| Ovidio y su Obra |
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| El origen del mundo | El Diluvio | Dafne | Europa | Píramo y Tisbe | Níobe | Dédalo e Ícaro | Orfeo y Eurídice |
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Pyramus et Thisbe, iuuenum pulcherrimus alter, altera, quas Oriens habuit, praelata puellis, contiguas tenuere domos, ubi dicitur altam coctilibus muris cinxisse Semiramis urbem. Notitiam primosque gradus uicinia fecit, tempore creuit amor; taedae quoque iure coissent, sed uetuere patres: quod non potuere uetare, ex aequo captis ardebant mentibus ambo. Conscius omnis abest; nutu signisque loquuntur, quoque magis tegitur, tectus magis aestuat ignis. Fissus erat tenui rima, quam duxerat olim, cum fieret, paries domui communis utrique. Id uitium nulli per saecula longa notatum (quid non sentit amor?) primi uidistis amantes et uocis fecistis iter, tutaeque per illud murmure blanditiae minimo transire solebant. Saepe, ubi constiterant hinc Thisbe, Pyramus illinc, inque uices fuerat captatus anhelitus oris, "inuide" dicebant "paries, quid amantibus obstas? Quantum erat, ut sineres toto nos corpore iungi aut, hoc si nimium est, uel ad oscula danda pateres? Nec sumus ingrati: tibi nos debere fatemur, quod datus est uerbis ad amicas transitus auris." Talia diuersa nequiquam sede locuti sub noctem dixere "uale" partique dedere oscula quisque suae non peruenientia contra. Postera nocturnos Aurora remouerat ignes, solque pruinosas radiis siccauerat herbas: ad solitum coiere locum. Tum murmure paruo multa prius questi statuunt, ut nocte silenti fallere custodes foribusque excedere temptent, cumque domo exierint, urbis quoque tecta relinquant, neue sit errandum lato spatiantibus aruo, conueniant ad busta Nini lateantque sub umbra arboris: arbor ibi niueis uberrima pomis, ardua morus, erat, gelido contermina fonti. Pacta placent; et lux, tarde discedere uisa, praecipitatur aquis, et aquis nox exit ab isdem. Callida per tenebras uersato cardine Thisbe egreditur fallitque suos adopertaque uultum peruenit ad tumulum dictaque sub arbore sedit. Audacem faciebat amor. Venit ecce recenti caede leaena boum spumantis oblita rictus depositura sitim uicini fontis in unda; quam procul ad lunae radios Babylonia Thisbe uidit et obscurum timido pede fugit in antrum, dumque fugit, tergo uelamina lapsa reliquit. Vt lea saeua sitim multa conpescuit unda, dum redit in siluas, inuentos forte sine ipsa ore cruentato tenues laniauit amictus. Serius egressus uestigia uidit in alto puluere certa ferae totoque expalluit ore Pyramus; ut uero uestem quoque sanguine tinctam repperit, "una duos" inquit "nox perdet amantes, e quibus illa fuit longa dignissima uita; nostra nocens anima est. Ego te, miseranda, peremi, in loca plena metus qui iussi nocte uenires nec prior huc ueni. Nostrum diuellite corpus et scelerata fero consumite uiscera morsu, o quicumque sub hac habitatis rupe leones! Sed timidi est optare necem." Velamina Thisbes tollit et ad pactae secum fert arboris umbram, utque dedit notae lacrimas, dedit oscula uesti, "accipe nunc" inquit "nostri quoque sanguinis haustus!" Quoque erat accinctus, demisit in ilia ferrum, nec mora, feruenti moriens e uulnere traxit. Vt iacuit resupinus humo, cruor emicat alte, non aliter quam cum uitiato fistula plumbo scinditur et tenui stridente foramine longas eiaculatur aquas atque ictibus aera rumpit. Arborei fetus adspergine caedis in atram uertuntur faciem, madefactaque sanguine radix purpureo tinguit pendentia mora colore. Ecce metu nondum posito, ne fallat amantem, illa redit iuuenemque oculis animoque requirit, quantaque uitarit narrare pericula gestit; utque locum et uisa cognoscit in arbore formam, sic facit incertam pomi color: haeret, an haec sit. Dum dubitat, tremebunda uidet pulsare