El Vesubio

Herculano

Pompeya (erótica)

POMPEYA

1.- La historia

Situada en las laderas del Vesubio, a poca distancia del mar, probablemente, la antigua ciudad surgió a partir de un pequeño poblado existente ya en el siglo VIII a.C. alrededor de un asentamiento osco-campano fundado hacia el siglo VI a.C. que, gracias a la favorable posición geográfica, se desarrolló con gran rapidez. Desde la época de su fundación, Pompeya estuvo obligada a defenderse de los intentos hegemónicos de las poblaciones más poderosas de la zona. Con los cumanos de origen griego establecidos en todo el golfo de Nápoles, en el siglo VI estipuló un tratado de alianza para no caer en las manos de los Etruscos establecidos en Capua que, a pesar de ello, la dominaron desde el 525 hasta el 474 a.C., año en que fueron derrotados por los Griegos en la batalla de Cumas. Liberada del dominio etrusco, Pompeya pasó nuevamente a las manos de los griegos; la influencia de estas dos grandes civilizaciones es muy visible, ya en la arquitectura (de la primera, sin lugar a dudas, son testimonio los ejemplares de búcaros con inscripciones en etrusco hallados en la ciudad, mientras que es de origen claramente griego el llamado templo dórico del Foro Triangular), ya en la estructura urbana original y en el arte primitivo pompeyano. La ciudad luego fue tomada por los samnitas, población itálica procedente del interior de la región. En el siglo siguiente, las tropas romanas dieron comienzo a la campaña de conquista del territorio campano y, al final de las guerras samnitas (343 - 290 a.C.), lograron el predominio sobre toda la región. Derrotados los samnitas, en el marco del sometimiento de las ciudades del lugar a la potencia capitolina, los romanos concedieron a Pompeya la posición de socio, garantizándole el privilegio de mantener, no sólo el propio idioma, sino hasta las propias instituciones. A los años de florecimiento del periodo samnita, signados por la notable expansión urbanística de la ciudad y por el desarrollo de la arquitectura pública y privada dominada por la influencia del arte itálico, le siguió, en el siglo II, un periodo de crecimiento aún mayor determinado, ya por la situación de paz instaurada por los romanos, ya por las mejoras de las condiciones de comunicación y de comercio que se crearon después de la conquista romana: de este modo se produjo una ulterior ampliación de la ciudad, donde la arquitectura pública, imponente y conmemorativa, y la privada, fastuosa y refinada, se inspiraban en los cánones estéticos del arte romano. Sin embargo, el bienestar y la prosperidad no sofocaron la aspiración de Pompeya a la propia libertad e independencia: en el 91 a.C. la ciudad dio inicio, junto con otras comunas itálicas, a la guerra social contra Roma: el resultado de la rebelión no fue favorable para la ciudad vesubiana, que en el 89 a.C., primero fue asediada y luego ocupada por las milicias romanas guiadas por Sila. La derrota se tradujo para Pompeya en la pérdida total de la autonomía: transformada en municipio romano, fue gobernada hasta el 80 a.C. por un cuadriunvirato, y luego adoptó el estatuto de colonia romana con el nombre de Colonia Cornelia Veneria Pompeianorum y fue confiada a la guía de un senado local formado por personajes próximos a Roma. En poco tiempo la ciudad adquirió en todos los ámbitos de la propia vida las costumbres romanas, que se unieron y, poco a poco, reemplazaron las costumbres de origen itálico que por siglos habían dominado la vida pública y privada. De todas formas, no se trató de un paso brusco y traumático: al contrario, esta mutación progresiva, probablemente aceptada de buen grado por la mayor parte de la población, coincidió con el comienzo de un nuevo periodo de esplendor para la ciudad que, no sólo vio expandirse y desarrollarse aún más la propia economía y la construcción sino, al mismo tiempo, aumentar la propia riqueza y el propio refinamiento en el ámbito artístico. Sólo un episodio turbó esta próspera paz en la época imperial: en el 59 d.C., en la edad de Nerón, en el anfiteatro de Pompeya se desencadenó una violenta riña que vio a los pompeyanos enfrentados con los habitantes de Nocera. Según el testimonio del historiador Tácito, se trató de una "horrenda masacre" originada por fútiles motivos referidos al juicio sobre un grupo de gladiadores (bajo los cuales probablemente se ocultaban rivalidades entre las poblaciones itálicas, que ni siquiera el dominio romano había logrado sofocar por completo); luego de este hecho, "el senado prohibió por diez años a la ciudad ese tipo de reuniones". En cambio, fue un evento natural el que sacudió violentamente Pompeya en su dorado sopor de paz y de opulencia. En el 62 d.C. la ciudad fue conmovida y seriamente dañada por el terremoto que interesó una extensa zona de la región campana. Los pompeyanos supieron reaccionar con prontitud para recuperarse de la catástrofe, iniciando casi en seguida las obras de reconstrucción (sobre todo en la actividad edilicia privada) necesarias para adquirir otra vez el pasado esplendor y la prosperidad que ya desde hacía siglos la distinguían. Pero el 24 de agosto del 79 d.C. llegó la espantosa erupción del Vesubio a poner fin definitivamente a su destino. Pompeya, que por una trágica ironía de la suerte se había desarrollado justamente en un terreno fertilísimo originado por un río de lava generado siglos atrás por el volcán, a diferencia de Herculano y de otros centros habitados de la zona (que fueron sumergidos por un río de fango propiamente dicho), fue acometida por una nube de proporciones gigantescas formada por gases venenosos, cenizas, chispas y piedras incandescentes que sepultaron monumentos y seres humanos bajo una capa de detritos de más de siete metros de altura. Literalmente borrada de la faz de la tierra por la furia devastadora del volcán, descrita con trágico realismo en una carta a Tácito de Plinio el Joven, testigo directo del desastre, la ciudad quedó por siglos enterrada y olvidada por la historia: hacia comienzos del 1600, con motivo de los trabajos de excavación de un canal, se descubrieron rastros de antiguos edificios que, a pesar de todo, nadie pensó en atribuir a la ciudad desaparecida. En la primera mitad del siglo siguiente, luego de algunos hallazgos fortuitos, la memoria de Pompeya pareció volver de improviso al candelera, tanto es así que en 1748, por orden de Carlos de Borbón, tuvieron inicio las primeras excavaciones sistemáticas. Continuadas en los años sucesivos con finalidades y empeño bastante variables, las obras de excavación, llevadas a cabo con método científico y riguroso sólo a partir defines del siglo pasado, trajeron a la luz más de sesenta hectáreas de la superficie sobre la que Pompeya debía de extenderse en el momento de la catástrofe. Las búsquedas arqueológicas continúan aún hoy, con la doble finalidad de conservar lo que ya se ha hallado y de realizar nuevos descubrimientos. Esa misma ceniza que había sofocado a los pompeyanos en su desesperado intento de fuga o en el igualmente vano intento de refugiarse en los lugares más recónditos de los edificios (de lo que quedan como penosos testimonios los calcos de los cuerpos realizados en edad moderna) y que había provocado la muerte de Pompeya, paradójicamente, ha preservado hasta nuestros días al menos una parte de la vida de esta gran ciudad, protegida por murallas que se articulaban por aproximadamente tres kilómetros, próspera, vivaz, populosa y transitada, en la que abundaban hoteles, hosterías, estaciones de correos, tiendas de todo tipo, grandiosos edificios públicos, templos y casas privadas, desde las más modestas hasta las más lujosas y elegantes.

