1. Los siete reyes
Según la versión recogida por las fuentes antiguas, durante el tiempo en que «se reinó» en Roma se sucedieron siete reyes, cuatro de origen latino-sabino y tres etruscos. De ahí que se distingan dos períodos:
Período latino-sabino
Rómulo reinó 37 años. Nació en Alba Longa. Estableció la primera «constitución política» de la ciudad: dividió al pueblo en treinta curias, base de la organización militar y política, distribuidas en tres tribus, creó el primer Senado y la Asamblea del pueblo (comitia curiata). En su reinado se produjo la fusión entre latinos y sabinos como resultado de la guerra que siguió al «rapto de las Sabinas». A su muerte fue divinizado.
Numa Pompilio reinó 43 años. Nació en una aldea sabina. Se centró en dotar a la ciudad de leyes y de instituciones religiosas que dulcificaran la rudeza de los fundadores de la ciudad: levantó templos, organizó los colegios sacerdotales y el culto oficial, y modernizó el calendario, dividiendo el año en doce meses.
Tulo Hostilio reinó 32 años. Romano y de carácter belicoso, como sugiere su cognomen. Declaró la guerra a los albanos, a la que pertenece el episodio de los Horacios y los Curiacios, destruyó Alba y obligó a sus habitantes a emigrar a Roma, duplicando así la población de esta ciudad.
Anco Marcio reinó 24 años. Era nieto de Numa. Si guió engrosando la población romana a costa de las ciudades latinas, por el mismo sistema que Tulo. Levantó la primera muralla (más bien una «cerca»), el primer puente de madera sobre el líber y la primera prisión. Extendió el territorio romano hasta el mar y fundó el puerto de Ostia en la desembocadura del líber.
Período etrusco
Tarquinio el Antiguo reinó 38 años. Era un inmigrante de origen greco-etrusco. Introdujo en Roma la civilización etrusca: fiestas y ritos religiosos, sistemas de adivinación, urbanización de la ciudad, con la construcción del Foro, del primer alcantarillado y del Circo Máximo. Murió asesinado por los hijos de Anco.
Servio Tulio reinó 44 años. Hijo de una esclava del palacio real, fue adoptado por Tarquinio, quien le convirtió luego en yerno y heredero. Reestructuró radicalmente la «constitución política» de la ciudad, modernizándola según el modelo etrusco: estableció el censo económico de los ciudadanos y, a partir de él, los distribuyó en cinco clases; cada clase fue dividida en un número desigual de centurias, operativas tanto a efectos militares como políticos; creó una asamblea basada en e nuevo sistema (comitia centuriata), en que cada centuria contaba con un voto. Fortaleció el arma de caballería, creando para ello una nueva clase por encima de las otras, embrión de lo que en el futuro llegaría a ser el poderoso «orden de los caballeros». Dividió la ciudad en cuatro barrios. Amplió el recinto amurallado de la ciudad, los llamados muri Serviani, incluyendo en él ya las siete colinas. Murió asesinado por su propio yerno, Lucio Tarquinio, hijo de su antecesor.
Tarquinio el Soberbio reinó 25 anos. Estableció un régimen de terror, anuló el Senado y prescindió de la Asamblea del pueblo. Se enfrentó a todos los pueblos vecinos: latinos, volscos, gabinios. Relanzó las obras públicas en la ciudad: a él se debe la construcción del primer gran templo sobre el Capitolio, obra de artistas etruscos. Fue desterrado de Roma, con toda su familia, tras la sublevación del ejército provocada por la violación de Lucrecia, cometida por un hijo del rey.
2. Leyenda y realidad
La historicidad de esta narración tradicional fue ya puesta en entredicho por los historiadores antiguos, aunque distinguían entre el antes y el después de la fundación de la ciudad. Tito Livio declara en el prefacio a su obra monumental sobre la historia de Roma, "Desde la fundación de la ciudad" (Ab urbe condita): «Los hechos anteriores a la fundación de la ciudad, que han llegado hasta nosotros adornados a través de leyendas poéticas más que en documentos auténticos de los hechos, no es mi intención ni afirmarlos ni rechazarlos. A la antigüedad se le concede la venia de hacer más augustos los orígenes de las ciudades mezclando lo humano con lo divino.»
