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DE AMICITIA |
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(I) Q. Mucius augur multa narrare de C. Laelio socero suo
memoriter et iucunde solebat nec dubitare illum in omni sermone appellare
sapientem; ego autem a patre ita eram deductus ad Scaeuolam sumpta uirili
toga, ut, quoad possem et liceret, a senis latere numquam discederem;
itaque multa ab eo prudenter disputata, multa etiam breuiter et commode
dicta memoriae mandabam fierique studebam eius prudentia doctior. Quo
mortuo me ad pontificem Scaeuolam contuli, quem unum nostrae ciuitatis et
ingenio et iustitia praestantissimum audeo dicere. Sed de hoc alias; nunc
redeo ad augurem. |
(1) Q. Mucio el augur
solía narrar muchas cosa sobre C. Lelio, su suegro, de memoria y
agradablemente, y no dudar llamarlo sabio en toda conversación; yo, por
otra parte, había sido llevado por mi padre junto a Escévola, tomada la
toga viril, de tal manera que, hasta donde pudiera y se me permitiera,
nunca me apartara del lado del anciano; y así, muchas cosas prudentemente
disputadas por aquel, muchas cosas dichas también breve y convenientemente
mandaba a mi memoria y me afanaba en llegar a ser más docto con su
prudencia. Muerto este, me dirigí hacia el pontífice Escévola, el único de
nuestra ciudad al cual me atrevo a llamar eminentísimo por ingenio y
justicia. Pero de esto, en otro momento; ahora vuelvo al
augur. |
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(II)
Fannius: Sunt ista, Laeli; nec enim melior uir fuit Africano
quisquam nec clarior. Sed existimare debes omnium oculos in te esse
coniectos unum; te sapientem et appellant et existimant. Tribuebatur hoc
modo M. Catoni; scimus L. Acilium apud patres nostros appellatum esse
sapientem; sed uterque alio quodam modo, Acilius, quia prudens esse in
iure ciuili putabatur, Cato, quia multarum rerum usum habebat; multa eius
et in senatu et in foro uel prouisa prudenter uel acta constanter uel
responsa acute ferebantur; propterea quasi cognomen iam habebat in
senectute sapientis. |
(2) Fanio: Esas
cosas son así, Lelio; pues ningún hombre hubo mejor que el Africano ni más
ilustre. Pero debes considerar que los ojos de todos están dirigidos hacia
ti solo; te llaman y consideran sabio. Esto se atribuía hace poco a M.
Catón; sabemos que L. Acilio entre nuestros padres fue llamado sabio; pero
cada uno de un modo distinto, Acilio, porque se pensaba que era versado en
derecho civil, Catón, porque tenía experiencia de muchas cosas; se
contaban muchas cosas de él en el senado y en el foro ya previstas
prudentemente ya hechas firmemente ya respondidas agudamente; por esto ya
tenía en su vejez, por así decirlo, el sobrenombre de sabio.
Pero decimos que tú eres sabio de algún otro modo no sólo por tu naturaleza y costumbres, sino también por tu estudio y ciencia, y no como el vulgo, sino como los eruditos suelen llamar sabio, como a nadie en Grecia (pues quienes procuran saber esas cosas más sutilmente no tienen en el número de sabios a aquellos que son llamados "los siete"). Hemos oído decir que en Atenas sólo uno fue juzgado sapientísimo, y este ciertamente incluso por el oráculo de Apolo; estiman que esta sabiduría está en ti, de modo que consideres que todas tus cosas han sido puestas en ti y creas que los sucesos humanos son inferiores a la virtud. Y así, me preguntan, creo igualmente a Escévola, de qué manera llevas la muerte del Africano, y más por esto, porque en las pasadas Nonas, como hubiéramos ido a los jardines de D. Bruto el augur para reflexionar, como es costumbre, no estuviste tú, que siempre acostumbraste a respetar aquel día fijado y aquella obligación. Escévola: Lo preguntan ciertamente, C. Lelio, muchos, como ha sido dicho por Fanio, pero yo respondo aquello que constaté: que tú llevas moderadamente el dolor, que recibiste con la muerte no sólo de un hombre excelente sino también muy amigo y que no pudiste no conmoverte ni esto hubiera sido propio de tu humanidad; pero respondo que la causa de que en las Nonas no estuviste en nuestra reunión fue tu salud, no la tristeza. Lelio: Tú ciertamente dices bien y verdaderamente, Escévola; pues ni debí ser apartado por mi desgracia de ese deber, que siempre ejercí, teniendo buena salud, ni en ningún caso considero que pueda acontecer a un hombre constante esto: que se haga alguna interrupción del deber. Pero tú, Fanio, porque dices que se me atribuye tanto cuanto yo ni reconozco ni pido, actúas amistosamente; pero, según me parece, no juzgas rectamente sobre Catón; pues o nadie fue sabio, lo que ciertamente más creo, o si alguno hubo, fue aquel. ¡De qué modo, para omitir otras cosas, llevó la muerte de su hijo! Recordaba yo a Paulo, había visto a Galo, pero estos en el caso de niños, Catón en el caso de un hombre hecho y probado. Por esta cosa, no antepongas a Catón ni siquiera a ese mismo que Apolo, según dices, juzgó como sapientísimo; pues de este los hechos, de aquel los dichos se alaban. En cambio, sobre mí, según hable con cada uno de vosotros, así pensad. |
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(III) Ego si Scipionis desiderio me moueri negem, quam id recte faciam, uiderint sapientes; sed certe mentiar. Moueor enim tali amico orbatus qualis, ut arbitror, nemo umquam erit, ut confirmare possum, nemo certe fuit; sed non egeo medicina, me ipse consolor et maxime illo solacio quod eo errore careo quo amicorum decessu plerique angi solent. Nihil mali accidisse Scipioni puto; mihi accidit, si quid accidit; suis autem incommodis grauiter angi, non amicum sed se ipsum amantis est.
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(3) Si negara que yo me
conmuevo por nostalgia de Escipión, cuán rectamente esto yo haga, los
sabios habrán de ver; pero ciertamente mentiría. Pues me conmuevo privado
de un amigo de tal clase cual, según creo, nadie nunca será, según puedo
confirmar, nadie ciertamente fue; pero no necesito medicina, yo mismo me
consuelo y especialmente con el alivio de que carezco de aquel error por
el que muchos suelen angustiarse por la muerte de los amigos. Pienso que
nada malo le sucedió a Escipión; si algo malo le sucedió, a mí
me sucedió; pues angustiarse gravemente por sus propias desgracias
es propio del que ama no al amigo sino a sí mismo.
Pero ¿quién negará que se ha actuado preclaramente con aquel? Pues, a no ser que, lo que él no pensaba de ningún modo, quisiera desear la inmortalidad, ¿qué no consiguió que le fuera a un hombre lícito desear? Éste la grandísima esperanza de los ciudadanos, que ya habían mantenido de él, siendo un niño, la sobrepasó al instante, siendo un adolescente, por su increíble valor. Éste nunca pidió el consulado, fue hecho cónsul dos veces, primero antes de tiempo, luego a su tiempo para él, casi tarde para la república, el cual, destruidas las dos ciudades más enemigas para este imperio, borró las guerras, no sólo presentes sino también futuras. ¿Qué diré de sus costumbres afabilísimas, de su piedad hacia su madre, de su generosidad hacia sus hermanas, de su bondad hacia los suyos, de su justicia hacia todos? Conocidas son para vosotros. Pues cuán querido fue para la ciudad, se reveló en la tristeza de su funeral. ¿Qué, pues, le hubiera podido favorecer la añadidura de unos pocos años? En efecto, la vejez, aunque no sea grave, como recuerdo que Catón disertaba en el año antes de morir conmigo y con Escipión, sin embargo, quita aquel vigor en el cual todavía ahora Escipión estaba. Por este hecho su vida fue ciertamente de tal clase que nada pudiese añadírsele o por fortuna o por gloria, pues la celeridad le quitó la sensación de morir; de este género de muerte es difícil hablar; veis qué sospechan los hombres; sin embargo, es verdaderamente lícito decir esto, que para P. Escipión de los muchos días, que había visto en su vida celebérrimos y muy dichosos, fue el día más glorioso aquel cuando, disuelto el senado, fue llevado a su casa al atardecer por los padres conscriptos, el pueblo romano, los aliados y latinos, el día antes de salir de la vida, de modo que desde tan alto grado de dignidad parece haber llegado a los dioses de arriba más bien que a los de abajo. |
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(IV) Neque
enim assentior iis qui haec nuper disserere coeperunt, cum corporibus
simul animos interire atque omnia morte deleri; plus apud me antiquorum
auctoritas ualet, uel nostrorum maiorum, qui mortuis tam religiosa iura
tribuerunt, quod non fecissent profecto si nihil ad eos pertinere
arbitrarentur, uel eorum qui in hac terra fuerunt magnamque Graeciam, quae
nunc quidem deleta est, tum florebat, institutis et praeceptis suis
erudierunt, uel eius qui Apollinis oraculo sapientissimus est iudicatus,
qui non tum hoc, tum illud, ut in plerisque, sed idem semper, animos
hominum esse diuinos, iisque, cum ex corpore excessissent, reditum in
caelum patere, optimoque et iustissimo cuique expeditissimum. Quod idem
Scipioni uidebatur. |
(4) Y, en efecto, no
estoy de acuerdo con aquellos que recientemente comenzaron a disertar
estas cosas, que los espíritus mueren simultáneamente con los cuerpos y
que todas las cosas se borran con la muerte; vale más ante mí la autoridad
de los antiguos, o la de nuestros mayores, que atribuyeron a los muertos
derechos tan religiosos, lo cual no hubiesen hecho ciertamente, si
pensaran que nada les pertenecía, o la de aquellos que estuvieron en esta
tierra e instruyeron con sus instituciones y preceptos a la Magna Grecia,
que ahora ciertamente ha sido destruida, pero entonces florecía, o la de
aquel que fue juzgado como el más sabio por el oráculo de Apolo, el cual
no decía unas veces esto, otras aquello, sino, como en la
mayoría de las veces, siempre una misma cosa, que los espíritus de los
hombres son divinos y que la vuelta al cielo estaba abierta para ellos,
cuando hubiesen salido de su cuerpo, expeditísima para todos los más
buenos y justos. Esto mismo parecía a Escipión.
