LA ATLÁNTIDA
1. El
mito, 2. La
búsqueda de la Atlántida.
1. EL MITO.
La historia de la isla de la Atlántida llega primero con los dos
diálogos de Platón
El Timeo y Critias. La historia de Platón se centra en torno a Solón, un gran
legislador griego y poeta que viajó a Egipto unos 150 años antes. En la ciudad
egipta de Sais Solón recibió de los sacerdotes la historia de la Atlántida . Los
sacerdotes recibieron bien a Solón porque respetaban su reputación. Ellos
también respetaban a los Atenienses, a los cuales estimaban como parientes,
porque ellos creían en su deidad Neith por ser la misma deidad de los griegos a
la que llamaban Atenea. Por lo tanto se creía que ella era la madrina y la
protectora de los griegos y los egipcios.
La historia que contaron los
sacerdotes a Solón era desconocida para él. De acuerdo con los registros del
antiguo templo egipcio, los atenienses pelearon en una guerra agresiva contra
las reglas de los atlántidas unos nueve mil años antes y ganaron. Aquellos reyes
o gobernantes antiguos y poderosos de la Atlántita formaban una confederación
con la cual controlaban la Atlántida y también otras islas. Ellos empezaron una
guerra desde su tierra natal en el Océano Atlántico y enviaron tropas de ataque
contra Europa y Asia. Contra este ataque los hombres de Atenas formaron una
coalición venida de toda Grecia para hacerlo frente. Cuando esta coalición
encontró dificultades, sus aliados desertaron y los atenienses pelearon solos
por la derrota de los gobernantes atlánticos. Ellos pararon una invasión de su
propio país así como también liberaron a los egipcios y pasado el tiempo a casi
todos los países que estaban bajo el control de los gobernantes de la Atlántida.
Poco después tras su victoria, incluso antes de que los atenienses volvieran
a casa, la Atlántida sufrió un catastrófico terremoto y una inundación hasta que
desaparecieron bajo el mar. Todos los hombres valientes fueron tragados del día
a la noche de acuerdo con la leyenda. Este es el porqué de que los egipcios
siempre estuvieran agradecidos a los atenienses. La historia de Platón también
dice la historia de la Atlántida con la cual se muestra cómo los gobernantes
destruían cualquier estado que quisieran conquistar. Esta historia ha sido
registrada en las notas de Solón las cuales pasaron por su familia.
De
acuerdo a las notas de Solón, la historia de la Atlántida empieza en el
principio del tiempo. Era cuando los dioses inmortales se dividían el mundo
entre sí y cada uno gobernaba su parte. El dios Poseidón
recibió a la Atlántida, una isla más grande que Libia y Asia juntas. Él eligió
por mujer a la mujer mortal Clite con la cual comenzó la familia real de la
Atlántida. Poseidón construyó la casa de Clite en una colina alta en el centro
de la isla. Desde la casa se veían las fértiles llanuras que eran bordeadas por
el mar. Para su amada esposa Poseidón dió protección alrededor de su casa con
cinco anillos concéntricos de agua y tierra. Él talló los anillos con la
facilidad y la habilidad de un dios. Hizo brotar fuentes de calor y frío desde
la tierra. Con el desarrollo de la futura ciudad sus descendientes nunca
carecerían de agua. Clite dió a luz a diez hijos de Poseidón, cinco pares de
chicos.Atlas fue el primer hijo del primer par de gemelos, que fue rey del vasto
territorio de su padre. Sus hermanos fueron nombrados príncipes y cada uno
gobernaba una gran sección del reino permaneciendo la casa de su madre en lo
alto de la colida y con las tierras rodeándola. Esto es lo que poseía Atlas.
Atlas se dió a sí mismo muchos hijos con la sucesión del trono pasando siempre
al hijo mayor.
Durante generaciones los atlántidas estuvieron apacibles y
tenían éxito. Casi toda la población necesitaban lasminas, campos y bosques de
la isla. Cualquier cosa que el reino no producía era importada. Esto era posible
gracias a un canal que se construyó con el cual se atravesaban todos los anillos
desde el océano al centro del reino o la acrópolis. De esta forma el palacio
real estaba cerca de la casa original de Poseidón y Clite. Cada éxito de los
reyes hicieron que se construyera un gran reino. Finalmente la espléndida ciudad
de Metrópolis y las ciudades exteriores de la Atlántida estaban detrás de un
gran muro exterior.
