ACERCA DE LA CONJURACIÓN DE CATILINA
(1)Es conveniente que todos los hombres, que
se afanan en aventajar a los demás animales, se esfuercen con todo su poder por
impedir que pasen su vida en silencio como los rebaños, que la naturaleza formó
inclinados hacia el suelo y obedientes al vientre.
(2) Por el
contrario, toda nuestra fuerza fue situada en el espíritu y en el cuerpo: nos
servimos más del poder del espíritu, de la esclavitud del cuerpo; uno nos es
común con los dioses, el otro con las bestias.
(3) Por esto
me parece que es más recto buscar la gloria con los recursos de la inteligencia
que con los de las fuerzas, y, puesto que la vida que gozamos es breve, obtener
como resultado un recuerdo de nosotros lo más largo posible.
(4) Pues la gloria de las riquezas y de la belleza es efímera y
frágil; la virtud se mantiene distinguida y eterna.
(5) Con
todo, largo tiempo hubo entre los mortales una gran disputa, sobre si por la
fuerza del cuerpo o el valor del espíritu el asunto militar avanzaría más.
(6) Pues antes de que empieces, hay necesidad de consultar y,
cuando has consultado, de hacerlo rápidamente.
(7) Así,
siendo incompletas ambas cosas por sí, una tiene necesidad de la otra.
(1) Así pues, en un principio, los reyes
(pues en las tierras éste fue el primer nombre del poder) cada uno por separado,
una parte ejercitaba la inteligencia, otros, su cuerpo; también entonces la vida
de los hombres pasaba sin deseo, a cada uno le agradaba bastante sus propias
cosas.
(2) Pero después de que en Asia Ciro, en Grecia los
lacedemonios y los atenienses empezaron a someter ciudades y naciones, a tener
el deseo de dominar como causa de guerra, a estimar la más alta gloria en el
máximo poder, sólo entonces, adiestrada en el peligro y los trabajos, la
inteligencia podía muchísimo en la guerra.
(3) Y si el valor
de espíritu de reyes y generales valiera en la paz así como en la guerra, más
igualada y constantemente los asuntos humanos se mantendrían, y no verías que
una cosa es llevada a otro sitio ni que todas cambian y se mezclan.
(4) Pues el poder se retiene fácilmente con aquellas artes con las
que surgió en un principio.
(5) Pero cuando entraron la
desidia en lugar del trabajo, en lugar de la continencia y la equidad el deseo y
la soberbia, la fortuna cambia junto con las costumbres.
(6)
Así, el poder se transfiere siempre desde el menos bueno al mejor.
(7) Todas las cosas que los hombres aran, navegan, edifican
obedecen a la virtud.
(8) Pero muchos mortales, entregados
al vientre y al sueño, ignorantes e incultos pasan su vida como los que viajan:
para los que ciertamente contra natura el cuerpo sirvió de placer, el alma de
carga. Yo mismo estimo igualmente su vida y su muerte, porque sobre ambas se
guarda silencio.
(9) Pero, en verdad, realmente me parece
que vive y disfruta de su alma aquél que, dedicado a algún trabajo, busca la
fama de una acción preclara o arte buena. Pero en la gran abundancia de asuntos,
la naturaleza muestra un camino a cada cosa.
(1) Es hermoso hacer bien a la república;
también hablar bien no es absurdo: o por la paz o por la guerra se puede uno
hacer célebre; no sólo quienes actuaron sino también quienes escribieron los
hechos de otros son alabados mucho.
(2) Y para mí
ciertamente, aunque de ningún modo la gloria sigue igual al escritor y al autor
de los hechos, sin embargo, me parece un asunto arduo, entre los más
importantes, escribir hazañas: primero porque los hechos deben ser igualados con
las palabras; luego porque la mayoría considera dichas con malevolencia y
envidia las cosas que has censurado como errores; cuando hagas mención del gran
valor y la gloria de los buenos, cosas que cada uno considera fáciles de hacer,
las acepta con ánimo equilibrado; lo demás lo considera una ficción y lo tiene
por falso.
(3) Pero yo, jovencito, al principio, como la
mayoría, fui arrastrado por el interés hacia la política, y allí muchas cosas me
fueron adversas. Pues en lugar del pudor, en lugar de la abstinencia, en lugar
del valor, florecían la audacia, el despilfarro, la avaricia.
(4) Aunque mi espíritu despreciaba estas cosas, desacostumbrado a
las malas artes, sin embargo, entre tan grandes vicios mi tierna edad se
mantenía corrompida por la ambición;
(5) y, aunque
estuviera en desacuerdo con las malas costumbres de los demás, el deseo de
honor, igual que a los otros, me castigaba, no menos, con la maledicencia y con
la envidia.
(1) Así pues, cuando mi espíritu descansó de
las muchas miserias y peligros y decidí que el resto de mi vida debía tenerlo
lejos de la política, no tuve la intención de perder en la apatía y desidia un
buen ocio, ni, verdaderamente, de pasar la vida cultivando el campo o cazando,
dedicado a oficios serviles;
(2) sino que habiendo vuelto
allí, a la tarea y afición de que me había separado mi mala ambición, decidí
escribir con detalle las hazañas del pueblo romano por partes, según cada una me
parecía digna de recuerdo; y más por esto, porque tenía un espíritu libre de
esperanza, miedo, partido político.
(3) Así pues, trataré en
pocas palabras de la conjuración de Catilina lo más verazmente posible:
(4) porque este hecho lo considero yo digno de recuerdo entre los
primeros por la novedad del crimen y del peligro. De las costumbres de este
hombre deben ser explicadas unas pocas cosas, antes de que dé inicio a la
narración.
(1) Lucio Catilina, nacido de noble linaje,
fue de gran fuerza no sólo de espíritu sino también de cuerpo, pero de carácter
malo y depravado.
(2) A éste, desde su adolescencia, las
luchas intestinas, las matanzas, los robos, la discordia civil le fueron gratas,
y allí ejercitó su juventud.
(3) Cuerpo resistente al hambre,
frío y vigilia más de lo que es creíble para cualquiera.
(4)
Espíritu audaz, pérfido, voluble, de cualquier cosa simulador y disimulador, de
lo ajeno deseoso, de lo suyo disipador, ardiente en sus deseos: bastante
elocuencia, sensatez poca.
(5) Su vasto espíritu cosas
inmoderadas, increíbles, demasiado altas siempre deseaba.
(6)
A éste, después de la dominación de Lucio Sila, lo había invadido un grandísimo
deseo de apoderarse de la república y no tenía medida con qué medios conseguiría
esto, hasta que obtuviera el reino para sí.
(7) Se excitaba
más y más cada día su espíritu feroz por la escasez de patrimonio y por la
conciencia de sus crímenes; cosas que había agravado con las artes que recordé
más arriba.
(8) Además lo incitaba las costumbres corruptas
de la ciudad, que agitaban males pésimos y diversos entre sí, la lujuria y la
avaricia.
(9) El propio hecho parece aconsejar, puesto que la
ocasión nos advirtió acerca de las costumbres de la ciudad, volver atrás y en
pocas palabras decir las instituciones de nuestros mayores en la paz y en la
guerra, de qué modo tuvieron la república y cuán grande la dejaron para que,
cambiada poco a poco, haya pasado a ser de la más hermosa y buena la más mala y
e infame.
(1) La ciudad de Roma, según he oído, la
fundaron y tuvieron al comienzo los troyanos, que prófugos con su jefe Eneas
andaban errantes por lugares poco seguros; y, junto con ellos, los aborígenes,
raza de hombres agreste, sin leyes, sin gobierno, libre e independiente.
(2) Después que éstos se reunieron dentro de unas mismas murallas,
de raza distinta, de lengua diferente y viviendo cada uno según su costumbre, es
increíble recordar cuán fácilmente se fusionaron: así, en breve, una multitud
dispersa y errante se había hecho ciudad por la concordia.
(3) Pero después de que la cosa (pública) de estos aumentada en
ciudadanos, en costumbres, en tierras, parecía bastante próspera y bastante
poderosa, como muchas cosas de los mortales suceden, la envidia nació de esta
opulencia.
(4) Así pues, los reyes y los pueblos vecinos
asediaban con la guerra, pocos de entre los amigos servían de ayuda: pues los
restantes sacudidos por el miedo se apartaban de los peligros.
(5) Pero los romanos, atentos en la paz y en la guerra, se
apresuraban, se preparaban, se exhortaba uno a otro, salían al encuentro de los
enemigos, protegían con las armas su libertad, su patria y sus padres. Después,
cuando habían rechazado los peligros con su valor, prestaban ayudas a sus
aliados y amigos y adquirían amistades más dando beneficios que recibiéndolos.
(6) Tenían un poder legítimo, y el nombre real de poder.
Unos elegidos, que tenían su cuerpo débil por los años, su espíritu fuerte por
la sabiduría, se ocupaban de la república: éstos o por su edad o por la
semejanza del cuidado eran llamados “padres”.
(7) Después,
cuando el poder real, que al principio había servido para conservar la libertad
y aumentar la república, se convirtió en soberbia y dominación, cambiada la
costumbre, hicieron para sí poderes anuales gobernantes de dos en dos: de este
modo pensaban que de ningún modo podría insolentarse el espíritu humano por el
abuso.
(1) Pero en este tiempo todos empezaron a
ensalzarse más y a tener su ingenio más al descubierto.
(2)
Pues para los reyes los buenos son más sospechosos que los malos y es temible
para ellos el valor ajeno.
(3) Pero es increíble de
recordar cuánto creció la ciudad en poco tiempo, conseguida su libertad: tan
gran deseo de gloria había entrado.
(4) Ya primeramente la
juventud, tan pronto como podía soportar una guerra, aprendía el oficio militar
en los campamentos por el trabajo, la práctica, y tenía más placer en las
brillantes armas y los caballos militares que en las mujerzuelas y las convites.
(5) Así pues, para individuos de tal clase ninguna fatiga
era extraordinaria, ningún terreno áspero o dificultoso, ningún enemigo armado
temible: su valor lo había vencido todas las cosas.
(6)
Pero entre ellos existía máxima disputa por la gloria; cada uno se apresuraba a
herir al enemigo, a escalar el muro, a ser visto mientras hacía tal hecho; esto
consideraban riquezas, esto buen renombre y gran nobleza. Eran ávidos de
alabanza, generosos de dinero; querían una gloria ingente, unas riquezas
honestas.
(7) Podría recordar en qué lugares el pueblo
romano con una pequeña tropa echó abajo grandísimas tropas enemigas, qué
ciudades, protegidas por la naturaleza, tomó luchando, si esta cosa no nos
llevase demasiado lejos de nuestro propósito.
(1) Pero realmente la fortuna domina en
toda cosa; esta cosa celebra y oscurece a todas más según su capricho que según
la verdad.
(2) Las gestas de los atenienses, según yo
estimo, fueron bastante amplias y magníficas, pero un tanto menores, sin
embargo, de lo que dice por la fama.
(3) Pero porque
nacieron allí grandes talentos de escritores, por el orbe de las tierras los
hechos de los atenienses se celebran como los más grandes.
(4) Así el valor de los que obraron se tiene por tan grande como
los preclaros ingenios pudieron ensalzarlo con sus palabras.
(5) Pero el pueblo romano nunca tuvo esta abundancia, porque
todos los más prudentes eran los más ocupados: nadie ejercitaba el ingenio sino
al mismo tiempo que el cuerpo; todos los mejores preferían hacer que hablar, que
sus buenas acciones fuesen alabadas por otros a narrar ellos las ajenas.
(1) Así pues, en la paz y en la guerra se
cultivaban las buenas costumbres; la concordia era máxima, mínima la avaricia;
el derecho y el bien tenían valor entre ellos no por las leyes más que por su
naturaleza.
(2) Tenían riñas discordias, malas relaciones
con los enemigos; los ciudadanos competían en valor con los ciudadanos. Eran
magníficos en los sacrificios a los dioses, parcos en casa, fieles hacia los
amigos.
(3) Con estas dos artes, la audacia en la guerra y,
cuando había venido la paz, la equidad, se cuidaban a sí mismos y a la
república.
(4) De estas cosas yo tengo estos muy grandes
testimonios porque en la guerra más frecuentemente se impuso castigo contra
aquellos que contra las órdenes habían luchado contra el enemigo y quienes,
llamados a retirada, se habían retirado del combate más tarde, que contra los
que se habían atrevido a abandonar las banderas o, rechazados, a retirarse de su
lugar;
(5) y en la paz, en verdad, porque ejercían el poder
más con beneficios que con miedo y, recibida una ofensa, preferían perdonar a
perseguir.