Este ciertamente, como si lo presintiera, muy pocos días antes de su muerte, como Filo y Manlio y otros más estuviesen presentes, y tú también, Escévola, hubieses venido conmigo, disertó durante tres días sobre la república; el final de esta disertación fue poco más o menos sobre la inmortalidad de las almas, cosas que decía que él había oído del Africano, en un descanso, por medio de una visión. Si esto es así, que el espíritu de todos los óptimos en la muerte facilísimamente salga volando como de una prisión y de las cadenas del cuerpo, ¿para quién pensamos que el camino hacia los dioses fue más fácil que para Escipión? En consecuencia, estar triste por este desenlace suyo temo que sea propio de un envidioso más que de un amigo. Pero si, en cambio, aquellas cosas son más verdaderas, que la muerte de los espíritus y la de los cuerpos es la misma y que no permanece sensación alguna, así como nada bueno hay en la muerte, así ciertamente nada malo; pues, perdido el sentido, sucede lo mismo como si no hubiese nacido en absoluto; sin embargo, de que este haya nacido, no sólo nosotros nos alegramos, sino que también esta ciudad, mientras exista, se alegrará. Por lo cual, con él ciertamente, como dije arriba, se ha actuado muy bien, conmigo más desagradablemente, porque hubiera sido más justo que, como había entrado antes, así saliera antes de la vida. Pero, sin embargo, gozo con el recuerdo de nuestra amistad, de tal manera que me parece haber vivido dichosamente, porque he vivido con Escipión, con el que tuve cuidado concorde de la cosa pública y de la privada, con el que la casa y la milicia fue común y, aquello en lo que está toda la fuerza de la amistad, el sumo consenso de voluntades, aficiones, pareceres. Así, pues, no me deleita tanto esa fama de sabiduría, que Fanio recordó hace poco, particularmente falsa, como que espero que el recuerdo de nuestra amistad será sempiterno, y tengo más cariño a esto, porque de todos los siglos apenas se nombran tres o cuatro parejas de amigos; me parece oportuno esperar que la amistad de Escipión y de Lelio será conocida para la posteridad dentro de este tipo. Fanio: Eso ciertamente, Lelio, así es necesario. Pero, puesto que hiciste mención de la amistad y estamos ociosos, harás algo muy agradable para mí, igualmente espero para Escévola, si, como sueles sobre las demás cosas, cuando se te pregunta, disertas así qué sientes sobre la amistad, de qué clase la consideras, qué preceptos das. Escévola: Para mí, en verdad, será grato; y, cuando intentaba yo tratar esto mismo contigo, Fanio se me adelantó. Por la cual, harás algo absolutamente grato para cada uno de nosotros. |
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(V)
Laelius: Ego uero non grauarer, si mihi ipse confiderem; nam et
praeclara res est et sumus, ut dixit Fannius, otiosi. Sed quis ego sum?
aut quae est in me facultas? Doctorum est ista consuetudo, eaque
Graecorum, ut iis ponatur de quo disputent quamuis subito; magnum opus est
egetque exercitatione non parua. Quam ob rem quae disputari de amicitia
possunt, ab eis censeo petatis qui ista profitentur; ego uos hortari
tantum possum ut amicitiam omnibus rebus humanis anteponatis; nihil est
enim tam naturae aptum, tam conueniens ad res uel secundas uel aduersas.
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(5) Lelio: Yo
verdaderamente no pondría reparos, si yo mismo confiara en mí; pues, la
cosa es preclara, y estamos, como dijo Fanio, ociosos. Pero ¿quién soy yo?
o ¿qué talento hay en mí? Esa costumbre es propia de doctos, y de los
griegos, de tal manera que se les puede proponer a ellos algo sobre lo que
diserten, aunque sea súbitamente; la empresa es grande y necesita de
práctica no pequeña. Por lo que opino que pidáis las cosas que
pueden ser disertadas sobre la amistad a aquellos que se dedican esas
cosas; yo sólo puedo exhortaros a que antepongáis la amistad a todas las
cosas humanas; pues nada es tan apropiado a la naturaleza, tan conveniente
a las cosas bien favorables bien adversas.
Pero primero siento esto: que la amistad no puede existir a no ser entre los buenos; y no corto esto a lo vivo, como aquellos que disertan sobre estas cosas demasiado sutilmente, quizá con verdad, pero poco útil para la comunidad; pues niegan que algún hombre sea bueno si no es sabio. Sea así sin duda; pero se refieren a aquella sabiduría que todavía nadie mortal consiguió; en cambio, nosotros debemos mirar a aquellas cosas que están en el uso y en la vida común, no a aquellas que se imaginan o se desean. Nunca diré yo que C. Fabricio, M. Curio y Tib. Coruncanio, a los que nuestros mayores juzgaban sabios, fueron sabios según la norma de ésos. Por lo cual, tengan para sí el nombre de sabiduría, envidioso y oscuro; concedan que éstos fueron varones buenos. Pero ni siquiera esto harán, negarán que esto pueda ser concedido a no ser al sabio. Vayamos pues, como dicen, con una pingüe Minerva (llanamente). Los que se portan así y viven de tal manera que se compruebe su fidelidad, integridad, equidad, liberalidad, y no haya en ellos deseo alguno, libido, audacia, y sean de gran constancia, como fueron aquellos que nombré hace poco, pensemos que éstos también deben ser llamados hombres buenos, así como fueron considerados; porque, cuanto pueden los hombres, siguen a la naturaleza, la mejor guía del vivir bien. Pues así me parece percibir que nosotros hemos nacido de tal manera que entre todos hubiera una cierta sociedad; pero mayor según cada uno se acercase más próximamente. Y así los ciudadanos son preferibles a los extranjeros, los parientes, a los ajenos; pues la propia naturaleza parió la amistad con éstos; pero esta no tiene bastante firmeza. Pues la amistad aventaja al parentesco por esto, porque del parentesco la benevolencia puede quitarse, de la amistad no puede; pues, quitada la benevolencia, se quita el nombre de amistad, permanece el del parentesco. Pero cuánta es la fuerza de la amistad puede entenderse especialmente a partir de esto, porque, de la infinita sociedad del género humano, la cual concilió la propia naturaleza, este hecho se ha contraído y reducido a algo estrecho, de tal manera que todo amor se juntara o entre dos o entre pocos. |
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(VI) Est
enim amicitia nihil aliud nisi omnium diuinarum humanarumque rerum cum
beneuolentia et caritate consensio; qua quidem haud scio an excepta
sapientia nihil melius homini sit a dis immortalibus datum. Diuitias alii
praeponunt, bonam alii ualetudinem, alii potentiam, alii honores, multi
etiam uoluptates. Beluarum hoc quidem extremum, illa autem superiora
caduca et incerta, posita non tam in consiliis nostris quam in fortunae
temeritate. Qui autem in uirtute summum bonum ponunt, praeclare illi
quidem, sed haec ipsa uirtus amicitiam et gignit et continet nec sine
uirtute amicitia esse ullo pacto potest.
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(6) Pues la amistad no es
otra cosa a no ser el acuerdo de todas las cosas divinas y humanas con
benevolencia y amor; ciertamente no sé si, exceptuada la sabiduría, algo
mejor que esta se dio al hombre por los dioses inmortales. Unos anteponen
las riquezas, otros la buena salud, otros el poder, otros los honores,
muchos incluso los placeres. Esto último ciertamente es propio de las
bestias, pero aquellas cosas anteriores son caducas e inciertas, puestas
no tanto en nuestras determinaciones cuanto en la temeridad de la fortuna.
Pero los que ponen el sumo bien en la virtud, ellos ciertamente hacen
muy bien, pero esta misma virtud engendra y contiene la amistad y la
amistad no puede existir sin la virtud de ningún modo.
Entendamos ya la virtud a partir del modo habitual de vivir y de nuestro lenguaje y no la midamos, como ciertos doctos, por la magnificencia de las palabras y contemos como varones buenos a aquellos que así son tenidos: Paulos, Catones, Galos, Escipiones y Filos; la vida común está contenta con éstos; en cambio, omitamos a aquellos que en verdad en ningún lugar se encuentran. Así pues, una amistad de tal clase entre estos varones tiene tan grandes oportunidades cuantas apenas puedo decir. En primer lugar, ¿cómo puede ser, como dice Enio, 'vivible' una vida que no descansa en la mutua benevolencia de un amigo? ¿Qué más dulce que tener con quien te atrevas a hablar todas las cosas así como contigo? ¿Qué fruto tan grande habría en las cosas prósperas, si no tuvieras quien se alegrara con ellas igual que tú mismo? Y sería difícil sobrellevar las adversas sin aquel que las sobrellevara más gravemente incluso que tú. Finalmente, las demás cosas que se desean son convenientes cada una casi para cosas singulares: las riquezas, para que las uses, el poder, para que seas respetado, los cargos, para que seas alabado, los placeres, para que goces, la salud, para que carezcas de dolor y cumplas con las obligaciones del cuerpo; la amistad contiene muy grandes cosas; adonde quiera que te vuelvas, está al alcance de la mano, de ningún lugar se excluye, nunca es intempestiva, nunca molesta, y así, no usamos, como dicen, del agua, no del fuego, en más lugares que de la amistad. Y no hablo ahora de la vulgar o de la mediocre, que, sin embargo, por sí misma deleita y aprovecha, sino de la verdadera y perfecta, cual fue la de aquellos pocos que se nombran. Pues la amistad hace no sólo más espléndidas las cosas favorables, sino también más ligeras las adversas, compartiéndolas y poniéndolas en común. |
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(VII)
Cumque plurimas et maximas commoditates amicitia contineat, tum illa
nimirum praestat omnibus, quod bonam spem praelucet in posterum nec
debilitari animos aut cadere patitur. Verum enim amicum qui intuetur,
tamquam exemplar aliquod intuetur sui. Quocirca et absentes adsunt et
egentes abundant et imbecilli ualent et, quod difficilius dictu est,
mortui uiuunt; tantus eos honos, memoria, desiderium prosequitur amicorum.
