OTROS MITOS


Faetón, Meleagro y Atalanta, Midas, Filomela, Cadmo, Eco y Narciso, Eros y Psique, Píramo y Tisbe, Céfalo y Procris, Latona y los campesinos, Pigmalión, Las Dríadas, Aristeo, Orión, Aurora y Titón, Las regiones infernales, Monstruos modernos.


1. FAETÓN.

Faetón era un joven orgulloso. Esto se comprobó cuando su madre le hizo saber que su padre era Apolo, dios que diariamente cruzaba nuestro mundo en un carro deslumbrante de sol. Pero los compañeros del muchacho se mofaban de él cuando se enorgullecía de tan alto nacimiento; entonces por orden de su madre buscó a su celestial padre para pedirle un favor a través del cual todos conocerían su nacimiento divino.
Antes del alba llegó al divino palacio de Febo, donde un dios con manto púrpura estaba sentado en su trono de marfil, en medio de un brillante arco iris de joyas. Alrededor de él estaban sus ministros y guardaespaldas, las Horas, los Días, los Meses y las Estaciones. Faetón no dudó en acercarse al trono.
Su padre le recibió y le preguntó qué hacía allí. Faetón se quejó de que los hombres no le creyeran hijo de Apolo, a menos que su padre le diera una garantía de su nacimiento que pudiese ser vista por todo el mundo.
Su padre le preguntó qué deseaba y Faetón le pidió que le dejase conducir su carro del Sol. Apolo inmediatamente le contestó que eso que le pedía era imposible, ya que el único dios que podía manejar correctamente ese carro era Apolo (ni siquiera el mismo Zeus podría conducirlo). Apolo le intentó persuadir de su idea, pero Faetón seguía intentándolo. Por fin, Apolo, no sin gran miedo, aceptó y condujo a su hijo a la obra maestra de Hefesto, el carro dorado adornado con gemas chispeantes. Apolo no dejaba de dar consejos a su hijo, pero éste, impaciente, apenas le oía.
Apolo le advirtió de que no bajase demasiado rápido, para que la Tierra no tocase el fuego, y que no subiese demasiado alto para no abrasar la cara del cielo. También le dijo que evitase el látigo y sujetase fuertemente las riendas para que los caballos volasen y todo el trabajo lo hiciesen ellos.
Faetón subió al carro y audaz,ente incitó al brioso tiro a través de la bruma del alba, con el viento del Este siguiéndole en la soberbia carrera. Pero pronto la velocidad le cortó la respiración mientras que, debido a su poco peso, el carro se tambaleaba y balanceaba como una quilla sin lastre, hasta que su cabeza empezó a moverse y demasiado pronto los fieros corceles se dieron cuenta que sus riendas etaban en una mano novata. Se encabritaron y se echaron a un lado, abandonando el camino acostumbrado; luego toda la tierra se asombró al ver el glorioso carro del Sol corriendo torcido encima de sus cabezas como un relámpago.
A los caballos no les importaba ya su novata mano, y tomaron su propio camino en el aire, saltando acá y allá. El carro cayó sobre la Tierra. La hierba se marchitó, las cosechas se abrasaron, los bosques se incendiaron, los ríos se secaron y los lagos empezaron a hervir. Desde entonces una parte de nuestra tierra se convirtió en un desierto arenoso, donde ni hombres ni bestias podían vivir.
El desdichado Faetón había abandonado la esperanza de enderezar su triste marcha. Cegado por el terror y la luminosidad, dondequiera que fuese, quemado por el calor hasta que no pudo permanecer en el brillante carro, tiró las inútiles riendas cayendo de rodillas pidiendo ayuda a su padre. Pero su oración no fue oída por los gritos de toda la Tierra, pididendo al señor de los cielos que salvase a la humanidad de la destrucción.
Oyendo estos gritos, el todopoderoso Zeus, que estaba durmiendo al mediodía, rápidamente se despertó y levantó su cabeza viendo todo lo ocurrido. Cogió al vuelto un trueno y, una vez en su mano, lo lanzó al humeante aire tirando al insensato Faetón del carro, que no podía controlar. Bajó el joven deprisa con los mechones quemados, rápido como una estrella fugaz, para apagarse como una tea en el río Eridano. Entonces los caballos del Sol agitaron sus yugos y, sueltos, fueron a buscar su establo en el cielo.
Así pues, en este terrible día terminó el hijo vanaglorioso de Apolo, que escondía su rostro de su padre por vergüenza.

2. MELEAGRO Y ATALANTA.

En Calidón, país de Etolia, el rey Eneo y su esposa, Altea, tuvieron un hijo llamado Meleagro. Cuando el bebé no tenía ni una semana, llegaron a la casa las Parcas, que mirando al recién nacido profetizaron así:

- "Será un hombre bueno como su padre".

- "Será un héroe reconocido en todo el mundo".

- "Vivirá hasta que se consuma la tea del hogar".