2.- La pintura

Un elemento esencial de la decoración, la pintura, revestía en Pompeya una importancia de primer orden, como se puede observar visitando las ruinas y admirando las numerosas obras que aún adornan los ambientes originales. Con una acertada decisión, a partir de una determinada época, los arqueólogos prefirieron dejar en el lugar las pinturas halladas, en vez de separarlas de las paredes y transferirlas a los museos, permitiendo así apreciar de manera más completa su refinación y su gusto. La pintura pompeyana se divide en cuatro estilos que abarcan distintas franjas temporales. En el primer estilo, situado cronológicamente entre el 150 y el 80 a.C. y llamado "de incrustación", aparece una decoración que retoma los elementos constructivos característicos de la arquitectura pública y privada: las paredes se adornan con zócalos, pilares, columnas o frontones de estuco pintado con colores vivaces. Esta pintura tiene sus orígenes en la greco-helenística. También en el segundo estilo, que tuvo su difusión, aproximadamente, entre el 80 a.C. y el final del periodo augústeo, y llamado "arquitectónico", aparecen numerosos elementos de la arquitectura que, sin embargo, ahora se juegan fantasiosamente en perspectivas, a veces audaces, y sobre varios planos que evocan inmediatamente los complejos escenarios utilizados en el teatro de la época para crear la ilusión de espacios más amplios o, incluso, abiertos hacia el exterior: típicas de este estilo son las espléndidas pinturas que representan paisajes o jardines poblados de animales y ornamentados con fuentes que "duplican" el espacio real, proyectándolo en un fascinante mundo imaginario. Decididamente menos tendiente a la ilusión óptica es el tercer estilo, conocido como "egiptizante" y presente en el periodo que va de los años que siguieron a la muerte de Augusto (14 d.C.) al 62 d.C., cuando la ciudad fue asolada por el sismo. Aquí, las estructuras arquitectónicas pierden el papel de primer plano que tenían antes, y se transforman en marcos que encuadran las escenas pictóricas centrales, que representan personajes o episodios tomados generalmente de la mitología, con un contorno de otras pinturas, muchas veces en miniatura, en las que aparecen figuras humanas o mitológicas y vistas paisajísticas decoradas con ornamentos de inspiración egipcia. Luego, hasta la erupción del 79 d.C., en Pompeya domina el cuarto estilo, el ornamental: se trata de un arte que se caracteriza por el uso de colores muy vivos, que retoma varios elementos típicos del segundo y del tercer estilo, en los que prevalecen los motivos fantásticos, ilusionistas y mitológicos, acompañados por una ornamentación sumamente rica que refleja fielmente el lujo y la elegancia de las moradas en las que aparece.