cruentum membra solum, retroque pedem tulit, oraque buxo pallidiora gerens exhorruit aequoris instar, quod tremit, exigua cum summum stringitur aura. Sed postquam remorata suos cognouit amores, percutit indignos claro plangore lacertos et laniata comas amplexaque corpus amatum uulnera suppleuit lacrimis fletumque cruori miscuit et gelidis in uultibus oscula figens "Pyrame," clamauit, "quis te mihi casus ademit? Pyrame, responde! Tua te carissima Thisbe nominat; exaudi uultusque attolle iacentes!" Ad nomen Thisbes oculos a morte grauatos Pyramus erexit uisaque recondidit illa. Quae postquam uestemque suam cognouit et ense uidit ebur uacuum, "tua te manus" inquit "amorque perdidit, infelix! Est et mihi fortis in unum hoc manus, est et amor: dabit hic in uulnera uires. Persequar extinctum letique miserrima dicar causa comesque tui: quique a me morte reuelli heu sola poteras, poteris nec morte reuelli. Hoc tamen amborum uerbis estote rogati, o multum miseri meus illiusque parentes, ut, quos certus amor, quos hora nouissima iunxit, conponi tumulo non inuideatis eodem; at tu quae ramis arbor miserabile corpus nunc tegis unius, mox es tectura duorum, signa tene caedis pullosque et luctibus aptos semper habe fetus, gemini monimenta cruoris." Dixit et aptato pectus mucrone sub imum incubuit ferro, quod adhuc a caede tepebat. Vota tamen tetigere deos, tetigere parentes; nam color in pomo est, ubi permaturuit, ater, quodque rogis superest, una requiescit in urna. |
Píramo y Tisbe, uno el
más bello de los jóvenes, la otra sobresaliente entre las muchachas que
tuvo Oriente, ocuparon casas contiguas, donde se dice que Semíramis ciñó
de muros de tierra cocida su elevada ciudad. La vecindad propició el
conocimiento y los primeros pasos, con el tiempo creció el amor; también
las antorchas se hubieran unido según derecho, pero lo impidieron sus
padres: ardían ambos con sus almas cautivadas por igual, lo cual no
pudieron impedir. Está ausente todo cómplice; por señas y por gestos
hablan, y cuanto más se oculta, más se eleva en llamas el fuego oculto. La
pared común a una y otra casa se había rajado por una tenue hendidura, que
se había producido en otro tiempo, cuando se hacía. Este defecto, que no
había sido notado por nadie durante largos siglos, (¿de qué no se da
cuenta el amor?) vosotros, amantes, lo visteis los primeros, y lo
hicisteis camino de vuestra voz, y solían pasar seguras por él en mínimo
murmullo vuestras palabras lisonjeras. A menudo, cuando de un lado estaba
Tisbe y del otro Píramo, y se había percibido mutuamente la respiración de
sus bocas, decían: "Pared envidiosa, ¿por qué eres un obstáculo para los
amantes? ¿Qué te costaría permitir que nos uniéramos con todo el cuerpo,
o, si esto es demasiado, abrirte para darnos besos? Y no somos ingratos:
confesamos que te debemos el hecho de que se haya dado tránsito a nuestras
palabras hasta los oídos amigos." Hablando en vano tales cosas en lugares
opuestos, al anochecer dijeron "adiós", y dio cada uno a su parte besos
que no llegaban al otro lado. La aurora siguiente había alejado los fuegos
nocturnos, y el sol había secado con sus rayos las hierbas cubiertas de
escarcha: se reunieron junto al lugar acostumbrado. Entonces, quejándose
antes de muchas cosas en pequeño murmullo, deciden intentar engañar a los
guardias en el silencio de la noche y salir por las puertas, y, cuando
hayan salido de casa, abandonar también los edificios de la ciudad, y,
para que no anden errantes yendo y viniendo por el ancho campo, reunirse
junto a la tumba de Nino y esconderse bajo la sombra del árbol: había allí
un árbol, abundantísimo en frutos níveos, un alto moral, contiguo a una
gélida fuente. Les agradan las cosas pactadas; y la luz del día,
pareciéndoles que se alejaba lentamente, se precipita en las aguas y de