El oído de su ansiosa madre captó estas palabras y, no antes de que las misteriosas hermanas se fueran, se levantó de su cama para coger la tea, la apagó en agua y la escondió entre los mayores tesoros secretos.
Meleagro fue uno de los héroes que se dirigió con jasón a buscar el vellocino de oro, y cuando volvía a casa otra hazaña le estaba esperando, matar al jabalí de calidón.
En ausencia de su hijo, el rey Eneo se había ganado la ira de una diosa. para agradecer un año próspero en frutos, ofreció en el altar de Démeter maíz, a Dioniso vino y a Atenea aceite; pero se olvidó de Artemisa, por lo que esta altiva doncella se vengó del mortal que no la había honrado. Ella envió a su país un monstruoso jabalí de ojos brillantes y dientes espumosos, sus cerdas fuertes y afiladas como puntas de espada, sus colmillos largos como los de un elefante, su respiración tan fiera como la de un hombre sobresaltado, y la bestia rompía en estruendos a través de los bosques. Dondequiera que estuviera todo lo destrozaba: las cosechas pisoteadas, los rebaños dispersos con sus estampidas, los pastores huían de sus rebaños y los agricultores no se arriesgaban a salir para recoger el fruto de sus viñas y olivos, dejándolos colgados en el aire.
Así que cuando Meleagro fue a casa de Colco, se encontró la tierra de su padre devastada por el terror del monstruo. En seguida reunió a un grupo de cazadores y sabuesos para rastrear en su guarida como ningún hombre había hecho.
Entre los cazadores había un mujer, Atalanta, de quien se contaban historias extrañas. Su padre también era rey y había esperado un hijo como Meleagro para que fuese su heredero, así que cuando nació su hija en su enfado abandonó a la niña en una montaña salvaje para que muriese; pero la niña fue amamantada por una osa y creció como un chico fuerte hábil en el manejo del arco y de la lanza. Pocos jóvenes podían superarla en fuerza o en coraje.
Cuando encontraron al jabalí, todos se lanzaron a por él con redes y perros, pero la primera lanza que alcanzó al jabalí fue la de Atalanta. El jabalí se precipitó sobre ellos como un trueno, pero cuando parecia que los hombres iban a perder la batalla ente su embestida, una flecha de Atalanta dio en el jabalí que otra vez se paró desválido por el dolor, y el resto de los hombres, avergonzados de ser vencidos por una mujer, en seguida se centraron en el ataque.
El monstruo se echó a tierra a causa de las heridas que tenía y murió cuando Meleagro le clavó su espada hasta la empuñadura. Cortaron la cabeza del jabalí y quitaron las cerdas, y Meleagro dio estos trofeos a Atalanta, ya que era la única que se lo merecía al dar el fatal golpe. Pero algunos cazadores no estaban de acuerdo con ésto, entre ellos los dos hermanos de Altea y tíos de Meleagro. Éstos se pelearon con Meleagro y acabaron muertos a los pies de su sobrino.
Cuando las noticias de la muerte del jabalí llegaron a Altea, ésta salió al templo para dar gracias, pero en el camino se encontró con el séquito morturio que llevaba a sus dos queridos hermanos a su pira funeraria. Cuando supo que su hijo los había matado, lo maldijo y sacó la tea apagada que llevó al altar donde estaba el fuego del sacrificio y la arrojó a la llama. Cuando vio la consecuencia de su delirio vengativo, la desconsolada madre no vio nada mejor que terminar sus propios días muriendo con sus hermanos.
Meleagro murió cuando regresaba a casa trayendo el triunfo y el botín de la gran caza. Así se cumplió el decreo de aquellas hermanas fatales que vieron su nacimiento.
Atalanta regresó a sus lugares salvajes, cuidando de no unirse con hombres desde que murió aquel que había conmovido su corazón. Pero su padre se enteró de esta promesa y procuró conseguirla un hombre que fuese el heredero de su reino, ya que aún no había encontrado a tal heredero.
Había muchos pretendientes que querían casarse con esa bella mujer, pero ella insistía en que no quería casarse. Por fin accedió ante las presiones de su padre, pero con una condición: el pretendiente tendría que ganarla a una carrera, si no ganaba, éste moriría. El pretendiente debía correr desnudo y sin armas, pero la doncella llevaba una lanza para matarlos si no ganaban la carrera.
Hipomenes era uno de tantos pretendientes, pero antes de participar en el concurso, imploró el favor de Afrodita y la diosa le dio tres manzanas de oro para que las llevara en sus manos cuando corriese, y lo que tenía que hacer con ellas dependía del conocimiento del corazón de la mujer más que del ingenio del hombre.
La carrera comenzó, y antes de que Atalanta lograse alcanzar a Hipomenes, éste tiró una manzana de oro para entorpecer la carrera de aquella. Tentada por la curiosidad, Atalanta se paró para recoger la manzana, mientras que Hipomenes avanzó un poco más. Cuando ella le volvió a alcanzar, Hipomenes volvió a tirar otra manzana y ella se volvió a parar a recogerla. Lo mismo ocurrió con la tercera manzana. De esta forma ganó Hipomenes la carrera cuyo premio era casarse con Atalanta. Pero poco duró la fortuna del joven, ya que se olvidó de agradecer a Afrodita su ayuda. Afrodita condujo la ofensa contra Rea, la poderosa madre de los dioses, que transformó al corredor y a su novia en un par de leones, enganchados a su carro cuando ella lo cogía en medio de un estruendo de cuernos y platillos.

3. MIDAS.

Midas, rey de Frigia, era el más rico de todos los hombres del mundo, y como los que tienen mucho, su corazón quería más y más. Una vez tuvo la oportunidad de hacer un servicio a un dios, cuano en un jardín se encontró al anciano Sileno, que se había perdido de la comitiva de su patrón dioniso; se había parado aquí para dormir la borrachera. Midas amablemente rodeó al borracho errante con rosas y le obsequió con comida y bebida. Luego le envió con el dios del vino. Dioniso estaba tan agradecido que le ofreció al rey elegir cualquier recompensa que quisiera. Midas pidió al dios que le diese el don de que todo lo que tocase lo convirtiese en oro. El dios se lo concedió.
Impaciente por probar su nuevo poder, Midas fue al bosque, y al tocar una ramita con el pie, ésta se convirtió en oro. Todo lo que tocaba se convertía en oro. Quiso regresar a su casa con su caballo, pero éste se convirtió en oro, incluso cuando llegó a su palacio los pilares, las puertas, se convirtieron en oro. Fatigado por su viaje, Midas pidió comida, pero justo cuando ésta tocaba sus labios se convertía en oro y por tanto no se lo podía comer. Lo mismo ocurría con la bebida.
Atormentado por el hambre y la sed, se levantó de este burlón banquete, envidiando al chico más pobre de su palacio. No le reconformtaba visitar su gran tesoro, y el hecho de ver todo de oro le empezó a enfermar. Si él abrazaba a su hijos, si golpeaba a sus esclavos, al instante sus cuerpos se convertían en estatuas de oro. Todo alrededor lucía un odioso amarillo ante sus ojos.
Ante tal desesperación recurrió a Dioniso a quien suplicó que le retirase ese regalo. El dios le dijo que buscase la fuente de Pactolo y se bañase en su puras aguas, para así deshacerse del hechizo. Cuando Midas llegó y se tiró al agua, éste se convirtió en oro. Sólo desapareció el hechizo cuando metió su cabeza bajo el agua.
Este rey no fue siempre tan afortunado en su trato con los dioses. Curado de su codicia por el oro, no tenía más deseos en su mente; un día estaba vagando por los bosques verdes y se encontró a Pan luchando con Apolo. Pan presumía de su flauta contra el laúd de Apolo. Para decidir cuál de los dos instrumentos emitía la más dulce música, eligieron como árbitro a Midas, y éste, un poco duro de oído, eligió como vencedor a Pan. Entonces Apolo se enfadó con él y le castigó adornando su cabeza con orejas de burro. Desde ese día el rey se escondía de todos por tener esas orejas, y cubrió su cabeza con un turbante. La única persona que sabía lo de sus orejas era su barbero. Pero éste temiendo su ira bajó a la solitaria orilla del río y excavó un agujero y susurró en él: "Midas tiene orejas de burro", esperando que ningún hombre pudiera oírle. Pero donde hizo el agujero creció una mata de cañas, que, tan pronto como el viento las movía, murmuraban: "Midas tiene orejas de burro".