(1) Pero cuando por esfuerzo y justicia la
república creció, fueron dominados por la guerra grandes reyes, sometidos por la
fuerza naciones salvajes y pueblos ingentes, Cartago, émula del poder romano,
desapareció de raíz y todos los mares y tierras estaban abiertos, comenzó a
mostrarse cruel la fortuna y a alterar todas las cosas.
(2)
Quienes habían soportado fácilmente esfuerzos, peligros, situaciones dudosas y
complicadas, para estos el ocio y las riquezas -cosas deseables en otras
circunstancias- sirvieron de carga y miseria.
(3) Así pues,
primero creció el ansia de dinero, después la de poder; estas cosas fueron como
la raíz de todos los males.
(4) Pues la avaricia aniquiló la
lealtad, la honradez y restantes buenas artes; en lugar de estas enseñó la
soberbia, la crueldad, el descuidar a los dioses, el tener todas las cosas como
vendibles.
(5) La ambición forzó a muchos mortales a hacerse
falsos, a tener guardada una cosa en el pecho y otra pronta en la lengua; a
estimar las amistades y enemistades no en sí, sino en su interés, y a tener
buena cara más que buen espíritu.
(6) Estas cosas primero
crecían poco a poco, se castigaban de vez en cuando; después, cuando el contagio
invadió como una epidemia, se transformó la ciudad y el poder se hizo, del más
justo y óptimo, cruel e intolerable.
(1) Pero al principio, más la ambición que
la avaricia excitaba los espíritus de los hombres; sin embargo, aquel vicio
estaba más cerca de la virtud.
(2) Pues el bueno y el malo
desean igualmente para sí la gloria, el honor, el poder; pero aquél marcha por
el camino verdadero; a éste, porque le faltan buenas artes, lucha con engaños e
intrigas.
(3) La avaricia tiene deseo de dinero, que nadie
sabio ha deseado; ésta, como empapada de venenos malos, afemina el cuerpo y el
espíritu viril, es siempre ilimitada, insaciable y no disminuye ni con la
abundancia ni con la escasez.
(4) Pero después que Lucio
Sila, ganada la república con las armas, tuvo malos resultados para sus buenos
comienzos, todos robaban, saqueaban, uno deseaba una casa, otro campos y los
vencedores no tenían medida ni moderación, realizaban horribles y crueles
acciones contra los ciudadanos.
(5) A esto se añadía que
Lucio Sila había tenido, en contra de la costumbre de los antepasados, lujosa y
demasiado liberalmente al ejército que había mandado en Asia, para hacerlo fiel
a sí. Lugares encantadores, voluptuosos, habían ablandado fácilmente en el ocio
los feroces espíritus de los soldados.
(6) Allí se
acostumbró por vez primera el ejército del pueblo romano a hacer el amor, a
beber, a admirar estatuas, cuadros, vasos tallados, a robar estas cosas privada
y públicamente, a despojar templos, a profanar todas las cosas sagradas y
profanas.
(7) Así pues, estos soldados, después que
alcanzaron la victoria, nada dejaron a los vencidos. Como que las cosas
favorables quebrantan los espíritus de los sabios, para que ellos, de
corrompidas costumbres, pusiesen medida a la victoria.
(1) Después que las riquezas empezaron a
ser un honor y las seguía la gloria, el mando, el poder, empezó a debilitarse la
virtud, a tenerse por deshonra la pobreza, la integridad a considerarse
malevolencia.
(2) Así pues, a partir las riquezas la
lujuria y la avaricia junto con la soberbia invadieron a la juventud: robaban,
derrochaban, tenían en poco sus cosas, deseaban los ajenas, tenían mezclados la
vergüenza, el pudor, las cosas divinas y humanas, sin medida ni moderación.
(3) Merece la pena, porque has visto casas y villas
construidas a tamaño de ciudades, visitar los templos de los dioses que hicieron
nuestros antepasados, los más piadosos mortales.
(4)
Verdaderamente aquellos adornaban los templos de los dioses con su piedad, sus
casas con su gloria, y a los vencidos nada les quitaban excepto la posibilidad
de ofensa.
(5) En cambio éstos, por el contrario, los más
malvados hombres, con el más grande crimen quitaban a sus aliados todas las
cosas que fortísimos hombres vencedores les habían dejado; exactamente como si
hacer una injusticia, esto realmente fuese usar del poder.
(1) Pero, ¿por qué recordar estas cosas,
que no son creíbles para nadie, a no ser para aquellos que las vieron, haber
sido allanados montes, haber sido rellenados mares por varios particulares.
(2) Para éstos me parece que las riquezas sirvieron de
juguete, puesto que procuraban abusar por la deshonra de las que podían tener
honestamente.
(3) Pero había aparecido un deseo no menor
de estupro, de taberna y de otro refinamiento: los varones soportaban cosas
mujeriles, las mujeres tenían sus vergüenzas al descubierto; buscaban todas las
cosas para comer por tierra y por mar, dormían antes de que hubiese deseo de
sueño, no esperaban el hambre ni la sed ni el frío ni el cansancio, sino que
todas estas cosas las provocaban por placer.
(4) Estos
cosas impulsaban a la juventud, cuando habían gastado las riquezas familiares, a
crímenes.
(5) Su espíritu, lleno de malas artes, no
fácilmente carecía de placeres; por esto se había entregado más profusamente por
todos los medios a la ganancia y al gasto.
(1) En tan grande y tan corrompida ciudad
Catilina, lo cual era muy fácil de hacer, tenía a su alrededor grupos de infames
y facinerosos como satélites.
(2) Pues todos los impúdicos,
adúlteros, libertinos que habían disipado los bienes paternos con el juego, el
vientre o la lujuria y los que habían amontonado grandes deudas para redimir su
infamia o su crimen;
(3) además todos los parricidas de
todas partes, sacrílegos, condenados en juicios o los que temían el juicio por
sus hechos, además aquellos a los que alimentaba la mano o la lengua por
perjurio o por la sangre civil, finalmente todos a los que torturaban la
infamia, la miseria, su espíritu consciente, éstos eran los amigos y familiares
de Catilina.
(4) Y si aún alguien libre de culpa había
caído en su amistad, por el contacto cotidiano y las tentaciones fácilmente se
hacía igual y semejante a los demás.
(5) Pero, sobre todo,
le apetecía la intimidad de los jóvenes; sus almas blandas y moldeables eran
capturadas no difícilmente por sus engaños.
(6) Pues como
el deseo de cada uno ardía según su edad, a unos proporcionaba mujerzuelas, a
otros compraba perros y caballos, finalmente no reparaba en gastos ni en su
propia dignidad hasta hacerlos sometidos y fieles a él.
(7)
Sé que ha habido algunos que pensaran así que la juventud que frecuentaba la
casa de Catilina, mantuvo su pudor poco honestamente; pero este rumor prevalecía
más a causa de otras cosas que porque esto hubiera sido conocido para
alguno.
(1) Ya primero el adolescente Catilina había
hecho muchos estupros nefandos, con una doncella noble, con una sacerdotisa de
Vesta, y otras cosas de este estilo contra derecho humano y divino.
(2) Finalmente, capturado por el amor de Aurelia Orestila, de la
que ningún hombre bueno alabó nunca nada excepto su belleza, porque ella dudaba
en casarse con él porque temía a un hijastro de edad adulta, se cree por cierto
que, matado el hijo, dejó la casa vacía para unas nupcias criminales.
(3) Estas cosas realmente me parece haber sido, principalmente,
causa de apresurar su crimen.
(4) Porque su espíritu impuro,
odioso a los dioses y a los hombres, no podía calmarse ni en las vigilias ni en
los descansos: hasta tal punto su conciencia devastaba su excitada mente.
(5) Así pues tenía color pálido, ojos torvos, su paso ya rápido, ya
lento; realmente en su aspecto y en su rostro estaba la maldad.
(1) Pero a la juventud que, como dijimos
antes, había atraído, le enseñaba de muchos modos malas acciones.
(2) De aquellos proporcionaba testigos y firmantes falsos; mandaba
considerar viles la lealtad, las fortunas y los peligros; después, cuando había
triturado su fama y su vergüenza, les mandaba otras cosas mayores.
(3) Si no se presentaba de momento ocasión de cometer una falta,
no menos asediaba a inocentes como culpables, los degollaba; naturalmente, para
que manos y espíritu no se entorpeciesen por el ocio, gratuitamente era más malo
y cruel.
(4) Confiado Catilina en estos amigos y cómplices,
al mismo tiempo porque las deudas eran ingentes por todas las tierras y porque
la mayoría de los soldados Silanos habiendo usado bastante largamente de lo suyo
y acordándose de sus robos y de su antigua victoria deseaban una guerra civil,
tomó la decisión de aplastar la república.
(5) En Italia no
había ningún ejército; Cneo Pompeyo hacía la guerra en tierras muy lejanas; para
él mismo, que aspiraba al consulado, tenía grandes esperanzas; el senado
realmente no estaba nada atento; todas las cosas estaban seguras y tranquilas, y
estas cosas, precisamente, eran oportunas para Catilina.
(1) Así pues, alrededor de las kalendas de
junio, siendo cónsules Lucio César y Cayo Fígulo (64 a. Cristo), primero los
llamaba de uno en uno, exhortaba a unos, tentaba a otros; les enseñaba sus
fuerzas, la república desprevenida, los grandes premios de la conjuración.
(2) Cuando fueron suficientemente exploradas las cosas que
quiso, convoca a una a todos los que tenían máxima necesidad y muchísima
audacia.
(3) Allí se reunieron del orden senatorial Lucio
Léntulo Sura, Publio Autronio, Lucio Casio Longino, Cayo Cetego, Publio y Servio
Sila, hijos de Servio, Lucio Vargunteyo, Quinto Annio, Marco Porcio Leca, Lucio
Bestia, Quinto Cario;
(4) además, del orden ecuestre Marco
Fulvio Nobilior, Lucio Estatilio, Publio Gabinio Capitón, Cayo Cornelio; además
muchos procedentes de las colonias y municipios, personas principales en su
patria.
(5) Había un poco más ocultamente, además, algunos
nobles partícipes de este plan, a los que exhortaba más la esperanza de
dominación que la escasez u otra necesidad.
(6) Por lo
demás, la mayor parte de la juventud, pero sobre todo de los nobles, apoyaba los
proyectos de Catilina; éstos que tenían posibilidad de vivir magnífica o
muellemente en el ocio, preferían cosas inciertas en lugar de las ciertas, la
guerra a la paz.
(7) Hubo, igualmente, en esta ocasión
quienes creyeran que Marco Licinio Craso no fue desconocedor de este plan: que
porque Cneo Pompeyo, que le era odioso, mandaba un gran ejército, quería que
crecieran contra su poder las fuerzas de quienquiera que fuese, confiado al
mismo tiempo en que, si la conjuración hubiera triunfado, fácilmente él sería
jefe ante ellos.
(1) Pero antes conspiraron, igualmente,
unos pocos contra la república entre los cuales estuvo Catilina; de ésta
hablaré, lo más verazmente que pueda.
(2) Siendo cónsules
Lucio Tulo y Manio Lépido (66 a. Cristo), Publio Autronio y Publio Sila,
cónsules designados, interrogados en virtud de las leyes de cohecho, habían
sufrido condenas.
(3) Poco después Catilina, reo de
concusión, había sido impedido de presentarse al consulado, porque no había
podido inscribirse dentro de los días legales.
(4) Estaba
por el mismo tiempo Cneo Pisón, joven noble de suma audacia, necesitado,
intrigante, al que estimulaban para revolucionar la república la escasez y las
malas costumbres.
(5) Junto con éste, Catilina y Autronio
alrededor de las nonas de diciembre con común plan preparaban matar en el
Capitolio, en las kalendas de enero, a los cónsules Lucio Cotta y Lucio
Torcuato; ellos mismos, cogidos los haces consulares, preparaban enviar a
Pisón con un ejército a obtener las dos Hispanias.
(6)
Conocida esta cosa, de nuevo habían trasladado el plan de la matanza para las
nonas de febrero.
(7) Ya entonces no maquinaban el daño
tan sólo para los cónsules sino también para la mayor parte de los senadores;
(8) y si Catilina no se hubiera adelantado a dar ante la
curia la señal a sus aliados, aquel día se habría realizado el peor crimen desde
la fundación de la ciudad de Roma. Porque aún no se habían reunido suficientes
hombres armados, esta cosa deshizo el plan.
(1) Después, Pisón fue enviado a la España
Citerior como cuestor en lugar de pretor, apoyándolo de Craso, porque había
sabido que él era enemigo odioso para Cneo Pompeyo.
(2) Y,
sin embargo, el Senado no le había dado la provincia a disgusto, porque quería
que un hombre indeseable estuviera lejos de la república; al mismo tiempo porque
varios hombres buenos consideraban en él una defensa y ya entonces era temible
el poder de Pompeyo.