Respecto a la época de los reyes, aun afirmando que no se trata ya de «fábulas», sino de hechos, Tito Livio dice que se trata de «cosas oscuras por su extrema antigüedad», y Cicerón, más escéptico, afirma que de este periodo «se nos ha transmitido con exactitud poco mas que los nombres de los reyes» (Brutus, II, 18).
Los historiadores modernos más prestigiosos niegan todo fundamento histórico al conjunto de la narración tradicional: «Es casi imposible construir una historia continua y algo completa de Roma e Italia en el siglo v y gran parte del iv. Para tiempos más remotos los escritos de los historiadores romanos son prácticamente inutilizables» (Rostovtzeff, Roma, Eudeba, p. 9). «Indigente antes del comienzo de la República, muy pobre todavía en el siglo va. C., la historia de Roma comienza a aclararse con la invasión de los galos» (L. Homo, La Roma primitiva, Eudeba, p. 19).
Los dos fenómenos históricos incontestables durante esta época en Italia fueron la expansión del dominio etrusco, que afectó decisivamente al Lacio durante por lo menos el siglo vi a. C., aunque no se conoce el alcance exacto por el propio misterio que rodea aún a este pueblo, y la progresiva implantación de colonias griegas en el extremo sur de la Península y en Sicilia, la Magna Grecia. Por otra parte, estos dos pueblos estuvieron en estrecho contacto por el comercio, la proximidad de zonas de influencia en el sur, los pactos, las guerras, etc. A través de los etruscos, la influencia de la cultura griega se empezó a sentir muy pronto en Roma en todos los aspectos: alfabeto, mitología, urbanismo, arte, legislación.
1. Desde el comienzo hasta las guerras púnicas
La conquista de Italia
Según L. Homo, en el mismo pasaje antes citado, en estos siglos «aunque las líneas maestras se precisan, las falsificaciones, las deformaciones, los errores abundan todavía». Ateniéndonos a esas «líneas maestras», el hecho fundamental es que al final de este período Roma domina ya sobre toda la península italiana. Primero fue el centro: los sabinos, los latinos y los otros pueblos limítrofes: volscos, ecuos, hérnicos. Luego tocó el turno a los etruscos y finalmente a los samnitas y las colonias griegas con Tarento a la cabeza. Para Roma esta conquista fue extremadamente larga y dificultosa, a veces dramática, pues debía luchar, en varios frentes a la vez, contra pueblos que defendían su libertad con uñas y dientes, con alianzas que se hacían y deshacían, y sobre todo por el mazazo que supuso la intervención de los galos, a comienzos del siglo IV, que por poco acaba con ella y envalentonó a los demás pueblos, obligando a Roma, por así decir, a empezar de nuevo.
Consecuencias políticas y sociales
Todo este proceso de conquista tuvo como cabeza y motor al Senado, controlado por la vieja clase patricia, que había heredado el poder de la antigua realeza y lo administraba de modo oligárquico.
Pero el brazo armado, con cuyo enorme esfuerzo y desgaste se llevó a cabo la conquista, estaba integrado por la plebe. Ésta utilizó su protagonismo insustituible en la guerra exterior para dar la batalla interna por un reparto del poder más equitativo en la propia ciudad, tanto en el frente político como en el económico.