4. FILOMELA.

El fundador de la ciudad de Atenas era Cécrope, cuyo nieto Pandión tenía dos hijas, Progne y Filomela. Su reino era acosado por los bárbaros y ayudado solamente por Tereo, rey de Tracia, a quien el gran Pandión no podía sino ofrecer a una de sus dos hijas como recompensa.
Tereo eligió a Progne, la mayor, y la boda desde un principio auguraba malos auspicios, ya que Tereo tenía al rey Ares como padre, y ni Himen ni Era, ni sus Gracias bendijeron la fiesta; los principales invitados eran las espantosas Furias y un ronco búho situado en el tejado del lecho nupcial. El rudo Tereo, haciendo caso aomiso a estos presagios, llevó a su novia a Tracia. Ellos tuvieron un hijo, llamado Itis, y durante años vivieron juntos sin ninguna desgracia.
Pero pasados los años, Progne comenzó a cansarse de los casi salvajes tracios, que no la hacían olvidar ni a Atenas ni a su querida hermana Filomela. Al final pidió a Tereo que la dejase volver a su casa, pero éste sólo accedió a que les visitase Filomela a Tracia.
Tereo navegó a Atenas, donde encontró al anciano rey que no quería que su otra hija se marchase, aunque fuera por poco tiempo. Con recelo la dejó salir con el pretexto del amor de Progne a su hermana, a la que no pensaba volver a ver después de su partida. Antes de dejarla ir pandión hizo jurar a Tereo que trataría bien a su hija y que ésta regresaría a salvo a Atenas; él la dejó ir con lágrimas en los ojos, como si temiese que nunca la abrazaría otra vez.
Su temor era cierto, ya que el juramento del bárbaro tracio era tan falso como su amor. En seguida Tereo se interesó por Filomela, arrepintiéndose de haberse casado con la hermana mayor. Cuando llegaron a Tracia, Tereo dijo a Filomela que la quería como esposa, pero ésta no le amaba y pidió inútilmente ayuda a los dioses. Le suplicó a Tereo que la matase antes que la deshonrase, pero Tereo la cortó la lengua para que no le pudiese traicionar y la encerró en una solitaria prisión en el bosque donde Progne no la pudiese encontrar.
Tereo dijo a Progne que su hermana se había muerto, y cuando su padre se enteró en Atenas, éste murió de pena. Filomela pasaba sus horas tejiendo, y sobre un tejido blanco tejió con hilos púrpura la historia de su triste vida. Con ayuda de un mensajero, ese tejido llegó a manos de su hermana Progne, que se acercó con ayuda del mensajero a la prisión aprovechando que Tereo estaba fuera. Progne liberó a Filomela y la llevó a su casa.
Cuando llegaron a las puertas del palacio, salió a recibirlas Itis, el hijo de Progne, tan querido por su rudo padre y muy parecido a él. Ese parecido a su padre aumentó la ira de Progne y cuando vio que su hermana no podía decir ni una palabra al niño, su furia cayó sobre él. Progne cortó el cuello de Itis y entre las dos hermanas lo descuartizaron e hirvieron su carne en una caldera y se lo dieron de comer a Tereo. Éste, maravillado por lo bueno que sabía preguntó a Progne qué plato era. En ese momento apareció Filomela y le arrojó la cabeza sangrante de su hijo al rey. El rey se lanzó con su espada a por ellas no sin que antes éstas pudiesen provocar un incendio en palacio.
Fieramente Tereo las persiguió por el bosque, donde los dioses hicieron un milagro para señalar la culpa de esta casa. Progne se transformó en una golondrina y Filomela en un ruiseñor, siempre volando perseguidas por una abubilla, que no era otro que su falso marido.

5. CADMO.

El padre de Cadmo, el rey Agenor, tenía una hija, Europa, en quien recayeron los ojos de Zeus y se la llevó para él (ver Rapto de Europa). Cuando el toro dejó a Europa en Creta, éste se volvió a transformar en Zeus y la dijo que lo que había hecho era por amor. Afrodita también apareció para reconfortarla, prometiéndole que una cuarta parte del mundo sería llamada con su nombre. Así pues la doncella se olvidó de su casa asiática y llegó a ser la madre de Minos y Radamanto, que se sentaban en Hades como jueces de la muerte.
Pero el rey de Tiro nunca cesó de llorar a su hija perdida. Cuando sus asustados compañeros de juegos regresaron corriendo, gritando lo que le había ocurrido, él se llenó de ira y de dolor. Amargamente reprochó a sus tres hijos, Cadmo, Fénix y cilix, por no proteger a su hermana, les envió en su búsqueda y les prohibió regresar a casa si no encontraban a Europa.
Los tres hermanos salieron acompañados de su madre Telefasa. Durante años anduvieron de aquí para allá. El primero en cansarse fue Fénix, que se separó para hacerse una casa en la tierra llamada por él mismo Fenicia. Cilix se estableció en Cilicia. Finalmente Telefasa murió, pidiéndole antes a Cadmo que no abandonase la búsqueda.
Cadmo con ayuda de algunos sirvientes entró en Grecia, pero al no encontrar a su hermana perdió toda esperanza de conseguirlo. Fue al oráculo de Apolo en Delfos donde pidió su consejo. Se le ordenó seguir a una vaca que encontraría pastando sola en un prado y en el primer lugar donde la vaca se tumbara él construiría una ciudad y la llamaría Tebas. Pronto encontró a la vaca y la siguió hasta Beocia. Allí la vaca se tumbó y Cadmo se dispuso a fundar la ciudad.
Pero esa tierra tenía un temible señor al que debía tener en cuenta. Proponiendo ofrecer un sacrificio a Atenea que podría ayudarle, él envió a sus sirvientes apor agua de una fuente que salía de una oscura cueva; su boca estaba escondida en un espeso bosque de robles musgosos que nunca habían sido tocados por un hacha. Los hombres entraron en el bosque, pero no regresaron; escuchó el sonido de un siseo y vio humo saliendo de entre los árboles. Encontró a sus sirvientes muertos ante la cueva abrasados por el aliento de un enorme dragón que estiraba hacia él sus tres cabezas, cada encía tenía tres filas de dientes a través de los cuales arrojaba humo venenoso, sus ojos brillaban como el fuego y su roja cresta brillaba en la sombra de la boca de la cueva como si acercase su largo cuello para lamer los cuerpos de los muertos.
Cadmo decidió vengar a sus compañeros de viaje y clavó su espada en el pecho del dragón. Éste levantó salió de la cueva y levantó sus cabezas para dejarlas caer sobre Cadmo. Pero Cadmo dirigió su espada hacia una de las gargantas para clavarla en el tronco de un roble. El monstruo giró sus cuellos y enroscó su cola para doblar al árbol doblemente grueso, pero las raíces estaban firmes y la espada se clavó rápidamente; allí se retorció desesperadamente mientras su respiración se apagaba con su propia sangre.
Totalmente ileso, Cadmo permaneció sobre el cuerpo muerto cuando se dio cuenta de que Atenea estaba a su lado; bajó desde el Olimpo para formar una ciudad que crecería mucho bajo su protección.
Atenea le ordenó a Cadmo que sembrase los dientes del dragón sobre la tierra y le dijo que de ellos nacería una raza de guerreros para hacer su voluntad. Cadmo cumplió con esa orden y una vez sembrados los dientes, la tierra empezó a hincharse y a agitarse con algunos agujeros. De allí salieron hombres armados y Cadmo se preparó para luchar. Sin embargo, la voz divina le dijo que envainase su espada y les dejase hacer.
Los hombres empezaron a luchar entre ellos y al final tan solo quedaron cinco, dispuestos a servir a Cadmo. Con su ayuda él construyó aquí la ciudad que se llamó Tebas.
Posteriormente Cadmo se casó con Harmonía, hija de Ares y Afrodita. Todos los dioses fueron a la boda y entre los regalos había un collar y un velo hecho por Hefesto por encargo de Afrodita, impregnado de un filtro que envenenaría sus descendientes. Y cuando Ares por orden de Zeus pareció reconciliarse con Cadmo, una maldición entró en su casa. Sus hijas y los hijos de sus hijas tuvieron finales muy tristes, entre ellos Ino, que se ahogó así misma después que su marido, preso de la locura, matase a su hijo, y Sémele, consumida por la gloria de Zeus cuando ella fue la madre de Dioniso. En su vejez Cadmo fue destronado por su propio nieto penteo. El muy afligido rey estaba otra vez sin hogar, aunque no solo, sino con su fiel esposa Harmonía. Ellos anduvieron por los salvajes bosques del Norte, hasta que este impávido héroe, agobiado por enfermedades y cargado por la maldición del dragón, murmuró:

- "¡Si una serpiente es tan querida por los dioses, preferiría ser una serpiente más que un hombre!".