Poseidón asentó las leyes de la Atlántida según las
cuales todos los gobernantes eran iguales. El cuerpo del gobierno se reunía
regularmente. Consistía en diez gobernantes que estaban representados por los
primeros gobernantes, Atlas y sus nueve hermanos, que reinaron con poder
absoluto de la vida y la muerte sobre los demás asuntos. Ellos se reunían en el
tempolo de Poseidón donde los primeros gobernantes inscribieron las leyes en un
pilar del oráculo. Primero, tal y como era requerido por la antigua ceremonia,
se intercambiaban compromisos. Luego un se capturaba y mataba un toro sagrado.
El cuerpo se quemaba en un sacrificio al dios. La sangre se mezclaba con vino y
se vertía sobre el fuego como un acto de purificación para cada hombre. A los
gobernantes se les servía vino en copas doradas, cada uno vertía un poco sobre
el fuego y hacía el juramento de juzgar según las leyes inscritas. Cuando
terminaban su voto bebían de su vino y dedicaban su copa al templo. Esto
continuaba con una cena, en la cual los gobernantes estaban vestidos con
magníficas túnicas azules, en la que juzgaban asuntos concernientes al reino de
acuerdo con las leyes de Poseidón.
Mientras tanto ellos juzgaban y vivían
según las leyes de Poseidón y el reino prosperaba. Los problemas empezaron
cuando se empezaron a olvidar las leyes. Muchos de los gobernantes se casaban
con mortales y hacían su vida como los estúpidos humanos. Pronto los gobernantes
mostraron codicia por más poder. Luego Zeus vió lo que les estaba pasando a los
gobernantes. Ellos habían abandonado las leyes de los dioses y actuaban como
hombres en una malvada coalición. Él se reunió con todos los dioses del Olimpo y
ellos pronunciaron el juicio sobre la Atlántida. Es justo aquí donde la historia
de Platón se detiene.
Si Platón tenía la intención de contar el final de la
historia de la Atlántida eso no lo sabe nadie. Tampoco se sabe si Platón creía
en la existencia real de la isla o si era un reino puramente mítico. Muchos han
dicho que Platón creía en la existencia de la isla porque él dió muchos detalles
en su descripción, mientras que otros dicen que la historia es pura ficción y
que Platón así podía dar tantos detalles como quisiese. Pero esto no prueba
nada. También surge la duda sobre el periodo de tiempo en el que se desarrolla
la historia. Solón escribe que la isla existían 9.000 años antes. Este tiempo
sería en la Edad de Piedra. En este periodo es difícil imaginarse el tipo de
agricultura, arquitectura y sistemas de navegación por mar que se describen en
la historia. Una aclaración sobre este periodo de tiempo es que Solón podría
haber malinterpretado el símbolo egipcio para "100" y "1000". Si este fuera el
caso entonces la Atlántida habría existido 900 años antes. Esto situaría a la
Atlántida en la Edad de Bronce en la cual se poseían las herramientas necesarias
para llegar al desarrollo que se describe en la historia.
Para corroborar
esta teoría de los 900 años, está la evidencia geológica de que alrededor del
año 1500 antes de Cristo hubo una gigantesca erupción volcánica que causó que la
mitad de las islas se hundieran en el mar. También se dice que se hundió una
ciudad en la Bahía de Nápoles. Al mismo tiempo han sido localizados en la zona
varios balnearios ricos y lujosos. Cuando se narra la historia de la Atlántida
es fácil llegar a ver cómo una de esas ciudades podría ser asociada a ella. La
historia aún cautiva a muchas personas, tanto que se han realizado muchas
excavaciones arqueológicas para encontrar alguna evidencia de la existencia de
la Atlántida, tal y como exponemos a continuación.
2. LA BÚSQUEDA DE LA ATLÁNTIDA.
(Esta información ha sido sacada de "De nuevo la Atlántida" en:
Espacio y Tiempo, nº 2, abril 1991, pp. 40-50).
César Luis de Montalbán,
explorador y viajero incansable, profundizó como pocos en la
historia y leyendas de Asia y América, y en los conocimientos más
secretos de sus sacerdotes y magos. Producto de todo ello fue su
convencimiento absoluto acerca de la existencia del mítico continente.
Durante uno de sus viajes a Egipto, Montalbán convivió con sacerdotes del
alto Nilo, quienes le confesaron ser descendientes de los atlantes, ya que éstos
llevaron a Egipto todos los conocimientos y logros de su civilización. Por
cierto, que tal afirmación coincide con el texto de un rollo de papiro que se
conserva en el Museo de San Petersburgo, escrito durante el reinado del faraón
Sent, de la II dinastía, donde se explican las investigaciones
ordenadas por el monarca y llevadas a cabo por una expedición en busca
de La Atlántida, por considerarla la tierra de sus antepasados.