Ex quo illorum beata mors uidetur, horum uita laudabilis. Quod si exemeris
ex rerum natura beneuolentiae coniunctionem, nec domus ulla nec urbs stare
poterit, ne agri quidem cultus permanebit. Id si minus intellegitur,
quanta uis amicitiae concordiaeque sit, ex dissensionibus atque ex
discordiis percipi potest. Quae enim domus tam stabilis, quae tam firma
ciuitas est, quae non odiis et discidiis funditus possit euerti? Ex quo
quantum boni sit in amicitia iudicari potest.
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(7) Por un lado, la
amistad contiene muchísimas y grandísimas ventajas, por otro supera
ciertamente a todas, porque hace brillar una buena esperanza para el
futuro y no permite que los espíritus se debiliten o decaigan. Pues quien
contempla a un verdadero amigo, contempla como un retrato de sí mismo. En
consecuencia, los ausentes están presentes y los necesitados tienen
abundancia y los débiles están fuertes, y, lo que es más difícil de decir,
los muertos viven; tan gran honor, recuerdo, añoranza de los amigos los
sigue. Por esto la muerte de aquellos parece dichosa, la vida de éstos
laudable. Y si quitaras de la naturaleza de las cosas la unión de la
benevolencia, ni casa alguna, ni ciudad podría mantenerse en pie, ni
siquiera el cultivo del campo permanecería. Si esto se comprende menos,
puede percibirse cuán grande es la fuerza de la amistad y de la concordia
por las disensiones y por las discordias, Pues ¿qué casa es tan estable,
qué ciudad tan firme que no pueda ser derribada desde los cimientos por
los odios y divisiones? A partir de esto puede juzgarse cuánto bien hay en
la amistad. Cuentan incluso que un tal docto varón agrigentino vaticinó en versos griegos que las cosas que permanecían juntas en la naturaleza de las cosas y en todo el mundo y las cosas que se movían, las estrechaba la amistad, las disipaba la discordia. Y esto, ciertamente, todos los mortales lo entienden y lo aprueban de hecho. Y así, si alguna vez algún deber de amigo se manifestó en afrontar o compartir los peligros, ¿quién hay que no divulgue esto con máximas alabanzas? ¡Qué clamores en toda la gradería del teatro recientemente en la nueva obra de mi huésped y amigo M. Pacuvio, cuando, ignorando el rey cuál de los dos era Orestes, Pílades decía que él era Orestes, para que fuera matado en lugar de aquél, y, en cambio,Orestes, como así lo era, insistía en decir que él era Orestes! Estando de pie aplaudían en una cosa fingida; ¿qué pensamos que habrían hecho en una verdadera? Fácilmente, la propia naturaleza indicaba su fuerza, cuando los hombres juzgaban que se hacía rectamente en otro aquello que ellos mismos no podían hacer. Hasta aquí me parece que he podido decir qué sentía sobre la amistad; si hay algunas cosas además (pues creo que hay muchas), preguntadlas a aquellos que tratan de esas cosas, si os parece. Fanio: En cambio, nosotros mejor te las preguntamos a ti; aunque también a ésos frecuentemente pregunté y los oí no a disgusto ciertamente; pero el hilo de tu discurso es otro. Escévola: Dirías esto todavía más, Fanio, si hace poco hubieses estado presente en los jardines de Escipión, cuando se trató sobre la república. ¡Qué gran defensor de la justicia fue entonces contra el cuidado discurso de Filo! Fanio: Para un varón justísimo, esto, defender la justicia, fue ciertamente fácil. Escévola: ¿Y qué? ¿Acaso defender la amistad no será fácil para aquel que ha alcanzado máxima gloria por haberla guardado con suma fidelidad, constancia y justicia? |
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(VIII)
Laelius: Vim hoc quidem est adferre. Quid enim refert qua me
ratione cogatis? cogitis certe. Studiis enim generorum, praesertim in re
bona, cum difficile est, tum ne aequum quidem obsistere.
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(8) Lelio: Esto
ciertamente es hacerme violencia, Pues ¿qué importa de qué manera me
obliguéis? Ciertamente me obligáis. Pues no sólo es difícil sino también
ni siquiera justo oponerse a los deseos de los yernos, especialmente en
una cosa buena. Así pues, a mí, que pienso muy a menudo sobre la amistad, suele parecerme que debe ser considerado especialmente esto: si la amistad fue deseada a causa de la debilidad y la necesidad, para que, dando y recibiendo favores, cada uno recibiera de otro y devolviera, a su vez, aquello que pudiera menos él mismo por sí, o si esto era ciertamente propio de la amistad, pero había otra causa más antigua y más bella y surgida más de la propia naturaleza. Pues el amor, del cual la amistad tomó nombre, es lo principal para unir la benevolencia. Pues las ventajas se perciben ciertamente también a menudo de aquellos que son tratados con simulación de amistad y son respetados a causa del momento, en cambio, en la amistad nada es fingido, nada simulado, y cualquier cosa que haya, esta es verdadera y voluntaria. Por lo cual, la amistad me parece surgida más bien de la naturaleza que de la indigencia, más por la aplicación del espíritu con un cierto sentido de amar que por el pensamiento de cuánta utilidad aquella cosa va a tener. De qué clase es ciertamente esto, incluso entre ciertas bestias puede advertirse, las cuales del tal modo aman, un cierto tiempo, a los nacidos de ellas y son amadas por éstos de tal modo que su sentimiento aparece fácilmente. Esto en el hombre es mucho más evidente, primero por aquel afecto que hay entre hijos y padres, que no puede romperse a no ser con un crimen detestable; luego, cuando surgió un sentimiento de amor semejante, si hemos encontrado a alguien con cuyas costumbres y naturaleza coincidamos, porque nos parezca percibir en él como alguna luz de probidad y virtud. Nada hay, en efecto, más amable que la virtud, nada que incite más a amar, porque ciertamente amamos, de algún modo, a causa de la virtud y probidad también a aquellos que nunca vimos. ¿Quién hay que no mencione el recuerdo de C. Fabricio y M. Curio, a quienes nunca vio, con algún afecto y benevolencia? En cambio, ¿quién hay que no odie a Tarquinio el Soberbio, a Esp. Casio y a Esp. Melio? Se combatió por el imperio en Italia con dos generales, Pirro y Aníbal; no tenemos los espíritus demasiado alejados de uno a causa de su probidad, pero esta ciudad odiará siempre al otro a causa de su crueldad. |
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(IX) Quod
si tanta uis probitatis est ut eam uel in iis quos numquam uidimus, uel,
quod maius est, in hoste etiam diligamus, quid mirum est, si animi hominum
moueantur, cum eorum, quibuscum usu coniuncti esse possunt, uirtutem et
bonitatem perspicere uideantur? Quamquam confirmatur amor et beneficio
accepto et studio perspecto et consuetudine adiuncta, quibus rebus ad
illum primum motum animi et amoris adhibitis admirabilis quaedam
exardescit beneuolentiae magnitudo. Quam si qui putant ab imbecillitate
proficisci, ut sit per quem adsequatur quod quisque desideret, humilem
sane relinquunt et minime generosum, ut ita dicam, ortum amicitiae, quam
ex inopia atque indigentia natam uolunt. Quod si ita esset, ut quisque
minimum esse in se arbitraretur, ita ad amicitiam esset aptissimus; quod
longe secus est. |
(9) Porque si la fuerza
de la probidad es tan grande que la amamos ya en aquellos que nunca vimos,
ya, lo cual es más grande, incluso en el enemigo, ¿qué hay de admirable si
los espíritus de los hombres se conmueven cuando creen percibir la virtud
y la bondad de aquellos con los cuales pueden estar unidos por el trato?