En seguida se transformó en serpiente y su mujer pidió lo mismo, y aún hoy siguen viviendo en los bosques.

6. ECO Y NARCISO.

Del dios río Cefiso nació un hijo llamado Narciso, que a su madre le parecía el niño más hermoso. Ésta buscó al poeta ciego Tiresias para preguntarle si llegará a viejo, a lo que él le contestó: "¡Si él no se contempla a sí mismo!".
Con esto quería decir que sólo el tiempo lo diría. El niño se crió muy bello y muchas mujeres se enamoraban de él nada más verle. Evitando toda compañía andaba por lugares solitarios, perdido por la admiración de la graciosa figura que pensaba que ningún ojo excepto el suyo podía contemplar. Un día cuando vagaba por el bosque sin darse cuenta era espiado por la ninfa del bosque Eco, que le amó desde el primer momento, pero no quería decirle nada hasta que él se lo preguntase, ya que ella conocía su destino: Hera, enojada por su charlatanería, la privó del habla a no ser que tuviese que contestar a alguien. Eco seguía al joven, pero no le podía hablar si él no la hablaba a ella primero. Pero él no se percató de la presencia de Eco hasta que oyó crujir una rama cerca.

- "¿Quién está ahí?", preguntó Narciso.

- "¡Ahí!", respondió el eco, pero no vio quién hablaba.

- "¿Qué temes?" volvió a preguntar él.

- "¡Temes!", respondió la voz invisible.

- "¡Vete de aquí!", amenazó, cuando estas palabras le eran devueltas mofándose de él, y aún así la voz no tomó forma.

- "¡Aquí!", respondió la voz, y ahora apareció la ruborizada Eco, como lanzando sus brazos alrededor de su cuello.


Pero en la laguna el joven vio otra figura mejor, y se quitó de encima a la enamorada ninfa con duras palabras.
Cuando se quedó solo, Narciso se giró hacia la fuente en la que creyó haber visto una cara más bella. La laguna parecía un espejo de plata, brillando a la luz del Sol. Al filo de la laguna y de rodillas se estiró sobre la brillante laguna, y allí miró esa cara y figura tan bella que estuvo a punto de arrojarse al agua junto a ella. Parecía una estatua principesca, de alguien que debía tener su misma edad.
Narciso preguntó a la imagen quién era y vió cómo sus labios se movían pero sin contestación. Narciso sonrió y la sonrisa fue devuelta, se sonrojó y la imagen también, pero fue a tocarla y en cuanto sus dedos tocaron la superficie, la imagen se desvaneció. Cuando dejó de tocar la superficie, la imagen volvió, él la hablaba y la tocaba, pero no conseguía nada. Enloquecido por la gran belleza de su propio parecido, no podía marcharse del espejo que se reía de su imaginación. Durante muchos días volvió a la laguna a ver esa imagen, pero se olvidó de comer y murió entre las lilas del agua, que hicieron de mortaja. Los mismos dioses no podían tocar ese bello cuerpo, y así Narciso se transformó en una flor que lleva su nombre.
La pobre Eco que había invocado ese castigo para el frío corazón de Narciso, no logró nada excepto dolor, porque la plegaria había sabido escucharla. Lejos de la visión, se consumió por culpa de ese amor, hasta que lo único que quedó de ella fue una voz, que todavía dura entre las montañas donde nadie puede verla, pero siempre dice la última palabra.

7. EROS Y PSIQUE.

Hubo un rey que tenía tres bellas hijas. Las dos mayores se casaron con príncipes, pero la tercera, Psique, era tan bella que nadie la cortejaba, ya que parecía estar hecha para la adoración. Tanto era así que la gente prefería adorar a Psique que a Afrodita, y así los templos más importantes de ésta estaban vacíos. Afrodita, llena de envidia y viéndose relegada a un segundo lugar, pidió a su hijo Eros que la vengara con su flechas malévolas. Le pidió que llenase su corazón de amor, pero con el amor más ardiente para el ser más infeliz de la Tierra, y así juntos compartir pobreza y dolor.
Eros fue directo a cumplir con el encargo de su madre, pero al ver a Psique, se maravilló tanto de su belleza que se aturdió y la flecha que tenía preparada para ella se cayó y se le clavó en un pie, quedando así locamente enamorado de Psique.
El padre de Psique al ver que ésta no tenía marido, acudió al oráculo de Hermes a proclamar que cualquiera que cogiese a Psique sería castigado como enemigo de los dioses, pero siete besos de la misma Afrodita serían ofrecidos como recompensa para el que la entregara. Esta proclamación llegó a los oídos de psique, cuando, cansada de buscar a su amado, estaba decidida a pedir la clemencia de su madre, y yendo de templo en templo algunos dioses amableas la aconsejaron buscar el perdón de la diosa del amor. Se aproximó a las salas de Afrodita, donde no tuvo que decir su nombre para que uno de los criados la arrastrase por el pelo ante la presencia de su señora.
Afrodita la dio la bienvenida de manera sarcástica y rasgó sus ropas y la azotó. Después se aprovechó de la pobre Psique y la mandó hacer multitud de trabajos para ella. Los trabajos fueron los siguientes: separar de un montón de semillas la de cada clase en un tiempo limitado, conseguir un puñado de lana dorada de un rebaño de salvajes carneros, llenar una urna de cristal de las aguas negras de un río negro que riega las marismas estigianas y cae en el salvaje río de Cócito y bajar al Hades para buscar un frasco de la belleza de Perséfone. Pero para todos estos trabajos Psique contó con la ayuda de varios personajes.
Pero todos estos trabajos acabaron cuando Eros supo de la crueldad de su madre, haciendo que la amase mucho más que antes. Escapando secretamente de su habitación, voló al Olimpo y buscó el favor de Zeus para casarse con una hija de hombre.
Zeus envió a Hermes para convocar una reunión de dioses, a la que Afrodita debía asistir aunque no le gustase la idea, y Psique, también, fue llevada allí cabizbaja, pero sus labios se encendieron al ver a su perdido amante entre el radiante grupo. Zeus comunicó a los dioses la intención de Eros de casarse con la hija de un hombre, y entonces Zeus convirtió a Psique en inmortal y la subió al cielo y advirtió que no debían negar el derecho a casarse de Eros ya que él había hecho que mucho de esos dioses triunfasen en el amor. Todos los dioses celebraron la unión de Eros y Psique, y su primer hijo fue una niña llamada Alegría.