3.- La escultura

Otra expresión artística de gran importancia en la decoración de los edificios de la ciudad era la escultura, que ha restituido con las excavaciones obras de gran valor y belleza. Entre los materiales utilizados se destacan el mármol y el bronce, aunque están acompañados por materiales menos "nobles", como la toba, la caliza y la terracota. El arte estatuario pompeyano está formado, principalmente, por obras de pequeñas dimensiones que se utilizaban en gran medida para decorar los distintos ambientes de las casas privadas. Por ello, a propósito de Pompeya, se habla con mayor propiedad de escultura artesanal y no artística, por cierto no para desmerecer el valor, justamente artístico de las obras halladas, sino más bien para subrayar el carácter estrictamente ornamental de la producción de esculturas de la ciudad campana, que en ello respondía adecuadamente a las exigencias de esa franja acaudalada de la población que encargaba las obras. En la pequeña plástica pompeyana, generalmente inspirada en el arte escultórico helenístico, no es raro encontrar piezas que alcanzan niveles de inesperada refinación, como el célebre bronce del Fauno danzante, que decoraba el impluvium de la casa del mismo nombre, excepcional por la elegancia del movimiento y la suavidad de los miembros. Siempre de bronce son las otras dos obras de mayor valor de este arte estatuario "menor": el joven Sátiro ebrio, en el que el realismo se funde con la delicadez del toque artístico, y el dinámico grupo del Jabalí atacado por los perros. De todas formas, junto a estas esculturas ornamentales no faltaban ejemplares de dimensiones mayores, que debían de cubrir un papel religioso o conmemorativo; entre estas obras figura un cierto número de copias de valiosos originales griegos, como el Apolo que toca la cítara, quizás una copia del original de Fidias, el Efebo de bronce descubierto en la Calle de la Abundancia, cuyo original ático los estudioso ubican en el siglo V a.C., la grandiosa copia marmórea del Dorífora de Policleto o, aún, las animadas figuras de Apolo y Artemisa que empuñan lanza, halladas en el templo de Apolo. Una cierta difusión tuvo también en la Pompeya romana el arte del retrato, generalmente funerario o conmemorativo: ejemplos notables son el realista retrato del rico banquero Lucio Cecilio, el del actor de teatro Cayo Norbano Sorice, impregnado de una profunda expresividad o, aún, la estatua en actitud marcial del tribuno Marco Olconio Rufo, uno de los ciudadanos más importantes de Pompeya, obra de tinte oficialista en la que, sin embargo, se notan numerosas concesiones del artista a la refinación de la decoración.