(3) Pero este Pisón, que hacía el
camino, fue muerto en su provincia por caballeros hispanos que llevaba en su
ejército.
(4) Hay quienes así dicen que los extranjeros no
pudieron soportar sus órdenes injustas, soberbias, crueles;
(5) otros, en cambio, que aquellos caballeros, viejos y leales
clientes de Cneo Pompeyo, han atacado a Pisón por su voluntad; que nunca los
hispanos, aparte de esto, habían hecho tal cosa, sino que habían tolerado antes
muchas órdenes crueles. Nosotros dejaremos este asunto en el medio.
(6) Bastante se ha dicho de la conjuración anterior.
(1) Catilina, cuando ve que se han reunido
aquellos que he recordado poco antes, aunque con cada uno a menudo ya había
tratado muchas cosas, creyendo que, no obstante, sería útil para el asunto
llamar a todos juntos y exhortarlos, se retira a una parte escondida de su casa
y allí, eliminados todos los testigos, tuvo un discurso de este tipo:
(2) “Si no me hubieran sido comprobados vuestro valor y lealtad, en
vano se presentaría cosa oportuna; en vano habrían estado al alcance de nuestras
manos una esperanza grande, una dominación, ni tomaría yo cosas inseguras en
lugar de seguras por medio de cobardes o inconstantes.
(3)
Pero porque en muchas e grandes ocasiones os he conocido fuertes y fieles a mí,
por eso mi espíritu se ha atrevido a comenzar el más grande y más hermoso hecho,
al mismo tiempo porque comprendí que para vosotros son buenas y malas las mismas
cosas que para mí:
(4) pues querer lo mismo y no querer lo
mismo, esto es, en definitiva, una firme amistad.
(5) Pero
las cosas que yo he agitado en mi mente, todos ya antes las escuchasteis cada
uno por separado.
(6) Por lo demás se me enciende más cada
día el espíritu cuando considero qué condición de vida habrá si nosotros mismos
no nos damos la libertad.
(7) Pues después que la república
cayó en derecho y sumisión de unos pocos poderosos, siempre para ellos los
reyes, los tetrarcas eran sus tributarios, los pueblos, las naciones les pagaban
tributos; todos los demás, valientes, buenos, nobles y no nobles hemos sido
vulgo sin crédito, sin autoridad, sometidos a aquellos a quienes causaríamos
terror si la república fuese fuerte.
(8) Y así todo crédito,
poder, honor, riquezas están entre ellos o donde ellos quieren; para nosotros
dejaron los peligros, los desprecios, los juicios, la pobreza.
(9) Estas cosas ¿hasta cuándo vais a soportarlas, oh fortísimos
varones?, ¿acaso no vale más morir valerosamente que perder deshonrosamente una
vida miserable e inhonesta, durante la cual has servido de juguete para la
soberbia ajena?
(10) Pero, ¡por la fidelidad a dioses y
hombres!, tenemos la victoria en la mano, nuestra edad es vigorosa, es valiente
nuestro espíritu; por el contrario, para ellos todas las cosas han envejecido
con los años y con las riquezas. Ahora solamente hay necesidad de empezar, la
restante cosa vendrá.
(11) Porque, ¿qué mortal, que tenga
temple viril, puede tolerar que a ellos les sobren riquezas que derrochan en
rellenar el mar y allanar los montes, y que a nosotros nos falte patrimonio
incluso para las cosas necesarias?, ¿que ellos construyan las casas de dos en
dos o más, que nosotros en ninguna parte tengamos lar familiar alguno?
(12) Aunque compran cuadros, estatuas, vasos, echan abajo cosas
nuevas, edifican otras, en fin, por todos los medios tiran el dinero y lo
derrochan, sin embargo, con sumo placer no pueden vencer sus riquezas.
(13) En cambio, nosotros tenemos en casa escasez, fuera deudas;
una mala situación, una esperanza mucho más dura; en resumen, ¿qué otra cosa
poseemos aparte de una vida miserable?
(14) ¿Por qué, pues,
no despertáis? He aquí aquella, aquella libertad que a menudo habéis deseado,
además las riquezas, el honor, la gloria se han situado ante nuestros ojos.
Fortuna ha puesto todas estas cosas como premio para los vencedores.
(15) La cosa, el tiempo, los peligros, la necesidad, los
magníficos botines de guerra os exhortan más que mi discurso.
(16) O como jefe o como soldado utilizadme; ni mi espíritu ni mi
cuerpo se apartará de vosotros.
(17) Estas cosas, según
espero, las haré como cónsul a una con vosotros, si no, quizás, me engaña mi
espíritu y vosotros estáis dispuestos a servir más que a
mandar.”
(1) Después que oyeron estas cosas unos
hombres, que tenían abundantemente todos los males, pero ni cosa ni esperanza
buena alguna, aunque les parecía gran recompensa remover las cosas quietas, sin
embargo, la mayoría pidió que explicase cuál sería la condición de la guerra,
qué premios alcanzarían con las armas, qué fuerza o esperanza tendrían en todos
los aspectos.
(2) Entonces Catilina prometía abolición de
deudas, proscripción de ricos, magistraturas, sacerdocios, rapiñas y todas las
otras cosas que lleva consigo una guerra y el deseo de los vencedores.
(3) Además dijo que en la Hispania citerior estaba Pisón, en
Mauritania con un ejército Publio Sittio Nicerino, partidarios de su plan: que
pedía el consulado Cayo Antonio, que esperaba sería su colega, amigo suyo íntimo
y rodeado por todas las necesidades; que con éste él daría, ya cónsul, la señal
de actuar.
(4) Además con maldiciones a todos los buenos
increpaba, llamando a cada uno de los suyos por su nombre, los alababa; advertía
a uno de su miseria, a otro de su ambición, a muchos de su peligro o ignominia,
a muchos de la victoria de Sila, que les había servido de botín.
(5) Después que ve alegres los espíritus de todos, exhortándoles a
que cuidaran su petición, disolvió la asamblea.
(1) Hubo en esta ocasión quienes dijesen
que Catilina, tenido su discurso, había hecho circular en copas sangre de cuerpo
humano mezclada con vino, obligando a un juramento a los cómplices de su crimen;
(2) que, habiendo degustado todos de allí tras la
execración, según acostumbra a hacerse en los sacrificios solemnes, había
revelado su plan y que lo había hecho así para que fuesen más leales entre
ellos, sabedores unos de tan gran delito de los otros.
(3)
Algunos juzgaban que habían sido inventadas estas cosas y muchas además por
aquellos que creían se calmaba el odio a Cicerón, que surgió luego, por la
atrocidad del crimen de aquellos que habían sido castigados.
(4) Para nosotros este hecho en relación con su magnitud es poco
claro.
(1) Pero en esta conjuración estuvo
Quinto Curio, nacido de no oscuro lugar, cubierto de vergüenzas y crímenes, a
quien los censores habían expulsado del Senado a causa de su infamia.
(2) Este hombre no tenía menor ligereza que audacia: ni callaba
las cosas que había oído ni ocultaba sus propios crímenes; realmente no tenía
medida ni al hablar ni al hacer.
(3) Tenía con Fulvia,
mujer noble, antiguo amancebamiento; como le era a ésta menos grato porque no
podía ser generoso a causa de su miseria, de repente le prometía, jactándose,
mares y montes, y, de vez en cuando, la amenazaba con la espada, si no le era
obediente; en resumen, la trataba más brutalmente de lo que acostumbraba.
(4) Pero Fulvia, conocida la causa de la insolencia de Curio, no
mantuvo oculto un peligro de tal clase para la república, sino que, quitado el
autor, contó a varios las cosas que había oído y de qué modo sobre la
conjuración de Catilina.
(5) Este hecho,
fundamentalmente, encendió los deseos de los hombres para encomendar el
consulado a Marco Tulio Cicerón.
(6) Pues antes, la mayor
parte de la nobleza ardía en antipatía y creían casi que era profanado el
consulado si lo hubiera alcanzado un hombre nuevo, aunque distinguido. Pero
cuando vino el peligro se quedaron atrás antipatía y orgullo.
(1) Celebrados, pues, los comicios, son
proclamados cónsules Marco Tulio y Gayo Antonio, hecho que, primero, había
golpeado a los partidarios de la conjuración.
(2) Y, sin
embargo, el furor de Catilina no disminuía, sino que se agitaba más cada día,
preparaba armas en lugares oportunos por Italia, llevaba a Fésulas a un tal
Manlio, que después fue el primero en hacer la guerra, dinero tomado prestado
por su lealtad o la de sus amigos.
(3) Se dice que en este
tiempo se adhirieron a él muchos hombres de cualquier género, incluso algunas
mujeres que, al principio, habían soportado sus ingentes gastos con el comercio
de su cuerpo, después, cuando la edad había puesto medida solamente a sus
ganancias y no a su lujo, habían amontonado grandes deudas.
(4) Por medio de ellas Catilina creía que él podía sublevar a los
esclavos urbanos, incendiar la ciudad, ganarse a sus maridos o matarlos.
(1) Pero entre éstas estaba Sempronia, que
había cometido muchos hechos, a menudo, de audacia viril.
(2) Esta mujer fue bastante afortunada con su familia y belleza,
además con su esposo, con sus hijos; instruida en letras griegas y latinas, en
cantar, en danzar más elegantemente de lo que es necesario a una mujer honrada y
en otras muchas cosas que son instrumentos de la lujuria.
(3) Pero para ésta siempre fueron todas las cosas más preciadas
que la honra y el pudor; no discernirías fácilmente si cuidaba menos de su
dinero o de su fama; su pasión se encendió hasta tal punto que más
frecuentemente solicitaba a los hombres, que era solicitada por ellos.
(4) Pero ésta, a menudo, antes había traicionado su fe, había
negado con juramentos créditos, había sido conocedora de un crimen, había ido de
cabeza por la lujuria y la escasez.
(5) Pero su espíritu
era distinguido: podía hacer versos, promover bromas, usar un lenguaje humilde o
tierno o procaz; realmente había en ella muchas gracias y mucho encanto.
(1) Preparadas estas cosas, Catilina
pedía, no obstante, el consulado para el año siguiente, esperando que, si
llegaba a ser designado, usaría de Antonio a voluntad. Y, entre tanto, no estaba
quieto, sino que por todos los medios preparaba insidias a Cicerón.
(2) Y, sin embargo, no le faltaban a éste habilidad o astucia
para protegerse.
(3) Pues desde el principio de su propio
consulado había logrado por medio de Fulvia, prometiéndole muchas cosas, que
Quinto Curio, del que poco antes he hecho mención, le descubriese los planes de
Catilina.
(4) Además había inducido, por un acuerdo sobre
la atribución de una provincia, a su colega Antonio para que no obrara contra la
república; alrededor de sí tenía ocultamente escoltas de amigos y clientes.
(5) Después que llegó el día de los comicios y a Catilina
ni su petición ni las insidias, que había hecho para los cónsules en el Campo de
Marte, le resultaron prósperamente, decidió hacer la guerra y experimentar todas
las cosas extremas, porque, las cosas que había intentado de manera oculta, le
habían resultado penosas y vergonzosas.
(1) Así pues, envió a Cayo Manlio a
Fésulas y a aquella parte de Etruria, a un tal Septimio de Camerino al campo
Piceno, a Cayo Julio a la Apulia; además, cada uno a un sitio, a quien creía que
le sería útil y a donde creía que le sería útil.
(2)
Entre tanto, en Roma, muchas cosas al mismo tiempo maquinaba, tendía insidias a
los cónsules, preparaba incendios, asediaba los lugares oportunos con hombres
armados: él mismo estaba con un arma, mandaba del mismo modo a los otros, los
exhortaba a que estuvieran siempre atentos y preparados, durante días y noches
se apresuraba, estaba en vela, ni se cansaba con los insomnios ni con el
esfuerzo.
(3) Finalmente, cuando nada da resultado al que
removía muchas cosas, de nuevo convoca, muy entrada la noche, a los cabecillas
de la conjuración por medio de Marco Porcio Leca,
(4) y
quejándose allí mucho de la apatía de aquellos, les enseña que él ha enviado por
delante a Manlio hacia a la multitud que había preparado para tomar las armas,
igualmente a otros a otros lugares oportunos para que comenzaran la guerra, y
que él desea partir hacia el ejército, si antes hubiera destruido a Cicerón;
éste obstaculizaba mucho sus planes.
(1) Así pues, aterrorizados y vacilantes
los demás, Cayo Cornelio, caballero romano, habiendo prometido su colaboración,
y con él el senador Lucio Vargunteyo, decidieron en aquella noche entrar, poco
después, con hombres armados en casa de Cicerón como para saludarlo y de
improviso matarlo desprevenido en su propia casa.