8. PÍRAMO Y TISBE.

En tiempos de Semíramis no había en toda Babilonia joven más apuesto que Píramo ni doncella más hermosa que Tisbe. Vivían con sus padres en casas contiguas y la vecindad fue uniendo a los jóvenes hasta que la amistad se tornó en amor. Ellos deseaban casarse y, aunque sus familias se opusieron, nadie pudo evitar que el amor ardiera con igual intensidad en el pecho de ambos. Ellos conversaban con miradas y señas. En el muro que separaba las dos casas había una grieta en la que nadie se había fijado antes, pero que los amantes pronto descubrieron. Tan sólo la voz atravesaba tan estrecha vía y los tiernos mensajes pasaban de un lado a otro por la hendidura.
A la mañana siguiente se encontraban en el lugar de costumbre. Un día, después de lamentar su triste suerte, acordaron que a la noche siguiente, cuando todo quedara en silencio, huirían sin que los vieran; quedaron en un famoso edificio que se alzaba fuera de los límites de la ciudad, la tumba de Nino. El que llegara primero esperaría al otro al pie de una morera que estaba junto a una fuente. Cuando llegó la noche, Tisbe, sin que su familia se diera cuenta, se escabulló cautelosamente; se cubrió la cabeza con un velo, llegó hasta el monumento y se sentó bajo el árbol. Mientras que estaba allí sola distinguió, a la tenue luz de la Luna, una leona que, con sus fauces aún exhalando el vaho de la reciente caza, se dirigió a la fuente para saciar su sed. Tisbe huyo al verla, buscó refugio en el huego de una roca y, en su huida, dejó caer el velo. La leona, después de beber en la fuente, se volvió hacia el bosque. El velo caído en la hierba llamó su atención y lo sacudió y desgarró con su boca ensangrentada.
Píramo, que se había retrasado, llegó entonces al lugar de encuentro. Cuando vio las huellas del león en la arena, empalideció. Creyó que su amada había muerto en las garras del león y recogió el velo y lo cubrió de besos y lágrimas. "También mi sangre manchará esta tela", dijo, y sacó su espada y se la clavó en el corazón. La sangre que brotó de la herida tiñó de rojo las blancas moras del árbol; penetró en la tierra y alcanzó las raíces de forma que el color rojo ascendió por el tronco hasta llegar a los frutos.
En ese momento, Tisbe, temblando aún de miedo pero no queriendo defraudar a su amado, se acercó con precaución y buscó ansiosamente al joven, deseosa de contarle el peligro del que había escapado. Cuando llegó al lugar vio que el color de las moras era distinto, creyó que se había equivocado de árbol. Aún dudaba cuando descubrió, retorciéndose en el suelo, un cuerpo que agonizaba. Se sobresaltó y tan pronto reconoció a su amado, gritó, se golpeó el pecho y abrazó su cuerpo exánime derramando lágrimas sobre su herida y besando sus fríos labios. Llamó a Píramo y cuando la escuchó éste abrió los ojos pero luego los volvió a cerrar. Ella vio su velo manchado de sangre y la vaina de la espada vacía. "Has muerto por tu mano y por causa mía", dijo, "yo también puedo ser valiente y mi amor es tan fuerte como el tuyo. Te seguiré y la muerte, la única que podía separarnos no evitará que me reúna contigo. Y vosotros, nuestors desdichados padres, no neguéis nunca nuestra unánime voluntad. Puesto que el amor y la muerte nos han unido, permitid que reposemos en una sola tumba. Que tus frutos, árbol, conserven siempre la marca de nuestra sangre y sirva para recordarnos". Entonces, se hundió la espada en el pecho. Sus familiares y los dioses respetaron su deseo. Los dos cuerpos fueron sepultados juntos y desde entonces los frutos de la morera son púrpura como lo fueron aquel día.

9. CÉFALO Y PROCRIS.

Céfalo era un hermoso joven de viriles aficiones. Un día se levantó antes del alba para salir a cazar y en cuanto la Aurora lo vio se enamoró de él y lo raptó. Pero Céfalo acababa de casarse con Procris, una bella muchacha que lo adoraba y era protegida de Artemisa, la diosa de la caza. Ésta le había hecho a su favorita dos regalos: un perro que podía dejar atrás a todos sus rivales y una jabalina con la que nunca erraría el blanco. Procris entregó estos regalos a su marido. Céfalo era tan feliz con su esposa que se resisitó a Aurora, por más que ella suplicó, de manera que la diosa terminó por despedirle con disgusto diciéndole que se fuese con Procris, pero que algún día lamentaría verla.
Céfalo volvió tranquilo a su casa. Pero un día, una deidad furiosa envió un voraz zorro que causó un gran daño y los cazadores salieron decididos a atraparlo. Como ningún perro podía atraparlo, recurrieron a Céfalo y le pidieron su perro Lelaps. El perro salió disparado como una flecha a por el zorro, y de repente, cuando casi le había dado caza, los dos animales se detuvieron instantáneamente. Un poder sobrenatural hizo que los dos se convirtieran en piedra.
Céfalo, aunque había perdido a su perro, segúia siendo muy aficionado a la caza; cazaba con la única ayuda de la jabalina de Artemisa. Cuando el Sol estaba ya alto, fatigado por el ejercicio, buscaba un rincón a la sombra junto a una fresca corriente y, dejando su ropa a un lado, se estiraba desnudo en la hierba para disfrutar de la brisa. De vez en cuando decía en alto: "Ven, dulce brisa, ven y refresca mi pecho, ven y llévate el calor que me abrasa". Un día pasaba alguien por allí y le oyó hablar, y creyendo que se lo decía a una mujer, corrió a decírselo a Procris. Procris fue al siguiente día a comprobarlo por sí misma. Céfalo cuando llegó, se tumbó y dijo: "¡Ven, dulce brisa, ven y refréscame, ya sabes cuánto te amo! Tú que haces que el bosque me resulte delicioso". Así se expresaba cuando oyó unos sollozos entre los arbustos. Creyendo que se trataba de algún animal salvaje, lanzó la jabalina hacia el lugar de donde salía el ruido. Un grito de su amada Procris le dijo que el arma, con fatal seguridad, había encontrado su blanco. Fue corriendo al lugar de donde salió el grito y vió a su amada intentando sacarse la jabalina de la herida. Él la cogió en sus brazos y suplicó que no muriese. Ella abrió débilmente los ojos y dijo: "Te lo ruego, si alguna vez me has amado, si alguna vez he merecido tu consideración, marido mío, concédeme esto último que te pido: ¡No te cases con esa odiosa Brisa!".
Estas palabras le revelaron todo el misterio, pero ¿qué ganaba con descubrirlo ahora? Ella murió, pero cuando él le hizo comprender la verdad, su expresión se llenó de calma y en su mirada había perdón y piedad.