- En el frente político, se centró primero en la exigencia de la creación de una «magistratura» exclusivamente plebeya que sirviera de freno y contrapeso al consulado y a las otras magistraturas que el patriciado iba creando y monopolizando (dictadura, pretura): así surgieron a comienzos del siglo v los tribunos de la plebe, que se convirtieron en la pieza fundamental de la lucha plebeya. A lo largo del siglo IV se consiguió el acceso de plebeyos a las demás magistraturas y a los colegios sacerdotales, y lo que sería decisivo para la igualación de derechos: el reconocimiento de la Asamblea popular (comitia tributa), como órgano legislativo con poder pleno, sin la necesidad de refrendo por parte del Senado como hasta entonces. Así se entraba en el siglo ni con un equilibrio político entre las dos clases sociales, al menos en el plano legal, que se plasmaría en el famoso lema republicano Senatus Populusque Romanus (S.P.Q.R.), glosado en la frase de Salustio: «El pueblo y el Senado romano compartían el gobierno de la ciudad en paz y tranquilidad».
En el frente económico, la batalla fue aún más dura y sus resultados mucho menos satisfactorios. Primero fue la lucha por conseguir que las nuevas tierras conquistadas, que arrebatadas a los vencidos pasaban a ser propiedad de Roma y constituían el llamado ager publicus, no fueran monopolizadas por los grandes propietarios, en su inmensa mayoría patricios, sino que se asegurase la posibilidad de acceso a ellas también a los plebeyos. De paso se pretendía también acabar con el brutal sistema de castigar al que no podía pagar los intereses abusivos de sus deudas con la esclavitud al servicio del acreedor, el llamado nexum. Para conseguirlo, utilizaron todos los medios a su alcance: los tribunos de la plebe, leyes agrarias, plantes o huelgas militares. Después de muchos intentos se consigue una reforma agraria a mediados del siglo IV con las leyes Licinias, mediante la fórmula de limitar la extensión de ager publicus que podía ser ocupada por una familia para que así hubiera un excedente que repartir entre los menos favorecidos. El tema del nexum se suavizó sin resolverse del todo. La oposición de los ricos propietarios a una solución pactada hizo que la cuestión agraria se enconase y que las desigualdades económicas, lejos de arreglarse, se agravaran, lo cual acabó teniendo desastrosas consecuencias políticas.
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2. Desde las guerras púnicas hasta el fin de la República
Expansión territorial
Pocas veces se puede observar, como en este período final de la época republicana en Roma, la interrelación entre la política exterior y la interior. En los dos siglos que van desde la victoria romana en la primera guerra púnica hasta el triunfo de Augusto, Roma instauró su Imperio alrededor del Mediterráneo. El proceso se abrió con la institución de las provincias de Sicilia y Córcega-Cerdeña, primera consecuencia de esa guerra, y se cerró con la provincia de Egipto, al final del período. Resuelto el problema cartaginés, tras la victoria en aquella guerra a vida o muerte que fue la segunda guerra púnica, Roma empleó la formidable potencia militar desarrollada para extender su dominio sobre el Mediterráneo occidental: norte de Italia, sur de Francia, Hispania, norte de África, y sobre el oriental: Grecia, Asia Menor, de un modo prácticamente simultáneo a lo largo del siglo V a. C.
A que Roma pudiera llevar adelante tan asombrosa empresa contribuyeron diversos factores. Roma se había convertido en una potencia territorial, económica y militar gracias a su dominio sobre Italia. La otra potencia que podía equiparársele, la cartaginesa, había sido aniquilada. Los pueblos de Occidente desunidos, cuando no enfrentados entre sí, y mucho menos desarrollados en todos ios sentidos, no estaban en condiciones de resistirse, salvo estallidos aislados, provocados por los abusos de los conquistadores más que por la conquista en sí misma, como fue el caso de los celtíberos y lusitanos. Grecia estaba también desunida y soportaba a duras penas la hegemonía de Macedonia. Los pueblos de Asia Menor prácticamente se entregaron sin lucha.
Al final de la época, el potencial bélico romano era tal que la conquista de las Galias le llevó a César ocho años, y diez años duró el sometimiento de los cántabros y astures, en tiempos de Augusto.
