"No hagas caso de

cantos de sirena"

Se suele emplear esta expresión para advertir del peligro de dejarse seducir o llevar a la perdición por falsas promesas o incitaciones ilusorias. Se califica de sirena a una bella nadadora y a una mujer peligrosamente seductora o 'fatal', aunque, en origen, las sirenas fueran seres físicamente monstruosos.

Las sirenas eran unas ninfas marinas que, en la mitología, atraían con sus cantos dulces e insinuantes a los marinos hacia los escollos de la cos­ta, donde, tras hacerles naufragar, los devoraban, no dejando de ellos más que los huesos amontonados. Su nú­mero varía de dos a ocho, pero se conocen hasta 11 expresivos nom­bres para designarlas: Agláope, «la de bello rostro»; Aglaófona, «la de bella voz»; Leucosia, «la blanca»; Ligia, «la de voz estridente»; Molpe, «la musical»; Partenopea, «la de rostro virginal»; Pi-sínoe, «la insinuante»; Raidne, «la libe­rada»; Teles «la perfecta», Telxepia, «la encantadora», y Telsíope, «la persuasiva».

En origen, a semejanza de las harpías, eran seres con busto femenino y cuerpo de ave, aunque, más adelante, en los bes­tiarios medievales se las describe como «mujeres de la cabeza a las caderas» «peces de ahí ha­cia abajo, con alas   y   ga­rras». Con ello se pretendía simbo­lizar que la mujer es fría (pez), voluble (alas) y posesiva (garras). Un proverbio latino ya de­finía a la mujer como «hermosa por arriba y es­camada por abajo». Con el tiempo, poetas y artistas las mitificarían doblemen­te, haciendo de ellas sím­bolos de belleza y dulzura.

Perdición del navegante.

Hijas de una musa (Melpómene, Calíope o Terpsícore) y del dios/río Aqueloo, las sirenas personificaban a un tiempo los encantos y los peligros del mar. Hornero las situaba apostadas a la entrada del estrecho de Sicilia, cerca de Escila y Caribdis (los latinos las lo­calizaban en el golfo de Nápoles), desde donde, con sus «voces embrujadas», se dedicaban a atraer hacia los arrecifes a los navegantes incautos. En la Odisea, Ulises consiguió atravesar el estrecho sin dejarse engañar gracias a una estratagema. Puso tapones de cera en los oídos de sus compañeros y después se hizo atar al mástil de su nave, con lo que, al tiempo que satis­facía su curiosidad, consiguió no de­jarse engatusar por los pérfidos can­tos de las sirenas. Éstas, burladas, se transformaron en rocas.

La tentación que acecha. En la le­yenda de los argonautas que van a la conquista del Vellocino de Oro, Orfeo impone el tañido melodioso de su lira y la dulzura de su voz sobre el canto de las sirenas que intentan atraer a los hé­roes/remeros del Argos y hacerlos dar con sus huesos en los bajíos. Para el psi­coanálisis, los cantos de sirena serían la tentación que nos acecha durante la navegación humana por el océano pro­fundo del subconsciente. Las 'sirenas' que se escuchan en los océanos de asfalto que son las gran­des ciudades suelen ser agoreras, como las de los coches de policía, bomberos y ambulancias. En las mitologías ger­mánica y nórdica también había sire­nas maléficas que mataban a los hom­bres tras seducirlos. •

Pedro Monedero Ilustración: Sean Mackaoui

Lecturas recomendadas:

Argonáuticas, de Apolonio de Rodas. La Odisea, de Homero.