Página 15 - yugurta

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IES “Fuente de la Peña” (Jaén)
SALUSTIO: “Bellum Iugurthinum” (SELECCIÓN de textos)
Departamento de Latín
Por: Jaime Morente Heredia (Profesor de Latín)
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“…pero habiéndose dado batalla, y siendo vencido en ella, tuvo que retirarse huyendo a la África proconsular,
desde donde pasó a Roma. Yugurta entonces, logrado ya su intento, y después que se vio dueño de toda la
Numidia, comenzó en su quietud a reflexionar sobre su hecho y a temer al Pueblo romano; sin que hallase en
cosa alguna remedio contra su justo enojo, sino en la avaricia de la nobleza, y su dinero. Y así, dentro de pocos
días envía sus mensajeros a Roma con gran copia de oro y plata, y con encargo primeramente de regalar a manos
llenas a los amigos antiguos, ganar después á otros, y, últimamente, comprar a fuerza de dones a cuantos más
pudiesen, sin detenerse en nada. Luego, pues, que llegaron los mensajeros, y, según el orden que tenían de su Rey,
regalaron espléndidamente a sus huéspedes y camaradas, y a otros que en aquel tiempo tenían manojo en el
Senado, se trocaron las cosas de tal suerte, que en un momento alcanzó Yugurta la gracia y el favor de la nobleza
que antes le aborrecía extremamente; hasta haber muchos que, inducidos por sus promesas o sus dones, visitaban
uno a uno a los Senadores y se empeñaban en que no se tomase resolución fuerte contra él. Ya, pues, que los
mensajeros vieron la cosa en buen estado, se señaló día de audiencia a las dos partes. Entonces dicen que habló
Aderbal de esta suerte:”
**** LECTURA del capítulo XIV excepto el final (ORATORIA): discurso de Aderbal ante el Senado.
“Padres Conscriptos: Micipsa, mi padre, al tiempo de morir me hizo saber que no me tuviese sino por
administrador del reino de Numidia, porque el dominio y la propiedad de él eran vuestros. Encargóme también
que en paz y en guerra procurase con todo empeño ser del mayor provecho que pudiese al Pueblo romano, y que
os tuviese en lugar de mis parientes y allegados; asegurándome que si así lo hacía, tendría en vuestra amistad
ejército, riquezas, y mi reino bien defendido. Cuando yo, pues, observaba cuidadosamente esta máxima, Yugurta,
hombre el más malvado de cuantos tiene el mundo, despreciando vuestra autoridad, me echó de mi reino y me
despojó de todos mis bienes, siendo como soy nieto de Masinisa, y así, por linaje, confederado y amigo del Pueblo
romano. Y a la verdad, Padres Conscriptos, ya que había yo de llegar a este extremo de infelicidad, más quisiera
alegar servicios propios que los de mis mayores, para implorar con mejor derecho vuestra ayuda, y especialmente
ser en esta parte acreedor del Pueblo romano, sin necesitar de su favor, y en caso de necesitarle, poderme valer
de él como de cosa debida. Pero como la inocencia no tiene bastante apoyo en sí misma, ni podía yo jamás pensar
cuán malo había de ser Yugurta, por eso vengo a ampararme de vosotros, Padres Conscriptos, causándome dolor
sumo seros antes de carga que de provecho. Otros reyes fueron admitidos a vuestra amistad después de vencidos
en campaña, o a lo más solicitaron vuestra alianza cuando sus cosas corrían peligro; pero nuestra familia trabó
amistad con el Pueblo romano en tiempo de la guerra de Cartago, en que más era apetecida su buena fe que su
fortuna. No consintáis, pues, Padres Conscriptos, que siendo yo rama de esta familia y nieto de Masinisa, implore
en vano vuestro socorro. Aunque no hubiese para esto más motivo que mi desgraciada suerte y el verme ahora
pobre, desfigurado por mis trabajos y dependiente del favor ajeno, habiendo poco antes sido un rey por sangre,
fama y riquezas poderoso, sería muy propio de la majestad del Pueblo romano impedir que se me atropellase
injustamente y no consentir que reino alguno se acrecentase por medios tan inicuos. Pero yo, además de esto, he
sido echado de aquellas tierras que dio el Pueblo romano a mis antepasados, y de las que mi padre y mi abuelo,
juntamente con vosotros, desposeyeron a Sifax y a los Cartagineses. Lo que vos me disteis, Paires Conscriptos, es
lo que se me ha quitado de las manos, y así, vuestra es, no menos que mía, la injuria que padezco. ¡Desdichado de
mí! ¿Tal pago al fin atuvieron, padre mío Micipsa, tus beneficios, que aquel a quien tú igualaste con tus hijos y
diste parte en tu reino, ese haya justamente de ser el exterminador de tu linaje? ¿Qué, nunca ha de tener paz
nuestra familia? ¿Qué, hemos de andar siempre entre muertes, espadas y destierros? Mientras los Cartagineses
estuvieron florecientes, nos era preciso sufrir cualquier trabajo: teníamos al enemigo al lado: vosotros, que nos
podíais socorrer, estabais lejos: toda vuestra esperanza pendía de las armas. Después que aquella peste fue
echada de África, vivíamos en paz con alegría y sin más enemigos que aquellos que vosotros queríais que
tuviésemos por tales. Pero he ahí de repente á Yugurta, que con una avilantez y soberbia intolerables, después de
haber dado muerte a mi hermano, que era también su deudo, lo primero que hizo fue usurparle el reino en premio
de su alevosía. Después, viendo que no podía haberme a mí a las manos por los mismos infames medios de que se