Esplendor y quiebra de la República
No obstante, el precio que el pueblo romano y sus aliados de Italia, los socii, tuvieron que pagar fue enorme: los largos períodos de servicio militar, con la mortandad consiguiente y la imposibilidad de atender sus propiedades, acabaron con el pequeño campesinado. Los campesinos desposeídos se convierten en proletarios urbanos y han de vivir a expensas de la beneficencia pública, mediante repartos de víveres, o privada, como clientes, e incluso de la venta de su voto al mejor postor. La que había sido la columna vertebral de la República romana quedó desarticulada.
Por el contrario, la clase dominante, el orden senatorial, que había proporcionado los dirigentes políticos, los mandos militares y los administradores del nuevo Imperio, no sólo vio su poder político reforzado, acabando así con el equilibrio pueblo-Senado a que se había llegado en el siglo ni, sino que se enriqueció desmesuradamente gracias al control de los botines de guerra, el cobro de los impuestos, el comercio de los prisioneros-esclavos, la explotación de las materias primas, el transporte a gran escala y los latifundios en Italia y en las provincias.
Los testimonios de los escritores romanos, de las ideologías más diversas, no pueden ser más tajantes. Así Cicerón afirma: «Todas las riquezas de todas las naciones habían caído en manos de un pequeño grupo de hombres». Salustio lo corrobora: «En la guerra y en la paz se actuaba según el parecer de unos pocos; en poder de esos mismos estaban el tesoro, las provincias, las magistraturas, las glorias y los triunfos; el pueblo estaba agobiado por el servicio militar y la miseria». Y Punió el Viejo (siglo i d. C.) concluye: «El latifundio ha perdido a Italia».
Las consecuencias políticas y sociales de un resultado tan escandalosamente desigual no se hicieron esperar. Al final del siglo u, tras el fracaso de las reformas de los hermanos Graco, la ciudadanía romana quedó partida en dos bloques enfrentados: el partido del pueblo y la facción senatorial. Este enfrentamiento político y económico se convertiría en enfrentamiento armado en las sucesivas guerras civiles que asolaron la ciudad, Italia y el Imperio a lo largo del siglo i: guerras entre Mario y Sila, entre César y Pompeyo, entre Octavio y Marco Antonio. Así Roma pagó el fulgurante éxito exterior con la irremediable pérdida de «la paz y tranquilidad» de que hablaba Salustio y, lo que fue más decisivo, con la pérdida de la libertad, pues aquel régimen republicano que habían logrado establecer después de tantas luchas y tantos pactos desembocó en una dictadura militar, que conocemos como «régimen imperial».
1. El Alto imperio: el Principado
El nuevo sistema político fundado por Augusto, tras deshacerse de Marco Antonio en la guerra civil que puso punto final a la época de la República, fue bautizado con el nombre de Principado, porque con el nombre de princeps quiso Augusto que se denominara su puesto al frente del Estado. Era un viejo título republicano con el que se designaba al senador que, por poseer un cursus honorum más prestigioso, gozaba de la máxima auctoritas en esa «alta cámara». Al hacerlo, Octavio no hizo sino reforzar su intento de presentar la nueva etapa política, no como un cambio de régimen, sino sólo como una revitalización del anterior.
En la misma dirección de presentarse como salvador de la patria -«padre de la patria» fue uno de los títulos que se le dieron oficialmente-, y no como un tirano, mantuvo un aparente respeto por las instituciones básicas del Estado: el Senado, la Asamblea del pueblo y las magistraturas.
Esta ficción no engañaba a nadie, ni en Roma ni en las provincias, en las que se le llegaron a levantar templos como a un dios, con culto y sacerdotes propios. Había llegado al poder como jefe supremo de un ejército victorioso en una guerra civil, y en el apoyo del ejército basó la asunción de unos poderes políticos absolutos. Por eso bien se puede calificar al nuevo régimen como una dictadura militar.Por el miedo a ese apoyo militar y también por verlo como un mal menor después de un período de guerra civil tan largo y tan desastroso, el Senado fue aceptando que el nuevo hombre fuerte se revistiera de las magistraturas clave del Estado, sin control alguno y de por vida:
- Poder supremo, imperium, sobre el ejército: Octavio tomó el praenomen de Imperator.