Aunque el amor se confirma no sólo por el beneficio recibido sino también
por el deseo experimentado y por el trato disfrutado, añadidas estas cosas
a aquel primer movimiento del espíritu y del amor, se enciende una cierta
admirable grandeza de benevolencia. Si algunos piensan que esta surge de
la debilidad, para que haya por quien se consiga lo que cada uno desee,
dejan para la amistad, por decirlo así, un nacimiento ciertamente humilde
y mínimamente noble, al querer que haya nacido de la miseria y la
indigencia. Si esto fuera así, cuanto cada uno pensara que había lo menos
en sí, tanto sería el más apto para la amistad; lo cual es muy de otro
modo. Pues, cuanto cada uno confía lo más en sí, y cuanto cada uno está provisto en sumo grado de virtud y sabiduría, de tal manera que de ninguno necesite y juzgue que todas sus cosas están puestas en sí mismo, tanto sobresale en sumo grado en buscar amistades y cultivarlas. Pues ¿qué? ¿El Africano necesitando de mí? ¡De ningún modo, por Hércules! y ni siquiera yo de él; sino que yo le quise por cierta admiración a su virtud, él, a su vez, quizás por alguna opinión que tenía de mis costumbres; el trato mutuo aumentó la benevolencia. Pero aunque muchas y grandes ventajas se consiguieron, sin embargo, las causas de querernos no surgieron de la esperanza de aquéllas. Pues, como somos bienhechores y generosos, no para exigir gratitud (pues ni prestamos a rédito un beneficio, sino que somos propensos por naturaleza a la generosidad), así pensamos que la amistad debe ser buscada, no llevados por la esperanza de recompensa, sino porque todo su fruto está en el amor mismo. De estos que, a manera de bestias, remiten todas las cosas al placer, disienten mucho, y no es extraño; pues nada elevado, nada magnífico y divino pueden contemplar, quienes rebajaron todos sus pensamientos a cosa tan baja y tan despreciable. Por lo cual, apartemos a éstos ciertamente de esta conversación, nosotros mismos, en cambio, comprendamos que el sentimiento de amar y la ternura de la benevolencia se engendran por la naturaleza, hecho el conocimiento de la probidad. Los que la desearon, se aplican y mueven más cerca, para disfrutar del trato y de las costumbres de aquel al que comenzaron a amar, y ser semejantes e iguales en el amor, y más propensos a merecer bien que a reclamarlo, y esta honrosa competición se hace entre ellos. Así las máximas ventajas se cosecharán de la amistad, y el nacimiento de ella será más noble y más verdadero de la naturaleza que de la debilidad. Pues, si la utilidad conglutinara amistades, ella misma las disolvería, cambiada; mas porque la naturaleza no puede mudarse, por eso las verdaderas amistades son sempiternas. Veis ciertamente el nacimiento de la amistad, a no ser que quizá queráis decir algo a estas cosas. Fanio: Tú, ciertamente, sigue, Lelio; pues respondo, según mi derecho, por éste, que es menor por nacimiento. Escévola: Tú, en verdad, hablas rectamente; por ello, oigamos. |
| (X) Laelius: Audite uero,
optimi uiri, ea quae saepissime inter me et Scipionem de amicitia
disserebantur. Quamquam ille quidem nihil difficilius esse dicebat, quam
amicitiam usque ad extremum uitae diem permanere. Nam uel ut non idem
expediret, incidere saepe, uel ut de re publica non idem sentiretur;
mutari etiam mores hominum saepe dicebat, alias aduersis rebus, alias
aetate ingrauescente. Atque earum rerum exemplum ex similitudine capiebat
ineuntis aetatis, quod summi puerorum amores saepe una cum praetexta toga
ponerentur. Sin autem ad adulescentiam perduxissent, dirimi tamen interdum contentione uel uxoriae condicionis uel commodi alicuius, quod idem adipisci uterque non posset. Quod si qui longius in amicitia prouecti essent, tamen saepe labefactari, si in honoris contentionem incidissent; pestem enim nullam maiorem esse amicitiis quam in plerisque pecuniae cupiditatem, in optimis quibusque honoris certamen et gloriae; ex quo inimicitias maximas saepe inter amicissimos exstitisse. Magna etiam discidia et plerumque iusta nasci, cum aliquid ab amicis quod rectum non esset postularetur, ut aut libidinis ministri aut adiutores essent ad iniuriam; quod qui recusarent, quamuis honeste id facerent, ius tamen amicitiae deserere arguerentur ab iis quibus obsequi nollent. Illos autem qui quiduis ab amico auderent postulare, postulatione ipsa profiteri omnia se amici causa esse facturos. Eorum querella inueterata non modo familiaritates exstingui solere sed odia etiam gigni sempiterna. Haec ita multa quasi fata impendere amicitiis ut omnia subterfugere non modo sapientiae sed etiam felicitatis diceret sibi uideri. |
(10) Lelio:
Oid pues, buenísimos varones, aquellas cosas que muy frecuentemente se
trataban entre Escipión y yo sobre la amistad. Aunque ciertamente él decía
que nada era más difícil que el que la amistad permaneciera hasta el
último día de vida. Pues decía que sucedía a menudo o que no conviniera lo
mismo, o que no se sintiera lo mismo sobre la cosa pública; que a menudo
también las costumbres de los hombres se mudaban, unas veces por las cosas
adversas, otras por la edad que se va haciendo pesada. Y tomaba ejemplo de
estas cosas a partir de la semejanza con la edad que empieza, porque los
mayores amores de los niños se dejaban frecuentemente junto con la toga
pretexta. Pero que si, por el contrario, los habían prolongado hasta la adolescencia, sin embargo se rompían a veces por una disputa o de índole matrimonial, o de alguna ventaja, porque uno y otro no podían alcanzar lo mismo. Y que si algunos habían avanzado más lejos en la amistad, sin embargo se derrumbaba frecuentemente si caían en lucha de honor; pues decía que ninguna peste mayor había en las amistades que el deseo de dinero en la mayoría de los casos y la rivalidad de honor y de gloria en todos los mejores; de esto que las mayores enemistades habían surgido frecuentemente entre los más amigos. Decía que también grandes separaciones y la mayoría justas nacían cuando algo que no era recto se pedía de los amigos: o que fueran servidores del deseo o colaboradores para una injuria; porque los que rechazaban, aunque hacían esto honestamente, sin embargo eran acusados de abandonar el derecho de la amistad por aquellos con quienes no querían condescender. En cambio, que aquellos que atrevían a pedir cualquier cosa de un amigo, confesaban con la misma petición que ellos harían todas las cosas por causa de un amigo. Que por la queja de estos solían no sólo extinguirse amistades inveteradas, sino también generarse odios sempiternos. Que estas muchas cosas como hados amenazaban a las amistades de tal modo que decía que evitarlas todas le parecía no sólo sabiduría, sino también suerte. |
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(XI) Quam
ob rem id primum uideamus, si placet, quatenus amor in amicitia progredi
debeat. Numne, si Coriolanus habuit amicos, ferre contra patriam arma illi
cum Coriolano debuerunt? num Vecellinum amici regnum adpetentem, num
Maelium debuerunt iuuare? Ti. quidem Gracchum rem publicam uexantem a Q. Tuberone aequalibusque amicis derelictum uidebamus. At C. Blossius Cumanus, hospes familiae uestrae, Scaeuola, cum ad me, quod aderam Laenati et Rupilio consulibus in consilio, deprecatum uenisset, hanc ut sibi ignoscerem, causam adferebat, quod tanti Ti. Gracchum fecisset ut, quidquid ille uellet, sibi faciendum putaret. Tum ego: 'Etiamne, si te in Capitolium faces ferre uellet?' 'Numquam' inquit 'uoluisset id quidem; sed si uoluisset, paruissem.' Videtis, quam nefaria uox! Et hercule ita fecit uel plus etiam quam dixit; non enim paruit ille Ti. Gracchi temeritati sed praefuit, nec se comitem illius furoris, sed ducem praebuit. Itaque hac amentia quaestione noua perterritus in Asiam profugit, ad hostes se contulit, poenas rei publicae graues iustasque persoluit. Nulla est igitur excusatio peccati, si amici causa peccaueris; nam cum conciliatrix amicitiae uirtutis opinio fuerit, difficile est amicitiam manere, si a uirtute defeceris. Quod si rectum statuerimus uel concedere amicis, quidquid uelint, uel impetrare ab iis, quidquid uelimus, perfecta quidem sapientia simus, si nihil habeat res uitii; sed loquimur de iis amicis qui ante oculos sunt, quos uidimus aut de quibus memoriam accepimus, quos nouit uita communis. Ex hoc numero nobis exempla sumenda sunt, et eorum quidem maxime qui ad sapientiam proxime accedunt. Videmus Papum Aemilium Luscino familiarem fuisse (sic a patribus accepimus), bis una consules, collegas in censura; tum et cum iis et inter se coniunctissimos fuisse M'. Curium, Ti. Coruncanium memoriae proditum est. Igitur ne suspicari quidem possumus quemquam horum ab amico quippiam contendisse, quod contra fidem, contra ius iurandum, contra rem publicam esset. Nam hoc quidem in talibus uiris quid attinet dicere, si contendisset, impetraturum non fuisse? cum illi sanctissimi uiri fuerint, aeque autem nefas sit tale aliquid et facere rogatum et rogare. At uero Ti. Gracchum sequebantur C. Carbo, C. Cato, et minime tum quidem C. frater, nunc idem acerrimus. |
(11) Por ello, veamos, si
os place, primero esto: hasta qué grado debe avanzar el amor en la
amistad. ¿Acaso, si Coriolano tuvo amigos, ellos debieron llevar las armas
contra la patria con Coriolano? ¿Acaso los amigos debieron ayudar a
Vicelino que deseaba el reino, acaso a Melio?