las mismas aguas sale la noche. Tisbe, abierta la puerta, sale astutamente en medio de las tinieblas y engaña a los suyos y con el rostro cubierto llega a la tumba y se sienta al pie del árbol acordado. El amor la hacía audaz. He aquí que llega una leona con el hocico espumante manchado por una reciente matanza de bueyes que iba a apagar su sed en el agua de la vecina fuente; la babilonia Tisbe la vio de lejos, a los rayos de la luna, y con paso temeroso huyó a una oscura cueva, y, mientras huye, dejó un velo que cayó por su espalda. Cuando la feroz leona reprimió su sed con abundante agua, mientras vuelve al bosque, despedazó el tenue velo, encontrado por casualidad sin aquella, con su boca ensangrentada. Píramo saliendo más tarde, vio en el espeso polvo huellas ciertas de una fiera y palideció en todo sus rostro; pero cuando también encontró la prenda teñida de sangre, dijo: "Una sola noche perderá dos amantes, de los que ella fue la más digna de una vida larga; mi alma es culpable. Yo te perdí, digna de compasión, que mandé que vinieras de noche a lugares llenos de miedo y no llegué aquí el primero. Despedazad mi cuerpo y devorad de un fiero mordisco estas vísceras criminales, ¡Oh cualesquiera leones que habitáis bajo esta roca! Pero es de cobarde desear la muerte." Coge el velo de Tisbe y lo lleva consigo a la sombra del árbol pactado y, cuando dio lágrimas, dio besos a la conocida prenda, dice: "¡Recibe ahora también la bebida de mi sangre!" Y dejó caer en sus ijares el hierro con el que se había ceñido y, sin demora, lo sacó, moribundo, de la ardiente herida. y cuando estuvo tendido en el suelo boca arriba, la sangre salta a gran altura, no de otro modo que cuando en un tubo de plomo deteriorado se abre una hendidura y por el tenue orificio que silba lanza chorros de agua y rasga el aire con sus golpes. Los frutos del árbol cambian a un aspecto oscuro por la salpicadura de la matanza, y la raíz, humedecida en sangre, tiñe de color púrpura las moras que estaban colgando. He aquí que, no abandonado el miedo todavía, para no fallar a su amante, ella vuelve y busca al joven con los ojos y con el alma, y tiene impaciencia por contarle qué grandes peligros ha evitado; y así como reconoce el lugar y la forma en el árbol que vió, así también la hace insegura el color del fruto: se queda dudando si es éste o no. Mientras duda, ve que unos miembros temblorosos golpean el suelo ensangrentado, y anduvo hacia atrás, y teniendo el rostro más pálido que el boj se estremeció como el mar, que tiembla cuando la brisa roza su superficie. Mas después que, habiéndose detenido, reconoció a su amor, hirió con sonoros golpes sus brazos que no lo merecían y desgarrándose los cabellos y abrazando el cuerpo amado, inundó con lágrimas sus heridas y mezcló su llanto con la sangre y clavando sus besos en el rostro helado gritó: "Píramo, ¿qué desgracia te arrancó de mí? ¡Píramo, responde! ¡Tu queridísma Tisbe te llama; escucha y levanta tu rostro yacente!" Al nombre de Tisbe levantó Píramo los ojos, pesados por la muerte, y después de ver a ella, los volvió a cerrar. Después que reconoció estas cosas y su propia prenda y vio el marfil vacío de la espada, dijo: "¡Tu propia mano y tu amor te perdió, infeliz! Para esta única cosa no sólo tengo yo una mano fuerte sino que también tengo amor: este me dará fuerzas para las heridas. Te seguiré a ti, ya perecido, y seré considerada la más trágica causa y la compañera de tu muerte: y tú, que sólo podías, ¡ay!, ser arrancado de mí por la muerte, ni siquiera por la muerte podrás ser arrancado de mí. Una cosa, sin embargo, os rogamos con las súplicas de los dos, ¡oh desgraciadísimos padres míos y suyos!, que a quienes unió un verdadero amor, a quienes unió la ultimísima hora, no veais mal que sean