- Potestad tribunicia, «prefecto de las costumbres», cargo equivalente al de censor.
- Pontifex maximus.A partir de estos nombramientos pasó a controlar todos los poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, además del religioso. A esto se añadía el poder de administrar las arcas del Estado, que acabaron confundiéndose con su propia fortuna personal.
La sucesión imperial
La contradicción entre la ficción y la realidad del régimen de Augusto se puso de manifiesto al intentar conseguir su perpetuación. No se podía plantear la sucesión como si de una dinastía monárquica se tratara, y el prestigio y autoridad de Augusto no eran fácilmente transferibles. Esta contradicción fue una fuente de inestabilidad incluso durante la época en que el sistema funcionó con normalidad y eficacia (siglos I-II d. C.).
La fórmula de nombramiento del nuevo emperador seguía en principio tres fases:
1. Propuesta o aceptación por el ejército.
2. Sanción en el Senado mediante la lex de imperio, o poder militar, y la de tribunicia potestate, o poder político.
3. Finalmente, la aclamación por el pueblo.Los problemas se presentaban habitualmente en la primera fase. Augusto consiguió el apoyo del ejército para su hijastro Tiberio. Así se inició una serie de emperadores salidos de la familia de Augusto, lulia, o de la de su mujer, Claudia, de donde el nombre de dinastía Julia-Claudia con que se conoce. Todos ellos murieron de forma violenta y en su nombramiento y eliminación intervino la guardia pretoriana, que Augusto había creado.
La segunda dinastía, la dinastía Flavia, se inauguró con Vespasiano, que llegó al poder tras salir victorioso en una guerra civil. La sucesión se hizo de manera automática: a Vespasiano le sucedió su hijo Tito y a éste su hermano Domiciano.
La dinastía siguiente es conocida como Antonina y bajo ella vivió el Imperio su mejor siglo en todos los sentidos. La sucesión no se basó en la descendencia, excepto en el último caso, sino en la adopción por el emperador anterior.
Todavía funciona el sistema de una manera más o menos ordenada con la llamada dinastía Severa, que extremó el carácter militarista del sistema, y con la que se entra en el siglo III.
A partir de entonces la anarquía se apodera del Imperio. Entre los años 235 y 285 hubo veinticinco emperadores y sólo uno de ellos murió de muerte natural. El régimen instaurado por Augusto, que a pesar de las convulsiones periódicas había conservado e incluso ampliado el Imperio durante dos siglos y medio, dejó de funcionar.
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2. El Bajo Imperio: el DominadoEl régimen político instaurado tras la salida de la crisis de mediados del siglo ni recibió el nombre de Dominado porque, como reacción a la anarquía en que había degenerado el régimen anterior, el emperador pasó a ser reconocido como el único dueño y señor, dominus, del Imperio, al estilo de las monarquías orientales. Los ciudadanos pasan a ser súbditos, subiecti, de este señor absoluto.
El poder se concentró en la corte imperial, que, al mismo tiempo, quedó convertida en un nido de intrigas y en un foco de terror. El emperador se convirtió en un dios y como tal se presentaba cuando se dignaba aparecer ante sus súbditos. El Imperio pasó a ser considerado como patrimonio de la familia imperial.
Pero junto a estas muestras de absolutismo oriental, el nuevo régimen procedió también a una reestructuración general de la administración, adoptando medidas de signo descentralizador, de la economía y del ejército. Estas reformas permitieron la supervivencia del Imperio durante un siglo más. Los principales propulsores de esta reforma en profundidad fueron Diocleciano, primero, y Constantino, después.