4.- El mosaico

En Pompeya, el arte musivo es el digno acompañamiento del arte pictórico. A las pinturas parietales se unen, en numerosos edificios, sobre todo en las casas privadas más elegantes y lujosas, mosaicos que interpretan con gran originalidad los dictámenes artísticos en los que se inspira la pintura. Por este motivo, incluso dentro del arte del mosaico pompeyano se suelen distinguir diferentes estilos que corresponden, aproximadamente, a los distintos periodos históricos. Para la decoración musiva, que puede ser, tanto parietal como pavimental, se utilizaban distintos materiales, desde los más simples y humildes fragmentos de terracota hasta las teselas de piedra blanca o negra o las de pasta de vidrio. Los mosaicos paviméntales más antiguos de Pompeya datan del periodo anterior a la ocupación militar de las tropas romanas de Sila: en los pisos, primero se esparcía una capa de cal, y luego se recubrían con pequeños fragmentos de terracota o ladrillos, formando un revestimiento bastante sencillo y sobrio. En algunos casos, para volver más dinámico el efecto, entre la terracota se colocaban teselas blancas o negras acomodadas de modo que se formaba un motivo geométrico. Al mismo periodo se remontan ejemplares de mosaico en los que, en el interior de un revestimiento uniforme, aparecen pequeños recuadros formados por teselas policromas que representan escenas inspiradas en la naturaleza. A la primera edad de la Pompeya romana pertenecen los mosaicos en los que, como en la pintura del mismo periodo, se da preferencia a los esquemas de perspectivas audaces y a los efectos ópticos ilusionistas: en estas obras se utilizaban teselas policromas que los artistas unían sabiamente creando los matices de color necesarios para dar vida a las composiciones más originales. Luego, el gusto vuelve a la simplicidad geométrica que caracteriza los primeros mosaicos y a la elegancia sobria y refinada de la decoración en blanco y negro: las distintas figuras, geométricas y no, están enmarcadas por cenefas ornamentales de varios temas. Para concluir, la última fase del mosaico pompeyano refleja perfectamente el estilo ornamental que domina la pintura contemporánea: en las coloreadísimas composiciones se entrecruzan así la decoración fastuosa (mosaico de Alejandro) y las figuraciones fantásticas y mitológicas, las escenas de caza o de navegación, los motivos vegetales y zoomorfos (mosaico del perro guardián) que enriquecen, ya no sólo los pisos, sino también las paredes de las casas y de algunos edificios públicos (en primer lugar, las termas, las fuentes y los ninfeos de los jardines en un triunfo de vivacidad y de lujo.

5.- La arquitectura

Mientras desde el punto de vista de la construcción pública, por otra parte rica y variada, Pompeya refleja de manera bastante fiel los cánones arquitectónicos que también se encuentran en otras ciudades itálicas, desde el punto de vista de la construcción privada ofrece un vasto panorama, único en su tipo, que permite observar las diferentes tipologías constructivas que se subsiguieron a través de los siglos, desde la época pre-samnita hasta la imperial que acabó en la catástrofe del 79 d.C. La importancia de los hallazgos de casas y villas privadas en la zona urbana y suburbana de Pompeya tiene un carácter dúplice relacionado, por un lado, con el descubrimiento de los distintos materiales empleados, de las distintas soluciones constructivas y de los diferentes estilos que se pueden individualizar en los edificios y, por el otro, con la ilustración de la vida privada y social de los ciudadanos, que se puede ver en su desenvolvimiento cotidiano, justamente a través de las estructuras arquitectónicas de casas, tiendas, villas lujosas y talleres. Los distintos periodos de la ciudad están marcados en el campo edilicio por el uso de distintos materiales, ya para la arquitectura pública, ya para la privada. Los edificios más antiguos, que se remontan al periodo anterior a la conquista de los samnitas, fueron realizados utilizando los materiales disponibles en el lugar, especialmente la arenisca y la toba: en general, muestran un carácter decididamente sencillo, que debía obedecer principalmente al criterio de la funcionalidad. Al lado de la toba y de la arenisca, en el periodo itálico aparecen materiales de construcción de origen lávico, éstos también fácilmente localizables en el lugar: las soluciones constructivas adoptadas, aún manteniendo un carácter sobrio, reflejan una mayor atención al aspecto estético y denotan una cierta influencia de origen helenístico. Los dos tipos de morada privada, la pre-samnita y la itálica, se desarrollaban en torno a un atrio central, flanqueado en los extremos por ambientes llamados alae y cubierto por un techo a cuatro aguas inclinadas hacia el interior que, gracias a una abertura central (compluvium), aseguraba la iluminación de la casa y el abastecimiento de agua pluvial, que se recogía en una pila colocada debajo (Impluvlum), en comunicación con una cisterna, En torno a la corte, donde antiguamente se ubicaba el hogar y donde se encontraba el altar de los Lares, se organizaban los otros ambientes (cobicula): en el fondo se abría el tablinum, que antiguamente era la habitación nupcial, y luego la sala de recepciones, desde la que se podía acceder al hortus, un jardín de modestas dimensiones. A partir de la conquista romana, las construcciones, en las que se utilizaban materiales locales, pero también ladrillos, se vuelven cada vez más complejas y articuladas. Los atrios se vuelven múltiples, aparece el peristilo de gusto estrictamente griego sobre el que se abren los distintos ambientes domésticos, entre los que se encuentran nuevas salas destinadas a la recepción y al reposo; se vuelve común el triclinium, él también de derivación griega, donde se consumen las comidas; el pequeño hortus se transforma en muchos casos en un amplio jardín cultivado, con frecuencia embellecido con estanques, fuentes y esculturas. En la época imperial, el gusto por la decoración y la fastuosidad da vida a casas lujosas y a verdaderas villas. Decididamente más modestas eran, en cambio, las casas ocupadas por las clases menos pudientes, que con frecuencia estaban dispuestas como las modernas casas adosadas y, en algunos casos, eran de varios pisos.