puestos juntos en la misma tumba; y tú, árbol que con tus ramas cubres ahora el miserable cuerpo de uno solo, que luego cubrirás los de los dos, conserva las señales de nuestra ruina y ten siempre frutos negros y adecuados para el luto, como testimonio de la doble sangre." Dijo y, colocada la espada por debajo de su pecho, se dejó caer sobre el hierro, que aún estaba tibio de la otra sangre. Sus súplicas, sin embargo, conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres; pues el color del fruto, cuando está muy maduro, es negro y lo que resta de sus piras descansa en una única urna. |
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Ecce uenit comitum Niobe celeberrima turba uestibus intexto Phrygiis spectabilis auro et, quantum ira sinit, formosa; mouensque decoro cum capite inmissos umerum per utrumque capillos constitit, utque oculos circumtulit alta superbos, 'quis furor auditos' inquit 'praeponere uisis caelestes? Aut cur colitur Latona per aras, numen adhuc sine ture meum est? Mihi Tantalus auctor, cui licuit soli superorum tangere mensas; Pleiadum soror est genetrix mea; maximus Atlas est auus, aetherium qui fert ceruicibus axem; Iuppiter alter auus; socero quoque glorior illo. Me gentes metuunt Phrygiae, me regia Cadmi sub domina est, fidibusque mei commissa mariti moenia cum populis a meque uiroque reguntur. In quamcumque domus aduerti lumina partem, inmensae spectantur opes; accedit eodem digna dea facies; huc natas adice septem et totidem iuuenes et mox generosque nurusque! Quaerite nunc, habeat quam nostra superbia causam. [...] Sum felix (quis enim neget hoc?) felixque manebo (hoc quoque quis dubitet?): tutam me copia fecit. Maior sum quam cui possit Fortuna nocere, multaque ut eripiat, multo mihi plura relinquet. Excessere metum mea iam bona. Fingite demi huic aliquid populo natorum posse meorum: non tamen ad numerum redigar spoliata duorum, Latonae turbam; quae quantum distat ab orba? Ite satis propere sacris laurumque capillis ponite!' Deponunt et sacra infecta relinquunt, quodque licet, tacito uenerantur murmure numen.[...] Planus erat lateque patens prope moenia campus, adsiduis pulsatus equis, ubi turba rotarum duraque mollierat subiectas ungula glaebas. Pars ibi de septem genitis Amphione fortes conscendunt in equos Tyrioque rubentia suco terga premunt auroque graues moderantur habenas. E quibus Ismenus, qui matri sarcina quondam prima suae fuerat, dum certum flectit in orbem quadripedis cursus spumantiaque ora coercet, 'ei mihi!' conclamat medioque in pectore fixa tela gerit frenisque manu moriente remissis in latus a dextro paulatim defluit armo. Proximus audito sonitu per inane pharetrae frena dabat Sipylus, ueluti cum praescius imbris nube fugit uisa pendentiaque undique rector carbasa deducit, ne qua leuis effluat aura: frena tamen dantem non euitabile telum consequitur, summaque tremens ceruice sagitta haesit, et exstabat nudum de gutture ferrum; ille, ut erat, pronus per crura admissa iubasque uoluitur et calido tellurem sanguine foedat. Phaedimus infelix et auiti nominis heres Tantalus, ut solito finem inposuere labori, transierant ad opus nitidae iuuenale palaestrae; et iam contulerant arto luctantia nexu pectora pectoribus, cum tento concita neruo, sicut erant iuncti, traiecit utrumque sagitta. Ingemuere simul, simul incuruata dolore membra solo posuere, simul suprema iacentes lumina uersarunt, animam simul exhalarunt. Adspicit Alphenor laniataque pectora plangens aduolat, ut gelidos conplexibus adleuet artus, inque pio cadit officio; nam Delius illi intima fatifero rupit praecordia ferro. Quod simul eductum est, pars et pulmonis in hamis eruta cumque anima cruor est effusus in auras. At non intonsum simplex Damasicthona uulnus adficit: ictus erat, qua crus esse incipit et qua mollia neruosus