Veíamos ciertamente a Tib. Graco vejando la república, abandonado por Q. Tuberón y por sus amigos de la misma edad. En cambio, C. Blosio Cumano, huésped de vuestra familia, Escévola, habiendo venido ante mí, que estaba presente en el consejo a los cónsules Lenas y Rupilio, a suplicarme, alegaba esta causa para que le perdonara: que había estimado tanto a Tib. Graco que pensaba que debía ser hecho por él todo lo que aquél quisiera. Entonces yo: “¿Acaso también, si quisiera que tú llevaras antorchas contra el Capitolio?” “Nunca”, dijo, “hubiera querido esto ciertamente; pero, si lo hubiera querido, hubiera obedecido.” Veis, ¡cuán abominables palabras! Y, por Hércules, así lo hizo, o más incluso de lo que dijo; pues aquel no obedeció la temeridad de Tib. Graco sino que estuvo al frente, y no se mostró compañero de su locura, sino guía. Y así, con esta locura, huyó a Asia aterrorizado por una nueva investigación, se dirigió a los enemigos, pagó castigos graves y justos a la república. No es, pues, ninguna excusa del pecado, si has pecado por causa de un amigo; pues, porque la idea de la virtud ha sido la conciliadora de la amistad, es difícil que la amistad permanezca, si te has apartado de la virtud. Porque si estableciéremos como recto bien conceder a los amigos lo que quieran, bien conseguir de ellos lo que queramos, seríamos ciertamente de una sabiduría perfecta, si la cosa nada tuviera de malo; pero hablamos de aquellos amigos que están ante nuestros ojos, a los que vimos o de los que hemos recibido el recuerdo, a los que la vida común conoce. De este número deben ser tomados por nosotros los ejemplos, y, principalmente por cierto del de aquellos que están muy cerca de la sabiduría. Vemos que Papo Emilio fue íntimo amigo de C. Luscino (así lo recibimos de nuestros padres), dos veces cónsules juntamente, colegas en la censura; asimismo se ha transmitido a la memoria que Manio Curio y Tib. Coruncanio estuvieron unidísimos con aquéllos y entre sí. Pues bien, ni siquiera podemos sospechar que alguno de estos haya pretendido algo de un amigo, que fuese contra la fidelidad, contra el juramento, contra la república. Pues ¿qué interés tiene, ciertamente, decir que, entre hombres de tal clase, si hubiese pretendido esto, no lo habría conseguido? porque ellos fueron hombres rectísimos, y porque, a su vez, es igualmente lícito hacer algo que se ha pedido de tal clase y también pedirlo. Pero verdaderamente seguían a Tib. Graco C. Carbón, C. Catón, y, entonces ciertamente de ningún modo, el hermano de Cayo, ahora el más acérrimo. |
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(XII) Haec igitur lex in
amicitia sanciatur, ut neque rogemus res turpes nec faciamus rogati.
Turpis enim excusatio est et minime accipienda cum in ceteris peccatis,
tum si quis contra rem publicam se amici causa fecisse fateatur. Etenim eo
loco, Fanni et Scaeuola, locati sumus ut nos longe prospicere oporteat
futuros casus rei publicae. Deflexit iam aliquantum de spatio curriculoque
consuetudo maiorum. Ti. Gracchus regnum occupare conatus est, uel regnauit is quidem paucos menses. Num quid simile populus Romanus audierat aut uiderat? Hunc etiam post mortem secuti amici et propinqui quid in P. Scipione effecerint, sine lacrimis non queo dicere. Nam Carbonem, quocumque modo potuimus, propter recentem poenam Ti. Gracchi sustinuimus; de C. Gracchi autem tribunatu quid expectem, non libet augurari. Serpit deinde res; quae procliuis ad perniciem, cum semel coepit, labitur. Videtis in tabella iam ante quanta sit facta labes, primo Gabinia lege, biennio autem post Cassia. Videre iam uideor populum a senatu disiunctum, multitudinis arbitrio res maximas agi. Plures enim discent quem ad modum haec fiant, quam quem ad modum iis resistatur. Quorsum haec? Quia sine sociis nemo quicquam tale conatur. Praecipiendum est igitur bonis ut, si in eius modi amicitias ignari casu aliquo inciderint, ne existiment ita se alligatos ut ab amicis in magna aliqua re publica peccantibus non discedant; improbis autem poena statuenda est, nec uero minor iis qui secuti erunt alterum, quam iis qui ipsi fuerint impietatis duces. Quis clarior in Graecia Themistocle, quis potentior? qui cum imperator bello Persico seruitute Graeciam liberauisset propterque inuidiam in exsilium expulsus esset, ingratae patriae iniuriam non tulit, quam ferre debuit, fecit idem, quod xx annis ante apud nos fecerat Coriolanus. His adiutor contra patriam inuentus est nemo; itaque mortem sibi uterque consciuit. Quare talis improborum consensio non modo excusatione amicitiae tegenda non est sed potius supplicio omni uindicanda est, ut ne quis concessum putet amicum uel bellum patriae inferentem sequi; quod quidem, ut res ire coepit, haud scio an aliquando futurum sit. Mihi autem non minori curae est, qualis res publica post mortem meam futura, quam qualis hodie sit. |
(12) Así
pues, sanciónese esta ley en la amistad, que ni roguemos cosas vergonzosas
ni, rogados, las hagamos. Pues la excusa es vergonzosa y de ningún modo
debe ser recibida, ya en los demás pecados, ya si alguno confiesa que él
ha actuado contra la república a causa de un amigo. En efecto, Fanio y
Escévola, hemos sido colocados en tal lugar, que conviene que nosotros
preveamos de lejos los avatares futuros de la república. La costumbre de
nuestros mayores se desvió ya un poquito del espacio y de la carrera.
Tib. Graco intentó ocupar el reino, o mejor, reinó éste ciertamente unos pocos meses. ¿Acaso el pueblo romano había oído o había visto algo semejante? Sus amigos y parientes, siguiéndolo incluso después de su muerte, no puedo decir sin lágrimas qué hicieron en la persona de P. Escipión. Pues resistimos a Carbón del modo que pudimos, a causa del reciente castigo a Tib. Graco; pero no me agrada augurar qué puedo esperar del tribunado de C. Graco. En seguida, el mal se desliza; este resbala en declive hacia la ruina, tan pronto como empieza. Veis cuán gran destrucción se hizo ya antes en la tablilla (de las proscripciones), primero con la ley gabinia, y efectivamente dos años después con la casia. Ya me parece ver al pueblo separado del senado, que las cosas más importantes se llevan al arbitrio de la multitud. Pues muchos aprenderán de qué modo se hacen estas cosas, más que de qué modo se resiste a ellas. ¿Con qué motivo digo estas cosas? Porque nadie intenta algo de tal clase sin aliados. Se debe prevenir, pues, a los buenos que, si, ignorantes, cayeran por algún azar en amistades de este tipo, no se consideren tan ligados que no se puedan apartar de los amigos que pecan en contra de una gran república; pero un castigo debe ser establecido para los malvados, y no, en verdad, menor para aquellos que siguieron a otro, que para aquellos que hayan sido ellos mismos jefes de la impiedad. ¿Quién más ilustre en Grecia que Temístocles, quién más poderoso? Éste, general en la guerra persa, como hubiese liberado a Grecia de la servidumbre y, a causa de la envidia, hubiese sido expulsado al destierro, no soportó la injusticia de su ingrata patria, aunque debió sobrellevarla, hizo lo mismo que veinte años antes Coriolano había hecho entre nosotros. Nadie fue encontrado como ayudante de éstos contra la patria; y así ambos se dieron la muerte. Por lo cual, tal consenso de malvados no sólo no debe ser encubierto con la excusa de la amistad, sino más bien debe ser castigada con todo suplicio, para que ninguno piense que le está concedido seguir a un amigo incluso al que hace guerra a la patria; esto ciertamente, según la cosa comenzó a marchar, no sé si no sucederá algún día. Pero para mi no me sirve de menor preocupación cómo será la república después de mi muerte, que cómo es hoy. |
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(XIII) Haec igitur prima
lex amicitiae sanciatur, ut ab amicis honesta petamus, amicorum causa
honesta faciamus, ne exspectemus quidem, dum rogemur; studium semper
adsit, cunctatio absit; consilium uero dare audeamus libere. Plurimum in
amicitia amicorum bene suadentium ualeat auctoritas, eaque et adhibeatur
ad monendum non modo aperte sed etiam acriter, si res postulabit, et
adhibitae pareatur. Nam quibusdam, quos audio sapientes habitos in Graecia, placuisse opinor mirabilia quaedam (sed nihil est quod illi non persequantur argutiis): partim fugiendas esse nimias amicitias, ne necesse sit unum sollicitum esse pro pluribus; satis superque esse sibi suarum cuique rerum, alienis nimis implicari molestum esse; commodissimum esse quam laxissimas habenas habere amicitiae, quas uel adducas, cum uelis, uel remittas; caput enim esse ad beate uiuendum securitatem, qua frui non possit animus, si tamquam parturiat unus pro pluribus. Alios autem dicere aiunt multo etiam inhumanius (quem locum breuiter paulo ante perstrinxi) praesidii adiumentique causa, non beneuolentiae neque caritatis, amicitias esse expetendas; itaque, ut quisque minimum firmitatis haberet minimumque uirium, ita amicitias appetere maxime; ex eo fieri ut mulierculae magis amicitiarum praesidia quaerant quam uiri et inopes quam opulenti et calamitosi quam ii qui putentur beati. O praeclaram sapientiam! Solem enim e mundo tollere uidentur, qui amicitiam e uita tollunt, qua nihil a dis immortalibus melius habemus, nihil iucundius. Quae est enim ista securitas? Specie quidem blanda sed reapse multis locis repudianda. Neque enim est consentaneum ullam honestam rem actionemue, ne sollicitus sis, aut non suscipere aut susceptam deponere. Quod si curam fugimus, uirtus fugienda est, quae necesse est cum aliqua cura res sibi contrarias aspernetur atque oderit, ut bonitas malitiam, temperantia libidinem, ignauiam fortitudo; itaque uideas rebus iniustis iustos maxime dolere, imbellibus fortes, flagitiosis modestos. Ergo hoc proprium est animi bene constituti, et laetari bonis rebus et dolere contrariis. Quam ob rem si cadit in sapientem animi dolor, qui profecto cadit, nisi ex eius animo exstirpatam humanitatem arbitramur, quae causa est cur amicitiam funditus tollamus e uita, ne aliquas propter eam suscipiamus molestias? Quid enim interest motu animi sublato non dico inter pecudem et hominem, sed inter hominem et truncum aut saxum aut quiduis generis eiusdem? Neque enim sunt isti audiendi qui uirtutem duram et quasi ferream esse quandam uolunt; quae quidem est cum multis in rebus, tum in amicitia tenera atque tractabilis, ut et bonis amici quasi diffundatur et incommodis contrahatur. Quam ob rem angor iste, qui pro amico saepe capiendus est, non tantum ualet ut tollat e uita amicitiam, non plus quam ut uirtutes, quia non nullas curas et molestias adferunt, repudientur. |