(2)
Curio, cuando comprende cuán gran peligro se cierne sobre el cónsul,
inmediatamente por medio de Fulvia anuncia a Cicerón el engaño que se le
preparaba.
(3) Así aquellos, detenidos en la puerta, en
vano habían tomado tan gran crimen.
(4) Entre tanto,
Manlio en Etruria soliviantaba a la plebe, deseosa de cosas nuevas, por la
miseria al mismo tiempo que por el dolor de la injuria, porque con la dominación
de Sila había perdido sus campos y todos sus bienes; además, a ladrones de todo
tipo, de los que en esta región había gran abundancia; y a algunos de las
colonias de Sila, a los que el deseo y la lujuria no había dejado nada de las
grandes rapiñas.
(1) Como se anunciaran estas cosas a
Cicerón, conmovido por el doble mal, porque no podía proteger más tiempo a la
ciudad de las insidias con su decisión particular ni tenía bastante claro cuán
grande sería el ejército de Manlio o de qué plan, lleva el asunto al senado, ya
antes excitado por los rumores del vulgo.
(2) Así pues, lo
que muchas veces suele suceder en un asunto atroz, el senado decretó que los
cónsules se esforzaran en que la república no cogiera nada de daño.
(3) Este poder es concedido como el máximo por el senado, según
la costumbre romana, a un magistrado: preparar un ejército, hacer la guerra,
obligar por todos los medios a aliados y ciudadanos, tener en la paz y en la
guerra el poder militar y el máximo poder judicial; de otro modo sin mandato del
pueblo de ninguna de estas cosas hay derecho para un cónsul.
(1) Después de unos pocos días, el senador
Lucio Senio leyó en alta. voz en el senado una carta, que decía haberle sido
enviada de Fésulas, en la que se había escrito que Cayo Manlio había tomado las
armas con una gran multitud el día sexto antes de las kalendas de noviembre (27
octubre).
(2) Al mismo tiempo, tal como suele suceder en en
una cosa de tal clase, unos anunciaban portentos y prodigios, otros que se
hacían reuniones, que se transportaban armas, que en Capua y en Apulia se movía
una guerra de esclavos.
(3) Así pues, por decreto del
senado, fueron enviados Quinto Marcio Rex a Fésulas y Quinto Metelo Crético a
Apulia y alrededor de aquellos lugares
(4) (estos dos
estaban ante la ciudad como “Imperatores”, impedidos de hacer el triunfo por la
intriga de unos pocos que tenían costumbre de vender todas las cosas honestas e
inhonestas)
(5) y como pretores Quinto Pompeyo Rufo a
Capua, Quinto Metelo Acer al campo Piceno, y se les permitió que prepararan un
ejército de acuerdo con el momento y el peligro.
(6)
Además, si alguien hubiera señalado algo sobre la conjuración, que se había
hecho contra la república, decretaron como premio, para un esclavo, la libertad
y cien mil sestercios; para un hombre libre, la impunidad de este hecho y
doscientos mil sestercios;
(7) e, igualmente, decretaron
que las compañías de gladiadores se enviaran a Capua y restantes municipios
según las riquezas de cada uno; que en Roma se tuviesen turnos de guardia por
toda la ciudad y que estuvieran al frente de estos los magistrados
menores.
(1) Por estas cosas se había conmovido la
ciudadanía y se había cambiado el aspecto de la ciudad. De suma alegría y
lujuria, que una larga tranquilidad había producido, de repente invadió la
tristeza a todos:
(2) se daban prisa, estaban inquietos,
no se confiaba bastante en ningún sitio ni en ninguno hombre, ni hacían guerra
ni tenían paz, cada uno medía los peligros según su propio miedo.
(3) Además las mujeres, a las que había invadido un temor a la
guerra insólito por la grandeza de la república, se afligían, levantaban
suplicantes sus manos al cielo, se compadecían de sus hijos pequeños,
preguntaban, temían todas las cosas, desconfiaban de sí y de la patria,
abandonados la soberbia y los placeres.
(4) Pero el
espíritu cruel de Catilina movía aquellas mismas cosas, aunque se disponían
guardias y él mismo había sido interrogado por Lucio Paulo en virtud de la ley
Plaucia.
(5) Finalmente, para disimular o para excusarse,
si hubiera sido provocado en la discusión, fue al senado.
(6) Entonces el cónsul Marco Tulio, o temiendo su presencia o
excitado por la ira, pronunció un discurso espléndido y útil a la república, que
luego editó escrito.
(7) Pero cuando aquél se sentó,
Catilina, como se había preparado para disimular todas las cosas, con el rostro
inclinado hacia el suelo, con voz suplicante empezó a pedir de los senadores que
no creyeran sobre él nada a la ligera; que había nacido de una familia tal, que
él había formado su vida desde la adolescencia de tal modo que tenía todos los
bienes en esperanza. Que no estimaran que él, hombre patricio, cuyos muchos
beneficios propios y los de sus antepasados eran para la plebe romana, tenía
necesidad de la perdición de la república, defendiéndola Marco Tulio, ciudadano
forastero de la ciudad de Roma.
(8) Además, como añadiera
otras maldiciones, todos protestaban, lo llamaban enemigo y parricida.
(9) Entonces él, furibundo, dijo: “Ya que realmente rodeado de
enemigos soy llevado al precipicio, extinguiré mi incendio con la
ruina.”
(1) Después se dirigió rápidamente del
senado a su casa. Allí, él mismo dándole vueltas a muchas cosas consigo, porque
no daban resultado las insidias al cónsul y comprendía que la urbe estaba
protegida del incendio por las rondas, creyendo que lo mejor que se podía hacer
era aumentar el ejército y preparar con antelación muchas cosas que se iban a
utilizar en la guerra antes de que fuesen reclutadas las legiones, a media noche
con unos pocos marchó al campamento de Manlio.
(2) Pero
manda a Cetego y a Léntulo y a los otros, cuya pronta audacia había conocido,
fortalezcan, por los medios que pudieran, los recursos de la facción, apresuren
insidias al cónsul, preparen una matanza, incendios y otras acciones de guerra:
que él de un día a otro llegará con un gran ejército a la ciudad.
(3) Mientras se hacen estas cosas en Roma, Cayo Manlio envía
embajadores de su número a Marcio Rex con encargos de este estilo:
(1) “Ponemos por testigos a los dioses y
a los hombres, general, de que nosotros no hemos tomado las armas ni contra la
patria ni para hacer daño a otros, sino para que nuestros cuerpos queden libres
de ofensa, nosotros que somos míseros, necesitados, por la violencia y crueldad
de los prestamistas, muchos desprovistos de patria pero todos de buena fama y
riquezas. A ninguno de nosotros le fue lícito, según la costumbre de nuestros
antepasados, servirse de la ley ni tener cuerpo libre, perdido el patrimonio:
tan grande fue la crueldad de los prestamistas y del pretor.
(2) A menudo, vuestros mayores, compadecidos de la plebe
romana, acudieron en auxilio de su necesidad con sus decretos y muy
recientemente, en el recuerdo nuestro, debido a la magnitud de las deudas,
queriéndolo todos los hombres buenos, se saldó la plata con bronce.
(3) A menudo, esta misma plebe movida o por el deseo de dominar
o por la soberbia de los magistrados se retiró, armada, de los patricios.
(4) Pero nosotros no pedimos mando ni riquezas, por cuya causa
son todas las guerras y disputas entre mortales, sino la libertad, que ningún
hombre bueno pierde sino al mismo tiempo que el alma.
(5) A ti y al senado suplicamos que miréis por los ciudadanos
desgraciados, que nos restituyáis la protección de la ley que nos arrancó la
iniquidad del pretor y que no nos impongáis esta necesidad, que busquemos de qué
modo, habiendo vengado lo más posible nuestra sangre, perezcamos.”
(1) A estas cosas respondió Quinto
Marcio, que si quisieran pedir algo del senado, que se aparten de las armas, que
marchen suplicantes a Roma: que el senado del pueblo romano ha sido siempre de
tal benevolencia y misericordia que nadie nunca ha pedido en vano de él auxilio.
(2) Pero Catilina desde el camino envía una carta a la
mayoría de los senadores, además a todas las personas distinguidas,
diciendo que él, rodeado de falsas acusaciones, porque no pudo hacer
resistencia al grupo de sus enemigos personales, cede a la fortuna y parte hacia
Massilia al destierro, no porque tuviera conciencia de tan gran crimen, sino
para que quedase tranquila la república y no surgiera una sedición de su
obstinación.
(3) Otra carta muy distinta de ésta leyó en
alta voz en el senado Quinto Cátulo, la cual decía haberle sido entregada bajo
el nombre de Catilina. Una copia de ésta se ha escrito más abajo.
(1) “Lucio Catilina a Quinto Cátulo. Tu
egregia fidelidad, conocida en la realidad, grata para mí en mis grandes
peligros, me da confianza para mi recomendación.
(2) Por
este hecho decidí no preparar una defensa en mi nuevo plan; a partir de ninguna
conciencia de culpa, he decidido ofrecerte unas explicación que, por fe de
Júpiter, puedas reconocer como verdadera.
(3) Forzado por
injurias y ofensas, porque, privado del fruto de mi trabajo y de mi actividad,
no mantenía mi estado de dignidad, tomé la causa pública de los desgraciados,
según mi costumbre, no porque no pudiera pagar con mis posesiones las deudas a
mi nombre (y las de otros nombres las liquidaría la generosidad de Orestila con
sus riquezas y las de su hija), sino porque veía honrados con honor hombres no
dignos y me sentía apartado por una falsa sospecha.
(4)
Con este título he conseguido esperanzas, bastante honestas en relación con mi
situación, de conservar mi restante dignidad.
(5) Aunque
quisiera escribirte más cosas, se me anuncia que se prepara violencia contra mí.
(6) Ahora te encomiendo a Orestila y la entrego a tu
lealtad, que la defiendas de injuria, te lo ruego por tus hijos. Adiós.”
(1) Pero él mismo, habiéndose detenido
unos pocos días junto a Cayo Flaminio en el campo Arretino, mientras llena de
armas la vecindad antes soliviantada, marcha con los haces y otras insignias del
poder al campamento junto a Manlio.
(2) Cuando se
descubrieron estas cosas en Roma, el senado juzga a Catilina y a Manlio enemigos
públicos, estableció para la restante multitud una fecha antes de la cual fuera
lícito sin daño apartarse de las armas, excepto a los condenados a penas
capitales.
(3) Además decreta que los cónsules tengan una
leva, que Antonio con su ejército se apresure a perseguir a Catilina, que
Cicerón sirva de protección a la ciudad.
(4) En esta
ocasión me pareció el poder del pueblo romano, con mucho, el más digno de
compasión. A éste, aunque desde el nacimiento del sol hasta su ocaso todas las
cosas dominadas por las armas le obedecieran, en casa afluyesen el ocio y
riquezas, cosas que los mortales juzgan las primeras, sin embargo, hubo
ciudadanos que llegasen a perderse a sí mismos y a la república con sus
obstinados ánimos.
(5) En efecto, a pesar de los dos
decretos del senado, de tan gran multitud nadie había descubierto la conjuración
inducido por el premio ni se había marchado del campamento de Catilina; tan
grande era la fuerza del mal que había invadido la mayoría de los espíritus de
los ciudadanos como una epidemia.
(1) Y no sólo tenían la mente
trastornada los que habían sido conocedores de la conjuración, sino que
completamente toda la plebe aprobaba los proyectos de Catilina por su deseo de
cosas nuevas.
(2) Esto precisamente parecía hacerlo
según su costumbre.
(3) Pues siempre en una ciudad
aquellos que no tienen ninguna riqueza, envidian a los buenos, ensalzan a los
malvados, odian las cosas viejas, desean cosas nuevas, se afana en que se
cambien todas las cosas por odio a sus propias situaciones, se alimentan sin
cuidado de tumulto y sediciones, porque la miseria se se tiene fácilmente sin
daño.
(4) Pero la plebe de la ciudad, ésta
verdaderamente se lanzaba de cabeza por muchas razones.
(5) Lo primero de todo, los que en todos lados destacaban
muchísimo por desvergüenza y osadía, asimismo otros, perdidos sus patrimonios
por medio de actos deshonrosos, finalmente todos, a los que la infamia o un
crimen había expulsado de su país, éstos habían confluido en Roma como en una
sentina.
(6) Luego, muchos que recordaban la victoria de
Sila, porque veían a unos, senadores de simples soldados, a otros tan ricos que
llevaban la vida en regio plan y manera, cada uno esperaba para sí de la
victoria, si estuviera en armas, cosas de tal clase.
