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Miss universo
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¿SABÍAS
QUE... la primera elección de Miss Universo no fue
televisada ni radiada, sino que se cantó en los poemas
de los antiguos escritores grecolatinos?
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La región
donde tuvo lugar tan rocambolesco concurso fue la
Tróade, y el escenario no fue el plató de un
estudio televisivo, sino las laderas del monte
Ida, cercano a la ciudad de Troya, al norte de la
actual Turquía.
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Hasta
allí se trasladaron las bellas concursantes, Atena,
diosa griega de la sabiduría; Hera, diosa del
matrimonio y, cómo no, Afrodita, diosa del amor y la
belleza.
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El
apuesto juez, encargado de la díficil decisión que le
granjearía la eterna enemistad de las perdedoras a
cambio de la infinita gratitud de la ganadora, se
llamaba Paris y no era un presentador
profesional, sino que trabajaba en el campo como
pastor de ovejas, pero además era un príncipe, aunque
él a la sazón no lo sabía. Lo escogió entre los
mortales el propio Zeus, por su gran belleza e
inocencia. Y se encargó de comunicárselo el mensajero
de dioses Hermes (Mercurio, entre los romanos).
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Así que
allí estaban el joven Paris, tembloroso y atormentado
por la duda, el mensajero Hermes y las tres diosas.
Las pruebas por las que tuvieron que pasar las
concursantes se parecen mucho a cualquier otra de un
programa televisivo cualquiera, pero en esta ocasión
cada una de las diosas ofreció al joven Paris una
recompensa a cambio de que la eligiera a ella entre
las tres:
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Hera prometió a Paris un matrimonio
dichoso lleno de riquezas.
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Atena
le prometió que le haría el hombre más inteligente
del mundo.
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Por fin
la bella Afrodita, que para la ocasión vestía por
todo ropaje un cinturón con poderes mágicos, le
encandiló con la propuesta de conseguir que la mujer
más hermosa de la Tierra, Helena, se enamorase de
él. Sólo había un pequeño problema: como era griega
tendría que viajar hasta su palacio y
raptarla.
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"Los
rasgos de su rostro son tenues y delicados. Largos,
sedosos y rubios son sus cabellos. Sus muslos parecen
hechos expresamente para que los acaricien manos
viriles. Sus pezones son como granos de uva empapados
de sol. Su pecho es cálido y tierno
como... -¡Basta, basta, la quiero! -gritó
Paris sin darle siquiera tiempo para que especificara
a qué se parecía el pecho. Entre el poder, la
inteligencia y el amor, Paris había escogido el amor.
Para establecer su elección Paris entregó como premio
a Afrodita una manzana de oro, la manzana que tantas
discordias de belleza había ocasionado entre las tres
diosas; luego vino una guerra, la guerra de Troya"
(...pero ésta es ya otra
historia.)
Luciano de
Crescenzo, Helena, Helena, amor mío. Ed. Seix
Barral, 1991,
pp.27-40). |
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