facit internodia poples. Dumque manu temptat trahere exitiabile telum, altera per iugulum pennis tenus acta sagitta est. Expulit hanc sanguis seque eiaculatus in altum emicat et longe terebrata prosilit aura. Vltimus Ilioneus non profectura precando bracchia sustulerat 'di' que 'o communiter omnes,' dixerat ignarus non omnes esse rogandos 'parcite!' Motus erat, cum iam reuocabile telum non fuit, arcitenens; minimo tamen occidit ille uulnere, non alte percusso corde sagitta. Fama mali populique dolor lacrimaeque suorum tam subitae matrem certam fecere ruinae, mirantem potuisse irascentemque, quod ausi hoc essent superi, quod tantum iuris haberent; nam pater Amphion ferro per pectus adacto finierat moriens pariter cum luce dolorem. Heu! Quantum haec Niobe Niobe distabat ab illa, quae modo Latois populum submouerat aris et mediam tulerat gressus resupina per urbem inuidiosa suis; at nunc miseranda uel hosti! Corporibus gelidis incumbit et ordine nullo oscula dispensat natos suprema per omnes; a quibus ad caelum liuentia bracchia tollens 'pascere, crudelis, nostro, Latona, dolore, pascere' ait 'satiaque meo tua pectora luctu! corque ferum satia!' Dixit. 'Per funera septem efferor: exsulta uictrixque inimica triumpha! Cur autem uictrix? Miserae mihi plura supersunt, quam tibi felici; post tot quoque funera uinco!' Dixerat, et sonuit contento neruus ab arcu, qui praeter Nioben unam conterruit omnes: illa malo est audax. Stabant cum uestibus atris ante toros fratrum demisso crine sorores; e quibus una trahens haerentia uiscere tela inposito fratri moribunda relanguit ore; altera solari miseram conata parentem conticuit subito duplicataque uulnere caeco est. oraque compressit, nisi postquam spiritus ibat. Haec frustra fugiens collabitur, illa sorori inmoritur; latet haec, illam trepidare uideres. Sexque datis leto diuersaque uulnera passis ultima restabat; quam toto corpore mater, tota ueste tegens 'unam minimamque relinque! De multis minimam posco' clamauit 'et unam.' Dumque rogat, pro qua rogat, occidit: orba resedit exanimes inter natos natasque uirumque deriguitque malis; nullos mouet aura capillos, in uultu color est sine sanguine, lumina maestis stant inmota genis, nihil est in imagine uiuum. Ipsa quoque interius cum duro lingua palato congelat, et uenae desistunt posse moueri; nec flecti ceruix nec bracchia reddere motus nec pes ire potest; intra quoque uiscera saxum est. Flet tamen et ualidi circumdata turbine uenti in patriam rapta est: ibi fixa cacumine montis liquitur, et lacrimas etiam nunc marmora manant. |
He aquí que llega Níobe
rodeada por una numerosísima multitud de acompañantes, admirable por sus
vestidos frigios de oro entretejido y tan hermosa como se lo permite su
ira; quedó de pie moviendo junto con su hermosa cabeza sus cabellos
sueltos por uno y otro hombro, y cuando dirigió sus soberbios ojos,
altiva, por todos los alrededores, dijo: "¿Qué locura es anteponer dioses
oídos a los vistos? ¿Por qué Latona es venerada en los altares y todavía
está mi divinidad sin incienso? Tengo a Tántalo como progenitor, único a
quien se ha permitido tocar las mesas de los dioses; mi madre es hermana
de las Pléyades; el gigantesco Atlas es mi abuelo, que sobre el cuello
lleva el eje del mundo; Júpiter es mi otro abuelo; también me glorío de
aquél como suegro. Me temen los pueblos de Frigia, el palacio real de
Cadmo está conmigo bajo el mando de una señora, y las murallas
unidas por la lira de mi propio marido junto con sus pueblos están
gobernadas por mí y por mi esposo. A cualquier parte de mi casa que dirijo
los ojos, se me presentan inmensas riquezas; a todo esto se suma mi figura
digna de una diosa; ¡además añade siete hijas y otros tantos jóvenes, y
pronto yernos y nueras! Preguntad ahora qué causa tiene nuestra soberbia.