(7)
Además, la juventud que había tolerado en los campos la escasez con la
recompensa de sus manos, excitada por las donaciones privadas y públicas, había
preferido el ocio de la ciudad al ingrato trabajo. A estos y a todos los otros
los alimentaba el mal público.
(8) Por esto no es de
extrañar que hombres necesitados, de malas costumbres, de máximas esperanzas,
mirasen por la república tanto como por sí mismos.
(9)
Además, aquellos cuyos padres habían sido proscritos con la victoria de Sila,
sus bienes confiscados, disminuido su derecho de libertad, esperaban el
resultado de la guerra realmente con espíritu no distinto.
(10) Además todos los que eran de otros partidos distintos al
del senado preferían revolucionar la república a valer ellos menos.
(11) Este mal ciertamente, después de muchos años, había
retornado a la ciudad.
(1) En efecto, después que les fue
restituida a los cónsules Cneo Pompeyo y Marco Craso la potestad tribunicia,
hombres adolescentes que habían alcanzado el sumo poder y que tenían edad y
espíritu impetuosos, empezaron a agitar la plebe recriminando al senado, luego a
encenderla más y más haciendo donaciones y prometiendo y a hacerse así ellos
distinguidos y poderosos.
(2) Contra éstos se esforzaba
con la máxima energía la mayor parte de la nobleza por su grandeza, en
apariencia por la grandeza del senado.
(3) Pues
para explicar la verdad en pocas palabras, después de aquellos tiempos todos los
que agitaron la república con pretextos honrados, unos como si defendieran los
derechos del pueblo, la otra parte para que fuese máxima la autoridad del
senado, fingiendo el bien público, luchaba cada cual por su propio poder.
(4) Y no tenían moderación ni medida de la lucha: unos y otros
ejercían cruelmente la victoria.
(1) Pero después que Cneo Pompeyo fue
enviado a la guerra marítima y a la de Mitrídates, que fueron reducidas las
fuerzas de la plebe, creció el poder de unos pocos.
(2)
Éstos tenían las magistraturas, las provincias y todas las demás cosas: ellos
mismos inviolables, florecientes, pasaban su vida sin miedo y aterrorizaban a
los demás con juicios, para que durante la magistratura tratasen a la plebe más
a su placer.
(3) Pero tan pronto como, en cosas dudosas,
se presentó la esperanza de renovar, la vieja disputa volvió a regir los
espíritus de aquéllos.
(4) Y si en la primera batalla
Catilina hubiese salido vencedor o con igual fuerza, realmente una gran
catástrofe y calamidad habría oprimido la república, y no les hubiera sido
lícito usar de ella más tiempo a aquellos que hubieran alcanzado la victoria,
sin que uno que pudiera más arrancara a hombres maltrechos y agotados el poder y
la libertad.
(5) Hubo, sin embargo, muchos de fuera de la
conjuración que se pasaron a Catilina en un principio. Entre éstos estaba
Fulvio, hijo de un senador, a quien, hecho volver del camino, mandó matar su
padre.
(6) En esos mismos días en Roma, Léntulo, como
había dispuesto Catilina, a todos los que creía por sus costumbres o por su
fortuna aptos para las nuevas cosas, o por sí mismo o por otros los atraía, y no
sólo ciudadanos, sino todo género de hombres de cualquier clase, con tal que
sirvieran para la guerra.
(1) Así pues, a un tal Publio Umbreno le da
el encargo de que busque legados de los alóbroges y, si puede, los impulse a una
alianza de guerra, pensando que habían sido oprimidos por deudas pública y
privadamente; además, que, porque la raza gala era belicosa por naturaleza,
fácilmente pueden ser llevados a una decisión de tal clase.
(2) Umbreno, porque había comerciado en la Galia, era conocido por
la mayoría de los jefes de las ciudades y los conocía. Así, sin demora, tan
pronto como vio en el foro a los legados, habiendo preguntado unas pocas cosas
de la situación de su ciudad y como doliéndose de su desgracia, empezó a
preguntarles qué salida esperaban para tan grandes males.
(3) Después que ve que aquellos se quejan de la avaricia de los
magistrados, que acusan al senado porque en él nada había de ayuda, que esperan
la muerte como remedio para sus miserias: “Pues yo”, les dijo, “si realmente
queréis ser hombres, os mostraré el medio con que ahuyentéis esos tan grandes
males”.
(4) Cuando dijo estas cosas, los alóbroges, llevados
a la más grande esperanza, pedían a Umbreno que se compadeciera de ellos: que
nada había tan duro ni tan difícil, que no hubieran de hacer muy deseosamente,
con tal de que ese hecho librase a su ciudad de las deudas.
(5) Él los conduce a la casa de Décimo Bruto, porque estaba cercana
al foro y, no era ajena al plan a causa de Sempronia; pues entonces Bruto estaba
alejado de Roma.
(6) Además hizo venir a Gabinio para
que el discurso tuviera mayor autoridad. Estando presente éste, descubre la
conjuración, nombra los cómplices, además a muchos de cualquier condición,
inocentes, para que los embajadores tuvieran un espíritu más tranquilo; después,
envía a su casa a estos que habían prometido su ayuda.
(1) Pero los alóbroges tuvieron en duda
largo tiempo qué decisión tomarían.
(2) En una parte
estaban las deudas, la afición a la guerra, una gran recompensa en la esperanza
de la victoria, pero en la otra mayores fuerzas, planes seguros, premios ciertos
en lugar de una incierta esperanza.
(3) Meditando aquellos
estas cosas, venció, al fin, la suerte de la república.
(4)
Y así descubren toda la cosa, según lo habían conocido, a Quinto Fabio Sanga, de
cuyo patrocinio usaba mucho la ciudad.
(5) Cicerón,
conocido el plan a través de Sanga, ordena a los legados que finjan vehemente
interés por la conjuración, que se presenten a los otros, que prometan bien y
procuren tenerlos lo más descubiertos posible.
(1) Casi en estos mismos días, en la Galia
citerior y ulterior, así como en el campo Piceno, en los Abruzzos, en Apulia
había movimiento.
(2) Pues aquellos que Catilina había
enviado antes, hacían todas las cosas al mismo tiempo irreflexivamente y como
por locura: con reuniones nocturnas, con traslados de armas defensivas y
ofensivas, apresurándose, revolviendo todas las cosas habían obtenido como
resultado más temor que peligro.
(3) De este número, el
pretor Quinto Metelo Céler, en virtud del senado consulto había metido en la
cárcel a muchos, celebrado el juicio, e, igualmente, en la Galia citerior Cayo
Murena, que gobernaba la provincia como legado.
(1) En cambio, en Roma, Léntulo con los
otros que eran los primeros de la conjuración, preparadas, según les parecía,
numerosas tropas, habían decidido que, cuando hubiese llegado Catilina al campo
Fesulano con su ejército, el tribuno de la plebe Lucio Bestia, tenida una
asamblea, se quejaría de la actuaciones de Cicerón y achacaría el deseo de una
guerra gravísima a un cónsul óptimo: con esta señal, la noche siguiente, la
restante multitud de la conjuración desempeñaría su tarea, cada uno la suya.
(2) Pero éstas se decían divididas de este modo:
Estatilio y Gabinio, que incendiaran, con un gran tropa, al mismo tiempo doce
lugares escogidos de la ciudad, para que con el tumulto se hiciera más fácil el
acceso hasta el cónsul y aquellos otros, para los que estaban preparadas
emboscadas; Cetego, que forzara la puerta de Cicerón y que lo atacara con
violencia; que cada uno, a su vez, a uno, pero los hijos de familia, cuya mayor
parte era de la nobleza, que mataran a sus padres, al mismo tiempo, revueltas
todas las cosas por las matanza y el incendio, que se abrieran paso hasta
Catilina.
(3) Entre estas cosas preparadas y decididas,
Cetego se quejaba siempre de la apatía de sus socios: que, dudando y dilatando
fechas, echaban a perder grandes oportunidades; que había necesidad, en peligro
de tal clase, de obrar, no de meditar, y que él, si le ayudaban unos pocos,
haría un ataque contra el senado, permaneciendo inactivos los demás.
(4) Por naturaleza era fogoso, vehemente, diligente de mano;
consideraba el máximo bien en la rapidez.
(1) Pero los
alóbroges, según la orden de Cicerón, encuentran a los otros por medio de
Gabinio. De Léntulo, Cetego, Estatilio e igualmente de Casio piden un juramento,
que puedan llevar firmado a sus conciudadanos: que de otro modo éstos no
fácilmente podían ser impulsados a una empresa tan grande.
(2) Los otros, que nada sospechan, lo dan: Casio promete que él
mismo en breve irá allí y poco antes que los legados, marcha de la ciudad.
(3) Léntulo envía con ellos a un tal Tito Volturcio, de
Crotona, para que los alóbroges, antes de continúen hacia su país, confirmaran
con Catilina la sociedad, dada y recibida fidelidad.
(4)
Él mismo da a Volturcio una carta para Catilina, cuya copia se escribió más
abajo:
(5) “Quién soy, lo sabrás por aquél que he enviado
a ti. Piensa en cuán gran peligro estás y recuerda que tú eres un hombre.
Considera qué piden tus intereses. Busca auxilio de todos, incluso de los más
bajos.”
(6) Además le da recados con palabras: que ya que
ha sido declarado enemigo público por el senado, ¿por qué razón ha de repudiar
los esclavos?; que en la ciudad han sido preparadas las cosas que había
ordenado; que no se retrase él mismo más en acercarse.
(1) Hechas estas cosas así, decidida la
noche en que marcharían, Cicerón, enterado de todas las cosas por los legados,
ordena a los pretores Lucio Valerio Flaco y Cayo Pomptino que detengan en el
puente Mulvio a las comitivas de los alóbroges por medio de emboscadas. Les
descubre todo el asunto, por el que se les envía; permite que las demás cosas
las hagan así como haya necesidad de hacerse.
(2) Aquéllos,
hombres militares, colocadas las fuerzas sin ruido, tal como les había sido
ordenado, rodean ocultamente el puente.
(3) Después que a
esta parte del lugar los legados con Volturcio llegaron y, al mismo
tiempo, por uno y otro lado surgió el clamor, los galos, conocido el plan
rápidamente, se entregan sin demora a los pretores;
(4)
Volturcio exhortando primeramente a los demás se defiende de la multitud con su
espada; más tarde cuando fue abandonado por los embajadores, suplicando antes
mucho a Pomptino, porque le había sido conocido, sobre su salvación, finalmente,
temeroso y desconfiando de su vida, se entregó a los pretores como a
enemigos.
(1) Terminadas estas cosas, rápidamente se
le comunica todo al cónsul por medio de mensajeros.
(2)
Pero a aquél lo invadieron al mismo tiempo una ingente preocupación y alegría.
Pues se alegraba comprendiendo que, descubierta la conjuración, la ciudad había
sido librada de peligros; más tarde, en cambio, estaba preocupado dudando qué
había necesidad de hacer con tantos ciudadanos cogidos en el máximo delito:
creía que el castigo de aquéllos sería una carga para él, que su impunidad
serviría para perder la república.
(3) Así pues,
reafirmado su espíritu manda que se presenten a él Léntulo, Cetego, Estatilio,
Gabinio e, igualmente, Cepario de Terracina, que se disponía a marchar a Apulia
para sublevar a los esclavos.
(4) Los otros vienen sin
tardanza, Cepario, que había salido de su casa poco antes, conocida la denuncia,
había huido de la ciudad.
(5) El cónsul conduce al senado
a Léntulo, porque era pretor, teniéndolo él mismo de la mano, manda que los
restantes vengan con guardias al templo de la Concordia.
(6) Convoca allí al senado y con gran asistencia de este orden
presenta a Volturcio con los legados, ordena que el pretor Flaco le lleve allí
mismo el cofre con la carta, que había cogido de los legados.
(1) Volturcio, interrogado acerca de su
viaje, acerca de la carta, finalmente sobre qué plan había tenido o por qué
causa, primero fingía otras cosas, disimulaba sobre la conjuración; después,
cuando se le mandó hablar bajo fidelidad pública, descubre todas las cosas según
se habían hecho y muestra que él, admitido como socio pocos días antes por
Gabinio y Cepario, no sabía más que los legados, que solamente solía oír de
Gabinio que en esta conjuración estaban Publio Autronio, Servio Sila, Lucio
Vargunteyo, además muchos más.
(2) Las mismas cosas dicen
los galos y acusan a Léntulo, disimulante, además de la carta por unas
conversaciones que él solía tener, de que según los libros sibilinos se
presagiaba el reino de Roma para tres Cornelios: que Cinna y Sila habían sido
antes, que él era el tercero que tendría el destino de regir la ciudad. Además
que, desde el incendio del Capitolio, aquel era el año vigésimo, que a menudo
los harúspices por prodigios habían dictaminado que sería cruento por una guerra
civil.
