"Se puso hecho

una furia"

El Diccionario de la Real Academia define furia como «cada una de las tres divinidades infernales en que se personificaban la venganza o los remordimientos», según la mitología; y también como «ira exaltada», «acceso de demencia» o «persona colérica». De furia derivan furor, furioso...

Asimiladas en Roma a las Erinias griegas, las Furias (del griego furoi) encarnaban la venganza y el cas­tigo implacable, sobre todo para los crímenes de sangre cometidos dentro de la familia, el perjurio, el pecado de soberbia y el de desacato a los dioses. Se las representa con espanto­sas figuras, los ojos inyectados en sangre, vesti­das completamente de negro, aladas, con pies de bronce y largas víboras enroscadas en lugar de cabellos.

En cuanto a su nacimiento, varias son las explicaciones de los autores griegos. Según Hesíodo, fueron concebidas por la Tierra (Cea) a partir de las gotas de esperma y sangre vertidas por Urano al ser castrado por Crono; o hijas del río infernal Aqueronte y de la Noche, según Esquilo; o de la Tierra y las Tinieblas infernales (Ere­bo), según Sófocles. Estas diosas de la venganza son tres: Alecto la implacable, Tisífona la vengativa y Megera la maligna, la más 'furiosa' de todas ellas. Habitan en el infierno y allí torturan a las almas de los muertos impíos, a las que fustigan. Cuando, provistas de látigos y antorchas, salen al mundo de los vivos para perseguir a un criminal, éste, ate­rrorizado, sólo puede huir sin descanso hasta hallar una autoridad que lo libere de su crimen. Entonces, las Erinias o Furias son invocadas como Euménides o Benevolentes, para hacerlas propicias y trocar su ira en complacencia y su crueldad en piedad.

Algunas de las victimas de su per­secución implacable fueron el matricida Orestes y el parricida Edipo, o los her­manos Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, a los que enfrentaron entre sí hasta que se dieron muerte. Las Erinias tenían un templo en Atenas y se les ofrecían sacrificios florales y animales para aplacar su ira. Eran, de he­cho, los gendarmes a los que los dioses habían encomendado el mantenimiento del orden familiar, social y mora! frente al caos. Su doble poder jurisdiccional, entre los vivos y los muertos, hace de­cir a Heráclito que «las Erinias, ministras de la justicia, superan incluso al Sol, que nunca se sale de su órbita». Se llamaba también ménades, o furiosas, a las bacantes, mujeres poseídas de lo­cura violenta mientras practicaban el culto de Dioniso/Baco.

Pedro Monedero Ilustración: Sean Mackaoui

Lecturas recomendadas:

Las Euménides, de Esquilo. Edipo en Colona, de Sófocles.