiguo valle, cada uno de cuyos parajes era teatro de
algún maravilloso cuento.
Aunque mi gusto era el
pasar la mayor parte del día en la soledad, asistía algunas veces a la
pequeña tertulia doméstica de doña Antonia, la cual se reunía
ordinariamente en una vieja sala morisca que servía de cocina y de
gabinete, y en uno de cuyos ángulos habían construido una rústica
chimenea, hallándose por el humo ennegrecidas las paredes y destruidos
en gran parte los antiguos arabescos. Un hueco, con un balcón que daba
al valle del Darro, permitía la entrada de la fresca brisa de la tarde;
y aquí era donde yo hacía mi frugal cena de fruta y leche, pasando el
rato en conversación con la familia. Hay cierto talento natural -sentido
común, como le llaman los españoles- que les hace despejados y de trato
agradabilísimo, cualquiera que pueda ser su condición de vida y por
imperfecta que sea su educación: añádase a esto que no son nada
vulgares, pues la Naturaleza los ha dotado de cierta dignidad de
espíritu que les es muy propicia y característica. La buena de la tía
Antonia era una mujer discreta, inteligente y nada común, aunque sin
ilustración; y la vivaracha Dolores, si bien no había leído tres o
cuatro libros en toda su vida, poseía una cierta admirable discreción y
buen sentido, sorprendiéndome muy a menudo con sus ingeniosas
ocurrencias. Solía entretenernos el sobrino leyéndonos alguna antigua
comedia de Calderón o de Lope de Vega, a lo que se mostraba sumamente
propicio, por el deseo de agradar, o más bien de entretener a su adorada
prima, si bien casi siempre, y a pesar suyo, se quedaba dormida esta
señorita antes de terminar el primer acto. Algunas veces la tía Antonia
daba reuniones de amigos de confianza y deudos suyos, que solían ser los
habitantes de la misma Alhambra y las esposas de los inválidos. Todos la
miraban con gran deferencia, por ser la conserje del Palacio, y la
hacían la corte, dándole noticias de lo que sucedía en la fortaleza o de
los rumores que corrían por Granada. Oyendo estos chismes nocturnos me
enteré de muchos sucesos curiosos, que ilustraron acerca de las
costumbres del pueblo bajo, y de muchos pormenores referentes a la
localidad.
Y he aquí de dónde han
nacido estos ligeros bocetos, sencillos entretenimientos míos, a los que
sólo dan interés e importancia la especial naturaleza de este sitio.
Pisaba tierra encantada y me encontraba bajo la influencia de románticos
recuerdos. Desde que en mi infancia y allá en mis queridas riberas del
Hudson recorrí por primera vez las páginas de una antigua Historia de
España y leí en ellas las guerras de Granada, esta ciudad fue para mí
eterno objeto de mis más dulces ensueños; y muchas veces me imaginaba
allá en mi fantasía el hollar los poéticos salones de la Alhambra. ¡Ved
aquí, acaso por primera vez, un sueño realizado, y, con todo, me parece
una ilusión de mis sentidos; aún quiero dudar que yo he habitado en el
palacio de Boabdil, y que me he pasado extáticas horas contemplando
desde sus balcones la hermosa y poética Granada! Cuando vagaba por estos
salones orientales y oía el murmullo de las fuentes y los trinos del
ruiseñor, cuando aspiraba la fragancia de las rosas y sentía la
influencia de este embalsamado clima, me hallaba tentado a suponerme en
el paraíso de Mahoma, y que la linda Dolores era una hurí de ojos
negros, destinada a aumentar la felicidad de los verdaderos creyentes.
 El truhán
Después de haber
redactado las anteriores páginas sobrevino un incidente que causó una
ligera tribulación en la Alhambra y que entristeció la interesante
fisonomía de Dolores. Esta señorita sentía esa natural pasión de mujer
por los animales domésticos de todas clases; y, efecto de su bondadoso
carácter, había poblado de los que le eran predilectos uno de los patios
ruinosos de la Alhambra. Un arrogante pavo real, con su hembra, parecía
como que estaba ejerciendo soberanía sobre otros hermosos pavos,
cacareadoras gallinas de Guinea y una bandada de pollos y gallinas
comunes. Pero el principal deleite de Dolores fue mucho tiempo un par de
pichones que habían entrado ya en el sagrado estado del matrimonio,
sustituyendo en el cariño de la joven a una gata maltesa con sus
gatitos.
A manera de vivienda, y
para que pudieran hacer vida doméstica, Dolores les había arreglado un
pequeño cuartito junto a la cocina, cuya ventana daba a uno de los
silenciosos patios moriscos. Allí vivía la feliz pareja, no conociendo
más mundo que su patio y sus relucientes tejados, sin que jamás se les
hubiera ocurrido asomarse por encima de las murallas ni volar a lo alto
de las torres. Su virtuosa unión se vio al fin coronada por dos
preciosos huevos, blancos como la leche, que estremecieron de alegría a
la cariñosa joven. Nada tan tierno y digno de admiración como los
desvelos de los tiernos esposos en tan interesante situación; turnaban
en el nido hasta que nacieron los pollos, y mientras la tierna prole
necesitaba calor y abrigo, el uno quedaba en el nido y el otro salía
fuera para buscar comida y traer a la casita provisiones.