(3) Así pues, leída la carta, como antes ya todos
hubieran reconocido sus sellos, el senado decreta que Léntulo, abdicada la
magistratura, y los otros, igualmente, sean tenidos en arrestos libres.
(4) Así pues, son entregados Léntulo a Publio Léntulo Espínter,
que era entonces edil, Cetego a Quinto Cornificio, Estatilio a Gayo César,
Gabinio a Marco Craso, Cepario (pues éste había sido hecho volver poco antes de
su fuga) al senador Gneo Terencio.
(1) En tanto, descubierta la
conjuración, la plebe, que primero, deseosa de cosas nuevas, favorecía demasiado
la guerra, cambiada su mente, maldecía los planes de Catilina, levantaba a
Cicerón al cielo: como arrancada de la esclavitud, mostraba su gozo y alegría.
(2) Pues pensaba que otros hechos de guerra servirían
más de de botín que de daño, pero que un incendio cruel sería algo incontenible
y muy calamitoso para ellos, como corresponde a quien tenía todas sus riquezas
en el uso y cuidado cotidianos del cuerpo.
(3) Después
de este día había sido llevado al senado un tal Lucio Tarquinio, que decían que
había sido hecho volver del camino marchando hacia a Catilina.
(4) Como éste dijera que él haría revelaciones sobre la
conjuración, si se le hubiera dado fidelidad pública, mandado por el cónsul le
mandó decir las cosas que supiera, declara al senado las mismas cosas casi que
Volturcio sobre los incendios preparados, las matanzas de buenos, sobre el
camino de los enemigos; además, que é1 había sido enviado por Marco Craso para
anunciara a Catilina que no lo asustasen Léntulo, ni Cetego ni los otros
detenidos de la conjuración y que por esto se apresurase más a la ciudad, para
rehacer los espíritus de los restantes y para que aquellos fuesen arrebatados
más fácilmente del peligro.
(5) Pero cuando Tarquinio
nombró a Craso, hombre noble, de grandísimas riquezas, de sumo poder, unos lo
juzgaron hecho increíble, otra parte aunque lo estimaba verdad, sin embargo
(porque en tal ocasión más parecía que había que calmar la fuerza tan grande de
aquel hombre que provocarla) la mayoría, obligados a Craso por negocios
privados, grita que el delator es falso y pide que se delibere acerca de este
asunto.
(6) Así pues, consultándolo Cicerón, un senado
numeroso decreta que la delación de Tarquino parece falsa y que éste debe ser
tenido en la cárcel y que no le ha de ser dado más poder, si no declarara sobre
aquél, por cuyo consejo hubiera dicho falsamente una cosa tan grande.
(7) Había en aquella ocasión quienes pensaran que aquella
delación había sido maquinada por Publio Autronio para que más fácilmente,
mencionado Craso, su poder protegiese a los otros por la comunidad. del peligro.
(8) Otros decían que Tarquinio había sido enviado por
Cicerón, para que Craso no perturbase la república, tomada, según su costumbre,
la protección de los malvados.
(9) Yo mismo, después, oí
al propio Craso diciendo que aquella tan grande ofensa le había sido inferida
por Cicerón.
(1) Pero por los mismos tiempos Quinto
Cátulo y Cayo Pisón no pudieron impulsar a Cicerón ni por ruegos ni por favor ni
por dinero a que por medio de los alóbroges u otro delator fuese nombrado
falsamente Cayo César.
(2) Pues uno y otro tenían con él
graves enemistades: Pisón atacado en un juicio por concusión, por el injusto
suplicio de un traspadano; Cátulo, encendido de odio desde su elección para el
pontificado máximo, porque siendo su edad avanzada, habiendo usado de los
máximos honores, se había retirado vencido por el joven César.
(3) La cosa, por lo demás, parecía oportuna porque éste debía
mucho dinero por su extraordinaria liberalidad en la vida privada, por sus
grandísimas donaciones en su vida pública.
(4) Pero cuando
no puede impulsar al cónsul a tan gran crimen, ellos en persona, yendo cada uno
por su lado y mintiendo cosas que decían que ellos habían oído de Volturcio o de
los alóbroges, habían acumulado una gran envidia contra aquél, hasta el punto de
que algunos caballeros romanos, que estaban con armas por causa de protección en
torno al templo de la Concordia, impulsados por la magnitud del peligro o por la
ligereza de su espíritu, amenazasen con su espada a César que salía del senado,
para que fuese más clara su preocupación hacia la república.
(1) Mientras se hacen estas cosas en el
senado y mientras se decretan premios para los legados de los alóbroges y a Tito
Volturcio, comprobada la delación de estos, unos libertos y unos pocos de los
clientes de Léntulo por diversos caminos atraían artesanos y esclavos en los
barrios para libertarlo, y otra parte buscaban jefes de bandas, que estaban
acostumbrados a alterar la república por dinero.
(2) Cetego,
a su vez, por medio de mensajeros pedía a su servidumbre y a los libertos suyos
seleccionados y ejercitados para la audacia, que, formada una columna, se
abriesen paso con armas hasta él.
(3) El cónsul, cuando supo
que se preparaban estas cosas, colocadas las guardias como la cosa y el tiempo
aconsejaban, convocado el senado, le consulta qué estima haber de hacerse con
los que habían sido entregados para custodia. Pero poco antes un senado numeroso
había juzgado que éstos habían actuado contra la república.
(4) Entonces Decio Junio Silano, preguntado su parecer el primero
porque en aquel tiempo había sido designado cónsul, había decretado que debían
ser condenados a muerte los que estaban detenidos y además Lucio Casio, Publio
Furio, Publio Umbreno y Quinto Annio, si hubieran sido detenidos; y él, después,
conmovido por el discurso de Cayo César, había dicho que él adhería a la
sentencia de Tiberio Nerón, que había opinado que se consultase sobre esta cosa,
aumentadas las guardias.
(5) Pero César, cuando se llegó a
él, consultado por el cónsul, dijo unas palabras de este modo:
(1) “Es conveniente que todos los hombres,
padres conscriptos, que deliberan sobre cosas dudosas, estén vacíos de odio,
amistad, ira y misericordia.
(2) No fácilmente prevé el
espíritu la verdad, cuando aquellas cosas estorban, y nadie obedeció al mismo
tiempo a su deseo y a su interés.
(3) Cuando has puesto
atención, el espíritu vale; si posee la pasión, si ésta domina, no vale nada.
(4) Tengo gran posibilidad de recordar, padres conscriptos,
qué cosas han resuelto mal reyes y pueblos impulsados por la ira o por la
misericordia. Pero prefiero decir aquellas cosas que hicieron nuestros mayores
contra el deseo de su espíritu recta y ordenadamente.
(5) En
la guerra macedónica, que hicimos con el rey Perseo, la grande y magnífica
ciudad de rodios, que había crecido con las ayudas del pueblo romano, nos fue
desleal y adversa. Pero después que, terminada la guerra, se deliberó sobre los
rodios, nuestros mayores, para que nadie dijera que se había empezado la guerra
más por causa de sus riquezas que de su injuria, los dejaron impunes.
(6) Igualmente, en todas las guerras púnicas, habiendo hecho a
menudo los cartagineses muchos crímenes nefandos no sólo en la paz sino también
durante las treguas, ellos mismos nunca hicieron cosas de tal clase a pesar de
la ocasión: buscaban más qué sería digno de ellos que qué podrían hacerse con
derecho contra aquellos.
(7) Igualmente esto debe ser
previsto por vosotros, padres conscriptos, para que no pueda más ante vosotros
el crimen de Publio Léntulo y de los demás que vuestra dignidad ni tengáis en
cuenta vuestra cólera más que vuestro prestigio.
(8) Pues si
se encuentra un castigo digno con relación a sus hechos, apruebo esta decisión
nueva; pero si la magnitud del crimen supera los ingenios de todos, estimo que
ha de usarse de estas cosas que han sido establecidas por las leyes.
(9) Muchos de aquellos, que dijeron sus opiniones antes de mí,
lamentaron ordenada y magníficamente la desgracia de la república. Cuál sería la
crueldad de la guerra, qué ocurriría a los vencidos, enumeraron: ser robados
doncellas, muchachos, ser arrancados hijos del abrazo de sus padres, soportar
las madres de familia las cosas que les agradaran a los vencedores, ser
despojados templos y casas, hacerse matanza, incendios, en resumen, llenarse
todas las cosas de armas, de cadáveres, de sangre y de luto.
(10) Pero, por los dioses inmortales, ¿a dónde llevó aquel
discurso? ¿Acaso a haceros enemigos de la conjuración? Sin duda, a quien no
conmovió tan grave y atroz cosa lo encenderá un discurso.
(11) No es así, y a ninguno de los mortales le parecen pequeñas
las sus injurias: muchos las estimaron con más rigor de lo justo.
(12) Pero hay una libertad para cada uno, padres conscriptos. Los
que tienen su vida hundidos en lo oscuro, si por ira delinquieron en algo, pocos
lo saben, su fama y su fortuna son iguales; los que pasan su vida en lo alto,
dotados de un gran poder, sus hechos conocieron todos los mortales. Así, en
máxima fortuna hay mínima libertad.
(13) Conviene no sentir
afición ni odiar, pero mucho menos airarse.
(14) La que en
otros se llama iracundia, ésta en el poder se llama soberbia y crueldad.
(15) Ciertamente así yo estimo, padres conscriptos, que todos los
suplicios son menores que los delitos de aquéllos. Pero muchos mortales
recuerdan las últimas cosas y en el caso de hombres malvados, olvidados de su
delito, comentan del castigo si éste fue un poco demasiado severo.
(16) Sé ciertamente que las cosas que ha dicho Decio Silano, varón
firme y enérgico, las ha dicho por amor a la república y que en tan gran asunto
no lo han movido el favor ni las enemistades: reconocí que éstas son las
costumbres de este hombre y ésta su moderación.
(17) Pero
su opinión me parece a mí no cruel (pues ¿qué puede hacerse cruel contra unos
hombres de tal clase?) sino impropia de nuestra república.
(18) Pues, ciertamente, o el miedo o la injuria te obligó, Silano,
como cónsul designado, a decretar un nuevo tipo de castigo.
(19) De temor es superfluo hablar, sobre todo cuando por la
diligencia de nuestro cónsul, hombre preclaro, hay tantas guardias en armas.
(20) Del castigo, ciertamente, puedo decir lo que tiene el
hecho, que en el luto y las miserias la muerte es el descanso de las penas, no
un suplicio; que esta disuelve todos los males de los mortales; que más allá no
hay lugar ni para la preocupación ni para la alegría.
(21)
Pero, por los dioses inmortales, ¿por qué no añadiste a tu parecer que antes se
castigara a estos con azotes?
(22) ¿Acaso porque lo prohibe
la ley Porcia? Pero otras leyes, igualmente, ordenan que no se quite la vida a
los ciudadanos condenados, sino que se les permita el exilio.
(23) ¿Acaso porque es más grave ser azotado que ser matado? En
cambio, ¿qué hay cruel o demasiado grave contra hombres convictos de un crimen
tan grande?
(24) Pero si es porque es más leve, ¿cómo es
lógico temer a la ley en un asunto menor, cuando en uno mayor la has
despreciado?
(25) Pero, en efecto, ¿quién nos reprenderá,
porque se haya dado un decreto contra los parricidas de la república? El tiempo,
los días, la fortuna, cuyo capricho rige los pueblos. A aquéllos merecidamente
les sucederá lo que les haya sucedido.
(26) Por lo demás,
vosotros, padres conscriptos, considerad qué vais a establecer para otros.
(27) Todos los malos ejemplos surgieron de cosas buenas.
Pero cuando el poder llega a ignorantes de él o menos buenos, aquel ejemplo
nuevo se traslada de dignos e idóneos a indignos y no idóneos.
(28) Los lacedemonios impusieron a los vencidos atenienses treinta
hombres, para que rigiesen su república.
(29) Éstos,
primero, empezaron por matar a todo hombre pésimo y odioso a todos, sin hacerle
juicio. El pueblo se alegraba de estas cosas y decía que se hacía merecidamente.
(30) Después, cuando poco a poco creció la licencia,
mataban tanto a buenos como a malos caprichosamente, y aterrorizaban a los demás
de miedo:
(31) así la ciudad oprimida por la servidumbre
pagó graves penas por su necia alegría.
(32) En nuestro
recuerdo, Sila vencedor, cuando mandó que fueran degollados Damasipo y otros de
este género, que habían crecido por el mal de la república, ¿quién no alababa su
acción? Decían que aquellos hombres criminales y facciosos, que habían alterado
la república con sus sediciones, habían sido matados merecidamente.