(13) Así
pues, sanciónese esta como la primera ley de la amistad: que pidamos de
los amigos cosas honestas, que hagamos cosas honestas a causa de los
amigos, que ni siquiera esperemos hasta que seamos rogados; que esté
presente siempre el afán, ausente la lentitud; que osemos, ciertamente,
dar consejo libremente. Que valga muchísimo en la amistad la autoridad de
los amigos que aconsejan bien, y ésta se emplee para amonestar no sólo
abiertamente sino también duramente, si la cosa lo pide, y se obedezca a
la autoridad admitida. Pues opino que algunas cosas admirables agradaron a algunos, que oigo que fueron considerados sabios en Grecia, (pero nada hay que ellos no persigan con sus argucias): por una parte, que las excesivas amistades deben ser rehuidas, para que no sea necesario que uno esté solícito por muchos; que cada uno tiene bastante y de sobra con sus cosas propias; que es molesto implicarse demasiado con las otras ajenas; que es lo más cómodo tener las riendas de la amistad lo más flojas posible, para que o las recojas, cuando quieras, o las sueltes; que la seguridad, en efecto, es lo principal para vivir bien, de la que el espíritu no puede disfrutar, si uno en cierto modo está de parto por muchos. Pero comentan que otros dicen incluso mucho más inhumanamente (lugar que traté brevemente poco antes) que las amistades deben ser buscadas a causa de la defensa y de la ayuda, no de la benevolencia ni del afecto; y así que, según cada uno tuviera lo mínimo de firmeza y lo mínimo de fuerzas, así intentara alcanzar especialmente las amistades; que por esto sucede que las mujercillas buscan la protección de las amistades más que los hombres, y los indigentes, más que los opulentos, y los calamitosos, más que aquellos que se consideran dichosos. ¡Oh preclara sabiduría! Pues parecen quitar el sol del mundo quienes quitan la amistad de la vida, nada mejor que la cual tenemos de los dioses inmortales, nada más agradable. Pues ¿cuál es esa tranquilidad? Atrayente ciertamente por su aspecto, pero, en efecto, digna de ser repudiada en muchos lugares. Pues no es consecuente o no emprender alguna cosa honesta o alguna acción, para que no estés solícito, o abandonarla, una vez emprendida. Porque si huimos de la preocupación, ha de ser rehuida la virtud, la cual es necesario que desprecie con alguna preocupación las cosas contrarias a sí y las odie, como la bondad a la malicia, la templanza al libertinaje, la fortaleza a la cobardía; y así puedes ver que los justos se duelen especialmente con las cosas injustas, los fuertes con las débiles, los modestos con las vergonzosas. Por consiguiente esto es propio de un espíritu bien constituido, no sólo alegrarse con las cosas buenas sino también dolerse con las contrarias. Por esto, si el dolor del alma cae sobre el sabio, que ciertamente cae, si no creemos que la humanidad ha sido extirpada de su alma, ¿qué causa hay para que quitemos totalmente la amistad de la vida, para que no recibamos algunas molestias a causa de esta? Pues ¿qué diferencia hay, quitado el movimiento del alma, no digo entre un animal y un hombre, sino entre un hombre y un tronco o una roca o cualquier cosa del mismo estilo? Pues no deben ser oídos esos que quieren una virtud dura y casi de hierro; esta es ciertamente, no sólo en muchas cosas, sino especialmente en la amistad, tierna y manejable, de modo que en cierto modo se difunde con los bienes de un amigo, y se contrae con sus desgracias. Por ello, esa angustia que a menudo ha de cogerse por un amigo, no tiene tanta fuerza que quite la amistad de la vida, como tampoco puede hacer que las virtudes se rechacen, porque traigan algunas preocupaciones y molestias. |
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(XIV) Cum autem contrahat
amicitiam, ut supra dixi, si qua significatio uirtutis eluceat, ad quam se
similis animus applicet et adiungat, id cum contigit, amor exoriatur
necesse est. Quid enim tam absurdum quam delectari multis inanimis rebus, ut honore, ut gloria, ut aedificio, ut uestitu cultuque corporis, animo autem uirtute praedito, eo qui uel amare uel, ut ita dicam, redamare possit, non admodum delectari? Nihil est enim remuneratione beneuolentiae, nihil uicissitudine studiorum officiorumque iucundius. Quid, si illud etiam addimus, quod recte addi potest, nihil esse quod ad se rem ullam tam alliciat et attrahat quam ad amicitiam similitudo? concedetur profecto uerum esse, ut bonos boni diligant adsciscantque sibi quasi propinquitate coniunctos atque natura. Nihil est enim appetentius similium sui nec rapacius quam natura. Quam ob rem hoc quidem, Fanni et Scaeuola, constet, ut opinor, bonis inter bonos quasi necessariam beneuolentiam, qui est amicitiae fons a natura constitutus. Sed eadem bonitas etiam ad multitudinem pertinet. Non enim est inhumana uirtus neque immunis neque superba, quae etiam populos uniuersos tueri iisque optime consulere soleat; quod non faceret profecto, si a caritate uulgi abhorreret. Atque etiam mihi quidem uidentur, qui utilitatum causa fingunt amicitias, amabilissimum nodum amicitiae tollere. Non enim tam utilitas parta per amicum quam amici amor ipse delectat, tumque illud fit, quod ab amico est profectum, iucundum, si cum studio est profectum; tantumque abest, ut amicitiae propter indigentiam colantur, ut ii qui opibus et copiis maximeque uirtute praediti, in qua plurimum est praesidii, minime alterius indigeant, liberalissimi sint et beneficentissimi. Atque haud sciam an ne opus sit quidem nihil umquam omnino deesse amicis. Vbi enim studia nostra uiguissent, si numquam consilio, numquam opera nostra nec domi nec militiae Scipio eguisset? Non igitur utilitatem amicitia, sed utilitas amicitiam secuta est. |
(14) Pero
porque, como dije arriba, si alguna señal de virtud brilla, a la cual un
espíritu semejante se aplique y junte, contrae la amistad, cuando esto
sucede, es necesario que el amor surja.
Pues ¿qué hay tan absurdo como deleitarse con muchas cosas vacías, como un honor, como la gloria, como un edificio, como un vestido y el cultivo del cuerpo, y, en cambio, no deleitarse en sumo grado con un espíritu, provisto de virtud, con aquel que pueda o amar, o, para decirlo así, corresponder al amor? Pues nada hay más agradable que la recompensa de la benevolencia, nada más que el intercambio de afanes y lealtades. ¿Y qué, si también añadimos aquello, que se puede añadir con razón, de que nada hay que incite tanto y atraiga cosa alguna hacia sí como la similitud a la amistad? Se concederá ciertamente que es verdadero que los buenos aman a los buenos y los atraen a sí, como unidos por proximidad y por naturaleza. Pues nada hay más deseoso de las cosas semejantes a sí ni nada más rapaz que la naturaleza. Por este hecho, Fanio y Escévola, esto ciertamente consta, según opino: que la benevolencia es, por así decirlo, necesaria para los buenos entre buenos, la cual es la fuente, constituida por la naturaleza, de la amistad. Pero esta misma bondad alcanza incluso a la multitud. Pues la virtud no es inhumana ni evita las cargas ni soberbia, la cual suele proteger también a todos los pueblos, y velar por ellos óptimamente; esto no haría ciertamente, si se apartara con horror del afecto del vulgo. Y también, los que forman amistades a causa de las utilidades, me parecen ciertamente quitar el más amable nudo de la amistad. Pues la utilidad surgida por medio de un amigo no deleita tanto como el amor mismo del amigo, y entonces se hace agradable aquello que ha salido de un amigo, si salió con afecto; y tan lejos está que las amistades se cultiven a causa de la indigencia, que aquellos que, dotados de recursos y de riquezas y sobre todo de virtud, en la cual está la mayor defensa, muy poco necesitan del otro, son los más generosos y los más bienhechores. Y no sé si hay necesidad ciertamente de que nada en absoluto falte nunca a los amigos. Pues ¿dónde hubieran manifestado su vigor nuestros afanes, si Escipión nunca hubiera necesitado de consejo, nunca de nuestra ayuda, ni en la paz ni en la guerra? No siguió, pues, la amistad a la utilidad, sino la utilidad a la amistad. |
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(XV) Non ergo erunt
homines deliciis diffluentes audiendi, si quando de amicitia, quam nec usu
nec ratione habent cognitam, disputabunt. Nam quis est, pro deorum fidem
atque hominum! qui uelit, ut neque diligat quemquam nec ipse ab ullo
diligatur, circumfluere omnibus copiis atque in omnium rerum abundantia
uiuere? Haec enim est tyrannorum uita nimirum, in qua nulla fides, nulla
caritas, nulla stabilis beneuolentiae potest esse fiducia, omnia semper
suspecta atque sollicita, nullus locus amicitiae.