10. LATONA Y LOS CAMPESINOS.

Una vez unos campesinos de Licia ofendieron a la diosa Latona (Leto), pero la ofensa no quedó impune. Un hombre viajó a Licia para recoger unos bueyes que había comprado y allí vió la charca donde sucedió el prodigio. Cerca de ella había un antiguo altar, negro de humo de los sacrificios y medio oculto por las cañas. Ese hombre preguntó a quién estaba dedicado ese altar; si a un fauno a las náyades, o algún dios de las vecinas montañas, y uno de los lugareños contestó: "Este altar no es de ningún dios del río ni de las montañas, sino de alguien a quien Hera, arrastrada por los celos, hizo errar de país en país negándole un lugar en la Tierra donde criar a sus hijos gemelos". Llevando en brazos a los diose sniós Latona llegó a estas tierras fatigada por su carga y abrasada de sed. por casualidad divisó en el fondo del valle este estanque de agua clara, donde la gente del lugar se afamaba en recoger sauces y mimbres. La diosa se aproximó y, arrodillándose en la orilla, se disponía a saciar su sed, pero los campesinos se lo prohibieron. "¿Por qué me negáis el agua?", dijo. "El agua es de todos. La naturaleza nos permite que nadie reclame como suyo la luz del Sol, el aire o el agua. Yo sólo he venido a tomar mi parte de esta bendición que es de todos. Sin embargo, os lo pido como un favor. No tengo intención de bañarme en ella a pesar de estar fatigada; tan sólo quiero calmar mi sed. Tengo la boca tan seca que apenas puedo hablar. Un solo trago de agua me sabría a néctar; me haría revivir y estaría en deuda con vosotros para toda la vida. Tened compasión de estos niños que alargan sus bracitos como si suplicaran por mí". Y en efecto los niños extendían sus brazos.
Pero aquellos aldeanos no se conmovieron con esas palabras e insistieron en su grosería. Éstos se metieron en el estanque y removieron el lodo con sus pies pra enturbiar el agua, para que no se pudiera beber. Latona se enfadó tanto que dejó de pensar en la sed. Ya no suplicó más a esos brutos, sino que, levantando las manos hacia el cielo, exclamó: "Así no abandonen nunca esta charca y se pasen la vida en ella". Y así sucedió. Ahora viven en el agua. Unas veces se sumergen totalmente, y otras asoman la cabeza fuera del agua o nadan en la superficie. De cuando en cuando salen a la orilla pero en seguida vuelven al agua de un salto y aún siguen insultando los muy ruines y, aunque ahora tienen toda el agua para ellos, no se avergüenzan de seguir gruñendo en medio de ella. Sus voces son ásperas, sus gargantas se hinchan, sus voces se han agrandado de tando decir groserías, sus cuellos han desaparecido de tal forma que llevan la cabeza pegada directamente al cuerpo. Tienen la espalda verde y la panza blanca y desproporcionada. En pocas palabras: ahora son ranas y viven entre el fango de la charca.

11. PIGMALIÓN.

Pigmalión tenía tanto que reprocharles a las mujeres que terminó por aborrecer a todo el sexo femenino y resolvió no casarse nunca. Él era escultor, y había tallado con maravillosa habilidad una estatua de marfil tan bella que ninguna mujer viva podía compararse. Era tan perfecta esa estatua que Pigmalión terminó por enamorarse de ella. A menudo ponía sus manos sobre ella para asegurarse de que no estaba viva, incluso la hacía regalos como conchas, pajaritos, piedras pulidas y flores. También la vistió y adornó con joyas y la acostó en un lecho.
Llegaron las fechas en las que se celebraban las fiestas en honor a Afrodita. Pigmalión, una vez hubo cumplido con todas las solemnidades, suplicó a los dioses que diesen vida a su estatua y que ésta se convirtiese en su esposa. Así ocurrió, y de esta unión nació Pafos, de quien la ciudad consagrada a Afrodita recibió su nombre.

12. LAS DRÍADAS.

Las ninfas del bosque, compañeras de baile de Pan, eran uno de los varios tipos de ninfas. Además de ellas estaban las Náyades que presidían los arroyos y las fuentes; las Oréades, ninfas de las montañas y grutas, las Nereidas, ninfas del mar. Estos tres últimos tipos eran inmortales, pero las ninfas del bosque llamadas Dríadas o Hamadríadas, se creía que perecían con los árboles que habían sido su morada y con los que habían nacido.

A continuación narro dos historias que tienen que ver con las Hamadríadas:

a) Erisictón.

Erisictón era un blasfemo que despreciaba a los dioses. En una ocasión presumía de haber violado con el hacha un bosquecillo consagrado a Demeter. Allí crecía un venerable roble tan grande que él solo parecía un bosque. Su anciano tronco se alzaba como una torre y de él colgaban guirnaldas votivas y estaban talladas las inscripciones que expresaban la gratitud de los adoradores de la ninfa del árbol. Erisictón ordenó a sus sirvientes que lo cortaran, pero ante la negativa de éstos, empezó a cortarlo él mismo. Cuando el primer golpe cayó sobre el tronco, manó sangre de la herida. Todos los presentes se horrorizaron y uno de ellos se atrevió a quitarle el hacha a Erisictón. Entonces éste, recogió el hacha y cortó la cabeza de su atrevido sirviente. Entonces salió una voz del árbol que dijo: "Yo, la que mora en este árbol, una ninfa amada por Demeter y que muero a tus manos, te advierto que tendrás tu castigo". Él siguió dando hachazos hasta que derribó el árbol.
Las dríadas, desoladas por la pérdida de su compañera, fueron a ver a Demeter y a perdirla un castigo para Erisictón. Demeter planeó que el castigo fuera tan severo que consistiría en echar a Erisictón a Famina. Como las Parcas no permitían que estas dos diosas se acercaran, Demeter mandó a una oréade (una ninfa del bosque) de su montaña a que buscase a Famina y la comunicase el castigo, que consistiría en que se apoderase de las entrañas de Erisictón. La ninfa llegó a donde Famina. Su pelo era áspero, sus ojos hundidos, su cara pálida, sus labios mortecinos, sus mandíbulos estabas cubiertas de polvo y su piel tirante mostraba todos sus huesos. La ninfa la dió el mensaje y volvió a Tesalia.
Famina obedeció las órdenes de Demeter y voló hasta la morada de Erisictón, entró en el dormitorio donde el culpable dormía, le rodeó con sus alas y se dejó inhalar por él infundiendo su veneno por sus venas. Cuando cumplió su misión, volvió a sus tierras. Erisictón aún dormía y en sus sueños devoraba comida y movía sus mandíbulas como si comiera. Cuando se despertó su hambre era terrible. SIn perder un momento, puso ante él una comida compuesta por cuanto la tierra, el mar y el aire crían, y mientras comía aún se quejaba de hambre. Lo que habría bastado para una ciudad no era suficiente para él. Cuanto más comía más ansiaba. Su hambre era como mar que recibe agua de todos los ríos y nunca se llena o como el fuego que quema todo el combustible que se le echa y sin embargo quiere más.
Sus propiedades disminuyeron rápidamente para hacer frente a las incesantes demandas de su apetito, pero continuaba sin saciar su hambre. Finalmente gastó todo lo que tenía, y sólo le quedaba su hija, que también la vendió. Ella pasó a ser la esclava de un comprador, fue a la orilla del mar y elevó sus brazos en plegaria a Poseidón. Él oyó sus ruegos y la cambió de apariencia, de tal forma que su dueño no la encontrase. Cuando éste se marchó, ella recuperó su apariencia y pudo volver con su padre. Éste la volvió a vender y ella se volvió a escapar de la misma forma. Así ocurrió muchas veces, hasta que al final, Erisictón acabó por devorar sus propios miembros y así alimentar su cuerpo devorando su cuerpo hasta que la muerte lo rescató de la venganza de Demeter.

b) Rhoecus.