Este cuadro de felicidad
conyugal se alteró de pronto con un triste contratiempo. Una mañana
temprano, cuando Dolores daba de comer al macho, tuvo la idea de querer
enseñarle el gran mundo; y, abriendo la ventana cuyas vistas daban al
valle del Darro, lo lanzó de pronto fuera de la muralla de la Alhambra.
Por primera vez en su vida, el inexperto pájaro tuvo que usar de todo el
vigor de sus alas; se precipitó hacia el valle, y levantándose después
de un revuelo se remontó hasta cerca de las nubes. Nunca se había visto
a tal altura ni gozado de las delicias de volar, y, semejante al joven
calavera que está en su elemento, parecía estar aturdido con el exceso
de libertad y con el ilimitado campo de acción que de pronto se abrió a
sus ojos. Durante todo el día estuvo dando vueltas, girando en
caprichosas curvas, de torre en torre y de árbol en árbol. Todas las
tentativas para cogerlo, echándole comida en los tejados, fueron vanas;
parecía que se hubiera olvidado de su casa, de su tierna compañera y de
sus dulces pichoncillos. Para aumentar la pena de Dolores, se reunió con
dos palomas ladronas, cuya habilidad consiste en atraer a su nido a los
pichones que se escapan de otro palomar. El fugitivo -como los jóvenes
mal aconsejados en su primera salida al mundo- se fascinó con la
compañía de estos perjudiciales amigos, que tomaron a su cargo el
enseñarle a vivir y presentarlo en sociedad, y estuvo volando con ellos
por encima de los tejados y campanarios de Granada. Sobrevino una ligera
tormenta, y, sin embargo, nuestro prófugo no volvía a su nido; se echó
encima la noche, y nada, no aparecía. Para agravar la situación, la
hembra, después de estar bastantes horas en el nido sin ser relevada,
salió al fin en busca de su fiel compañero, pero estuvo tanto tiempo
fuera, que uno de los pichoncillos pereció por falta de calor y de
abrigo del pecho materno. A última hora de la noche avisaron a Dolores
que habían visto al truhán del pájaro en la torre del Generalife. Nos
enteramos de que el administrador de este antiguo palacio tenía también
un palomar, entre cuyos habitantes se decía que había dos o tres pájaros
ladrones que eran el terror de los aficionados a palomas en la vecindad.
Dolores dedujo en seguida que los dos pájaros con quienes había visto al
fugitivo eran los del Generalife, e inmediatamente se reunió un consejo
de familia en la habitación de la tía Antonia. El Generalife tiene
distinta jurisdicción que la Alhambra, y existe cierta rivalidad, sin
enemistad manifiesta, entre sus conserjes. Se determinó, por fin, enviar
al tartamudo jardinero Pepe en calidad de embajador, exigiendo que, si
se encontraba el fugitivo dentro de aquellos dominios, fuese entregado
inmediatamente, por ser súbdito de la Alhambra. Pepe partió a cumplir su
embajada diplomática, a la luz de la luna, por entre bosques y alamedas;
pero volvió al cabo de una hora con la desconsoladora noticia de que el
tal pichón no se encontraba en el palomar del Generalife. El
administrador, sin embargo, prometió, bajo palabra de honor, que si el
desertor se refugiase allí, aunque fuera a medianoche, sería arrestado
inmediatamente y enviado prisionero a la joven señorita.
Así seguía este
desgraciado asunto, que tan grave desazón produjo en el Palacio y que,
durante la noche, no dejó pegar los ojos a la inconsolable Dolores.
«No hay
bien ni mal - dice un adagio vulgar- que cien años
dure.» Lo primero que vi, al salir de mi cuarto por la mañana, fue a
Dolores con el truhán del palomo extraviado, en sus manos, y
sus ojos brillando de alegría. Había parecido a primera hora en las
murallas revoloteando cautelosamente de tejado en tejado, hasta que
entró por la ventana rindiéndose a discreción. Y por cierto que no ganó
muy buena fama con su vuelta; pues por la insaciable manera con que
devoró la comida que le pusieron delante daba bien a entender que, como
el Hijo Pródigo, había regresado a su casa sólo acosado por el hambre.
Dolores le riñó por su mala conducta, diciéndole toda clase de nombres
injuriosos (aunque, ¡condición tierna de mujer!, lo acariciaba al propio
tiempo contra su pecho, cubriéndolo de besos). Observé, sin embargo, que
tuvo cuidado de cortarle las alas, para evitar el que se escapase
nuevamente; precaución que hago constar en beneficio de las que tienen
amantes veleidosos y maridos callejeros. Más de una saludable moraleja
pudiera sacarse de la historia de Dolores y su pichón.
Cuentos de la Alhambra
Washington Irving ; [traducción del inglés por J. Ventura Traveset]
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