(33) Pero este asunto fue el comienzo de una gran calamidad. Pues
según cada uno había deseado la casa o la finca, por último el vaso o el vestido
de alguien, se esforzaba para que éste estuviese en el número de los proscritos.
(34) Así aquellos, para quienes la muerte de Damasipo había
servido de alegría, poco después ellos mismos eran arrastrados; y no hubo final
de matar antes de que Sila llenó a todos los suyos de riquezas.
(35) Y yo mismo no temo estas cosas en Marco Tulio ni en estos
tiempos, pero en una gran ciudad hay muchos y variados caracteres.
(36) Puede en otro tiempo, con otro cónsul, que tenga igualmente
un ejército en su mano, ser creído por verdadero algo falso: cuando con este
ejemplo por medio de un decreto del senado el cónsul haya desenvainado su
espada, ¿quién le establecerá límite o quién lo moderará?
(37) Nuestros mayores, padres conscriptos, nunca carecieron de
prudencia ni de decisión y no les impedía la soberbia para que imitasen las
instituciones ajenas, si realmente eran buenas.
(38) Las
armas defensivas y las armas militares de ataque las tomaron de los samnitas,
muchas insignias de los magistrados de los etruscos. En resumen, lo que parecía
idóneo en todas partes, entre los aliados o entre los enemigos, lo seguían en su
país con sumo afán; preferían imitar las cosas buenas que envidiarlas.
(39) Pero en aquel mismo tiempo, imitando la costumbre de Grecia,
castigaban con azotes a los ciudadanos, aplicaban el sumo suplicio a los
condenados.
(40) Después que creció la república y se
hicieron valer las bandas de ciudadanos por su multitud, y que empezaron a ser
atacados los inocentes, y a hacerse otras cosas de este estilo, entonces se
prepararon la ley Porcia y otras leyes, por las cuales leyes se permitió el
exilio a los condenados.
(41) Yo mismo considero esta causa
principalmente grande, padres conscriptos, para que no tomemos una decisión
nueva.
(42) Ciertamente, hubo mayor valor y sabiduría en
aquellos, que hicieron tan gran poder a partir de pequeñas fuerzas que en
nosotros, que apenas retenemos estas cosas bien nacidas.
(43) ¿Me parece, pues, bien que éstos sean libertados y que se
aumente el ejército de Catilina? De ninguna manera. Pero así pienso que se deben
confiscar sus bienes, que han de tenerse en cárceles en municipios que pueden
muchísimo en riquezas, para que nadie consulte al senado después sobre ellos ni
lo trate con el pueblo; que quien vaya a obrar de otra manera, que el senado
estime que él va a obrar contra la república y contra la salvación de
todos”.
(1) Después que César terminó de hablar,
los demás con sus palabras asentían variadamente cada uno a una opinión. En
cambio Marco Porcio Catón, preguntado por su parecer, tuvo un discurso de este
tipo:
(2) “Muy distinto es mi pensamiento, padres
conscriptos, cuando considero la situación y nuestros peligros y cuando repaso
yo mismo conmigo las opiniones de algunos.
(3) Me parece
que ellos han hablado del castigo de aquellos que han preparado una guerra
contra su patria, contra sus padres, contra sus altares y contra sus hogares. La
situación, en cambio, aconseja precavernos de ellos que deliberar qué
establezcamos contra ellos.
(4) Pues perseguirás los otros
crímenes entonces cuando se han cometido; si no has cuidado que no suceda esto,
cuando ocurre, en vano implorarás juicios: tomada la ciudad, nada del resto
queda para los vencidos.
(5) Pero, por los dioses
inmortales, yo os invoco a vosotros, que siempre habéis estimado más vuestras
casas, vuestras fincas, vuestras estatuas, vuestros cuadros que la república: si
esas cosas, que abrazáis, de cualquier tipo que sean, queréis retener, si
proporcionar ocio para vuestros placeres, despertad algún día y haceos cargo de
la república.
(6) No se trata de impuestos ni de injurias a
los aliados: nuestra libertad y nuestra alma está en duda.
(7) Repetidas veces, padres conscriptos, hice muchas palabras en
este orden, a menudo me he quejado del lujo y de la avaricia de nuestros
ciudadanos y, por esta causa, tengo como contrarios a muchos mortales.
(8) Yo que nunca me hubiera hecho perdón de nada a mí mismo ni a
mi propio espíritu, no fácilmente perdonaba a la pasión de otro sus malas
acciones.
(9) Pero, aunque vosotros valorabais en poco
estas cosas, sin embargo, la república estaba firme, por su opulencia toleraba
vuestra negligencia.
(10) Pero ahora no se trata de esto,
de si hemos de vivir con buenas o malas costumbres, ni de cuán grande o cuán
magnífico es el imperio del pueblo romano, sino de si estas cosas, de cualquier
modo que parecen, van a ser nuestras o, juntamente con nosotros, de nuestros
enemigos.
(11) Ahora ¿alguien me nombra la clemencia y la
misericordia? Ya hace tiempo, realmente nosotros perdimos los verdaderos nombres
de las cosas; porque dar copiosamente bienes ajenos se llama liberalidad, la
audacia de las cosas malas fortaleza, por esto la república se situó en el
límite.
(12) Que sean pues, ya que así se tienen las
costumbres, liberales a partir de las fortunas de los socios, que sean
compasivos con los ladrones del erario; que no den copiosamente ellos nuestra
sangre y, mientras perdonan a unos pocos criminales, vayan a perder a todos los
buenos.
(13) Bien y ordenadamente ha hablado Cayo César
poco antes en este orden sobre la vida y la muerte, estimando falsas, creo, las
cosas que se recuerdan sobre los infiernos, que por distinto camino de los
buenos los malos habitaban lugares tétricos, áridos, horrorosos y temibles.
(14) Así pues, juzgó que sus bienes debían ser
confiscados, que debían ser tenidos en cárceles por los municipios, sin duda
temiendo que, si están en Roma, sean libertados por la fuerza o por los
cómplices de la conjuración o por una muchedumbre tomada a sueldo.
(15) Realmente como si malos y criminales solamente hubiese en la
ciudad y no por toda Italia, o no pudiera más la audacia allí donde son menores
los recursos para defender.
(16) Por esto es vana
ciertamente esta decisión, si teme peligro de parte de ellos; si en tan gran
temor de todos él sólo no teme, tanto más eso me obliga a temer por mí y por
vosotros.
(17) Por esto cuando decidáis acerca de Publio
Léntulo y los demás, tened por cierto que vosotros al mismo tiempo decidís
acerca del ejército de Catilina y acerca de todos los de la conjuración.
(18) Cuanto más atentamente hagáis estas cosas vosotros, tanto
más inseguro tendrán ellos su espíritu; si ahora os viesen languidecer un
poquito, ya todos se presentarán impetuosos.
(19) No
estiméis que nuestros mayores con las armas de pequeña han hecho grande la
república.
(20) Si la cosa fuera así, la tendríamos con
mucho la más hermosa, porque nosotros tenemos mayor abundancia que ellos de
aliados y ciudadanos, de armas y caballos, además.
(21)
Pero otras fueron las cosas que los hicieron grandes, de las que nosotros no
tenemos ninguna: en casa trabajo, fuera un poder justo, el espíritu libre al
deliberar y no sometido ni al delito ni a la pasión.
(22)
En lugar de estas, nosotros tenemos lujo y avaricia, públicamente necesidad,
privadamente opulencia; loamos las riquezas, seguimos la inercia. Entre buenos y
malos ninguna distinción, todos los premios de la virtud posee la ambición.
(23) Y no es extraño: cuando vosotros tomáis una decisión
cada uno para sí por separado, cuando en casa servís a los placeres, aquí al
dinero o al favor, con esto sucede que se ataca contra una república vacía. Pero
yo dejo estas cosas.
(24) Maquinaron nobilísimos
ciudadanos incendiar su patria, llaman a la guerra a un pueblo de galos
hostilísimo al nombre romano; el jefe de estos enemigos está con su ejército
sobre nuestra cabeza.
(25) ¿Vosotros, incluso ahora,
titubeáis y dudáis qué haréis con enemigos cogidos dentro de las murallas?
(26) Opino que debéis tener compasión -han delinquido
muchachillos por ambición - y soltarlos incluso armados;
(27) pero que esa benevolencia y misericordia no se os convierta
en desgracia, si ellos cogen las armas.
(28) Evidentemente
la cosa misma es penosa, pero vosotros no la teméis. Sí, muchísimo. Pero por la
inercia y debilidad de vuestro espíritu titubeáis esperando uno a otro,
evidentemente confiados en los dioses inmortales, que a menudo en los mayores
peligros han guardado esta república.
(29) No se procuran
las ayudas de los dioses con votos ni con súplicas mujeriles: vigilando,
actuando, deliberando bien todas las cosas marchan prósperamente. Cuando te has
entregado a la apatía y a la desidia, en vano implorarás a los dioses; están
airados y hostiles.
(30) Entre nuestros mayores Aulo
Manlio Torcuato, en la guerra de la Galia mandó que su propio hijo fuese matado,
porque éste había luchado con el enemigo contra la orden,
(31) y aquel egregio adolescente pagó el castigo de su inmoderada
fortaleza con la muerte.
(32) ¿Vosotros dudáis qué
decidiréis de crudelísimos parricidas?
(33) ¡Evidentemente
el resto de su vida borra este crimen! Verdaderamente perdonad a la dignidad de
Léntulo, si él mismo perdonó alguna vez al pudor, si a su propia fama, si a
dioses u hombres algunos. Perdonad a la juventud de Cetego, si no hizo otra vez
guerra a su patria.
(34) Pues ¿qué diré yo de Gabinio, de
Estatilio, de Cepario? Si estos hubieran tenido algún pensamiento alguna vez, no
habrían tenido estos planes acerca de la república.
(35)
En fin, padres conscriptos, si, por Hércules, hubiese lugar para error,
fácilmente soportaría que vosotros fuerais corregidos por el propio hecho,
puesto que despreciáis las palabras. Pero hemos sido rodeados por todas partes:
Catilina con su ejército oprime nuestras gargantas, otros enemigos están dentro
de las murallas y en el centro de la ciudad, y nada puede prepararse ni
deliberarse ocultamente: por esto hay que apresurarse más.
(36) Por lo cual yo juzgo así: como la república, por el nefasto
plan de unos ciudadanos criminales, ha llegado a los máximos peligros, y éstos
por la delación de Tito Volturcio y de los legados de los alóbroges están
convictos y confesos de que ellos han preparado una matanza, incendios y otros
horrorosos y crueles crímenes contra los ciudadanos y la patria, se ha de
aplicar la pena de muerte a los confesos como a los descubiertos en cosas
capitales, según la costumbre de nuestros mayores.”
(1) Después que Catón estuvo sentado,
todos los consulares e, igualmente, una gran parte del senado alaban su opinión,
lleva al cielo el valor de su espíritu, acusándose unos a otros se llaman
tímidos. Catón es tenido como ilustre y grande. Se hace un decreto del senado
como él había juzgado.
(2) Pero a mí que he leído muchas
cosas y que he oído muchas preclaras acciones que en paz y en guerra, por tierra
y por mar, hizo el pueblo romano, por casualidad me agradó prestar atención a
qué cosa fundamentalmente había sostenido tan grandes asuntos.
(3) Sabía que a menudo con una pequeña tropa había luchado con
grandes legiones de enemigos. Había conocido que con pequeños recursos se habían
hecho guerras con reyes opulentos; además que frecuentemente había aguantado la
violencia de la fortuna, que los griegos estaban delante de los romanos en
elocuencia, los galos en la gloria de la guerra.
(4) Y a
mí, que daba vueltas a muchas cosas, me constaba que el egregio valor de unos
pocos ciudadanos había realizado todas las cosas y por esto se hizo que la
pobreza superaba a las riquezas, la escasez a la multitud.
(5) Pero después que con el lujo y la desidia se corrompió la
ciudad, de nuevo la república sustentaba con su propia grandeza los vicios de
generales y de magistrados y, como agotada la energía de sus padres, durante
mucho tiempo realmente nadie hubo grande en Roma por su valor.
(6) Pero en mi recuerdo, hubo dos hombres de ingente valor con
diferentes costumbres, Marco Catón y Cayo César: ya que el asunto los había
presentado, decidí no pasarlos en silencio, sin aclarar cuanto pudiese con mi
ingenio, la naturaleza y las costumbres de uno y otro.
(1) Así pues, tuvieron linaje, edad,
elocuencia casi iguales, su grandeza de espíritu semejante, igualmente su
gloria, pero cada uno distinta.
(2) César era tenido como
grande por sus beneficios y por su munificencia, por su integridad de vida
Catón. Aquél se había hecho preclaro por su benevolencia y misericordia, a éste
su severidad le había añadido dignidad.