ESQUEMA TÍPICO DE LA "DOMUS POMPEYANA"

1) "COMPLUVIUM" - abertura en el techo para dar luz y hacer entrar el agua de la lluvia en "Impluvium". 2) Piso superior al que se accede mediante la escalera del lado del atrio.
3) "ATRIENSIS" - Custodio de la casa y vigilante del ingreso ("Vestibulum" y "Fauces"). 4) "CUBICULA" - habitaciones para el reposo. 5) "ALAE" - zonas de estar a ambos lados del atrio. 6) "TRICLINIUM" - comedor con tres camas especiales alrededor de la mesa (fijas de mampostería o móviles). 7) "CULINA" - cocina comedor con: "Lararium" para los Lares, es decir, los dioses tutelares de la casa; patio de servicio; "Apotheca", o sea, la despensa y horno. 8) "BALNEUM" - baño con locales y agua a distintas temperaturas ("Frigidarium", "Tepidarium" y "Calidarium"). 9) "CYNAECEUM"-departamento femenino. En numerosas casas, esta zona, como la de la servidumbre y la de los huéspedes, tenía ingreso y atrio propios, conectados a la zona donde se dejaban los animales y las carrozas. 10) Segundo "PERISTYLIUM" con un gran jardín, casi siempre presente en las moradas mayores. En mayor medida que el primero, este jardín estaba enriquecido con un canal con chorros de agua y peces ("Euripus"), con templetes ninfeos, con fuentes y estatuas de divinidades, pérgolas ("Vitea Tecta") y triclinios para el almuerzo al aire libre. 11) "OECUS" y "DIAETAE" -salas de estar que daban al gran jardín. La casa casi siempre tenía un ingreso secundario o de servicio ("Posticum"). 12) Triclinios para las distintas estaciones, o "OECI", "EXEDRAE", otras salas de estar distribuidas en torno al segundo peristilo más amplio. 13) "VIRIDARIUM" -jardín con fuentes y estatuas y, a veces, con el huerto de la casa ("Hortus"). Todo alrededor, la columnata cubierta ("Peristylium"). 14) "AIMDRON" - corredor de acceso. 15) "IMPLUVIUM" - pila para recoger el agua de lluvia, en el centro del atrio ("Atrium"). Al lado de la pila, la mesa sacra junto a la urna ("Cartibulum" con "Situla").

6.- Puerta Marina

Las fortificaciones de Pompeya están bastante bien conservadas, así que podemos reconocer el perímetro completo y las características estructurales. Varias veces reformadas y modificadas desde el siglo VI al I a.C., se presentan con el aspecto que tuvieron en la edad samnita, con doble cortina de bloques cuadrados reforzada en su interior por pilares y por un terraplén de socalce, al que se le agregaron, en la última fase de la construcción, las torres cuadrangulares realizadas con cemento. Faltan sólo las partes superiores, que debían de estar coronadas con el adarve y las almenas. En coincidencia con las principales vías de comunicación se abren las puertas que presentan un paisaje más o menos profundo, y muchas veces dividido en dos sectores en sentido longitudinal. La Puerta Marina, la Puerta Stabiana, la Puerta Nolana, la Puerta Herculana, nos dan, por su estado de conservación, una idea muy clara del aspecto original, mientras que otras puertas, aunque son muy interesantes, en el momento de las excavaciones se encontraron semidestruidas (Puerta Vesubio y Puerta de Sarno). En efecto, en la edad romana, salvo alguna reforma y adaptación, los muros y las puertas de Pompeya no fueron objeto de cuidados particulares, visto que ya no se los consideraba funcionales, es más, eran superfluos, puesto que no se preveía su utilidad en el clima histórico de la Pax Romana. Una gran parte fue demolida o sirvió para la construcción y se incorporó a las casas y a las villas que surgían al margen de la ciudad. Por el mismo motivo, los daños del terremoto del año 62 ya no fueron reparados.