Las Hamadríadas no sólo castigaban las ofensas; también agradecían los servicios. Un día Rhoecus vio un roble que se estaba cayendo y ordenó a sus sirvientes que lo apuntalaran para que se sostuviera en pie. La ninfa, que había estado a punto de morir junto con el árbol, se le acercó y le expresó su gratitud por haber salvado su vida y le pidió que eligiera la recompensa que deseara. Rhoecus fue atrevido y le pidió su amor, y la ninfa concedió su deseo. Ella también le pidió que fuera constante y le dijo que una abeja sería su mensajera, la cual le haría saber cuándo requería su compañía. Un día la abeja se acercó a Rhoecus cuando estaba jugando a las damas y él bruscamente la espantó. Esto encolerizó tanto a la ninfa que le privó de la vista.

13. ARISTEO.

Aristeo fue el primero en desarrollar la apicultura. Era hijo de la ninfa acuática Cirene. En una ocasión en que sus abejas murieron recurrió a su madre y la preguntó por qué había ocurrido eso. Ella le contestó que hay un viejo profeta llamado Proteo que mora en el mar y es el favorito de Poseidón, cuyos rebaños de vacas marinas él pastorea. Las ninfas le respetan porque él es un sabio y conoce todas las cosas pasadas, presentes y futuras. Cirene mandó a su hijo a ver a ese profeta, no sin antes advertirle de que le sería difícil convencerle para que le ayudase. Aristeo debía encadenar al profeta para que éste, aunque se convirtiese en jabalí, tigre o león, no pudiese escapar de las cadenas y al final accediese a contestar a Aristeo. Así ocurrió y al final Proteo le dijo lo que había pasado. Dijo que por culpa de Aristeo Eurídice encontró la muerte cuando huía de él y pisó una serpiente cuya mordedura le provocó la muerte. Para vengar su muerte, sus amigas ninfas han enviado la muerte a las abejas de Aristeo. Proteo le dijo que tenía que aplacar su cólera de la siguiente forma: tenía que elegir cuatro toros de perfectas proporciones y cuatro vacas de igual belleza, levantar altares a las ninfas y sacrificar a los animales dejando sus despojos en el bosque. A Orfeo y Eurídice dedicaría tales honras fúnebres que pudieran aplacar su resentimiento. Nueve días más tarde regresaría donde dejó los cuerpos del ganado muerto y tendría que observar lo que había sucedido. Así lo hizo Aristeo, y al noveno día regresó y examinó los cuerpos de los animales, y vio con gran alegría que un enjambre de abejas se había apoderado de uno de los esqueletos y se dedicaban a sus labores allí como en un panal.

14. ORIÓN.

Orión era hijo de Poseidón. Era un apuesto gigante y un poderoso cazador. Su padre le había otrogado el poder de atravesar nadando las profundidades del mar o, según otros, de caminar sobre su superficie.
Orión amaba a Merope, la hija de Enopión, rey de Chíos, y ansiaba casarse con ella. Limpió la isla de animales salvajes y regaló su caza a su amada, pero Enopión constantemente negaba su consentimiento, así que Orión intentó hacerse con la muchacha por la fuerza. El padre de Merope, encolerizado por esta conducta, emborrachó a Orión, le privo de la vista y le arrojó a la orilla del mar. El héroe, ciego, siguió el sonido de los martillos del cíclope hasta que lleó a Lemnos y entró en la fragua de Vulcano; éste se apiadó de él y le dio a Kedalión, uno de sus hombres, para que lo guiara hasta la mansión del Sol. Llevándole Kedalión sobre sus hombros, Orión se dirigió al Este y allí encontró al dios Sol, que le devolvió la vista con sus rayos.
Después de esto vivió como cazador con Artemisa, convirtiéndose en uno de sus favoritos. Una vez estuvieron a punto de casarse. El hermano de Artemisa estaba muy descontento y a menudo la regañaba, pero sin resultados. Un día, observando cómo Orión vadeaba el mar sobresaliendo tan sólo su cabeza del agua, Apolo se lo señaló a su hermana y afirmó que ella no era capaz de acertarle a esa cosa negra que flotaba en el agua. La diosa arquera lanzó un dardo con terrible puntería. Las olas llevaron el cadáver de Orión hasta la orilla y, dándose cuenta de su fatal error, Artemisa lo colocó entre las estrellas, donde aparece como un gigante con un cinturón, una espada, un mazo y vestido con la piel de un león; Sirio, su perro, va siguiéndole y la Pléyades vuelan delante de él.
Las Pléyades eran ninfas de Artemisa, hijas de Atlas. Un día Orión las vio, se enamoró y las persiguió. Ellas rogaron a los dioses que las transformaran. Zeus las transformó en palomas y las colocó entre las Pléyades del cielo. Aunque las Pléyades eran siete, sólo se ven seis estrellas; se dice que esto sucede porque una de ellas, Electra, abandonó su lugar para no contemplar la destrucción de Troya, la ciudad que fundó su hijo Dárdano. La visión tuvo tal efecto entre sus hermanas que palidecieron para siempre.

15. AURORA Y TITÓN.

La diosa del Alba, como su hermana la Luna, a veces se enamoraba de algún mortal. Su gran favorito era Titón, hijo de Laomedonte. Un día le secuestró y convenció a Zeus para que le hiciera inmortal, pero se le olvidó añadir la eterna juventud y algún tiempo más tarde empezó a darse cuenta, para su gran mortificación, de que él estaba envejeciendo. Cuando su pelo se volvió blanco ella le abandonó pero él aún vivía en el palacio de Aurora, comía ambrosía y vestía las ropas de los dioses. Con el tiempo perdió el uso de sus piernas y se encerró en su cámara, donde a veces se oía su débil voz. Finalmente, se convirtió en un saltamontes.
Memnón, hijo de Aurora y Titón, era el rey de los etíopes y vivía en el extremo este de la corriente del Océano. Él llegó con sus guerreros para ayudar al pariente de su padre (el rey Príamo) en la guerra de Troya. Pero Memnón murió en la lucha y Aurora, que le contemplaba desde el cielo, pidió que su cuerpo fuese llevado a las orillas del río Esepus. Al atardecer llegó Aurora acompañada por las Horas y las Pléyades y lloró sobre el cuerpo de su hijo. La noche cubrió el cielo de nubes y toda la naturaleza lamentó esa pérdida. Cada año se celebra el aniversario de su muerte y aún hoy Aurora llora la muerte de su hijo y sus lágrimas pueden verse por la mañana temprano en forma de rocío sobre la hierba.