Quis enim aut eum diligat quem metuat, aut eum a quo se metui putet? Coluntur tamen simulatione dumtaxat ad tempus. Quod si forte, ut fit plerumque, ceciderunt, tum intellegitur quam fuerint inopes amicorum. Quod Tarquinium dixisse ferunt, tum exsulantem se intellexisse quos fidos amicos habuisset, quos infidos, cum iam neutris gratiam referre posset. Quamquam miror, illa superbia et importunitate si quemquam amicum habere potuit. Atque ut huius, quem dixi, mores ueros amicos parare non potuerunt, sic multorum opes praepotentium excludunt amicitias fideles. Non enim solum ipsa Fortuna caeca est sed eos etiam plerumque efficit caecos quos complexa est; itaque efferuntur fere fastidio et contumacia nec quicquam insipiente fortunato intolerabilius fieri potest. Atque hoc quidem uidere licet, eos qui antea commodis fuerint moribus, imperio, potestate, prosperis rebus immutari, sperni ab iis ueteres amicitias, indulgeri nouis. Quid autem stultius quam, cum plurimum copiis, facultatibus, opibus possint, cetera parare, quae parantur pecunia, equos, famulos, uestem egregiam, uasa pretiosa, amicos non parare, optimam et pulcherrimam uitae, ut ita dicam, supellectilem? etenim cetera cum parant, cui parent, nesciunt, nec cuius causa laborent (eius enim est istorum quidque, qui uicit uiribus), amicitiarum sua cuique permanet stabilis et certa possessio; ut, etiamsi illa maneant, quae sunt quasi dona Fortunae, tamen uita inculta et deserta ab amicis non possit esse iucunda. Sed haec hactenus. |
(15) Por
consiguiente, los hombres que nadan en delicias no deberán ser oídos, si
alguna vez disputan sobre la amistad, a la cual ni por la práctica ni por
la razón tienen conocida. Pues ¿quién hay, ¡por la fe de los dioses y de
los hombres! que quiera rebosar de todas las riquezas y vivir en la
abundancia de todas las cosas, de modo que ni ame a alguien ni él mismo
sea amado por alguno? Esta, en efecto, es ciertamente la vida de los
tiranos, en la que ninguna fidelidad, ningun afecto, ninguna estable
confianza de benevolencia puede haber; todas las cosas son siempre
sospechosas e inquietantes; ningún lugar hay para la amistad.
Pues ¿quién puede amar a aquel a quien teme, o a aquel por el que piense que él es temido? Sin embargo son cuidados con simulación, únicamente hasta cierto tiempo. Y si acaso cayeron, como sucede generalmente, entonces se entiende cuán escasos de amigos estuvieron. Esto cuentan que dijo Tarquinio, que él, desterrado, había comprendido entonces qué amigos fieles había tenido, qué infieles, cuando no podía ya devolver el pago ni a unos ni a otros. Aunque me admiro si con aquella soberbia e insolencia pudo tener algún amigo. Y, así como las costumbres de éste, al que mencioné, no pudieron depararle amigos verdaderos, así los recursos de muchos prepotentes excluyen amistades fieles. Pues no sólo la fortuna es ciega ella misma, sino que muchas veces convierte en ciegos también a aquellos a quienes ha abrazado, y así casi siempre se dejan llevar por la soberbia y arrogancia y nada puede hacerse más intolerable que un necio afortunado. Y es posible ver esto ciertamente: que aquellos que fueron antes de costumbres moderadas, con el mando, con el poder, con las cosas prósperas se cambian, que las viejas amistades son despreciadas por éstos y que se es indulgente con las nuevas. Pero ¿qué cosa más necia que, ya que pueden muchísimo con las riquezas, facultades, recursos, preparar las demás cosas que se preparan con dinero, caballos, esclavos, vestidos egregios, vasos preciosos, no preparar amigos, para decirlo así, el mejor y más hermoso mobiliario de la vida? En efecto, cuando preparan las demás cosas, no saben para quién las preparan, ni a causa de quién trabajan (pues cada una de esas cosas es de aquél que vence por sus fuerzas), la posesión de las amistades permanece para cada uno la suya estable y cierta; de manera que, aunque aquellas cosas, que son como dones de la fortuna, permanezcan, sin embargo una vida sin cultivar y desierta de amigos no puede ser agradable. Pero estas cosas hasta aquí. |
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(XVI)
Constituendi autem sunt qui sint in amicitia fines et quasi termini
diligendi. De quibus tres uideo sententias ferri, quarum nullam probo,
unam, ut eodem modo erga amicum adfecti simus, quo erga nosmet ipsos,
alteram, ut nostra in amicos beneuolentia illorum erga nos beneuolentiae
pariter aequaliterque respondeat, tertiam, ut, quanti quisque se ipse
facit, tanti fiat ab amicis. Harum trium sententiarum nulli prorsus assentior. Nec enim illa prima uera est, ut, quem ad modum in se quisque sit, sic in amicum sit animatus. Quam multa enim, quae nostra causa numquam faceremus, facimus causa amicorum! precari ab indigno, supplicare, tum acerbius in aliquem inuehi insectarique uehementius, quae in nostris rebus non satis honeste, in amicorum fiunt honestissime; multaeque res sunt in quibus de suis commodis uiri boni multa detrahunt detrahique patiuntur, ut iis amici potius quam ipsi fruantur. Altera sententia est, quae definit amicitiam paribus officiis ac uoluntatibus. Hoc quidem est nimis exigue et exiliter ad calculos uocare amicitiam, ut par sit ratio acceptorum et datorum. Diuitior mihi et affluentior uidetur esse uera amicitia nec obseruare restricte, ne plus reddat quam acceperit; neque enim uerendum est, ne quid excidat, aut ne quid in terram defluat, aut ne plus aequo quid in amicitiam congeratur. Tertius uero ille finis deterrimus, ut, quanti quisque se ipse faciat, tanti fiat ab amicis. Saepe enim in quibusdam aut animus abiectior est aut spes amplificandae fortunae fractior. Non est igitur amici talem esse in eum qualis ille in se est, sed potius eniti et efficere ut amici iacentem animum excitet inducatque in spem cogitationemque meliorem. Alius igitur finis uerae amicitiae constituendus est, si prius, quid maxime reprehendere Scipio solitus sit, dixero. Negabat ullam uocem inimiciorem amicitiae potuisse reperiri quam eius, qui dixisset ita amare oportere, ut si aliquando esset osurus; nec uero se adduci posse, ut hoc, quem ad modum putaretur, a Biante esse dictum crederet, qui sapiens habitus esset unus e septem; impuri cuiusdam aut ambitiosi aut omnia ad suam potentiam reuocantis esse sententiam. Quonam enim modo quisquam amicus esse poterit ei, cui se putabit inimicum esse posse? quin etiam necesse erit cupere et optare, ut quam saepissime peccet amicus, quo plures det sibi tamquam ansas ad reprehendendum; rursum autem recte factis commodisque amicorum necesse erit angi, dolere, inuidere. Quare hoc quidem praeceptum, cuiuscumque est, ad tollendam amicitiam ualet; illud potius praecipiendum fuit, ut eam diligentiam adhiberemus in amicitiis comparandis, ut ne quando amare inciperemus eum, quem aliquando odisse possemus. Quin etiam si minus felices in diligendo fuissemus, ferendum id Scipio potius quam inimicitiarum tempus cogitandum putabat. |
(16) Pero deben ser
establecidos cuáles son los límites en la amistad y, por así decirlo, los
términos del amar. Sobre estos, veo que se aportan tres opiniones, de las
cuales ninguna apruebo, una, que estemos dispuestos para con el amigo del
mismo modo que para con nosotros mismos; otra, que nuestra benevolencia
hacia los amigos responda semejante e igualmente a la benevolencia de
aquellos hacia nosotros; la tercera, que, cuanto cada uno mismo se estima,
tanto por los amigos sea estimado. Con ninguna de estas tres opiniones estoy de acuerdo en absoluto. Pues ni es verdadera aquella primera, que cada uno esté dispuesto hacia su amigo de mismo modo que hacia sí mismo. Pues ¡cuántas muchas cosas hacemos por causa de los amigos, que nunca haríamos por causa nuestra!: rogar a alguien indigno, suplicarle, además lanzarse bastante violentamente contra alguno y perseguirle bastante ardientemente, las cuales cosas se hacen no bastante honestamente en nuestras cosas pero honestísimamente en las de los amigos; y hay muchas cosas en las cuales los hombres buenos quitan y sufren que se quiten muchas cosas de sus propias ventajas, para que los amigos disfruten de ellas mejor que ellos mismos. Otra opinión es la que define la amistad por los servicios y afectos iguales. Esto ciertamente es invitar a la amistad a calcular demasiado exigua y débilmente, para que sea igual la cuenta de las cosas recibidas y la de las dadas. La verdadera amistad me parece ser más rica y más abundante, y no observar estrictamente para que no devuelva más que ha recibido; pues ni se ha de temer que algo se caiga, o que algo se derrame a tierra, o que se amontone más de lo justo en la amistad. Pero aquel tercer límite es el peor, que cada uno sea estimado por los amigos tanto cuanto él mismo se estima. Pues, a menudo, en algunos o bien el espíritu es bastante abyecto, o bien la esperanza de aumentar su fortuna bastante débil. Así pues, no es propio de un amigo ser para con aquél tal cual él es para consigo, sino mejor esforzarse y hacer que levante el espíritu yacente del amigo, y lo induzca a una esperanza y pensamiento mejor. Así pues, otro límite de la verdadera amistad debe ser establecido, después de haber dicho qué tuvo por costumbre reprender especialmente Escipión. Negaba que hubiera podido encontrarse alguna voz más enemiga para la amistad que la de aquel que había dicho que era conveniente amar así como si alguna vez se tuviera que odiar; que ciertamente él no podía ser llevado a pensar esto, como creía que había sido dicho por Bías, que había sido tenido por sabio, uno de los siete; que tal sentencia era propia de algún impuro o ambicioso o que hacía volver todas las cosas a su poder. Pues ¿de qué modo podrá alguno ser amigo de aquel para el que piense que él puede ser enemigo? Es más, será necesario desear y anhelar que el amigo peque lo más frecuentemente posible, para que le dé como muchos motivos para reprenderle; y viceversa, será necesario angustiarse, dolerse, tener envidia de las cosas bien hechas y de los éxitos de los amigos. Por esto ciertamente este precepto, de quienquiera que sea, sirve para quitar la amistad; más bien debió ser prescrito aquello, que aplicáramos aquella diligencia al adquirir amistades, para que nunca comenzáramos a amar a aquel al cual pudiéramos odiar alguna vez. Más aún, si hubiésemos sido menos felices al apreciar a alguien, pensaba Escipión que esto mejor debía ser soportado que buscar tiempo para las enemistades. |