7.- Villa suburbana

Una villa suburbana que se encuentra al lado de la Puerta Marina, también llamada (aunque sin fundamento) "Villa Imperial", fue construida utilizando un sector de la muralla cuando ésta ya no tenía ninguna función defensiva, y está dispuesta en terrazas, en una posición que permite disfrutar del panorama circundante. Semidestruida por el terremoto del año 62 d.C., muestra aún los rastros de su compleja y articulada arquitectura. Un largo pórtico, con pinturas del tercer estilo, cerraba la zona del jardín y daba acceso a la zona de estar con dormitorios, a una sala triclinar, y a ambientes menores. La sala triclinar, precedida por un vestíbulo y flanqueada por pasillos, es uno de los ambientes cubiertos más amplios que se conozcan en la construcción pompeyana: contiene una refinada decoración pintada con escenas de los mitos de Teseo y de Ícaro. La villa no está aún completamente desenterrada, y debía de ser muy vasta y rica, con otros cuartos con pórticos y jardín, de los que se conoce sólo una parte.

8.- El Foro

En Pompeya, el centro de la vida ciudadana era el Foro, amplia plaza rectangular, alargada de norte a sur, con pórticos de distintas épocas sobre tres lados y edificios públicos todo a su alrededor. Aquí se desarrollaban, en su mayor parte, las actividades políticas y religiosas, aquí los pompeyanos se reunían y se encontraban para llevar a cabo sus negocios o sólo para pasar el tiempo libre. Un rápido vistazo a los edificios del Foro hará comprender mejor la vida compleja y animada que cotidianamente lo movilizaba.
En el fondo de la plaza, hacia el norte, se yergue el templo de Júpiter, que era el lugar de culto más importante y en donde, junto al padre de los dioses y de los hombres se veneraban Juno y Minerva, la tríada tradicional de la religión romana.
Surgido ya en la época samnita, en el siglo II a.C,, luego fue transformado por los romanos en el Capitolium de la ciudad. Es un templo de tipo itálico, sobre un alto podio, con la cela precedida por un profundo pronaos; en la parte delantera está el altar de sacrificios. A ambos lados del templo hay dos arcos erigidos en honor de personajes de la familia imperial, que no sabemos identificar con certeza. En el lado occidental de la plaza se encuentran los graneros públicos (harrea), la sede del tesoro municipal, el lugar para el control de las medidas (mensa ponderaría) y el lado del área sacra donde se encuentra el templo de Apolo. Éste es un lugar de culto que se remonta, al menos, al siglo VI a.C., pero hoy lo vemos con el aspecto que adquirió en la edad samnita, con remodelaciones del periodo romano. Al sur del Foro están los edificios de la administración pública, la sede de los duunviros, los más altos magistrados de la ciudad, la de los ediles y la Curia, donde se reunía el que hoy llamamos concejo comunal. A poca distancia está el Comitium, área destinada al desarrollo de las operaciones electorales. Sobre el lado oriental de la plaza se encuentra el edificio que la sacerdotisa Eumaquia hizo construir a sus expensas para transformarlo en la sede de una de las más florecientes corporaciones de Pompeya, la de los fallones, fabricantes y lavanderas de las telas de lana; luego encontramos un pequeño templo dedicado, según parece, al emperador Vespasiano, y el santuario de los Lares públicos. Más adelante encontramos el Macellum, gran mercado con tiendas y un templete dedicado al culto imperial. Además, en las proximidades de la plaza hay otros edificios públicos: el templo de la Fortuna Augusta, destinado a un culto característico del mundo romano de la edad imperial, las termas del Foro y la Basílica.