En otra
ocasión, encontrándose en los Andes Orientales, Montalbán entró en contacto
con el más alto sacerdote, el "Pistaco" de aquellos territorios,
perteneciente a una dinastía inmemorial que conservaba la historia de su
estirpe y las más ocultas tradiciones de su pueblo. El enigmático
personaje, al escuchar del viajero una alusión a Jesús, replicó: "Es mi dios; el
dios de mis padres encamado en el culto atlante de lo, el habitante del templo
transparente". Profundamente impresionado Montalbán por las palabras del
"pistaco", insistió para que le contase cuanto supiera de La Atlántida; pero en
aquel momento fue inútil. Hubo de transcurrir mucho tiempo hasta que, con
ocasión de encontarse ambos a la vista de La Guardia (puerto de Venezuela), sin
solicitarlo pregunta alguna, el "pistaco" dijo con tristeza mirando las
olas espumosas del Atlántico: "Estas aguas cubren la sepultura de mis mayores,
que vivieron en la hundida tierra, la que está en el fondo del mar. Sus
habitantes fueron muy felices al principio; eran justos y sus ciencias
alcanzaron un progreso grande, pero luego llegaron al vicio y a la maldad.
Entonces, un día, la tierra oscilé, los picos fueron cubiertos por penachos
de fuego, y el mar furioso dejó sepultada para siempre La Atlántida, la
tierra de las artes y las ciencias, de las grandes ciudades con pirámides y
obeliscos, de los bellos templos transparentes de lo, la tierra de los
sabios que conocieron la verdad única".
No fue César Luis de Montalbán el
primero en obtener en América testimonios del continente sumergido: ya
Orellana, en el curso de sus conquistas y descubrimientos en tierras de
Venezuela, contemplé en manos de los aborígenes unos mapas donde
aparecía, perfectamente situado, el continente de La Atlántida, de donde
aseguraron provenir.
Por otra parte, en la "Historia Universal" de
Dextro, libro famoso entre todos los libros perdidos, prohibidos y condenados,
que pocos tuvieron el privilegio de leer, se encontraba - al parecer - la
relación completa de todos los monarcas atlantes que hubo en España,
quienes dieron pobladores a Irlanda, Escocia, Inglaterra y América, los
mismos que enviaron colonias a Asia y poseyeron parte de Africa, proporcionando
también reyes a los celtas y troyanos. España, en definitiva, aparecía en
aquellos tiempos como la cabeza de todo Occidente. Desgraciadamente,
esta joya bibliográfica desapareció misteriosamente, siendo sustituída por
la más conveniente "Historia" de Flavio Lucio, la cual, desde entonces, se
tuvo por la auténtica historia de Dextro.
Don Benito Arias Montano (1527-1598), políglota y heterodoxo
extremeño, maestro y sabio, fue uno de los pocos privilegiados que tuvo en
sus manos la obra; y no sólo éste, sino también otro libro de similar contenido
e igualmente prohibido y condenado: "El Cronicón" de Pedro Orador, de Zaragoza.
Arias Montano hizo partícipe de su sorpresa y emoción a Felipe II, y
éste le encargó escribir para la naciente biblioteca de El Escorial unos pliegos
sobre ambas obras, así como un epítome de los reyes hispano-atlantes, lo
cual resulta tan significativo como revelador. Una copia de estos escritos
fue llevada por Montano a su "Peña", sumándose así a los muchos secretos que el
gran maestro dejó sepultados para siempre en su querida y enigmática Peña de
Alájar.
Mario Roso de Luna, un ilustre extremeño astrónomo y escritor,
publicó en 1904 un primer estudio sobre la escritura ógnica en Extremadura,
defendiendo la hipótesis de la existencia de atlantes en esta tierra. En sus
páginas aparecieron también algunas fotografías de extraños caracteres, un
buen número de los cuales con forma de cazuelas, lo que indujo a Roso
a referirse a "una escritura de cazoletas", asegurando que la misma
correspondía a un enigmático pueblo de astrónomos muy anterior a iberos y
celtas, un pueblo misterioso que, según deducciones de Roso, sólo podía provenir
de la legendaria Atlántida.