La tetrarquía
Diocleciano, que se encontró un Imperio ya reconstruido por los otros emperadores ¡líricos de la costa este del Adriático, consciente de que era ya imposible gobernar el Imperio desde un solo centro de poder, estableció un sistema, denominado tetrarquía, «gobierno de cuatro», por el que el Imperio quedaba dividido en dos partes, Oriente y Occidente, con dos capitales, Nicomedia y Milán respectivamente. Él se quedó al frente de la parte oriental y escogió para la occidental a Maximiano, ambos con el título de Augusto. Cada uno de ellos adoptó un lugarteniente destinado a sucederle, a los que se dio el título de Césares. A la vez que se repartía la responsabilidad de gobierno, se resolvía el problema sucesorio que tanto había desestabilizado al Principado.
El nuevo sistema no sobrevivió a su fundador. El enfrentamiento entre los destinados a continuar la experiencia hizo que desembocara en una guerra múltiple que asoló de nuevo el Imperio y de la que salió vencedor Constantino, hijo de uno de los «cesares» de la tetrarquía. El Imperio fue así unificado de nuevo en el año 324. Constantino perfeccionó el centralismo administrativo, el saneamiento de la economía y las reformas militares iniciadas por Diocleciano y fundó Constantinopla como nueva capital del Imperio.El Imperio después de Constantino
A la muerte de Constantino, y como consecuencia de la nueva mentalidad del Dominado, fue repartido el Imperio, como si de un patrimonio familiar se tratara, entre sus tres hijos y dos sobrinos. La recomposición de la unidad volvería a producirse después de veintitrés años cuando uno de los hijos, Constancio, logró desembarazarse, uno tras otro, de los demás herederos.
Acabada la dinastía constantiniana (364), de nuevo se divide el Imperio hasta que es unificado por última vez a finales del siglo por Teodosio, quien lo reparte entre sus dos hijos: Honorio en Occidente y Arcadio en Oriente.
Durante el siglo V, en Occidente, el poder efectivo pasa a manos de los hombres fuertes del ejército: el vándalo Estilicón con Honorio, el romano Aecio con su sucesor Valentiniano y el suevo-visigodo Ricimero con los emperadores siguientes. El último emperador, Rómulo Augústulo, era en realidad un niño de seis años, hijo de un jefe bárbaro. Los enconados enfrentamientos por la sucesión dentro de la familia imperial y la barbarización del poder político, consecuencia de la que se había producido en el ejército, en la tropa y en los mandos, serían las dos principales causas de la debilidad del Dominado y de su fracaso ante la presión imparable de los «bárbaros».
De las diferentes partes del Imperio de Occidente, Britania sería la primera en ser abandonada a su suerte y fue conquistada por los sajones a mediados del siglo v. En la Galia se establecieron los burgundios y visigodos, al sur, y los francos al norte. En Hispania, tras la primera avalancha de suevos, vándalos y alanos a comienzos del siglo V, entraron los visigodos por la antigua Tarraconense y, tras el paso de los vándalos a África, e ¡minaron a los alanos y fueron arrinconando en el noroeste a los suevos hasta ocupar toda la Península a comienzos del siglo vi. En el norte de África los vándalos formaron un reino desde el Atlántico hasta Libia. Italia, el primero y el último reducto del Imperio Romano, cayó no en poder de unos invasores, sino de los propios contingentes germanos del ejército romano que estaban en ella para protegerla.
El Imperio de Oriente tuvo mejor suerte. Tras la muerte de Arcadio le sucedió su hijo, Teodosio II, que reinó hasta el año 450. En su época no sólo se mantuvo la paz en esa parte del antiguo Imperio, sino que se produjo una especie de renacimiento cultural helenizante, del que son muestra la universidad de Constantinopla, el uso del griego en la documentación oficial, la compilación de los edictos imperiales en el llamado Código Teodosiano, etc. En los años siguientes, el alejamiento del conflictivo Occidente fue en aumento, tanto desde el punto de vista político como del cultural, aunque los emperadores de Oriente, iniciadores del Imperio bizantino, siguieron siendo considerados, al menos formalmente, como los herederos del Imperio Romano.
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