9.- La Basílica

Si, en términos modernos, el Foro era la "city" de Pompeya, la Basílica era, sin lugar a dudas, su Bolsa, el corazón por excelencia de las actividades económicas, pero también de los pleitos jurídicos, civiles y comerciales de la ciudad.
El edificio que la albergaba, el más grandioso y solemne de los monumentos públicos pompeyanos, surgió en la esquina sudoeste del Foro hacia fines del siglo II a.C., como lo testimonian algunas inscripciones en lengua osco-samnita descubiertas en el lugar. De planta rectangular, la Basílica se extendía sobre una amplia área de 55 por 24 metros y tenía la entrada principal, precedida por un vestíbulo de pórtico sin cobertura y realzada con respecto al nivel de la plaza, insólitamente situada sobre uno de los lados cortos del rectángulo, el que se encuentra apenas detrás del pórtico del Foro; otras dos entradas secundarias se hallaban en el centro de los lados largos. Una vez superado el ingreso, el interior se abría subdividido en tres naves distintas: la central, la más amplia, estaba rodeada por robustas columnas revestidas de estuco, mientras que a lo largo de las naves secundarias había una hilera de semicolumnas jónicas, en su origen decoradas con un segundo orden de semicolumnas corintias superpuestas a las primeras. El lado corto, situado frente al ingreso, estaba ocupado por el tribunal, la zona reservada a los jueces de la Basílica, elevado sobre un podio. Después del terremoto del 62 d.C., que lo comprometió gravemente, el edificio fue dejado en estado de abandono.
1) La Basílica
2) vista panorámica

10.- Templo de Apolo

Desde la Basílica, prosiguiendo hacia el norte a lo largo del lado occidental del Foro, se encuentra el templo de Apolo, solemne construcción que, en su conjunto, se remonta aproximadamente al siglo II a.C. En realidad, como se dijo antes, el culto apolíneo está atestiguado en Pompeya, al menos desde el siglo VI a.C., como lo demuestran los numerosos objetos de la época encontrados en la zona del templo: no obstante, el edificio que ha llegado hasta nuestros días fue erigido sólo más tarde, y a lo largo de los siglos sufrió numerosas e importantes modificaciones; las últimas, en orden cronológico, fueron las que siguieron al terremoto del 62 d.C., que también afectó duramente esta construcción. El área sacra estaba ceñida, en su origen, por un majestuoso pórtico sostenido por 48 columnas jónicas, sobre las que se apoyaba un arquitrabe dórico que, a su vez, sostenía un segundo orden de columnas más pequeñas: después del sismo, la obra de los estucadores transformó las columnas del orden inferior en corintias y el arquitrabe recibió una nueva decoración a festones; en cambio, las columnas superiores fueron eliminadas. En el centro de la zona definida por el pórtico se yergue el corazón del templo, la cela, elevada sobre un alto podio rodeado de columnas corintias, seis en el frente y nueve en los lados largos, y precedida por una gradería. Aquí debía de estar custodiada la estatua del dios, pero de la misma ha llegado hasta nosotros sólo la base, apoyada sobre el piso decorado con motivos policromos. A los pies de la gradería que conduce a la cela se encuentra el ara sacrificial, de un bello mármol travertino blanco, en la que se ha descubierto una inscripción que se remonta a los primeros años de la Pompeya romana. A la izquierda se yergue una candida columna jónica, que antiguamente sostenía un reloj de sol. En el interior del pórtico se han encontrado estatuas de divinidades, algunas probablemente procedentes del vecino templo de Venus: en cambio, seguramente pertenecientes al templo de Apolo son las estatuas broncíneas de Apolo y de Artemisa con saeta, transferidas al Museo Arqueológico de Nápoles y reemplazadas aquí por copias.

11.- Las calles

Pompeya ofrece una documentación singularmente completa del aspecto que presentaban las calles de las ciudades romanas, y muestra el cuidado con el que se las realizaba. Las calles están pavimentadas con un típico empedrado de grandes bloques poligonales de distintas formas y dimensiones; en cambio, las áreas de grandes dimensiones se presentan de otra manera: el Foro triangular y la zona situada entre el Anfiteatro y la Palestra no están pavimentadas, mientras que la pavimentación de la plaza del Foro civil, varias veces reformada, es de lajas regulares cuadrangulares. También merece destacarse el hecho de que a veces se encuentran bloques colocados de través, para impedir el paso en ese punto. Además, es característica la presencia, bastante frecuente, de grandes piedras colocadas de un lado a otro de la calle, que permitían a los peatones atravesar sin mojarse, cuando el agua de la lluvia invadía la calzada, entre una piedra y otra queda un estrecho espacio para el paso de los vehículos. En verdad, el sistema cloacal de Pompeya era muy limitado e insuficiente para eliminar todas las aguas pluviales, como así también las residuales. Además de ello, una clara demostración del intenso tráfico ciudadano son los surcos, a veces muy profundos, que el constante paso de los vehículos ha marcado con las ruedas en el pavimento de las calles.
Las calles, normalmente, están flanqueadas por aceras. Éstas son de diferentes anchuras y con distinta pavimentación; adelante de la entrada de las casas más ricas y de estructura más noble, el pavimento es muy esmerado, con una mezcla de fragmentos de cerámica y cal, obra sígnica u obra musiva. En muchos sitios, en el cordón de la acera hay cavidades en las que se fijaban palos de madera destinados a sostener cobertizos o entoldados adelante de casas o tiendas.