Uno de los testimonios más
importantes acerca de la existencia de La Atlántida se debe a Heinrich
Schliemann (1822-1890), el célebre arqueólogo descubridor de Troya. Un
nieto de Heinrich, Paul Schliemann, publicó un artículo que causó cierto
escándalo en los medios científicos e intelectuales de la época; y no era
para menos. Su mismo título, "Cómo encontré la perdida Atlántida, fuente de toda
civilización", era ya suficiente para alborotar a los arqueólogos. Contaba el
autor del mismo que, días antes de morir su abuelo en Nápoles, en 1890, dejó un
sobre lacrado con la siguiente inscripción: "Este sobre sólo podrá ser
abierto por un miembro de mi familia que jure dedicar su vida a las
investigaciones que están bosquejadas y contenidas en él." Y en una nota
confidencial añadida al sobre lacrado añadía: "Rómpase el recipiente con
cabeza de lechuza. Exáminese el contenido. Concierne a La Atlántida.
Háganse investigaciones en el este de las ruinas del templo de Sais y el
cementerio del valle Chacuna."
El doctor Paul Schliemann efectuó en 1906 el
juramento requerido y rompió los sellos, encontrando en el interior del sobre
varias fotografías y documentos. En uno de ellos leyó: "He llegado a la
conclusión de que La Atlántida no era meramente un gran territorio entre América
y las costas occidentales de Africa y Europa, sino también la cuna de
nuestra civilización. En las adjuntas compilaciones se encontrarán las
notas y explicaciones, las pruebas que de este asunto existen en mi mente."
"Cuando en 1873 hice las excavaciones en Troya -relató Heinrich
Schliemann en uno de sus escritos- y descubrí en la segunda ciudad el
famoso "Tesoro de Príamo", encontré en él un hermoso jarrón con cabeza de
lechuza y de gran tamaño. Dentro se hallaban algunas piezas de alfarería,
imágenes pequeñas de metal y objetos de hueso fosilizado. Algunos de estos
objetos y el jarrón de bronce tenían grabada una frase en caracteres
geroglíficos fenicios, que decía: "Del rey Cronos de La Atlántida". El que esto
lea podrá imaginar mi emoción. Era la primera evidencia material de que existía
el gran continente cuyas leyendas han perdurado por todo el mundo. Guardé
en secreto este objeto, ansioso de hacerlo la base de investigaciones que
creía serían de importancia mayor que el descubrimiento de cien Troyas. Pero
debía terminar primero el trabajo que había emprendido, pues tenía la confianza
de hallar otros objetos que procedieran directamente del perdido
continente. En 1883, encontré en el Louvre una colección de
objetos desenterrados en Tiahuanaco; y entre ellos descubrí
piezas de alfarería exactamente de la misma forma y material, y objetos de
hueso fosilizado idénticos a los que yo había encontrado en el jarrón
de bronce del Tesoro de Príamo."
"Está fuera de rango de las
coincidencias que dos artistas hicieran dos jarrones, y sólo menciono
uno de los objetos exactamente iguales, del mismo tamaño y con las curiosas
cabezas de lechuza, colocadas en idéntica forma. Conseguí algunos de estos
objetos de Tiahuanaco y los sometí a análisis químicos microscópicos. Estos
demostraron, concluyentemente, que los jarrones americanos, al igual que
los troyanos, habían sido hechos con la misma arcilla peculiar; y supe más
tarde que esta arcilla no existe ni en la antigua Fenicia ni en América. Analicé
los objetos de metal, y éste no se parecía a ninguno de los que había
visto. El análisis químico demostró que estaba hecho de platino, aluminio y
cobre: una combinación que nunca se había encontrado en los restos de
las antiguas ciudades. Los objetos no son fenicios, micénicos ni
americanos. La conclusión es que llegaron a ambos lugares desde un centro
común. La inscripción grabada en mis diálogos indicaba ese centro: ¡La
Atlántida!"
"Una inscripción que desenterré cerca de la puerta de Los
Leones, en Micenas, dice que Misor, de quien descendían los egipcios, era el
hijo de Thot, y que Taavi era el hijo emigrado de un sacerdote de La
Atlántida, quien, habiéndose enamorado de una hija del rey Cronos, escapó y
desembarcó en Egipto tras muchas aventuras, construyó el primer templo de
Sais y enseñó la sabiduría de su tierra. Toda esta inscripción es muy
importante, y la he mantenido en secreto".
Al romper el doctor Paul
Schliemann uno de los enigmátcos jarrones, encontró en su interior otra de
las monedas de esa extraña aleación, en la cual estaban grabadas, en
fenicio antiguo, las siguientes palabras: "Emitido en el Templo de las
Paredes Transparentes". "Siguiendo las indicaciones de mi abuelo - resumió
Paul Schliemann sus investigaciones- he trabajado durante seis años en Egipto,
Africa y América, donde he comprobado la existencia de La Atlántida. He
descubierto este gran continente y el hecho de que de él surgieron,
sin duda alguna, todas las civilizaciones de los tiempos prehistóricos..." En
este punto del relato las noticias sobre sus descubrimientos se pierden.