[...] Soy feliz (pues ¿quién negaría esto?) y voy a seguir siendo feliz
(también esto ¿quién lo dudaría?): la abundancia me ha dado seguridad. Soy
demasiado grande como para que Fortuna pueda hacerme daño; y aunque muchas
cosas me quite, con mucho más cosas me dejará. Mis bienes ya abandonaron
el miedo. Imaginad que algo pueda ser quitado a esta multitud de hijos:
sin embargo, no seré reducida, despojada, al número de dos, la multitud de
Latona; ¿cuánto dista esta de no tener descendencia? ¡Salid
apresuradamente de los sacrificios y quitaos el laurel de los cabellos!"
Se lo quitan y dejan los cultos sin terminar, y lo que está permitido,
veneran la divinidad en callado murmullo. [...]
Había un campo llano y bastante ancho cerca de las murallas, batido por asiduos caballos, donde una multitud de ruedas y duras pezuñas habían ablandado las tierras próximas. Allí una parte de los siete vástagos de Anfión montan a fuertes caballos y gravitan los lomos enrojecidos por el jugo tirio y gobiernan riendas pesadas por el oro. De entre estos Ismeno, que en otro tiempo había sido la primera carga de su madre, mientras hace girar la carrera de su cuadrúpedo en preciso círculo y le sujeta el hocico espumante, da un grito: "¡Ay de mí!" y en medio del pecho lleva clavada una flecha y soltadas las riendas de su mano moribunda, poco a poco se desliza por el costado derecho hacia el lado. Sípilo, el más cercano, escuchado el sonido del carcaj a través del espacio, soltaba las riendas, como cuando, vista la nube, huye el piloto que presiente la lluvia y suelta las velas que cuelgan por todas partes para que ninguna brisa ligera se escape: sin embargo, al que soltaba las riendas lo alcanza un dardo no evitable, y una flecha temblando quedó fija en lo más alto del cuello y el hierro desnudo sobresalía de la garganta; aquél, como estaba inclinado, cae de bruces por las veloces patas y las crines y mancha la tierra con su sangre caliente. El desdichado Fédimo y Tántalo, heredero del nombre de su abuelo, como dieron fin a su ejercicio ordinario, habían pasado al juvenil trabajo de la brillante palestra; y ya habían juntado pecho luchando contra pecho en apretado abrazo, cuando una flecha lanzada por la tensa cuerda atravesó a uno y a otro, unidos como estaban. A la vez gritaron, a la vez pusieron en el suelo sus miembros doblados por el dolor, a la vez cerraron sus ojos por última vez tendidos, a la vez exhalaron su alma. Alfénor los ve y golpeándose el pecho desgarrado vuela para levantar con sus abrazos los fríos miembros y cae en su piadoso oficio; pues el Delio le traspasó las entrañas más profundas con el mortal hierro. A la vez que fue sacado éste, parte del pulmón fue extraída en el gancho y la sangre fue arrojada al aire junto con el alma. En cambio, al intonso Damasictón no le alcanza una sola herida: había sido golpeado por donde la pierna empieza a serlo y por donde los jarretes nerviosos hacen blandos espacios entre dos articulaciones. Y mientras intenta sacar con la mano el fatal proyectil, otra flecha penetró por el cuello hasta las plumas. La sangre la expulsó y salta lanzándose a lo alto