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(XVII) His
igitur finibus utendum arbitror, ut, cum emendati mores amicorum sint, tum
sit inter eos omnium rerum, consiliorum, uoluntatum sine ulla exceptione
communitas, ut, etiamsi qua fortuna acciderit ut minus iustae amicorum
uoluntates adiuuandae sint, in quibus eorum aut caput agatur aut fama,
declinandum de uia sit, modo ne summa turpitudo sequatur; est enim
quatenus amicitiae dari uenia possit. Nec uero neglegenda est fama nec
mediocre telum ad res gerendas existimare oportet beneuolentiam ciuium;
quam blanditiis et assentando colligere turpe est; uirtus, quam sequitur
caritas, minime repudianda est. Sed (saepe enim redeo ad Scipionem, cuius omnis sermo erat de amicitia) querebatur, quod omnibus in rebus homines diligentiores essent; capras et oues quot quisque haberet, dicere posse, amicos quot haberet, non posse dicere et in illis quidem parandis adhibere curam, in amicis eligendis neglegentis esse nec habere quasi signa quaedam et notas, quibus eos qui ad amicitias essent idonei, iudicarent. Sunt igitur firmi et stabiles et constantes eligendi; cuius generis est magna penuria. Et iudicare difficile est sane nisi expertum; experiendum autem est in ipsa amicitia. Ita praecurrit amicitia iudicium tollitque experiendi potestatem. Est igitur prudentis sustinere ut cursum, sic impetum beneuolentiae, quo utamur quasi equis temptatis, sic amicitia ex aliqua parte periclitatis moribus amicorum. Quidam saepe in parua pecunia perspiciuntur quam sint leues, quidam autem, quos parua mouere non potuit, cognoscuntur in magna. Sin uero erunt aliqui reperti qui pecuniam praeferre amicitiae sordidum existiment, ubi eos inueniemus, qui honores, magistratus, imperia, potestates, opes amicitiae non anteponant, ut, cum ex altera parte proposita haec sint, ex altera ius amicitiae, non multo illa malint? Imbecilla enim est natura ad contemnendam potentiam; quam etiamsi neglecta amicitia consecuti sint, obscuratum iri arbitrantur, quia non sine magna causa sit neglecta amicitia. Itaque uerae amicitiae difficillime reperiuntur in iis qui in honoribus reque publica uersantur; ubi enim istum inuenias qui honorem amici anteponat suo? Quid? haec ut omittam, quam graues, quam difficiles plerisque uidentur calamitatum societates! ad quas non est facile inuentu qui descendant. Quamquam Ennius recte: Amicus certus in re incerta cernitur, tamen haec duo leuitatis et infirmitatis plerosque conuincunt, aut si in bonis rebus contemnunt aut in malis deserunt. Qui igitur utraque in re grauem, constantem, stabilem se in amicitia praestiterit, hunc ex maxime raro genere hominum iudicare debemus et paene diuino. |
(17) Así pues, juzgo que
se deben usar estos límites, que, cuando las costumbres de los amigos sean
sin tacha, entonces haya entre ellos comunidad de todas las cosas,
consejos, voluntades sin excepción alguna, de modo que, aunque sucediera
por algún azar que voluntades menos justas de los amigos deban ser
ayudadas, en las que se trate sobre la cabeza o la fama de ellos, haya que
apartarse del camino, a condición de que no se consiga una suma infamia;
pues hay un punto hasta donde puede darse perdón a la amistad. Y,
ciertamente, ni la reputación debe ser descuidada ni conviene estimar como
arma mediocre para hacer las cosas la benevolencia de los ciudadanos; es
vergonzoso recogerla con halagos y adulando; la virtud, a la que sigue el
afecto, de ningún modo debe ser repudiada.
Pero frecuentemente (pues vuelvo a Escipión, cuya conversación era toda sobre la amistad), se quejaba de que los hombres fuesen más diligentes en todas las cosas; que podían decir cuántas cabras y ovejas tenía cada uno, que no podían decir cuántos amigos tenía y que ponían ciertamente cuidado en adquirir aquéllas, que eran negligentes al elegir amigos y que no tenían, por así decirlo, ciertas señales y marcas por las cuales juzgasen a aquellos que eran idóneos para la amistad. Así pues, los firmes y estables y constantes deben ser elegidos; de este género hay gran penuria. Y ciertamente es difícil juzgar, si no se aprendió por experiencia. Pero hay que aprender por experiencia en la amistad misma. Así, la amistad precede al juicio, y quita el poder de aprender por experiencia. Así pues, es propio del prudente contener, como un carro, así el ímpetu de la benevolencia, para que como de caballos probados así usemos de la amistad, puestas a prueba las costumbres de los amigos a partir de algún hecho. A menudo algunos se ven en el poco dinero cuán ligeros son, otros, en cambio, a los que poco dinero no pudo conmover, se conocen en el mucho. Y si se encontraran, ciertamente, algunos que estimen sórdido preferir el dinero a la amistad, ¿dónde encontraremos a aquellos que no antepongan los honores, las magistraturas, los mandos, el poder, la influencia a la amistad, de modo que, cuando estas cosas les hayan sido propuestas de una parte, el derecho de la amistad de otra, no prefieran con mucho aquellas cosas? Pues la naturaleza es débil para despreciar el poder; aunque lo hayan conseguido, desdeñada la amistad, piensan que esto se oscurecerá, porque la amistad no ha sido desdeñada sin causa grande. Así pues, las verdaderas amistades se encuentran dificilísimamente en aquellos que se encuentran en los honores y la cosa pública; pues ¿dónde encontrarás a ese que anteponga el honor del amigo al suyo? ¿Qué? para omitir estas cosas, ¡cuán pesadas, cuán difíciles parecen a todos las compañías de las calamidades! No es fácil de encontrar quienes desciendan a estas. Aunque con razón dijo Ennio: “El amigo cierto se ve en la cosa incierta”, sin embargo estas dos cosas convencen a muchos de su ligereza y debilidad, bien si desprecian al amigo en las cosas buenas, bien si lo abandonan en las malas. Así pues, quien en una y otra cosa se mantuviera firme, constante, estable en la amistad, a éste debemos juzgarlo de un género de hombres especialmente raro y casi divino. |
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(XVIII)
Firmamentum autem stabilitatis constantiaeque eius, quam in amicitia
quaerimus, fides est; nihil est enim stabile quod infidum est. Simplicem
praeterea et communem et consentientem, id est qui rebus isdem moueatur,
eligi par est, quae omnia pertinent ad fidelitatem; neque enim fidum
potest esse multiplex ingenium et tortuosum, neque uero, qui non isdem
rebus mouetur naturaque consentit, aut fidus aut stabilis potest esse.
Addendum eodem est, ut ne criminibus aut inferendis delectetur aut credat
oblatis, quae pertinent omnia ad eam, quam iam dudum tracto, constantiam.
Ita fit uerum illud, quod initio dixi, amicitiam nisi inter bonos esse non
posse. Est enim boni uiri, quem eundem sapientem licet dicere, haec duo
tenere in amicitia: primum ne quid fictum sit neue simulatum; aperte enim
uel odisse magis ingenui est quam fronte occultare sententiam; deinde non
solum ab aliquo allatas criminationes repellere, sed ne ipsum quidem esse
suspiciosum, semper aliquid existimantem ab amico esse uiolatum.
Accedat huc suauitas quaedam oportet sermonum atque morum, haudquaquam mediocre condimentum amicitiae. Tristitia autem et in omni re seueritas habet illa quidem grauitatem, sed amicitia remissior esse debet et liberior et dulcior et ad omnem comitatem facilitatemque procliuior. |
(18) Pero el fundamento
de su estabilidad y constancia, que buscamos en la amistad, es la
fidelidad; pues nada hay estable que sea infiel. Además, es conveniente
que sea elegido alguien simple y común y que sienta lo mismo, es decir,
que se mueva por esas mismas cosas, todas las cuales pertenecen a la
fidelidad; pues ni puede ser fiel un carácter múltiple y tortuoso, ni
ciertamente el que no se mueve por las mismas cosas ni siente lo mismo por
naturaleza puede ser fiel o estable. Ha de añadirse a esto mismo, que no
se deleite en lanzar acusaciones o confíe en las que se le presenten,
todas las cuales cosas pertenecen a aquella constancia, que trato hace ya
un rato. Así se hace verdadero aquello que dije al principio, que la
amistad no puede existir sino entre buenos. Pues es propio de un hombre
bueno, al que es lícito llamar sabio, mantener estas dos cosas en la
amistad: primero, que nada sea fingido ni simulado; pues es más propio
de un hombre noble incluso odiar abiertamente que ocultar su
opinión por la apariencia; segundo, no sólo rechazar las acusaciones
traídas por alguno, sino ni siquiera ser él mismo suspicaz, creyendo
siempre que algo ha sido roto por el amigo.
Conviene que una cierta suavidad de lenguaje y de costumbres, condimento de ningún modo mediocre de la amistad, se añada aquí. Pues la austeridad y la severidad en toda hecho, ciertamente tiene gravedad, pero la amistad debe ser más indulgente y más libre y más dulce y más proclive a toda compañía y facilidad. |