16. LAS REGIONES INFERNALES.

Virgilio localiza la entrada a esta región en la zona volcánica cercana al Vesubio, que está rodeada de cráteres de los cuales surgen vapores de azufre y la tierra se estremece y resuena misteriosamente. Se supone que el lago Averno llena el cráter de un volcán extinguido. Forma un círculo de media milla de ancho y es muy profundo. Está rodeado por elevados lomos de tierra que en tiempos de Virgilio estaban cubiertos por un oscuro bosque. De sus aguas se levantan vapores, de forma que no hay vida en sus orillas ni los pájaros lo sobrevuelan. Según el poeta, aquí se encuentra la pueta que permite el acceso a las regiones infernales.
En las puertas del infierno se encuentran un grupo de seres de horrible aspecto. Éstos son las furias, Discordia, Briareo (con cien brazos), las hidras y Quimera, que respira fuego. Más adelante se encuentra el río negro Cocitus, donde está el barquero Caronte, viejo y escuálido, pero fuerte y vigoroso, que sólo lleva en su barca a quién él escogía (él sube a bordo las almas de aquellos que han sido debidamente enterrados, los que permanecen insepultos no pueden atravesar el río y tienen que vagar por la orilla durante cien años). En la otra orilla del río se encuentra el perro Cerbero, que tiene tres cabezas.
El primer sonido que se escucha es el llanto de los niños que habían muerto en el umbral de la vida. A continuación se extienden las regiones de la tristeza. Allí vagaban los que habían sido víctimas de un amor no correspondido. Después están los campos en los que vagan los héroes que han caído en batalla, y a continuación se llega a un lugar donde el camino se divide en dos: uno conduce al Elíseo y el otro a las regiones de los condenados; a un lado están los muros de una poderosa ciudad y al otro una puerta que ni los dioses ni los hombres pueden forzar. Una torre de hierro se alza junto a esa puerta desde la que vigila Tisífone, la furia vengadora. Desde fuera se oyen los lamentos y el arrastrar de cadenas.
La región de los condenados es la sala del juicio de Rhadamanthus, que saca a la luz los crímenes que el autor creía impenetrablemente ocultos. Tisífone le aplica al ofensor su látigo de escorpiones y luego lo envía a sus hermanas las Furias. Tras esa puerta que da a la región de los condenados, una hidra de cincuenta cabezas guarda la entrada. Allí se encuentra el abismo del Tártaro, que era tan profundo como lo es el cielo de alto desde el suelo. En el fondo del abismo están los titanes, que se enfrentaron a los dioses; Salmonos, que presumía de competir con Zeus y construyó un puente de metal sobre el que condujo su carro para que el sonido se pareciera al del trueno y lanzaba hierros candentes pra imitar al rayo, hasta que Zeus le alcanzó con un rayo de verdad y le enseñó la diferencia entre las armas mortales y las divinas; Titio el gigante, cuyo cuerpo es tan inmenso que cuando se estira cubre nueve acres; un buitre devora su hígado y tan pronto como ha terminado de devorarlo, vuelve a crecer de forma que el castigo no tiene fin. También había unos grupos sentados en mesas cargadas de manjares donde una furia les quitaba las viandas de los labios, tan pronto como iban a probarlos. Otros tenían enormes rocas suspendidas sobre sus cabezas, amenazando constantemente con caerles encima. Había otros que eran los que habían odiado a sus hermanos o matado a sus padres, o defraudado a los amigos que confiaban en ellos, o que se habían enriquecido y no habían compartido el dinero con otros, siendo ésta la clase más numerosa. También estaban allí los que habían violado los votos del matrimonio. Ixión estaba allí atado a una rueda que giraba sin cesar; y Sísifo, que estaba condenado a subir una gran roca a una cima y cuando estaba a punto de dejarla en la cima, la roca volvía a caer y Sísifo la tenía que volver a subir, y así por toda la eternidad; Tántalo, que estaba cubierto de agua hasta la barbilla y estaba aquejado por una gran sed, y cuando se disponía a beber bajando la cabeza, el agua desaparecía.
Por el otro camino, se iba a los Campos Elíseos, los bosques donde residen los felices. Allí se respiraba un aire más limpio y todos los objetos aparecieron envueltos en una luz púrpura. La región tenía sus propias estrellas y un Sol. Los habitantes se entretenían de diversas formas: jugando en el césped, compitiendo en concursos de fuerza y habilidad, bailando o cantando.
Hay varias versiones sobre dónde estaba el Elíseo. Si bien Virgilio lo coloca bajo tierra y lo describe como la residencia de los espíritus bendecidos, Homero lo sitúa al occidente de la Tierra cerca del Océano y lo describe como una tierra de felicidad donde no hay nieve, ni frío, ni lluvia. Pero el Elíseo de Hesíodo y Píndaro está en las islas de los Bendecidos o islas Afortunadas, que se encuentran en el océano occidental. De ahí nació la leyenda de la feliz isla de Atlántida.
En el Elíseo hay un espacioso valle en el que los árboles se mecen suavemente al viento, en un paisaje que atraviesa el río Leo. A lo largo de las orillas revolotean algo que parecen insectos y que son en realidad las almas a las que se les dará cuerpo a su debido tiempo. Mientras tanto viven en las orillas del Leto y olvidan sus antiguas vidas.

17. MONSTRUOS MODERNOS.

Existe un conjunto de seres imaginarios que parecen haber sido los sucesores de las espantosas gorgonas, hidras, y quimeras de las antiguas supersticiones y que, al no guardar relación con los antiguos dioses del paganismo, siguen existiendo en la creencia popular, después de que el cristianismo suprimiera todo lo pagano. Quizá aparezcan alguna vez mencionados por escritores clásicos, pero parece que fue en tiempos más modernos cuando más populares se hicieron.

a) El fénix:

(Esta información ha sido sacada de la Enciclopedia Encarta 99).


El fénix era un ave legendaria que vivía en Arabia. Según la tradición, se consumía por acción del fuego cada 500 años, y una nueva y joven surgía de sus cenizas. En la mitología egipcia, el ave fénix representaba el Sol, que muere por la noche y renace por la mañana. La tradición cristiana primitiva adoptaba al ave fénix como símbolo a la vez de la inmortalidad y de la resurrección. Se le ha visto una relación con el pájaro de fuego de la mitología aborigen americana.

b) El basilisco:

Este animal fue llamado el rey de las serpientes, y para confirmar su realeza fue dotado de una cresta sobre la cabeza a modo de corona. Se suponía que nacía del huevo de un gallo que era empollado por sapos o serpientes. Había dos especies de este animal: la primera quemaba todo lo que se le acercaba, y la segunda era una especie de cabeza de medusa ambulante cuya mirada causaba un horror instantáneo que llevaba a la muerte de forma instantánea.

c) El unicornio:

(Esta información ha sido sacada de la Enciclopedia Encarta 99).


Era un animal fabuloso, totalmente blanco, con cabeza y patas de caballo y un largo cuerno recto situado en medio de su frente. Símbolo de la santidad y de la castidad, el unicornio era una imagen frecuente en los tapices de la edad media. Ha sido ampliamente utilizado en emblemas heráldicos.

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En el tapiz franco-flamenco de la ilustración, La dama y el unicornio (c. 1515), el unicornio, símbolo de la castidad y la pureza es el elemento que acompaña y resalta el carácter de la dama.

d) La Salamandra:

Este animal no sólo resiste al fuego, sino que es capaz de apagarlo, y cuando ve una llama carga contra ella como contra un enemigo al que sabe muy bien cómo vencer. La piel de este animal se considera a prueba de fuego. Esta fábula se basa en el hecho de que la salamandra, cuando se irrita, secreta por los poros de su cuerpo una considerable cantidad de un líquido lechoso, que, sin duda, podía defender su cuerpo del fuego durante unos instantes.