y brota lejos, taladrando el aire. Ilioneo, el último, había levantado sus brazos que nada iban a conseguir rogando: "¡Oh dioses! ¡Todos en su conjunto!", había dicho, ignorante de que no todos debían ser invocados, "¡perdonadme!" El arquero se había conmovido cuando ya no fue posible hacer volver la flecha, sin embargo, aquél murió de una herida mínima, golpeado el corazón por la flecha no profundamente. La fama del desastre y el dolor del pueblo y las lágrimas de los suyos hicieron segura a la madre de tan repentina catástrofe, que se admiraba de que pudiera ser y enfurecida porque los dioses se hubieran atrevido a esto, porque tuvieran tanto derecho. Pues, el padre Anfión, atravesado el pecho con el hierro, había puesto fin a su dolor muriendo a la vez que el día. ¡Ay! ¡cuánto distaba esta Níobe de aquella Níobe, que poco antes había apartado al pueblo de los altares de Latona y por medio de la ciudad había llevado sus pasos con la cabeza muy alta, odiosa/envidiada para los suyos! Pero ahora, ¡digna de misericordia incluso para un enemigo! Se inclina sobre los cuerpos helados y sin orden dispensa sus últimos besos por todos sus hijos. De estos levantando sus brazos lívidos dijo: "Aliméntate, cruel Latona, con mi dolor, aliméntate y sacia tu pecho con mi luto! ¡Y sacia tu fiero corazón!" Dijo. "Soy llevada por siete funerales: ¡goza y triunfa victoriosa enemiga! Pero ¿por qué victoriosa? Más me queda a mí desgraciada que a ti feliz; ¡también después de tantos funerales sigo venciendo yo!" Había dicho y sonó la cuerda de un tenso arco, que aterrorizó a todos menos a Níobe sola: ella es audaz en su desgracia. Las hermanas estaban de pie con vestidos negros, suelto el pelo, delante de los lechos de sus hermanos; una de éstas, al arrancar una flecha clavada de las vísceras, se desplomó moribunda con el rostro apoyado sobre su hermano; otra, intentando consolar a su desdichada madre, calló de repente y se dobló por una herida invisible y no cerró sus ojos a no ser después de que marchara su espíritu. Ésta que huía en vano se viene abajo, aquella cae muerta sobre su hermana; aquella queda oculta, a aquella se la veía temblar. Y entregadas seis a la muerte y habiendo sufrido diversas heridas, quedaba una última; a ésta cubriéndola la madre con todo su cuerpo, con todo su vestido, gritó: "¡Déjame a una sola, a la más pequeña. De entre tantas te pido a la más pequeña y sólo una!" Y mientras suplica, por la que suplica, muere: ya sin prole se sentó entre sus hijos, hijas y esposo exánimes, y quedó rígida por sus desgracias; la brisa no mueve sus cabellos, en su cara hay un color exsangüe; sus ojos están inmóviles en sus sombrías mejillas, nada vivo hay en aquella figura. También por dentro la misma lengua se hiela junto con el duro paladar y las venas dejan de poder moverse; ni el cuello puede doblarse ni los brazos hacer movimientos, ni el pie caminar; incluso en el interior de las vísceras hay piedra. Sin embargo, llora y, rodeada por un torbellino de poderoso viento, fue llevada a su patria: allí fijada en la cumbre de una montaña se licúa e incluso ahora los mármoles manan lágrimas. |