IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
SALUSTIO: “Bellum Iugurthinum” (SELECCIÓN de textos)
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia (Profesor de Latín)
15
valió contra mi hermano, cuando en nada pensaba yo menos que en guerra o en que se me hiciese violencia, me
obligó, como veis, a acogerme a vuestro Imperio y a abandonar mi patria, mi casa, pobre y lleno de trabajos; de
suerte que donde quiera esté más seguro que en mi reino. Yo siempre juzgué, Padres Conscriptos, según se lo oí a
mi padre muchas veces, que los que cultivaban con esmero vuestra amistad, tomaban a la verdad sobre sí un peso
muy gravoso; pero que en recompensa eran entre todos los que Vivian más seguros. Lo que ha estado, pues, de
parte de nuestra familia, es a saber, el asistiros en todas vuestras guerras, lo hemos cumplido exactamente; toca
ahora y pende de vosotros, Padres Conscriptos, nuestra seguridad en tiempo de paz. Nuestro padre nos dejó a los
dos hermanos, y nos dio otro con haber adoptado a Yugurta, creyendo que, obligado por sus beneficios, sería
nuestro más estrecho allegado. Uno de los dos ha sido ya por él cruelmente muerto; el otro, que soy yo, con
dificultad he podido escapar de sus manos. ¿Qué haré pues, o adónde, infeliz de mí, mejor me acogeré? Los
apoyos que tenía en mi familia todos me han faltado. Mi anciano padre murió, como era natural: a mi hermano
quitó alevosamente la vida el pariente que más debiera conservársela: mis allegados, amigos, parientes y demás
parciales han sido oprimidos de mil modos: los que Yugurta ha podido haber a las manos, parte han sido
ahorcados, otros echados a las fieras; y los pocos que han quedado con vida, la pasan en obscuros calabozos,
triste, llorosa y más amarga que la misma muerte. Aunque las cosas que he perdido, o de favorables que eran se
me han vueltos contrarias, estuviesen todas en su ser, no obstante eso, si me hubiera sobrevenido algún desastre
repentino, imploraría yo vuestro favor, Padres Conscriptos, a quienes, por lo grande de vuestra autoridad,
corresponde hacer que se aguarde a cada uno su derecho y que los delitos se castiguen. Pero ahora, desterrado
de mi patria, de mi casa, solo y necesitado de cuanto pide mi decoro, ¿adónde iré? ¿o a quiénes apelaré? ¿A las
naciones o a los reyes, siendo, como son, todos contrarios a mi familia por causa de vuestra amistad? ¿Podré
acaso ir a parte alguna donde no haya bastantes memorias de hostilidades hechas por mis mayores en obsequio
vuestro? ¿o se apiadará de mí quien haya algún tiempo sido vuestro enemigo? Finalmente, Masinisa nos crio con
esta máxima, oh Padres Conscriptos: que ninguna amistad cultivásemos sino la del Pueblo romano; que no
hiciésemos tratados ni alianzas nuevas, que harto bien defendidos estaríamos con ser vuestros amigos; y que si a
vuestro Imperio fuese algún día adversa la fortuna, pereciésemos todos a la par. Por vuestro valor y por el favor
de los Dioses sois grandes y poderosos; todo os es favorable, todo os obedece; por lo que podéis mejor tomar a
vuestro cargo las injurias de vuestros aliados Sólo una cosa temo, y es que la amistad particular y encubierta que
algunos mantienen con Yugurta, les haga dar al través y apartar de lo justo; porque oigo que los tales se
empeñan con el mayor ahínco, y os cercan sé importunan uno a uno, a fin de que no toméis providencia contra un
ausente, sin pleno conocimiento de causa, y aún añaden que yo abulto con estudio mi desgracia, y hago del que
huye, pudiéndome estar sin riesgo alguno en mi reino. Pero ojalá que vea yo fingir a aquel por cuya execrable
maldad estoy reducido a estos trabajos, las mismas cosas que dicen que yo finjo; y que o vosotros o los Dioses
inmortales muestren una vez que cuidan de las cosas humanas; para que de esa suerte el que hoy por sus
maldades se ha hecho insolente y famoso, pague, atormentado cruelmente por todo género de castigos, la pena de
su ingratitud contra nuestro padre, de la muerte de mi hermano y de los trabajos en que me ha puesto. Tú a lo
menos, oh hermano de mi alma, aunque perdiste tempranamente la vida, y a manos del que más la debiera
defender, tienes en mi juicio más por qué consolarte que por qué llorar tu desgracia; pues aunque perdiste el
reino juntamente con la vida, te libraste con eso de verte huido, desterrado, pobre y cercado de los males que a mí
ahora me oprimen; pero yo, infeliz, en medio de tantos trabajos, echado del reino de nuestros padres, vengo a ser
hoy el espectáculo de las cosas humanas; sin saber qué hacerme, si vengar tus injurias en el tiempo que más
necesito de socorro, o pensar en recobrar mi reino, cuando pende el arbitrio de mi vida o muerte del poder ajeno.
Ojalá que muriendo pudiese yo dar honrado fin a mis infortunios, por no vivir despreciado, en caso que el peso de
mis trabajos me obligue al fin a ceder a la injuria. Pero ahora que aún el vivir me fastidia, y ni morir puedo sin
afrenta, os ruego, Padres Conscriptos, por vuestro estado, por el amor que tenéis a vuestros hijos y parientes, por
la majestad del Pueblo romano, que me socorráis en mi desgracia, que os opongáis al agravio que padezco, y no
consintáis que el reino de Numidia, que en propiedad es vuestro, se inficione y manche por medio de una maldad
con la sangre de nuestra familia”.