12.- El Foro Triangular

La amplia plaza, que acostumbramos llamar Foro Triangular, reúne en torno a sí otros edificios monumentales de Pompeya, los dos teatros y la palestra samnita; además, en el centro del área se encuentran los restos de un templo, erigido según el modelo de los templos griegos, de orden dórico.
Éste se remonta, en su primera estructura, al siglo VI a.C., y es la atestiguación de los contactos que Pompeya ya tenía en esa época con las ciudades griegas de la Italia meridional, sobre todo con Cumas. El templo sufrió remodelaciones sucesivas, especialmente en el siglo IV-III a.C., pero quizás luego fue abandonado, y en la edad romana se redujo a un simple sacellum o capilla. No conocemos con certeza la o las divinidades a las que estaba dedicado pero, al menos en su último periodo, debían de venerar a Hércules y a Minerva. El Foro Triangular presenta, en su conjunto, una noble arquitectura de la edad samnita, con un vestíbulo de altas columnas jónicas y un pórtico dórico que rodea la plaza.

13.- Teatro y Anfiteatro

En Pompeya ya había un edificio para espectáculos teatrales alrededor del siglo V a.C.: era de estructura muy sencilla y se había realizado utilizando la pendiente natural del suelo, según el modo griego, y con el escenario de madera. Pero, con el pasar de los siglos, fue reestructurado varias veces. En la edad samnita se construyeron los asientos de toba para los espectadores y, en la edad romana, se ensancharon las gradas y se construyó el escenario de mampostería, con un frente escénico arquitectónicamente articulado imitando los teatros que surgían en las grandes ciudades de Italia y del Asia Menor. Muchos de estos trabajos se debieron a la munificencia de ilustres ciudadanos pompeyanos, como M. Antonio Primo, M. Olconio Rufo, M. Olconio Célere. El teatro hoy se nos presenta con su última reforma de la edad augustea. La cávea con los puestos para los espectadores está sostenida, en parte, por un pasillo cubierto; en las alas se encuentran los tribunalia reservados a las personas de mayor importancia. El plano de la orquesta, que ya no estaba destinado, como antes, a la acción de los actores, también estaba ocupado por los espectadores. El escenario consiste en un bajo palco, donde se actuaba, y en un majestuoso foro con hornacinas, templetes y tres puertas que se abrían al modo de la fachada de un palacio, columnas, tímpanos y estatuas, embellecían la estructura. El teatro podía contener unos cinco mil espectadores. Detrás del escenario se encuentra una zona cuadrada con pórticos, donde se detenían los espectadores y se refugiaban en caso de mal tiempo. Al lado del teatro se yergue el Odeón, edificio de formas similares, pero más pequeño, destinado a manifestaciones artísticas que atraían menos público, como las audiciones musicales, los recitales de poesía, los mimos, y podía contener menos de mil personas. Fue restaurado alrededor del 80 a.C. por los duunviros C. Quinzio Valgo y M. Porcio, y no sufrió otras remodelaciones.
Las gradas se conservan muy bien y constituyen un noble ejemplo del gusto helenístico tardío que florecía en Pompeya, como en otros lados, en los dos últimos siglos antes de Cristo. Interesantes documentos de la escultura de esta época son los telamones de toba que adornaban el extremo de la cávea. En la misma época, y a cargo de los mismos duunviros, fue construido el Anfiteatro, capaz de contener aproximadamente veinte mil espectadores, que es el más antiguo de los anfiteatros romanos que conocemos. El edificio, en parte está construido dentro del terreno, carece de subterráneos, y se accede a las gradas mediante escaleras exteriores. Por lo tanto, no encontramos aquí esa complejidad estructural que caracteriza los anfiteatros de la primera edad romana imperial
Al lado del Anfiteatro hay una gran palestra rodeada de pórticos y con una piscina en el centro: aquí se ejercitaban los gladiadores y muchos grafitos lo demuestran.