Existe un libro titulado "Acción de
España en África" avalado por el prestigio y seriedad del Estado Mayor, que
recoge extensas aportaciones geológicas acerca del continente perdido.
Perteneció al Teniente General y Jefe del Estado Mayor, Sánchez de Ocaña.
Se trata de uno de los cuatro únicos ejemplares de que constó la edición, lo
cual hace suponer que su contenido fue considerado prácticamente secreto,
todos destinados exclusivamente a altos mandos del Ejército español. En sus
páginas, basándose en concomitancias de la fauna, la flora y la geología ente
España y Marruecos, se admite la existencia de La Atlántida. El volumen,
encuadernado con primor en piel de Rusia, fue impreso en 1935, en los
talleres del Ministerio de la Guerra, y su realización corrió a cargo
de la Comisión Histórica de las Campañas de Marruecos. Especialmente
interesante es el capítulo primero, que trata de la Península y el
Norte de Africa en la Era Terciaria y de las comunicaciones entre el
Mediterráneo y el Atlántico.
La deducción de los autores es que España
formaba parte de un continente terciario unido a África por el istmo que
hoy ocupa el estrecho de Gibraltar, encerrando una vasta cuenca, la del actual
Mediterráneo, que, prolongándose hacia el Noroeste, según muchos geólogos
por territorios ahora sumergidos, llegaba a unirse con América del Norte.
Avalan esta sorprendente conclusión las huellas que sobre la superficie de
España y Marruecos dejaron dos importantes estrechos: el Norbético, abierto
en los tiempos eocenos por el actual valle del Guadalquivir, que establecía
una comunicación entre ambos mares más amplia que la posterior de
Gibraltar, y el Sur Rifeño, por las cuencas del Sebú y sus
afluentes el Varga, el lnaven y el Muluya inferior. En el capítulo titulado
"Hundimiento del istmo entre Europa y África: la cuestión de La Atlántida",
se informa más ampliamente sobre el continente perdido, explicando que,
unidas todavía las cadenas montañosas Bética y Rifeña, al fin del Plioceno
de la Era Terciaria - según los geólogos- violentas conmociones sísmicas
provocaron el hundimiento del istmo montañoso que las unía, separando
los continentes y dejando abierta una nueva comunicación entre los dos mares.
"Supónese -se lee en el libro- por muchos geólogos que a consecuencia del
mismo cataclismo desapareció también una gran isla o continente conocido
con el nombre de Atlántida."
Centrando la atención en el Nuevo mundo se
recoge el hecho de que doce caribes refirieron a los españoles, en los
tiempos de la Ocupación, que todas las Antillas habían formado en épocas
remotas otro continente, pero que fueron súbitamente separadas por la acción de
las aguas. El recuerdo de este cataclismo perduró entre los aborígenes de
América Central y del Norte hasta Canadá. Siguiendo con las relaciones
establecidas entre las tierras a ambos lados del Atlántico, el informe
relata cómo, en 1898, durante la exploración de la meseta de las Azores,
intentando recoger un cable roto con unas grapas, éstas se enganchaban en
rocas de puntas muy duras y se rompía o torcía. Entre las grapas se hallaban
pequeñas esquirlas minerales que presentaban el aspecto de haberse roto
recientemente. Todas pertenecían al mismo tipo de roca, una lava vidriosa
llamada "traquitas", de similar composición a los basaltos, pero cuyo
estado vidrioso sólo puede producirse al aire libre. El mismo Termier
deduce que, a unos 900 kilómetros de las Azores, la tierra que constituye el
fondo del Atlántico fue convertida en lava cuando se encontraba todavía
emergida, derrumbándose después y descendiendo hasta los 3.000 metros,
donde hoy se encuentra. Las rudas asperezas y aristas vivas de las
rocas demuestran que el hundimiento fue muy rápido, pues, en caso
contrario, la erosión atmosférica y la abrasión marina habría nivelado
las desigualdades de la superficie.
El profesor Hernández Pacheco
opinó: "La presencia de conglomerados y depósitos cuaternarios que en las
costas de Cádiz estudió Macpherson, y otros descubrimientos posteriores, hacen
pensar en la posibilidad de que en épocas recientes, ya humanas, pueden
haberse realizado intensos fenómenos tectónicos en el litoral, con
sumersión de antiguas tierras emergidas. La vieja leyenda de La Atlántida se
vuelve a presentar ante el espíritu con todo el obsesionante y misterioso enigma
que la rodea."