(3) César alcanzó
la gloria dando, levantando, perdonando, Catón no dilapidando nada. En uno había
refugio para los desgraciados, en el otro destrucción para los malvados; de
aquél se loaba la afabilidad, de éste la constancia.
(4) En
resumen, César se había propuesto trabajar, vigilar, descuidar sus cosas ocupado
en los asuntos de sus amigos, no negar nada que fuese digno de donación; deseaba
para sí un gran poder, un ejército, una guerra nueva, donde pudiera brillar su
valor.
(5) En cambio Catón tenía afán de modestia, del
decoro y especialmente de austeridad.
(6) No luchaba en
riquezas con el rico ni en intrigas con los intrigantes, sino con el valiente en
valor, con el modesto en pudor, con el honrado en integridad, prefería ser bueno
que parecerlo; así, cuanto menos buscaba la gloria, tanto más lo seguía.
(1) Después que, como dije, el senado adoptó
la opinión de Catón, el cónsul, pensando que sería lo mejor de hacer adelantarse
a la noche que estaba cerca, para que no se cambiara algo en ese tiempo, manda
que los triunviros preparen las cosas que se pedían para la ejecución.
(2) Él mismo, dispuestas guardias, conduce a Léntulo a la cárcel;
lo mismo se hace por medio de los pretores con los demás.
(3) Hay en la cárcel un lugar que se llama Tullianum, cuando has
subido un poco a la izquierda, hundido alrededor de doce pies en la tierra.
(4) Lo protegen por todos lados paredes y por encima una
bóveda ensamblada con arcos de piedra; pero por el abandono, la oscuridad, el
olor su aspecto es repugnante y terrible.
(5) A este lugar,
después que fue bajado Léntulo, los ejecutores de las penas capitales, a los que
se había ordenado, le rompieron la garganta con un lazo.
(6)
Así, aquel patricio de la ilustrísima familia de los Cornelios, que había tenido
en Roma el poder consular, encontró un final de vida digno de sus costumbres y
de sus hechos. De Cetego, Estatilio, Gabinio, Cepario del mismo modo se tomó el
castigo.
(1) Mientras se hacen estas cosas en Roma,
Catilina de toda la tropa, que él mismo había llevado y Manlio había tenido,
prepara dos legiones, completa las cohortes según el número de sus soldados.
(2) Después, según cada uno había llegado al campamento
como voluntario o de los aliados, los distribuía proporcionalmente y así en
breve tiempo había completado las legiones en número de hombres, no habiendo
tenido al principio más de dos mil.
(3) Pero de toda la
tropa aproximadamente una cuarta parte había sido equipada con armas militares;
los demás, según la casualidad había armado a cada uno, unos llevaban dardos o
lanzas, otros estacas puntiagudas.
(4) Pero después que
Antonio se estaba acercando con su ejército, Catilina marchaba por los montes,
trasladaba su campamento ya hacia la ciudad, ya hacia la Galia, no daba a los
enemigos ocasión de luchar: esperaba que de un día a otro él tendría grandes
tropas, si en Roma sus aliados habían llevado a cabo sus proyectos.
(5) Entre tanto rechazaba los esclavos, de los que al principio
acudían a él grandes cantidades, confiado en los recursos de la conjuración,
estimando al mismo tiempo que parecía ajeno a sus intereses haber compartido la
causa de los ciudadanos con esclavos fugitivos.
(1) Pero después que llegó al campamento
un mensajero diciendo que en Roma había sido descubierta la conjuración, que se
había sometido a castigo a Léntulo y Cetego y a los otros que he recordado más
arriba, muchos, que había atraído a la guerra la esperanza de rapiñas o el deseo
de cosas nuevas, desaparecen; a los restantes Catilina los conduce por montañas
abruptas a marchas forzadas al campo de Pistoria con este plan, que huyera
ocultamente por veredas a la Galia Transalpina.
(2) Pero
Quinto Metelo Céler con tres legiones velaba por la seguridad en el campo
Piceno, estimando a partir de la dificultad de las cosas que Catilina haría
aquellas misma cosas, que arriba dijimos.
(3) Así pues,
cuando por los huidos conoció su itinerario, levantó rápidamente el campamento y
se estableció a los mismos pies de los montes, por donde aquél, que se dirigía
hacia la Galia, tenía el descenso.
(4) Y, sin embargo, no
estaba lejos Antonio, puesto que, expedito con un gran ejército por lugares más
llanos, lo seguía en la huida.
(5) Pero Catilina después
que ve que él ha sido encerrado por montes y tropas de los enemigos, que en la
ciudad las cosas son adversas, que no hay ninguna esperanza ni de huida ni de
defensa, pensando que lo mejor de ser hecho en situación de tal clase es tentar
la fortuna de la guerra, decide trabar combate con Antonio cuanto antes.
(6) Así pues, convocada la asamblea, tuvo un discurso de este
modo:
(1) “Comprobado yo tengo, soldados, que
las palabras no añaden valor y que con un discurso del general no se hace un
ejército de indolente esforzado ni fuerte de temeroso.
(2) Cuanta audacia por naturaleza o por costumbres tiene el
espíritu de cada uno, tanta suele hacerse patente en la guerra. A quien no
excitan ni la gloria ni los peligros, en vano exhortarías: el temor de espíritu
tapona oídos.
(3) Pero yo os llamé para aconsejaros unas
pocas cosas, al mismo tiempo para poner al descubierto la causa de mi decisión.
(4) Sabéis ciertamente, soldados, cuánta destrucción ha
traído para él mismo y para nosotros la indolencia y la cobardía de Léntulo y de
qué modo, mientras espero refuerzos de la ciudad, no he podido pasar a la Galia.
(5) Ahora verdaderamente en qué lugar están nuestras
cosas, todos juntamente conmigo comprendéis.
(6) Dos
ejércitos de enemigos nos cierran el paso, uno de la ciudad, otro de la Galia.
Estar más tiempo en estos lugares, aunque el espíritu lo desea muchísimo, nos lo
prohibe la escasez de trigo y de otras cosas.
(7) Adonde
quiera que nos plazca ir, se ha de abrir camino con el hierro.
(8) Por lo cual os aconsejo que seáis de espíritu fuerte y
preparado y, cuando entréis en el combate, que recordéis que vosotros lleváis en
vuestras diestras las riquezas, el honor, la gloria, además la libertad y la
patria.
(9) Si vencemos, tendremos todas las cosas
seguras, víveres en abundancia, nos estarán abiertos municipios y colonias;
(10) si cediésemos por miedo, aquellas mismas cosas se
harán adversas, y ni lugar ni amigo alguno protegerá a quien no hayan protegido
las armas.
(11) Además, soldados, no se cierne sobre
nosotros y sobre ellos la misma necesidad: nosotros luchamos por la patria, por
la libertad, por la vida, para ellos es excesivo luchar por el poder de unos
pocos.
(12) Por esto atacad más audazmente acordándoos
de vuestro antiguo valor.
(13) Os estuvo permitido pasar
la vida en el exilio con suma ignominia, pudisteis algunos esperar en Roma,
perdidos los bienes, las ayudas ajenas;
(14) porque
aquellas cosas os parecían horrorosas e intolerables para hombres, decidisteis
seguir éstas.
(15) Si queréis dejarlas, se necesita
audacia: nadie, a no ser el vencedor, ha cambiado la guerra por la paz.
(16) Pues esperar la salvación en la huida, cuando has desviado
las armas, con las que se cubre el cuerpo, de los enemigos, esto,
verdaderamente, es demencia.
(17) Siempre en el combate
tienen peligro máximo quienes temen máximamente; la audacia se considera como un
muro.
(18) Cuando os contemplo, soldados, y cuando
valoro vuestros hechos, me posee una gran esperanza de victoria.
(19) El espíritu, la edad, el valor vuestro me exhortan, además
la necesidad, que incluso a los temerosos hace fuertes.
(20) Pues que una multitud de enemigos pueda rodearnos, lo
impide la estrechez del lugar.
(21) Y si la fortuna
envidia vuestro valor, guardaos de perder el alma sin venganza; o, capturados,
de ser asesinados como ganados antes de que, luchando a modo de hombres, dejéis
a los enemigos una victoria sangrienta y luctuosa.”
(1) Cuando dice estas cosas, habiéndose
detenido un poco, manda que suenen las señales y lleva las filas ordenadas a un
lugar llano. Luego, apartados los caballos de todos, para que los soldados
tuviesen un espíritu más grande, igualado el peligro, él mismo, como soldado de
infantería, despliega el ejército según el lugar y las fuerzas.
(2) Pues como había una llanura entre unos montes a la izquierda y
una roca escarpada por la derecha, establece en el frente ocho cohortes, coloca
las insignias de las demás más apretadamente en línea de reserva.
(3) De éstas hace subir a la primera línea a todos los
centuriones, selectos y reenganchados, además a todos los mejor armados de los
soldados rasos. Ordena que Cayo Manlio mande en el ala derecha, un fesulano en
la izquierda. Él mismo con libertos y bagajeros se coloca junto al águila, que
se decía que había tenido Cayo Mario en su ejército durante la guerra címbrica.
(4) Pero desde la otra parte, Cayo Antonio, enfermo de los
pies, porque no podía estar presente en el combate, entrega el ejército al
legado Marco Petreyo.
(5) Aquél coloca en el frente a las
cohortes veteranas que había reclutado a causa de la revuelta, detrás de estas
el restante ejército en líneas de reserva. Él mismo, dando vueltas alrededor con
el caballo, llama a cada uno dándole su nombre, los exhorta, les pide que
recuerden que ellos luchan contra ladrones desarmados por su patria, por sus
hijos, por sus altares y sus hogares.
(6) Hombre militar,
porque durante más de treinta años había sido en el ejército con gran gloria
tribuno o prefecto o legado o pretor, había conocido a muchos de ellos mismos y
sus valientes hechos: recordándoselos, encendía el espíritu de los
soldados.
(1) Pero cuando, examinadas todas las cosas,
Petreyo da la señal con la trompeta, manda que las cohortes avancen poco a poco.
Lo mismo hace el ejército de los enemigos.
(2) Después que
se llegó allí desde donde el combate pudiera ser entablado por los honderos,
atacan con el máximo clamor con los estandartes desplegados: dejan las lanzas,
la cosa se lleva con espadas.
(3) Los veteranos acordándose
de su antiguo valor luchaban duramente cuerpo a cuerpo, ellos resisten no
temerosos: se lucha con la máxima fuerza.
(4) Entre tanto
Catilina con tropas ligeras daba vueltas en primera línea, socorría a los que
estaba esforzándose, hacía venir soldados intactos por los heridos, cuidaba de
todas las cosas, mucho él mismo luchaba, a menudo hería a enemigos: al mismo
tiempo ejercía los oficios de valiente soldado y buen general.
(5) Petreyo, cuando ve que Catilina, contra lo que había pensado,
resiste con gran fuerza, conduce la cohorte pretoria al medio de los enemigos y
mata a estos, desbaratados, y a otros que resistían en otra parte. Luego por uno
y otro lado desde los flancos ataca a los restantes.
(6)
Manlio y el fesulano caen luchando entre los primeros.
(7)
Catilina después que ve que sus tropas se han diseminado y que él se ha quedado
con unos pocos, acordándose de su linaje y. de su antigua dignidad se precipita
a donde los enemigos eran más numerosos y allí es traspasado luchando.
(1) Pero, terminado el combate, entonces
verdaderamente podrías ver cuánta audacia y cuánta fuerza de espíritu había
habido en el ejército de Catilina.
(2) Pues cada una casi
cubría con su cuerpo, perdida el alma, aquél lugar que vivo había cogido
luchando.
(3) En cambio, unos pocos, que la cohorte
pretoria había deshecho por medio, habían caído un poco más separadamente, pero
todos sin embargo con heridas de frente.
(4) Catilina, por
cierto, fue encontrado lejos de los suyos entre los cadáveres de sus enemigos,
aún respirando un poco y reteniendo en su rostro la fiereza de espíritu que
había tenido de vivo.
(5) En resumen, de toda la tropa no
fue capturado ni en el combate ni en la huida ningún ciudadano libre;
(6) así, todos habían perdonado por igual su propia vida y la de
sus enemigos.
(7) Y sin embargo el ejército del pueblo
romano no había alcanzado una victoria alegre o incruenta. Pues todos los más
valientes o habían caído en el combate o habían salido gravemente heridos.
(8) Y muchos que habían avanzado desde el campamento para
ver o para hacer despojos, volviendo los cadáveres enemigos, unos encontraban un
amigo, parte un huésped o un pariente; hubo igualmente quienes reconocieran a
sus propios enemigos.
(9) Así por todo el ejército se
removían variadamente la alegría, la tristeza, el luto y las
alegrías.